LOLA BARNON

Nico

        Sorpresivamente, las cosas fueron más fáciles de lo esperado, a pesar de no tener respuesta a esos mensajes. Mamen llevaba varios días sin ver a Jorge. Y algunos ya, sin que le respondiera a los mensajes de móvil. Empezó a estar algo preocupada o extrañada. Yo la notaba nerviosa, aunque mantenía la compostura y el tipo. Visto aquello, decidí esperar y observar reacciones y consecuencias. Un par de días más, no cambiaban mi decisión.

Y sí, debo admitir que aquella falta de noticias y de encuentros, me provocó una pequeña sensación de alegría y disminuyó algo la fuerza de esa luz roja que se había encendido en mi interior.

        —¿Has hablado con Jorge últimamente? —me preguntó en la cena.

        Estaba sorprendida, quizá un poco sombría, pero no la noté molesta o excesivamente intranquila. Bien es cierto que Mamen sabe disimular como mujer que es, pero no podía decir que tuviera una actitud sorprendente o sospechosa que me volviera a alertar.

        —No. Hace una semana que no sé nada de él. —No mentía. Tampoco había contactado conmigo por mensaje de texto—. ¿No lo localizas?

        —No. Hace tres días que no me contesta a los mensajes. Ni los lee…

        —Estará de viaje —argumenté sin tampoco tener una excesiva preocupación.

        —No me había comentado nada.

Pasaron otros dos días más y al tercero, recibí una llamada de Jorge. Pero de un número de móvil desconocido. La respuesta de aquel silencio la tuve la tarde siguiente en la terraza de un bar de la Castellana.

3

—Si no me llegas a mandar el mensaje esa noche… Te lo hubiera puesto yo al día siguiente. Ya no podía continuar.

—¿Estás seguro…? —Yo lo miraba con una disimulada sensación de liberación.

        —Sí —me dijo asintiendo lentamente.

        —No me lo esperaba…

        —Yo te juro que tampoco… Nunca me había pasado colgarme de una… —seguramente le costaba llamar cliente a Mamen, y menos delante de mí.

        —Pues… no sé qué decir. No sé si enfadarme o… —En verdad me podía la alegría de que se acabara aquello. Y sin haber tenido que mojarme en exceso.

        Él sonrió y bajó la cabeza.

        —Bueno… es mejor así. —Sonrió con un punto de pena—. Yo no quiero ni puedo entrar en esa dinámica.

        —Ya… —comenté dando por sentado que en su trabajo no se permitía enamorarse, ni siquiera como él decía, colgarse de alguien.

        Nos quedamos callados unos segundos. Yo pensaba de forma contradictoria. Por una parte, me reconfortaba y aliviaba que saliera de nuestras vidas. No podía evitar esa sensación de peligro cierta que se encendía en mi cabeza. También sabía que mi excitación y la atracción por verla con un otro, se terminaba.

        El comportamiento de Mamen había sido extraño especialmente tras del fin de semana que había pasado en casa, con él, mientras yo estaba en Canarias de viaje de trabajo. Pensé, aunque a decir verdad, no del todo convencido, que ella, intuyendo que él había querido poner distancia, estaba preocupada. Las mujeres son extrañas con sus reacciones. Y Mamen, podía pasar de una sonrisa pícara y de un excelente humor a convertirse en una sátira y dictadora en pocos minutos. No es que fuera una bipolar o tuviera cambios de humor bruscos, es que sencillamente, funcionaba de otra forma. Tenía una especie de código binario. Pero en verdad, era más una pose o un enfado de tintes caprichosos que un verdadero carácter.

Me quise convencer de que era ella la que había estado menos dispuesta a volverlo a ver en estos últimos días. Aunque, por otra parte, no me cuadraba entonces la preocupación que me transmitió porque él no la contactase o le contestara a los mensajes de Whatsapp. Pero también podía ser que ella, tras decidir ese ligero alejamiento, se había preocupado por él y por su estado. Las mujeres tienden también a ser enfermeras todo el tiempo, aunque el daño lo hagan ellas.

Fuera como fuese, en verdad no estaba nada seguro y quizás quería creer en vez de analizar cuidadosamente los elementos a mi disposición. Y yo, como buen arquitecto, debería haberlo hecho. Pero lo cierto, al fin y al cabo, era que Jorge salía de nuestras vida y que todo volvería a ser como al principio.

        —Lo siento… —me dijo.

        —No se puede mandar en las emociones …

        —Ya… pero se supone que yo debo ser inmune a eso.

        —Nos conocemos un poco Andrés… Tú nunca has sido una máquina fría.

        Sí, era cierto. Conocía a Andrés, o Jorge para Mamen, desde hacía un tiempo. No es que fuera mi amigo, ni nada por el estilo. Pero lo conocí un año y medio atrás, siendo el responsable comercial de una pequeña empresa de seguridad a la que, finalmente, se llevó por delante la crisis. Habíamos hecho algunos acuerdos para la reforma de varios chalets, donde incluimos los sistemas de alarmas y de detección que su empresa nos ofertó. Él, por entonces, era modelo ocasional, pero me confesó que había empezado a verse con una alta ejecutiva francesa que venía a Madrid cada dos semanas por motivos de trabajo y se había encaprichado de él. Hicimos algo de confianza, más que nada, porque ya empezaba a brotar esa excitación y morbosidad de mi interior, y que me había empujado, finalmente, a llevar de la mano a mi novia a través de ellas.

        Pero hay ocasiones en que también existen otros porqués en ese tipo de decisiones. La razón de que se hubiera iniciado en las relaciones con señoras de esa forma, era que Andrés, o Jorge, tenía un hijo con una enfermedad rara y de complicada o casi imposible curación. Su madre, y antigua compañera de Andrés, una modelo italiana con la que estuvo apenas medio año, hacía tiempo que se había alejado de ellos y tan solo veía a su hijo una vez al mes. Para compensar, enviaba dinero con objeto de pagar los cuidados del pobre chaval, no incluidos en la Seguridad Social. Tuvo una buena temporada desfilando para algunas firmas de moda de postín, con lo que mandaba a Jorge, una respetable cantidad. Pero, últimamente, y tras un pequeño escándalo con un empresario milanés, sus trabajos habían decaído bastante. Y, por tanto, los ingresos de Jorge.

        Cuando la crisis terminó por quebrar la empresa en la que trabajaba, año y medio después de conocernos, a la empresaria francesa la siguieron otra italiana, una americana y una tercera mujer de Barcelona. Con eso, y el paro, pudo empezar a organizar mejor los cuidados de su hijo.

Un año más tarde, me contactó para ofrecer al estudio algo relacionado también con una empresa de seguridad y paliar los robos de cobre que continuamente nos hacían. En esa época ya tenía siete clientas más o menos fijas y alguna ocasional. Por su carácter y su forma de ser, le pegaba más. Él prefería lo estable y trabajaba por libre, moviéndose discretamente en webs y con el boca a boca.

Por eso, cuando pergeñé la fantasía de los cuernos consentidos por parte de Mamen, no tardé en pensar en Jorge. A ello había que sumar que el estudio acababa de cerrar un importante trato con una hotelera alemana en Canarias y que eso, sin duda, nos hacía salvar ya los dos próximos años, ocurriera lo que ocurriese. Decidí meter aquel gasto camuflado en la empresa.

No me costó dar mucho con él, porque yo tenía un teléfono que me dejó y que resultó ser el de sus padres —con los que estaba el niño en Alicante, de donde era natural—, por si surgía algún oportunidad de trabajo que encajara con su perfil. El suyo, por razones de trabajo, no lo solía dar. Y si tenía que hacerlo, conseguía uno de prepago. Un día me confesó que tenía cuatro números distintos.

Debo admitir que esa luz roja que se encendió unos días atrás, hoy ya titilaba menos, y también reconozco que me quedé relativamente tranquilo con su marcha. En esos últimos días supe que haber metido a un hombre como él en nuestras vidas, había sido un completo error.

—Te agradezco que me lo cuentes —le dije.

—Era lo menos que podía hacer. Siempre te has portado bien conmigo… —puso cara de resignación melancólica—. Y sería un completo hijo de puta que me entrometiera en vuestra relación. —Se calló unos instantes—. Y gracias por la tapadera de tu amigo.

—¿Lo del caviar? No hay de qué… Si un día buscara de verdad comercial, te lo diría.

Él asintió. Nos volvimos a quedar callados.

—¿Sabe Mamen lo de tu hijo?

—No… por supuesto que no. —Se calló un instante y vi tristeza en su semblante—. Las mujeres tienden a mezclar lástima, cariño y amor por las debilidades humanas. Y un niño con la enfermedad del mío, lo es. Eso, y conociendo un poco a tu novia, la llevaría a acercarse más a mí. Y yo a tener tentaciones de seducirla…

—Tiene todo el sentido —admití.

—He visto a algún colega con adicciones al que una cliente ha querido ayudar, confundiendo al final los papeles, y actuando sin querer como madre, esposa, novia o enfermera. Eso es inviable en este tipo de relaciones. —Negó con la cabeza con una media sonrisa tensa—. En mi profesión, hay que tener la cabeza muy fría.

Volvimos a quedarnos callados. Quizás, ya había poco más que decirnos.

—¿Qué te… debo? —le dije sin poder mirarlo a los ojos. Iba a pagar por seducir y follarse a mi novia, cosa que en ese momento me parecía ridícula y absurda. Unas semanas antes, una fantástica idea.

—Toma. —En un folio, se enumeraban los gastos en los que había incurrido con Mamen, así como el tarifario por horas convenido con él de antemano. No era una factura, más bien una lista de gastos.

Los repasé, no porque no me fiara, sino por mera deformación profesional. Vi las rosas, la comida en Pencho Cortés, el hotelito de las afueras y algunas otras cosas que me recordaron de inmediato los detalles que mi novia y yo utilizábamos cuando ella regresaba de estar con él. Sentí lástima por Andrés (Jorge), por mí y por Mamen. De alguna forma, todos habíamos roto varios equilibrios en nuestras vidas.

—¿No está el fin de semana, ni el último día…?

Jorge sonrió con tristeza. Miró hacia otro lado, luego al suelo. Me dio la sensación de que pensaba la respuesta que sin duda iba a darme.

—No estaba trabajando, Nico. —Su tono de voz fue bajo, con un deje vergonzoso y lleno de amargor—. No te puedo cobrar… esos días.

Me callé porque no supe qué decir. Ya conocía la razón, por lo que sobraba cualquier añadido. Sus palabras me picaron la molestia. Pero también sonaron extrañas, de un calado profundo y llenas de su triste realidad. Tosí levemente e intentando romper la incomodidad que se había extendido entre nosotros, le extendí varios cheques, tal y como habíamos convenido. Cuando terminé, los introduje en un sobre blanco y anónimo.

Jorge lo recogió en silencio, se lo guardó en el bolsillo interior de su americana de verano y volvió a dirigir sus pensamientos a un punto indeterminado por encima de mi cabeza. Unos instantes más tarde me miró y puso un gesto en su cara que no quise descifrar. Entendí que ya estaba todo dicho, por lo que me hice el distraído y evité sus ojos y lo que pretendiera con ese gesto. Quizás me perdí algo que quiso decirme, pero pensé que era suficiente con lo hablado. No deseaba exponerme más ni escuchar algo que no quería conocer.

—¿Por qué esa noche? ¿Pasó algo?

—No te entiendo…

—Los mensajes. Era ya tarde… ¿Por qué me los mandaste esa noche?

Yo no sabía si él era consciente de que había estado chateando con Mamen minutos antes. Ni que yo había visto el proceso de secretismo de ella… Pero tampoco quise añadir más. Me quedé un momento pensativo. ¿Debía decirle que intuía que mi novia se había enganchado también de él? ¿No sería una forma de añadir estopa al fuego? Sonreí aparentando inocencia…

—Nada en especial. La verdad es que tal y como en su día te dije, no pensaba mantener esto más de un mes o dos a lo sumo. Empieza el verano… y bueno, también es una pasta. —Volví a sonreír disimulando lo mejor que pude.

Me miró, pero no dijo nada. No sé si se quedó convencido, pero su gesto no denotaba nada extraño.

—Sabes otra cosa que me extrañó… Que le pidieras vídeos a Mamen. No me lo esperaba. Ni creo que te guste…

Tampoco yo hubiera pensado que finalmente terminara por hacerlo. Y la razón era dolorosamente simple. Quería saber el punto exacto en el que se encontraba Mamen en esta relación que ya, a todas luces, se veía como bastante más que meramente sexual. Pero lo cierto es que, tras verla con el teléfono, mensajeándose con él como una colegiala, el contenido de los videos era casi menos revelador que aquello. Por extraño que pareciera.

Tuve que disimular cuando contestaba a aquellos vídeos. Verla con la polla de Jorge en la boca, no era lo más impactante. Sí en cambio, su mirada, su forma de hacerlo con él… Y al no estar yo, entendía que ella no tendría freno ninguno. Como así fue. Con aquellas escenas, ya tenía meridianamente claro que Mamen estaba en una situación claramente diferente a la mía. Y a pesar de ello, recordé que seguía excitándome… Era terriblemente doloroso y absurdo.

—No sé… Fue un momento de locura. —Finalmente contesté—. Los hemos borrado. Fue una estupidez… —dije moviendo negativamente la cabeza. —Sí, había sido una completa imbecilidad. Pero me dieron una información que, aunque sospechada, me pareció necesaria y reveladora.

Sin embargo, también había llegado a la conclusión de que mi falta de sinceridad, podría también haber llevado a Mamen a hacer cosas impensables. El trío con el que me recibió, quizás no lo hubiera planeado si no la pido que me enviara aquellos vídeos. Yo mismo había contribuido a lacerar mi dolor. Ambos habíamos cometido errores… Sin duda.

—Pues me voy… —dijo levantándose al cabo de unos segundos más que estuvimos en un silencio, si no incómodo, sí extraño—. Lo dicho Nico, muchas gracias y te pido disculpas. Nunca fue mi intención. —Me estrechó la mano con fuerza.

Observé como todas las integrantes del grupo de chicas que tomaban a nuestro lado unos gintonics, ese atardecer de final de mediados de junio, se giraron al mismo tiempo para observar a Jorge. Sin disimulo alguno lo escrutaron con amplias sonrisas y algún comentario por lo bajo. Divertidas y procaces contemplaron a aquel hombre de estética llamativa y varonil.

En otro momento me hubiera hecho gracia que lo escanearan con tan poca sutileza, pero me recordaron a mi novia y no pude evitar un latigazo de celos. Tenían su misma edad y apariencia.

        —Te vamos a echar de menos… —dije con una sonrisa que me salió espontánea, casi sincera y en el fondo, también un poco apenada. No podía negar que una parte de mí se resistía a que saliera de nuestras vidas.

        Me miró con una media sonrisa que me pareció algo forzada. Se quedó quieto, mirándome.

        —No sigáis con esto. No merece la pena… —me dijo de pronto—. Podéis quemaros…

        No le contesté. Permanecí mudo, concentrado en esas palabras que me taladraron el cerebro. ¿Por qué me lo decía? No me atreví a preguntar, de la misma forma que tampoco tuve los suficientes redaños como para detener todo aquello con la primera vez que me sentí molesto. En aquella ocasión me pudo el morbo y las palabras de Mamen. Hoy, una necesidad de

—Cuida a Mamen. Es una mujer espectacular… No te olvides de que eres un hombre muy afortunado al tenerla. Y ella de tenerte a ti… —añadió a modo de despedida—. Y cuídate tú. —Se volvió a quedar mirándome fijamente, con un halo de fatalismo—. Recuperad la normalidad en vuestras vidas.  Esto, es peligroso…

Me miró un segundo más, ambos asentimos, esbozamos una tímida sonrisa y giramos en sentido contrario.

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