QUISPIAM

 Capítulo 21

El trayecto a casa transcurrió sin nada que reseñar, más que nada porque Sara se durmió enseguida, exhausta por la intensa sesión de sexo que había experimentado y que la había dejado completamente agotada.

Yo tenía en mente hablar con ella de la experiencia, saber qué pensaba de lo ocurrido, qué había sentido durante esa tarde noche mientras follaba con otro hombre y veía a su marido hacerlo con otro mujer, su mejor amiga. Pero ella no estaba en condiciones de hacerlo y no tuve más remedio que postergar esa conversación para un mejor momento.

Desperté a Sara una vez aparcado el coche en nuestro garaje y, apoyada en mí, subimos a nuestro piso donde se dirigió directamente al dormitorio donde se dejó caer sobre la cama. La ayudé a desnudarse, pudiendo volver a notar los efectos que Rubén había causado en su cuerpo y un conato de erección me asaltó al recordar lo ocurrido.

Todo había salido mejor de lo que esperaba, el morbo y la excitación habían vencido a los celos y los nervios, disfrutando enormemente de lo ocurrido. Hasta el beso. Seguía molestándome el mero hecho de recordar la entrega de mi esposa besando con aquella pasión al que había sido esa noche su amante, como creando un vínculo entre ellos dos. ¿A ella le habría molestado igual verme besándome con su amiga?

Era una cosa de las que tenía que hablar con ella. Como saber qué había pasado en el salón cuando no estábamos y había disparado su excitación hasta el límite de encontrármela chupando la polla de Rubén. Me desvestí y me metí en la cama donde Sara ya hacía rato que dormía profundamente.

Por la mañana me desperté con el ruido del despertador de fondo. Abrí los ojos como pude, muerto del cansancio, notando como el cuerpo de Sara se había pegado a mí como hacía todas las noches. Fue un alivio sentir que, al menos en ese aspecto, nada había cambiado.

Me levanté y me fui a la cocina a preparar algo rápido de desayuno, no era cosa que se nos echara el tiempo encima y llegáramos tarde al trabajo. Llevé lo preparado a la cama donde desperté a una somnolienta Sara que me miró desubicada y cansada pero que reaccionó al instante al oler el café y las tostadas recién hechas.

-Eres un sol –dijo Sara devorando lo que le había traído- oye, sabes que tenemos que hablar…

-Lo sé –le dije satisfecho al comprobar que ella también era consciente que teníamos que hablar de lo sucedido– pero ahora come y empieza a arreglarte que te recuerdo que aún tenemos un trabajo al que acudir…

Ella gruñó y siguió devorando el desayuno mientras yo empezaba a vestirme para otra jornada laboral. Cuando la sentí trastear en el baño, aproveché para hacer la cama y recoger los restos de su desayuno que eran más bien pocos. Se notaba que estaba famélica.

Salí al salón donde la esperé como hacía todos los días y aproveché para mirar el móvil, encontrándome con varios mensajes. El primero de Judith, diciéndome lo bien que lo había pasado conmigo y mandándome una foto completamente desnuda mostrándome su coño abierto donde se percibían los efectos de nuestro encuentro sexual. El segundo, de Daniela.

-¿Qué tal la experiencia de anoche? Ya queda menos…

Y otra foto, esta vez de ella también desnuda, mientras se veía claramente cómo se masturbaba con sus dos manos y miraba fijamente a la cámara que inmortalizaba el momento con una lujuria que daba miedo. No dudé que aquella foto se la había hecho Rubén después de contarle lo sucedido.

-¿Qué miras? –me preguntó Sara entrando en el salón y cogiéndome por sorpresa al no haberla oído, tan ensimismado estaba observando a Daniela en aquella tesitura.

Cerré aquella conversación rápidamente y abrí la otra, enseñándole a mi mujer lo que me había mandado su amiga.

-Joder –dijo ella al verla- sí que le causaste buena impresión…

-Eso parece… ¿y tú? ¿No has recibido nada de Rubén? –le pregunté curioso.

-Pues no lo sé –dijo Sara- espera, que lo miro… joder…

Se quedó embobada mirando la pantalla del teléfono, viendo lo que intuía le había mandado Rubén por el rubor que empezaba a cubrir sus mejillas.

-¿Qué pasa? –dije provocando que ella diera un respingo al oír mi voz, tan ensimismada se había quedado.

Ella dudó, no sabiendo si enseñarme aquello que le habían mandado pero, al final, optó por hacerlo. Cuando me mostró la pantalla, comprobé que en efecto el mensaje era del monitor. Era indudable que aquella polla completamente erecta era la suya. De su glande brotaba su semen que resbalaba tronco abajo regando la mano que rodeaba su grueso miembro, una mano que me impactó más que la imagen de su polla en sí al haberla reconocido por el color de sus uñas, unas uñas que acababa de ver en las manos de Daniela mientras se masturbaba pensando en mí.

Tragué saliva nervioso por si mi mujer se daba cuenta de ese detalle pero ella estaba absorta de nuevo viendo aquel miembro que tanto placer le había producido, supongo que deseando volver a sentir aquellas sensaciones. Y por lo visto, a él le sucedía algo parecido porque, con la foto, un escueto mensaje donde le ponía:

-No sé si podré esperar hasta el viernes para follarte de nuevo.

-Parece que tú también le has causado buena impresión… -fue lo único que se me ocurrió decir después de leer el mensaje.

-¿Te ha molestado? –me preguntó.

Miré a mi mujer que esperaba mi respuesta, suspiré resignado mirando el reloj y viendo que no teníamos mucho tiempo para hablar y menos allí.

-Mejor vamos al coche y lo hablamos de camino –le dije a Sara.

Ella aceptó mi propuesta empezando a caminar hacia la puerta, yendo yo detrás. Bajamos al garaje, nos subimos al coche y, una vez metidos en el tráfico de primera hora, reanudamos la conversación.

-¿Y bien? –preguntó Sara.

-Me preguntabas que si me había molestado la foto y el mensaje. No lo ha hecho en sí sino lo que representa en conjunto –le expliqué- si a lo que acabas de recibir, le sumas la complicidad que teníais cuando follabais y luego el beso que os disteis…

-¿Te molestó que lo besara? Tú también lo hiciste con Judith… -replicó ella.

-Ya pero no con la intensidad que tú lo hiciste, lo mío fue solo un pico… -me defendí.

-Para mí no significó nada, solo una muestra de cariño por todo lo que me había hecho sentir –me explicó mi mujer- pero si te molesta, no lo volveré a hacer…

-Cielo, no se trata que lo vuelvas o no a hacer sino que si de verdad fue un simple beso o había algo más implícito en él… -intenté explicarle.

-¿Me preguntas si siento algo por Rubén? –preguntó confusa- Carlos, me acababa de follar como nunca me habían follado y siento ser así de sincera pero para mí fue solo eso, un polvo estratosférico pero un polvo… yo solo te quiero a ti y espero que eso no cambie porque se me ocurrió darle un beso para agradecerle lo que me había hecho disfrutar.

-¿En serio? –Le pregunté ya algo más tranquilo- ¿entonces tú no te mueres de ganas de repetir e incapaz de esperar hasta el viernes? –le dije recordando las palabras de su mensaje.

-¿Lo dices en serio? –Preguntó risueña- te acabo de decir que fue el mejor polvo de mi vida, cariño… si por mi fuera pasaba de ir a trabajar y me pasaba la mañana en la cama jugando con ese pollón que se gasta…

-Vaya, cuanta sinceridad…

-Lo siento pero es la realidad, lo que siento ahora mismo –me explicó Sara- fue algo alucinante y no veo la hora de repetir la experiencia… ¿a ti no te gustó estar con Judith?

-Claro que me gustó aunque supongo que no tanto como a ti… -le contesté- creo que estuve más pendiente de ti que de ella y no me impliqué como ella se merecía…

-¿Y por qué lo hiciste? ¿Estabas preocupado por mí? –me preguntó.

-Algo así, supongo –traté de explicarme- quería ver que estabas bien, que hacías aquello porque querías y, bueno, también saber si yo era capaz de asumir aquello, el verte con otro y no morirme de celos en el intento…

-¿Y bien? ¿Cuáles son tus conclusiones? –indagó con curiosidad.

-Bueno, creo que es evidente que querer querías hacerlo –dije provocando su risa- en cuanto a lo otro, venció el morbo y la excitación sino no habría podido seguir mirando aquello…

-Excepto por el beso… -recordó mi mujer.

-Exacto –dije yo- no he podido quitarme de la cabeza ese beso, pensando en si habría algo más detrás de él, algo más profundo entre los dos…

-Pues quédate tranquilo porque entre Rubén y yo solo hay y habrá sexo, nada más… y siempre que tú estés de acuerdo con ello, claro está –me quiso dejar claro Sara.

-¿Quieres decir que, si ahora mismo te digo que esto no va a volver a repetirse, lo dejarás así como así? –le pregunté buscando que se sincerase conmigo.

-Cariño –dijo cogiéndome la mano- siempre te he dicho que esto era una cosa de los dos, yo te quiero a ti y disfruto haciendo esto contigo… sin ti, esto no tendría sentido…

-Me alegro de oírlo… es que después de las veces que hemos estado los dos apunto de hacer una locura… -le recordé a Sara.

-Lo entiendo pero también debes comprender que esas locuras son las que nos han llevado donde estamos ahora –dijo Sara- sin ellas, esto nunca hubiera tenido lugar y nosotros no seríamos las mismas personas que somos ahora.

-Tienes razón pero debes reconocer que hemos estado a punto de sernos infiel el uno al otro… -volví a recordarle nuestras perdidas de papeles de los últimos tiempos.

-Lo sé pero por suerte no ocurrió… solo de pensar lo cerca que estuviste de follarte a Daniela… -su voz sonó dura de nuevo, como cada vez que hablaba últimamente de su compañera de trabajo- no podría perdonarte nunca eso, Carlos.

Yo la miré contemplando su rostro completamente serio, incapaz de entender el porqué de su cada vez más intensa inquina contra Daniela pero me abstuve de hacer ningún comentario. No era el momento. Aunque tenía claro que debía averiguar el porqué de su actitud si en algún momento quería conseguir lo que ya había estado tan cerca de conseguir, que no era otra que acostarme con Daniela.

-No me has contado qué pasó cuando os quedasteis solos en el salón –dije queriendo cambiar de tema.

-Tú tampoco me has contado lo que hicisteis Judith y tú en la cocina –rebatió ella- pero vale, no tengo ningún problema en explicártelo. Judith ya me había comentado las intenciones que tenía con aquel encuentro y, cuando os fuisteis, entendí que quería intentar algo contigo en la cocina y darnos espacio a nosotros dos para intimar algo.

-¿Y por qué no me lo dijisteis a mí? –Le pregunté algo ofendido- tengo la sensación que siempre soy el último en enterarse de las cosas…

-Supongo que me avisó a mí para que no me asustara cuando Rubén intentara algún acercamiento.  El por qué no te dijeron nada a ti lo desconozco –contestó Sara pareciéndome sincera con sus palabras- la cosa es que Rubén me invitó a sentarme junto a él en el sofá y me acarició la mejilla diciéndome las muchas ganas que tenía que llegara aquel momento. Bajó su mano acariciándome hasta llegar a mis pechos, que tocó por encima de la blusa, excitándome con su hábil manoseo. Fue entonces cuando me dijo que si no pensaba tocarle, comprobar si todo lo que me había dicho Judith era cierto…

-Y entonces es cuando perdiste en control… -apuntillé yo.

-Qué quieres. Tanto tiempo oyendo cómo se las gasta el tío, el pedazo de herramienta que calza, que cuando la toqué por encima del pantalón y comprobé que todo apuntaba a que sí, que todo indicaba que aquello era enorme, tenía que verlo por mí misma… y claro, cuando se la saqué y la vi, la necesidad era sentirla en mis manos y luego, pues ya lo vistes…

-Me hago una idea… -concluí yo.

-¿Te molestó verme así cuando entraste? –preguntó ella.

-No sé, fue todo muy extraño y precipitado –intenté aclararle yo- iba a ayudar a Judith a preparar algo para picar y, en su lugar, se tiró encima de mí a besarme y decirme que aquello estaba planeado para romper el hielo entre los cuatro. No podía entregarme ni disfrutar del momento porque no paraba de pensar en lo que debía estar sucediendo entre vosotros dos e insistí en volver. Sinceramente, me impresionó verte allí de esa manera pero, por otro lado, me tranquilizó el hecho de estar allí delante…

-¿Por qué? –Indagó ella- ¿te daba la sensación que así aun tenías el control? ¿O acaso era que te excitaba verme?

-Supongo que una mezcla de todo –respondí yo- aparte del hecho que, estando delante, era como si fuera todo consensuado… quiero decir, no estando delante, sin saber qué estabas haciendo, era como si me estuvieras siendo infiel, engañándome con él… ¿te parece extraño?

-Para nada, puedo comprenderlo –dijo asertiva- lo tendré presente para próximos encuentros porque, supongo que aún quieres repetir ¿no?

-Claro que sí –dije con rotundidad- y tampoco quiero que no hagas cosas que te apetezcan hacer. Solo te expresaba mis dudas de lo sucedido, supongo que con el tiempo lo que hoy me parece incomodo se volverá algo normal…

-Te agradezco que me lo hayas contado, cariño –comentó ella con amor- supongo que ambos tenemos que acostumbrarnos a ver ciertas cosas, gestos y actos nuestros que ahora compartiremos con ellos… al fin y al cabo, creo que es una cosa natural que suceda ¿no crees?

Yo afirmé mientras aparcaba el coche. La conversación ya había llegado a su término al haber llegado a nuestro trabajo, si teníamos alguna duda más tendríamos que esperar hasta el final del día, cuando llegáramos a casa. Nos despedimos y fuimos a nuestros respectivos puestos de trabajo.

La jornada fue transcurriendo dentro de la normalidad hasta que llegó el mediodía. Salí más tarde que otros días y, cuando lo hacía, me topé con Roberto que volvía de comer acompañado de otro hombre que creí reconocer como su amigo Oscar, con el que se mandaba los correos.

-Hombre –dijo jovialmente Roberto dándome una palmada en el hombro que me cogió por sorpresa- el marido de Sara ¿verdad? Carlos, si no recuerdo mal…

-Sí, ese mismo –dije sorprendido porque me dirigiera la palabra- me iba a comer…

-Muy bien –siguió él mientras miraba a su amigo que se había distanciado algo pero no perdía detalle de la conversación con una sonrisa burlona que no me gustó nada- lo del otro día estuvo muy bien, tío. Tenemos que volver a repetirlo…

-Sí, claro… -dije intentando quitármelo de encima. No me gustaba un pelo el cariz que estaba tomando aquello.

-Claro que sí. No sabía yo que os iban esas cosas pero ¿Quién soy yo para juzgaros? –dijo mientras soltaba una risotada- pero la próxima vez, no os marchéis así… que me dejasteis con un dolor de huevos…jajaja… menos mal que estaba allí la Daniela que consiguió aliviarme un poco… jajaja… tú ya sabes de primera mano de lo que hablo…

-No, no lo sé… -le contesté no entendiendo de qué puñetas me estaba hablando.

-Puedes estar tranquilo, que estamos entre amigos –dijo acercándose a mí, como si quisiera hacerme una confidencia- y no te preocupes por tu mujer este fin de semana, que voy a cuidar bien de ella…

-¿Qué estás insinuando? –dije separándome de él de forma brusca.

-No insinúo nada, Carlitos –dijo con altanería- te digo que este fin de semana voy a follarme a tu mujer, que voy a probar todos sus agujeros y ella va a disfrutarlo a base de bien…

-No te lo crees ni tú –le dije contestándole con hastío- Sara nunca va a acostarse contigo. Solo eres un puto fantasma engreído que se cree que todas las mujeres están para tu uso y disfrute pero, sabes qué, no todas son tan putas como tú te crees…

-Jajaja –rió con ganas- tienes huevos, Carlitos. Eso me gusta. ¿Sabes qué? Como me caes bien, te voy a mostrar cómo lo hago. Así podrás juzgar por ti mismo si he cumplido mi palabra y  comprobar de primera mano cómo disfruta la zorra de tu mujer…

Y sin más, dejándome con la palabra en la boca, se marchó acompañado por su amigo de vuelta a la empresa. Aquel encuentro me dejó con mal sabor de boca, me quitó las ganas de comer y otra vez acojonado por lo que pudiera suceder en aquel viaje. Roberto se había mostrado tan seguro en sus intenciones que me hizo plantearme si no había sucedido algo esos días, algo que hacía que estuviera tan confiado en conseguir su objetivo de follarse a mi mujer.

Cuando volví al trabajo lo hice con mala cara, sin ganas y desconcentrado del todo.  Mi supervisor, pensando que me encontraba mal, me mandó para casa y yo, no queriendo revelarle la verdad de mi estado, acepté su recomendación y me fui a casa.

De camino no podía dejar de darle vueltas a sus palabras, tanto lo dicho sobre Sara como la insinuación hecha sobre Daniela. ¿Lo habría dicho por lo sucedido aquel sábado? Una vez en casa, no quise preocupar a Sara diciéndole que ya estaba en casa  y le mandé un mensaje diciéndole que no me esperara. Conociéndome, supondría que tendría trabajo y, como ese día vendría más pronto para preparar las maletas para nuestra estancia en el piso de Judith y luego el viaje a Sevilla, ya tendría tiempo para decirle algo.

La verdad seguro que no porque, conociéndola, lo primero que haría sería enviar a la mierda a aquel imbécil y joder todas sus posibilidades en su ascenso. Me quedaba la opción más plausible, la que me había dado mi supervisor y era la de fingir que me había encontrado mal.

Intenté comer algo, poco y decidí tumbarme un momento para descansar, aclarar mi mente. Lo hice en la habitación de invitados, la más fresca del piso a esa hora del día y, sin darme cuenta, me quedé dormido.

Me desperté sobresaltado al oír un portazo proveniente de la puerta de la entrada del piso y luego unas voces que discutían. Me acerqué rápidamente a la puerta de la habitación y, antes de abrir, distinguí las voces de Sara y Judith discutiendo en el salón. Curioso, abrí un poco para poder ver qué es lo que estaba ocurriendo.

-Ya te vale tía –decía airada mi mujer- salirme ahora con eso. ¿No se te ocurrió decírmelo antes de tirarme a Rubén?

-Tampoco es para tanto, Sara –intentaba apaciguarla su amiga- no creí que le fueras a dar tanta importancia a esto…

-¿Qué no es importante? –Le soltó Sara- la madre que te parió… con todo lo que te he contado que ha pasado entre Daniela y Carlos, sabiendo lo poco que me fio de ella y de sus intenciones y ¿no se te ocurrió decirme nada cuando decidiste confesar el otro día el tipo de vida que llevas? ¿Liada con un matrimonio cuya mujer es mi compañera de trabajo? ¿Una tía a la que no aguanto? ¿Una tía con la que me estoy jugando un ascenso?

-Creo que estás exagerando… -dijo quitándole importancia al asunto Judith- no sé a qué viene tanta inquina contra ella… ¿te ha hecho algo o qué? Es que no lo entiendo…

-Joder, Judith… -dijo exasperada Sara- te lo acabo de decir. Me estoy jugando un ascenso con ella y sé cómo se las gasta, utilizando a los tíos a su antojo para conseguir lo que quiere. Lo ha hecho con Roberto y lo está haciendo con Carlos y eso no voy a permitirlo…

-Pero si tú haces lo mismo, Sara… -le dijo divertida Judith- ¿acaso no juegas con Roberto insinuándote con esos escotes y enseñando carne? Y de Carlos mejor no hablemos… lo estás arrastrando a un mundo que no sé si es el suyo y todo por tu curiosidad insana… vale sí, auspiciada por mí explicándote el pollón que se gasta Rubén y lo bien que folla pero has sido tú la que, aprovechándose del amor ciego de Carlos hacia ti, lo ha empujado a probar esa experiencia…

-Pero yo no voy follándome a tíos por ahí para conseguir ascensos ni intentando robarle el marido a las demás –le dijo con furia.

-Lo primero no puedo negártelo porque es cierto –le dijo con toda la tranquilidad del mundo confirmándole a Sara lo que yo ya intuía, que Daniela se había acostado con Roberto- y en cuanto a lo segundo… ella no tiene ningún interés en Carlos aparte del puramente sexual…

-Si tú lo dices… -le respondió con hastío Sara- pero yo sé lo que he visto y sé lo que quiere, quiere apartarme de Carlos, quedárselo para ella y eso sí que no voy a consentirlo…

Las dos se callaron un momento, calmándose algo la cosa y yo aún sorprendido porque Judith le hubiera contado a mi mujer que Daniela era la mujer de Rubén, la tercera en discordia en su trío particular.

-No sé cómo me has podido hacer esto… -le dijo Sara en un tono apagado- yo he confiado en ti, explicándote todo lo nuestro, los avances que íbamos haciendo como pareja y tú me lo pagas así… primero ocultándome que Rubén no era tu novio sino tu amante, uno casado y luego, lo de Daniela… ¿sabes en qué posición me has puesto?

-No sé porque le das tantas vueltas a las cosas –dijo cansada Judith de aquella conversación- lo dejé bien claro, no te dije nada porque pensaba que no ibas a entenderlo… cómo iba a imaginarme que lo ibas a aceptar así de bien y atosigarme a preguntas sobre la vida que llevo, mostrando ese interés por probar la experiencia…

-En mala hora lo hice… -se lamentó mi mujer.

-Sí claro… como si te arrepintieras de ello… -dijo con ironía su amiga- ahora me dirás que no disfrutaste del mejor sexo de tu vida en las manos de Rubén…

-No, eso no puedo negarlo… -se sinceró Sara- disfruté como nunca y, encima, con el beneplácito de Carlos… no hubiera sido lo mismo si él no hubiera estado allí…

-¿Lo ves? Si es que tienes un marido que no te lo mereces… te quiere con locura, dispuesto a compartirte con otros hombres con tal de seguir a tu lado –le dijo con vehemencia Judith- Carlos nunca tendrá ojos ni para mí y menos para Daniela, solo para ti.

-No estoy tan segura de eso… -dijo Sara con tristeza- lo he visto en manos de Daniela, cómo lo utiliza a su antojo y, como consiga acostarse con él, será suyo…

-Eso no va a pasar –le dijo intentando tranquilizarla Judith- ella solo quiere tener sexo con él como lo quería yo…

-Ya y al final te has salido con la tuya… -afirmó mi mujer reafirmándose en su posición.

-Bueno, tú ya sabías el precio a pagar –dijo con rotundidad su amiga- tú no querías hacer esto sin Carlos, querías un intercambio y sabías lo que iba a pasar si querías disfrutar de la polla de Rubén… ¿te arrepientes de haberme entregado a tu marido?

-No lo sé, estoy hecha un lío…

-¿Sentiste celos cuando me viste con él? ¿Deseos de apartarme de él? –inquirió Judith.

-No… -reconoció mi mujer- la verdad es que fue excitante, más de lo que me hubiera imaginado y eso es lo que me preocupa… la falta de celos… como si no me importara él, solo mi propio placer…

-Ay cielo –dijo Judith abrazando a su amiga- sabes que eso no es verdad… lo que pasa es que sabías que Carlos estaba en buenas manos, en las de tu mejor amiga y por eso te entregaste a disfrutar de tu macho… como yo hice con el mío cuando conseguí que me prestara la atención que me merecía…

Las dos se pusieron a reír ante la observación de Judith, rompiendo un poco el tenso ambiente de momentos antes.

-La verdad es que estuvo pendiente de mí en todo momento –dijo con cariño Sara- me encantó que lo hiciera, me hizo sentir que estábamos juntos en aquello…

-Y yo que me alegro por ti, cielo –dijo empática Judith- y que conste que yo tampoco tengo ninguna queja eh… que al final el tío se soltó y se comportó…

-Te gustó, ¿verdad? –Preguntó con curiosidad mi mujer- ¿era cómo te lo habías esperado?

-Mejor, mucho mejor… -confesó ella- tenía esa espina clavada desde que me dejó para irse contigo y no sabes cómo te agradezco la oportunidad de cumplir ese deseo… estoy deseando volver a estar con él, pasar la noche juntos… si te parece bien, claro…

-No sé tía… -volvió a dudar Sara- es que todo esto de Daniela me tira para atrás, no me fio ni un pelo de ella… y encima, ahora, es como si estuviera en deuda con ella, como si le debiera algo…

-Pero haber tía ¿tú quieres volver a tirarte al Rubén o no? –Le preguntó Judith- ¿O es que acaso Carlos te ha dicho algo?

-No, no que va –le negó con rotundidad mi mujer- lo he hablado con él y lo único que pareció molestarle de todo lo que ocurrió es que nos morreáramos como lo hicimos… estaba preocupado por si albergaba sentimientos por Rubén…

-Jajaja –rió de nuevo con ganas su amiga- cómo son los tíos… le chupas la polla, te lo follas delante de sus narices, te corres como seguramente nunca habrás hecho con él y le preocupa un beso… ay cielo, supongo que le habrás dejado claro que de lo único que te puedes enamorar es de su polla ¿no?

-Por supuesto –replicó Sara- pero me pareció tierno y me gustó que se preocupara.

-Ojalá yo encontrara uno como Carlos –le dijo ella- ¿sabes que fue él el que me pidió que te besara?

-¿Sí? –Preguntó Sara- la verdad es que no me lo esperaba… aunque supongo que lo hizo por algo que ocurrió el otro día, cuando lo de la llamada que estabas tocándote…

-Vaya… ¿te excitaste viéndome? ¿Por eso quiso Carlos que te besara? –dijo con sensualidad Judith.

-Sí… me puse cachonda… -le contestó mi mujer- y le dije que, quizás, ya que estábamos probando cosas nuevas… pues a lo mejor probaba a ver qué se sentía al estar con otra mujer…

-¿Ah sí? ¿Y qué tal? ¿Te gustó? –Le preguntó Judith acercándose a mi mujer- si quieres puedo refrescarte la memoria…

Acercó su cara y besó a Sara que para nada rechazó su avance, dejándose hacer. Se separó levemente de ella observando su rostro arrebolado, viendo el efecto que el beso había provocado en ella.

-Sabes, siempre he deseado hacer esto… al menos desde que he descubierto esta nueva vida –le confesó Judith- y no quiero que para nada acabe cuando justo acabamos de empezar. Esto es sexo, solo sexo… yo te deseo como Daniela desea a Carlos y tú deseas a Rubén y Roberto… y eso no significa que nadie esté enamorado de nadie…

-¡Pero qué dices! –Le reprochó Sara apartándose de ella- ¡yo no deseo a Roberto!

-Claro que lo haces pero no quieres admitirlo –le contestó Judith- te gusta cómo te trata, como un simple objeto sexual, como algo para su uso y disfrute… y disfrutas haciéndole sufrir  mostrándole tus encantos y sintiendo como te desnuda con la mirada, te gusta jugar con él…

-Creo que estás confundida… yo nunca…

-Cielo, te vi en el Heaven en sus brazos. Te tenía a su merced y lo estabas disfrutando… si no hubiera aparecido Carlos hubieras acabado en los baños o en su casa y bien abierta de piernas –le soltó Judith- Y lo entiendo, Sara. Roberto tiene su encanto, es de esos hombres que te dominan, rudos, salvajes, que sacan a la fiera que llevamos dentro…

-Acaso tú….

-No, yo no pero Daniela sí –le explicó ella- esa noche cuando os fuisteis ella se lo llevó a su casa y le pegó un polvo de aúpa por lo que me contó. Es un tío con experiencia y sabe cómo hacer gozar a una mujer. Por eso te digo que entiendo que te sientas atraída por él pero solo en el plano sexual… Roberto no es alguien de quien enamorarte a no ser que te guste sufrir…

-Tampoco me acostaría con él –le dijo Sara- no podría hacerle eso a Carlos…

-No tiene por qué enterarse, cielo –le contestó para mi asombro Judith- él se va a ir en unos días a la otra punta del mundo, vais a pasar un fin de semana juntos y lejos de aquí… una oportunidad única para quitarte esa espina de encima, una noche loca de la que nadie tiene que saber nada…

-No, yo no puedo hacer algo así… -respondió Sara con rotundidad- no puedo hacerle a Carlos lo que yo no quiero que me haga a mí… no sería justo para ninguno de los dos. Sería incapaz de engañarle, de serle infiel.

-No tendría por qué ser así… -le dijo Judith- quizás podías hablarlo con Carlos, ir de frente por una vez y confesarle que te atrae Roberto, pedirle permiso para follártelo este fin de semana…

-Pero qué dices… ni loca haría algo así –negó con vehemencia mi mujer- Carlos lo odia con toda su alma, jamás consentiría que me acostara con él…

-Eso no lo sabes –le replicó Judith- Carlos ha cambiado mucho, tanto como tú… y quizás te sorprenda con su respuesta… sabes, creo que a tu marido le gusta eso de mirar… ayer no le quitaba ojo a la polla de Rubén mientras te empalaba…

Las dos volvieron a reír divertidas con aquella imagen que Judith acababa de evocar.

-¿Qué me dices, Sara? –Dijo volviendo a acercarse a mi mujer- estoy segura que quieres seguir follándote a Rubén y, a cambio, solo tendrías que dejar que Daniela lo hiciera con Carlos…

-No puedo, de verdad que no… -dijo Sara distanciándose de nuevo- es más fuerte que yo… sería incapaz de ver algo así…

-Entonces ¿qué hacemos? –Preguntó con algo de enfado en su voz Judith- ¿quieres dejarlo? ¿Renunciar a todo?

-Sí, creo que es lo mejor –dijo con seguridad Sara- parar todo esto antes que se salga de madre aunque eso suponga no volver a acostarme con Rubén… haré cualquier cosa con tal de proteger mi relación con Carlos…

Judith suspiró resignada ante la firme decisión de mi esposa que me había cogido completamente por sorpresa. Tanto era el temor a perderme, cosa de la que estaba segura que iba a pasar si me acostaba con Daniela, que iba a renunciar al amante que le había proporcionado el mejor sexo de su vida. Palabras textuales de ella.

-Sabes –le dijo Judith acercándose a ella- siempre me ha gustado tu forma de ser, la firmeza de tu carácter, como no te echas atrás cuando tomas una decisión…

Su mano acarició su mejilla y Sara no hizo nada para evitar esa caricia.

-Renunciar a Rubén no significa que tengas que renunciar a mí… -le dijo pegándose a ella y volviendo a besarla sin oposición de mi mujer.

-Ayer me encantó tocarte las tetas –le dijo mientras sus manos se posaban sobre ellas, tocándoselas por encima de la blusa sin encontrar resistencia por su parte.

Judith, con parsimonia, sin apartar la mirada de mi mujer, empezó a desabrochar los botones de su blusa dejando al descubierto sus pechos cubiertos por su sujetador.

-Tienes unas tetas preciosas –le dijo mientras volvía a acariciarlas con sus manos- no me extraña que Rubén se volviera loco ayer comiéndotelas…

Sus manos bajaron las copas e hicieron sobresalir sus pechos por encima, acercando su boca y empezando a besarlas, primero una y luego la otra mientras Sara entrecerraba sus ojos y se le escapaba algún gemido de sus labios.

Yo, desde mi posición, observaba alucinado como Sara se dejaba hacer, viendo como mi mujer se dejaba comer los pechos por su amiga, que los lamía y succionaba como si le fuera la vida en ello. Viendo como su mano bajaba para acariciar su culo, apretándolo con su mano, palpando su firmeza, sopesando su dureza.

Estaba confundido. Sara acababa de cerrar la puerta a un nuevo intercambio, renunciando a esa nueva vida de placeres que acababa de descubrir. Y todo, por amor. Mi amor. Por miedo a perderme. Y a los pocos instantes, se dejaba besar por su amiga,  que le metieran mano a base de bien y provocándome una tremenda excitación que me estaba haciendo enloquecer. Y aquello parecía ser solo el principio.

-¿Qué dices Sara? ¿Te gusta o quieres que pare? –le preguntó Judith.

-No quiero que pares pero mejor vamos al dormitorio… -le dijo Sara para mi sorpresa y tomando el camino que llevaba a nuestra habitación.

Judith sonrió y fue tras ella quedándome yo allí dudando qué hacer, si seguir escondido donde estaba o arriesgarme y salir, acudir al dormitorio e intentar ver qué ocurría allí dentro. Al final pudo más el morbo y opté por la segunda opción, abandonando mi escondite y saliendo sigilosamente en dirección por donde habían marchado las chicas.

De camino al dormitorio, me fui topando con las prendas de ropa de ambas mujeres haciéndome intuir que cuando llegara iba a encontrármelas desnudas. Y así fue. Me asomé con sigilo buscando mirar en su interior sin ser descubierto y lo que vi hizo que me empalmara al instante.

Sentadas en el filo de la cama, las dos desnudas, se besaban con pasión mientras sus manos jugaban con el cuerpo de la otra. Me sorprendió gratamente ver que, al contrario que en el salón donde Sara se había dejado hacer, ahora se había volcado en su primera experiencia lésbica correspondiendo el beso y sus manos acariciando los pechos de su amiga.

Judith, más atrevida y ducha en esos menesteres, mientras con una mano aferraba a mi mujer por la nuca atrayéndola a ella, la otra recorría sus muslos acercándose peligrosamente a su sexo que no iba a tardar en alcanzar.

Las dos cayeron sobre la cama por el empuje de Judith, que quedó encima de mi mujer, liberando sus labios para descender besando la piel de su cuello, de su torso, hasta posarse sobre sus tetas de nuevo, que devoró con igual ímpetu que había hecho en el salón, provocando que mi mujer acariciara su cabeza pidiéndole más y que aquella dulce tortura no acabara.

Pero Judith sabía que lo mejor estaba algo más al sur y se liberó de su abrazo, descendiendo de nuevo besando su vientre plano hasta alcanzar su pubis, esquivando la leve mata de vello recortado que la poblaba para dirigirse a sus muslos que enseguida alcanzó, besando su cara interna y haciendo enloquecer a mi mujer.

A esas alturas, yo ya no podía más y tuve que sacar mi polla de su encierro, empezando a masturbarme viendo aquello que me estaba matando de placer. Nunca me hubiera imaginado ver a mi esposa en esa tesitura y eso que lo mejor aún estaba por llegar.

Judith ascendió por sus muslos, alcanzado su verdadero objetivo que no era otro que la raja de mi mujer, lamiéndola de abajo arriba, provocando que su cuerpo se estremeciera de puro goce. La posición era algo forzada y Judith arrastró el cuerpo de Sara hasta el borde de la cama, posicionándose ella de rodillas entre sus piernas abiertas en el suelo del dormitorio, volviendo a atacar ahora sin tregua el coño de mi mujer, que se derretía ante el arte de su amiga.

Sara alzó sus piernas posándolas sobre los hombros de Judith, dándole un mayor acceso a su amiga que no cesó en ningún momento de saborear el coño de Sara que no paraba de gemir y agitarse con el contacto de aquellos labios y aquella lengua que tanto placer le estaban proporcionando.

Y yo, desde donde estaba, a parte de la sublime imagen de Judith comiéndole el coño a mi esposa, podía disfrutar viendo la retaguardia de su amiga que se contoneaba al ritmo de sus besos y lamidas, incitándome a cometer una locura.

Y a todo esto, Judith alcanzó su clítoris con su lengua, rodeándolo con su lengua y lamiéndolo con fruición a la vez que, sin muchos miramientos, le metía dos dedos en el encharcado coñito de Sara, causando el instantáneo clímax de ella que gritó a los cuatro vientos.

Mientras Sara caía agotada, exhausta y plenamente satisfecha sobre la cama, respirando agitadamente, su amiga no dejó de lamer y devorar la esencia de Sara, alargando de aquella manera la agonía de mi esposa que no daba crédito a que una mujer la hubiera hecho disfrutar de aquella manera.

Fue entonces cuando Sara se alzó de la cama y apenas tuve tiempo de esconderme para que no me descubriera allí plantado, mirando cómo follaba con su mejor amiga mientras me masturbaba viéndolo. Contuve hasta la respiración esperando que mi mujer no se hubiera dado cuenta de mi presencia pero no lo hizo.

Unos nuevos gemidos hicieron que volviera a asomar la cabeza, encontrándome que esta vez era mi mujer quién le estaba devolviendo el favor a Judith, con su cabeza enterrada en la entrepierna de su amiga.

La cara de vicio de mi mujer me despejó todas las dudas. De nuevo la Sara viciosa y desinhibida había tomado el control y ante ella se presentaba una oportunidad única para disfrutar de una experiencia nueva. Era el primer coño que se comía y se estaba esmerando en hacerlo, chupando y lamiendo todo lo que encontraba a su paso, siguiendo las enseñanzas que su amiga acaba de enseñarle.

Y por la cara de placer absoluto de Judith lo estaba haciendo de maravilla. Se retorcía al compás de sus lamidas, no paraba de suplicarle que no parara y siguiera chupando, sus manos aferraban su cabeza enterrándola aún más en su sexo anhelando más de aquello que mi mujer le estaba dando.

Y cuando creía que ya lo había visto todo, que Sara no podría dejar de sorprenderme, volvió a hacerlo. Se apartó del coño de su amiga y yo volví a esconderme de nuevo pero solo unos instantes, lo que tardó en volver a oírse el sonido de los gemidos. Sí, gemidos.

Cuando me atreví a mirar de nuevo, la escena había cambiado. Ahora las dos estaban sobre la cama, en posición inversa y devorándose mutuamente sus sexos con avidez. Yo, que no había dejado de masturbarme, estallé al ver aquella escena tan erótica y me corrí como un adolescente sobre el suelo de nuestro pasillo.

Una vez pasado el momento de excitación, me di cuenta que lo mejor que podía hacer era irme. Hacer como que nunca había estado allí y no había escuchado nada de lo que habían hablado ellas. Tenía curiosidad por saber qué iba a hacer ahora Sara, si anular la quedada para el viernes para un nuevo intercambio con las explicaciones pertinentes o seguir con lo previsto, quizás convencida de nuevo por Judith después de su sesión amatoria.

Limpié mi estropicio y tomé el camino a la puerta acompañado por los gemidos de las dos féminas que seguían dando rienda suelta a su pasión desbordada. Salí del piso y caminé sin saber muy bien adonde ir para matar las casi dos horas que me quedaban todavía hasta mi supuesta llegada a casa.

Al final me decidí por un parque que había cerca de casa, donde me senté en un banco y me puse a repasar todo lo ocurrido esa tarde. Me había sorprendido que Judith le hubiera contado a Sara la identidad de la mujer de Rubén aunque supuse que lo  había hecho con la intención que se uniera a nuestros juegos.

Pero nada más lejos de la realidad. Otra sorpresa más. Sara había renunciado, al menos que yo supiera en el momento en que me había ido, a volver a hacer un intercambio con ellos sabiendo que eso implicaba entregarme a Daniela. Y, por fin, había descubierto el verdadero motivo de la inquina que mi mujer sentía hacía su compañera de trabajo.

A parte del hecho que estaba convencida que utilizaba sus encantos para aprovecharse de los hombres, también estaba convencida que ella estaba interesada en mí en algo más profundo que simple sexo aunque yo no estaba para nada de acuerdo con ello. Pero claro, si eso era lo que ella pensaba, comprendía su temor a vernos intimar de aquella manera por temor a perderme de verdad.

Miré el reloj y suspiré resignado. Todo había vuelto a joderse. Yo que confiaba en otra noche de sexo desenfrenado para que Sara fuera saciada a su viaje a Sevilla con su jefe y, a última hora, se truncaban todos los planes. Y todo por las prisas de Judith y Daniela por involucrarse en nuestro peculiar grupo sexual.

Maldita Judith. Sabía que su amiga conocía el proceso por el que estábamos pasando pero no que la estaba aconsejando, guiando para que se adentrara en su mundo amparándose en el supuesto interés de Sara por aquel mundo, desconocido para ella hasta ese momento.

Puro interés. Lo había demostrado al confesar que quería acostarse conmigo desde que lo habíamos dejado, que se había quedado con esa espina clavada y que había aprovechado la ocasión para culminar su deseo incumplido. ¿Y qué clase de amiga te sugiere que le pongas los cuernos a tu marido? ¿O es que había algo más detrás de esa sugerencia? ¿Quizás otra forma para presionar luego a Sara a aceptar a Daniela?

No lo sabía y probablemente no lo sabría jamás. Sara había decidido cortar aquello de raíz y ya no iba a haber más intercambios con ellos, haciendo más difícil que Daniela pudiera intentar algo conmigo. Al menos, de forma consensuada. No dudaba que, viendo su interés, seguiría intentándolo de otra forma.

Me levanté viendo la hora y dispuesto a marchar para casa. Antes de llegar, desde el otro lado de la calle, vi salir de mi bloque a una sonriente Judith. No sabía si se debía a la intensa sesión sexual entre las dos o que, al final, había conseguido convencer a mi esposa. Pronto iba a saberlo.

-Cielo, ya estoy aquí –dije nada más entrar avisándome de mi presencia a mi mujer.

-Estoy en el dormitorio –me avisó Sara.

Fui hacia allí y me encontré con algo que no me esperaba. A mi mujer desnuda sobre la cama revuelta y mirándome sonriente, evidentemente divertida por mi expresión de estupor en la cara.

-Ven aquí, cielo –dijo invitándome a sentarme a su lado- y no te hagas ideas raras que todo esto tiene una explicación…

-Eso espero –le dije confuso por encontrármela de esa guisa.

-Ha venido Judith a traerme y ayudarme a hacer las maletas para lo de mañana por la noche y, bueno, una cosa ha llevado a la otra…

-¿Te has acostado con ella? –pregunté asombrado porque me confesara lo que yo ya había visto.

-Sí… ella se ha ido hace un rato…-ella parecía divertida con todo aquello y yo sumamente confuso.

-Carlos, quiero que sepas algo… -dijo poniéndose seria- antes de eso, hemos discutido las dos… me ha contado algo que me ha hecho cabrearme mucho y, sintiéndolo de verdad, le he dicho que mañana no íbamos a ir a su casa…

-Espera Sara, que no entiendo nada –dije sorprendido porque después de haberse acostado con Judith aun siguiera manteniéndose firme en su decisión- ¿Qué te ha hecho enfadar? ¿Y qué quieres decir con que mañana no vamos a su casa?

-Judith me ha dicho quién es la mujer de Rubén… es Daniela… -dijo observando mi rostro.

-¿Daniela? ¿Qué Daniela? –contesté yo haciéndome el tonto.

-La Daniela que trabaja conmigo, la que te metió mano el otro día en el Heaven… -dijo aclarándome la duda- supongo que entenderás que, estando ella por medio, no pienso volver a acostarme con Rubén ni saber nada más de sus juegos…

Yo estaba desconcertado, no sabiendo ni qué decir ni qué hacer, sorprendido por la actitud y firmeza de mi mujer. Pero ella lo interpretó de otra manera, suponiendo que estaba decepcionado por abandonar aquel mundo excitante que acabábamos de descubrir.

-Ya sé que es difícil de entender y asumir… y más con lo que nos ha costado dar este paso pero, de ninguna de las maneras voy a permitir que folles con Daniela y, si siguiera acostándome con Rubén, más pronto que tarde ella te iba a reclamar… y eso no va a ocurrir…

-Pero pensaba que tú querías esto, que te había gustado… -le dije buscando saber el motivo real que le había llevado a tomar aquella decisión y sin contar conmigo.

-Y me gustó, mucho… pero no estoy dispuesta a poner en riesgo nuestra relación involucrando en ella a alguien como Daniela –dijo con rotundidad- siento que te sientas decepcionado por mi decisión…

-Para nada, cariño –le dije- si la entiendo, solo es que me ha cogido todo por sorpresa… imagínate, Daniela… anda que no hay mujeres en el mundo… y no sé, estabas con tantas ganas que llegara mañana para volver a acostarte con Rubén que me ha cogido por sorpresa tu decisión… aunque la entiendo, de verdad… si en lugar de Daniela fuera Roberto…

Ella me cogió la mano comprensiva y satisfecha que me hubiera tomado tan bien la decisión tomada de forma unilateral por su parte aunque claro, ella no sabía que yo ya la conocía y había tenido tiempo para asumirla. Lo que no comprendía era porque Judith había salido tan contenta de mi casa después de mantenerse firme mi mujer en la decisión tomada…

-Carlos… ¿sabes que aún no me he limpiado? –dijo mirando de forma lasciva y abriendo sus piernas al máximo, ofreciéndome su coño- aún debe saber a la boca de Judith…

Yo la miré atónito. Después de haberse corrido vete tú a saber cuántas veces con la boca de su amiga, aún tenía ganas de guerra. Aunque mucho me temía que todo aquello era una forma de mi mujer de hacerme claudicar, de aceptar su decisión sin oposición. Por eso me había recibido desnuda y ahora se me ofrecía de aquella manera.

Y yo caí. Bajé besando todo su cuerpo hasta alcanzar su sexo que, evidentemente, no se había limpiado. Olía a sexo, a corrida reciente, a sudor, a hembra en celo… no pude resistirlo y enterré allí mi boca, lamiendo sus labios, chupando su clítoris y metiéndole mis dedos dentro de su coño, intentando igualar las habilidades de su amiga que tanto placer le había dado.

Sara se corrió mientras apretaba mi rostro contra su entrepierna, evitando que me alejara de allí pero nada más lejos de mi intención, me pasaría la vida entera saboreando a mi mujer, dándole más placer hasta dejarla extenuada.

-Joder Carlos… sigue así… -dijo alentándome a seguir con lo que estaba haciendo.

-¿Te gusta cómo me sabe el coño? A Judith le ha encantado… he perdido la cuenta de los orgasmos que me ha sacado con su boca… -volvió a decirme para provocarme, para incitarme.

Yo seguí chupando y lamiendo, penetrándola con dos de mis dedos y, ante sus provocaciones, buscando su ano para penetrarla también por aquel agujero.

-Ostia sí…. –gritó cuando sintió mi dedo penetrarla por allí.

Y se corrió de nuevo, esta vez ya de forma definitiva. Quedó desmadejada sobre la cama, medio recostada sobre el cabecero, respirando de forma agitada y con un rostro de felicidad que pocas veces le había visto.

Me tumbé a su lado y la besé, siendo correspondido al momento por ella. Nos quedamos un rato allí sentados, recuperándose ella y yo aún empalmado y pensando sobre lo que estaba ocurriendo.

-Te toca cielo –dijo cogiéndome por sorpresa Sara, que se inclinó y me desnudó de cintura para abajo en un suspiro, empezando a chuparme la polla de forma frenética mientras con su manos no dejaba de jugar con mis testículos.

La devoraba con unas ganas y un hambre como en nuestros mejores momentos, en nuestros polvos más intensos y salvajes. Yo estaba totalmente entregado, disfrutando de la magnífica mamada que me estaba haciendo mi mujer, que apenas me daba tregua para nada, solo sacándosela brevemente de su boca para coger un poco de aire antes de volver a tragársela.

-Sabes cielo –me dijo en uno de esos parones y cuando ya preveía que no iba a aguantar mucho más- me gustó mucho lo que hicimos el otro día… ¿a ti te gustó?

-Sí mucho, Sara… no pares –le dije y al momento volvió a meterse mi polla en la boca.

-¿Y te gustaría volver a repetir? ¿Volver a hacer un intercambio? –dijo sacándose de nuevo mi miembro de su boca, masturbándolo de nuevo.

-Claro que sí –dije obnubilado por el placer pero sin entender que pretendía con aquello- pero has dicho que Rubén y Judith…

-No tiene por qué ser con ellos… -dijo cogiéndome por sorpresa sus palabras pero no tuve tiempo para nada porque su boca se apoderó de nuevo de mi polla, volviéndome loco.

-No sé qué quieres decir… -solo conseguí balbucear.

-Que podría ser con unos desconocidos… -dijo volviendo a sacarse mi polla para hablar- podríamos buscar a alguien a quien no conociéramos, sexo sin ataduras y sin riesgos… no como con ellos…

Yo no sabía a donde quería ir a parar Sara con lo que me estaba diciendo y así se lo hice saber.

-Sigo sin entender qué quieres decir…

-Quiero decir que podríamos probar un local de intercambios –dijo volviendo a engullir mi miembro y acabando con mi escasa resistencia.

No pude más y estallé, derramando mi semen en su boca que mi mujer no rechazó y tragó sin descanso, alargando mi agonía y haciéndome desfallecer de puro placer. No paró hasta dejarme seco y, entre lamida y lamida, mientras me limpiaba la polla, volvió a la carga.

-Qué dices, Carlos –preguntó de nuevo- ¿te apetece probar un local de esos?

-No sé –le dije mostrándome algo reticente, recuperando algo de cordura después de correrme.

-No tenemos por qué hacer nada, solo echar un vistazo y ver cómo son… tomar una copa y, si no nos gusta, nos vamos y ya está…

-Vale –cedí ante su persistencia y aun aturullado por el intenso orgasmo sufrido- pero solo una copa… ahora solo falta encontrar uno ¿no?

-No hace falta –me dijo Sara mirándome con una intensa sonrisa- cuando se ha ido Judith me he metido en internet y ya he buscado uno…

Se levantó y salió al salón, volviendo al poco con el portátil y mostrándome una página de un club de intercambio de nuestra ciudad, enseñándome las fotos del local y los servicios que ofrecían, vendiéndome el sitio.

Pero yo ya no la escuchaba. Era imposible que en tan poco tiempo Sara hubiera dado con aquel lugar que parecía tan exclusivo, al fin y al cabo había visto salir a Judith de nuestro portal cuando yo ya llegaba a él. Recordé su sonrisa y no tuve ninguna duda que aquel sitio se lo había recomendado ella. ¿Con qué intenciones? No lo sabía pero algo me decía que no iba a tardar en descubrirlo.

Un comentario sobre “Todo empezó como un juego (21)

  1. Quiero felicitar al autor de “Todo comenzó como un juego”, es tremenda la calidad del relato, lo leo en la punta de la silla, me hace emocionar, temer,excitar y no puedo evitar meterme en la piel del protagonista, que dicho sea de paso se llama Carlos como yo. Muchas gracias por escribir sigo tus relatos desde que te descubrí hace un par de meses. Un gran abrazo y espero con ansias el próximo.

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