LOLA BARNON

El adiós (in)esperado

Nico

Minutos después del polvo, yo solía caer en un sopor placentero y relajado, pero esta vez, era diferente. Mi cabeza no paraba de dar vueltas a la idea de que Mamen había vuelto a sobrepasarse. Estaba en ese momento mirándola con una medio sonrisa que mezclaba mi estado de innegable excitación y la preocupación que ya, de forma inalterable, presidía mis pensamientos. Mamen veía la televisión a media voz en nuestro dormitorio. La pantalla de su móvil en ese momento se encendió. Ella lo miró sin desbloquearlo y sonrió. Luego tecleó la contraseña y contestó al mensaje.

        —Es Jorge, ¿a que sí…? —dije fingiendo estar ya entre sueños.

        Ella asintió concentrada en teclear y sin dejar de sonreír.

        Las veces que habían chateado entre ellos, Mamen no se había ocultado. De hecho, hablaba con total naturalidad de lo que se ponían. Me reconoció que él era más recatado que ella, que al segundo o tercer mensaje ya le decía algo caliente.

        Llevaba así un minuto, tecleando, leyendo y sonriendo, cuando de pronto se levantó. Pensé que iría al baño, pero la escuché bajar los peldaños de la media escalera que descendía al salón. Me pudo la curiosidad, y sin que me viera la observé. ¿Por qué se había ido al salón?

        Allí estaba, como una niña pequeña, tecleando, leyendo y sonriendo. ¿Era la primera vez que lo hacía? ¿Por qué no me decía nada como en otras ocasiones? Me quedé muy intrigado. Y, molesto.

        Me sentí, parecido a haber sido traicionado. Era curioso, no me molestaba menos que se acabara de follar a dos tíos delante de mí, o que se hubieran corrido los dos en ella o sobre ella, que en el fin de semana hubiera experimentado el sexo anal… a un mensaje a escondidas. Bueno, no era así. Quizá, aquello era la culminación de un proceso en el que ya había entrado Mamen.

Estuvo tiempo, cerca de veinte minutos y ni siquiera miró una sola vez hacia las escaleras que llevaban a nuestro dormitorio. La sentí, por extraño que fuera, lejana y ajena a mí.

        Me metí en la cama con desazón, muy molesto con Mamen. Sí, era egoísta porque yo había provocado esto para satisfacer una fantasía que ambos teníamos. Y a pesar de mi molestia por esos excesos de Mamen, no lo había detenido. Hubiera sido fácil… ¿O quizá ya no? ¿Era yo más culpable que mi novia por promover todo esto? ¿Había avanzado con Jorge más de lo deseable, como me imaginaba? Me torturé con ese pensamiento, incluso después de que ella subiera al dormitorio y se acostara. Yo, me quedé una hora, por lo menos, desvelado y dándole vueltas a aquello. Entonces decidí que ya no aguantaría más. Necesitaba decirle que esto no podía volver a suceder. Al menos, en los términos de completa libertad para ella sin que yo estuviera presente o siendo consciente de lo que pasaba. Decidí encontrar un momento para decírselo. Y ese, me dije, sería el momento en que me preguntara si podía volver a quedar con Jorge. Intuía que sería el miércoles o jueves de la semana.

        Los días siguientes fueron una tortura. Mamen cambió la contraseña de su móvil. Lo sé, porque intenté saber el contenido de aquellos mensajes y no pude acceder. Obviamente lo hice a escondidas. No quería violar la intimidad de Mamen, pero me quemaba por dentro no saber qué había hablado con Jorge para irse de nuestro dormitorio. Leer sus mensajes sin su permiso me parecía que no era apropiado, pero necesitaba saber qué contenían. Sobre todo, para reafirmarme en la decisión que había tomado.

Aquello encendió, aun más si cabe, la luz roja, parecida a una alarma, que no paraba de sonar en mis pensamientos y reflexiones. Ya no se detuvo.

Llegó el miércoles. Y ella, a casa, a las once de la noche. Recién duchada. Supe que había estado con Jorge. Y tampoco reaccioné. Quizá fue la sorpresa, el enfado interior, la rabia, mi sentimiento de imbecilidad…

—¿Dónde has estado? —le miré aguantándome el reproche que sentía, aunque seguro que me lo notó.

        —Con Jorge… ya sabes —me dijo encogiéndose de hombros, con una ligera sonrisa y cambiándose su ropa de trabajo por el pijama de pantalones cortos y camiseta de tirantes que usaba para estar en casa los días de calor como aquel.

        No comentó nada más. Ni un gesto pícaro, ni una insinuación a que subiera al dormitorio para follar conmigo mientras me lo contaba, como había sucedido siempre que se veían y yo entendía como nuestro trato y mi parte de satisfacción. Demasiada naturalidad en su comportamiento.

        Ya en la cama, esa noche, mientras volvía a chatear con él, me arrimé a ella con mi pene dispuesto, porque a pesar de mi sensación de molestia, seguía sintiendo un morbo brutal sabiendo que había estado follando otra vez con Jorge. Yo mismo me lo recriminaba, pero no podía aguantarme.

        —Me tienes que contar lo de hoy… —la dije ronroneando en su oreja mientras la mordisqueaba el lóbulo.

        —Sí, cari, un segundo… —dijo mientras terminaba de escribir en su móvil.

        —¿Es él? —creo que me salió una voz algo seca.

        —No… Mila. —Mila era una amiga suya que trabajaba en un banco cerca de su agencia. Solían a quedar a comer y se llevaban muy bien.

        Esperé que terminara. No lo hizo hasta pasados casi cinco minutos. Dejó el móvil en la mesilla y me acarició en la entrepierna.

        —Pues lo de siempre…

Noté que me lo decía sin demasiada picardía, como algo mecánico. Sé que tuve que explotar en ese momento. Pero me dije que era demasiado simple. Ella se volvió a mí. Había introducido su lengua en mi boca, me acariciaba la polla y las pelotas y tras bajarme el pantalón corto de mi pijama de verano, empezó a chupármela.

Me ganaba en esas situaciones. No podía evitar el sentimiento de morbo, de atracción dolorosa, de estupidez placentera o de total y absurda sumisión.

—¿Y te la ha metido por el culo? —Me escuché y supe que debía recuperar el control de aquello. No podía seguir con esto aunque me matara de satisfacción y de morbo

Negó sin sacársela, pero apenas emitió gemido alguno. Seguía con su movimiento de arriba abajo, correcto y seguramente concentrada en provocarme placer, pero sin demasiada pasión.

—¿Se ha corrido en tu cara?

Asintió brevemente y siguió con la mamada.

—¿Las dos veces?

—Una… la otra no. —Se había detenido para respirar y lamerme un poco los huevos que ya empezaban a estar hinchados

—¿Dentro?

Asintió y siguió chupándomela. Yo, en ese momento estaba a punto de alcanzar el orgasmo solo de imaginarme la escena con ella totalmente entregada a un sexo feroz y desatado.

La avisé con la esperanza de que se aguantara y dejara que yo me corriera en su cara. Pero no, en el último momento se retiró. Sí, es cierto, que parte de mi disparo de semen la dio un poco en la barbilla y que me sonrió. Pero ni una sola gota cayó cerca de su boca, ni me lamió las que iban saliendo ya más lentamente, una vez finalizada la corrida.

Suspiré.

—Casi me corro en tu boca —disimulé mi molestia que empezaba a sustituir muy rápidamente a la excitación.

Sonrió y me dio un suave beso en mi mejilla. Luego se fue al baño a lavarse y seguidamente, cogió de nuevo el móvil. Yo no me había percatado de que se había encendido en un par de ocasiones mientras me la chupaba.

De nuevo, salió del dormitorio para chatear. Esta vez estaba seguro de que era con él. Y sin demandar que yo hiciera nada para darle placer. Seguramente, ya iba completamente satisfecha desde por la tarde.

Cuando ella regresó al dormitorio, yo me hice el dormido. Entonces me levanté. Cogí mi móvil y en completo silencio para no despertarla, puse unos mensajes. Pero no obtuve respuesta…

Tenía que terminar con aquello…

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s