OMAR RODULFO

Darío desde su más tierna infancia amaba la escritura. Cuando tenía siete años, comenzó a escribir en un viejo cuaderno lo que sentía: sus emociones, sus ilusiones, sus sueños, sus sentimientos, sus fantasías. Todo así como lo sentía, sin reserva alguna. Le escribió a la luna llena, al mar enfurecido, a las estrellas, al paisaje, a las flores del campo, a las sensaciones que sentía en su interior. Su naturaleza tímida, reservada, encontró desahogo en la escritura.

Su cuaderno, su lápiz “mongol” y su sacapuntas se convirtieron en sus tres amigos inseparables. Ellos eran su tesoro y los guardaba en un lugar secreto en su habitación.

Un día de mayo, cuando estaba en la escuela, su madre hurgando en su habitación (cosa que hacía frecuentemente), descubrió su secreto. Tomó su cuaderno, lo abrió, sin ningún tipo de escrúpulos, leyó todo lo que estaba escrito.

Al llegar de la escuela, al ver a su madre desde lejos, Darío intuyó que algo sucedía.

Sin decir nada se fue a su habitación y descubrió que su secreto había sido descubierto. El pavor, el terror, la angustia se hicieron presente su interior.

Darío Antonio, ven inmediatamente al patio – gritó su madre –

Comenzó a temblar. Llamarlo por sus dos nombres y en ese tono, era señal de problemas, de violencia sin reserva alguna.

– Voy mamá, un momento, por favor – dijo lo más fuerte que pudo tratando de controlarse.

¡Ningún “momento”! ¡Ven inmediatamente! – grito aún más fuerte su madre –

El pánico se había apoderado de Él. Se preparó para lo peor. Lo esperaba su madre con el cuaderno en mano al lado del lavadero.

– Darío Antonio, leí lo que escribiste en este cuaderno. Mucho sentimentalismo, mucha sensibilidad…. propio de maricones. Escucha bien lo que te voy a decir: “prefiero un hijo muerto que un hijo marica”. Si sigues así, te vas a quemar en el fuego del infierno. El diablo se lleva a gente como esa, si es que gente se le puede llamar. Nosotros somos una familia respetable, decente, así que me haces el favor, y te dejas de esas mariqueras.

Acto seguido extendió su mano derecha y le propinó una cachetada con todas sus fuerzas.  Tomó unos fósforos y prendió fuego al cuaderno delante de su hijo. El cual permaneció erguido, impotente, mudo. No lloró, en su casa estaba prohibido hacerlo, pasara lo que pasara.

Observó mudo a su amigo el cuaderno que poco a poco se desintegraba devorado por las llamas. Miró a su madre, quien lo observaba con una mirada plena de rabia, de ira. Ese día sintió que algo dentro se desgarró en lo más profundo de su ser; sintió un vacío espectral, indescriptible.

¡Te vas inmediatamente a tu cuarto! Y como yo vea que vuelves a escribir mariqueras, no la cuentas, te lo juro por Dios y mi madre! (frase muy popular en su madre)

Todavía hoy, a sus tantos años, Darío no sabe de dónde tomó las fuerzas para regresar a su habitación y no caer ahí mismo desmayado. Al llegar se tiró encima de la cama y comenzó a llorar desconsolado, tapándose con la almohada para no ser escuchado. Después de un rato, se sentó en su cama, miró su escondite violado. Allí se encontraban sus otros dos amigos, el lápiz mongol y el sacapuntas. Cuidadosamente dobló sus ganas de escribir y las depositó en el baúl de su dolor, junto con la inspiración y la musa. El baúl lo escondió en lo más profundo de su ser para no tocarlo jamás. Se sintió violado, ultrajado, herido, impotente ¿Por qué tanta violencia contra su persona?

Pasaron los años. Darío se fue a estudiar a la universidad; dejó su familia de origen. Se graduó con excelentes calificaciones. El orgullo de su madre, de su padre y de toda su “familia respetable”.

Las veces que en su adolescencia o en su juventud sintió las ganas de escribir, de expresarse, a través de una poesía, cuento o prosa poética, automáticamente venía aquella escena y las palabras de su madre. Se convenció de que no servía para escribir. Pensaba que lo que podía escribir eran estupideces o quizás “mariqueras”.

Un día, en medio de un gran dolor por una desilusión amorosa, (había terminado una relación que duró trece largos años) Darío tomó la decisión de descender a lo profundo de su ser, donde (metafóricamente) se encontraba aquel baúl que había escondido hace tantos años. Lo encontró en un rincón oscuro, ahí donde lo había abandonado. Temblando lo tomó en sus brazos y subió a la superficie. Lo limpió. Dudó, tuvo miedo… Quizás es mejor que lo deje donde estaba – se dijo – ¡Qué sentido tiene ahora después de tanto tiempo! – se reprochó – Su madre ya no estaba. Con un gesto de valor, venciéndose a sí mismo, lo abrió. Lloró mucho al hacerlo. ¡Había vencido! Ahí estaban esas ganas, dobladas y conservadas como él las había dejado, junto con la inspiración y la musa, que tímidamente le sonrieron. Echó me menos el viejo lápiz mongol y el sacapuntas de acero. Con un profundo suspiro y sin decir palabras, se puso delante del ordenador y comenzó a escribir. Escribió, escribió, escribió hasta las tantas. Sintió que su alma se liberaba. Le dolió tantos año perdidos sin poder escribir. Tuvo el coraje de publicar y los comentarios fueron positivos.

Quizás soy bueno escribiendo – pensó – .

Lo más importante es que se sintió feliz, realizado, libre. Comprendió que la escritura era su mundo, su modo de ser, su modo de expresarse. Dio vida a poemas, sonetos, cuentos, versos. Una vez escritos ya no eran suyos, tenían vida propia y volaban, iban lejos, a otras culturas, a otros lugares….

Pedro depositó un ramo de rosas rojas de Castilla encima de la tumba. Las rosas rojas que tanto le gustaban a Darío.

En silencio llora. Ya no está a su lado su ángel, su poeta, su amor. Lee e relee el epitafio que él mismo ordenó escribir en la tumba de quien fuera su compañero de camino:

“Aquí yace Darío Antonio, poeta y escritor. Amante de la vida. El hombre que se atrevió a ser él mismo y murió feliz siéndolo. Descansa en paz poeta, escritor, amigo y amante. Hasta pronto mi querido amor.

Oliva 27/05/2045

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