DESMOND EUTAND

Hace muchos años un viejo periodista inglés que ponía en orden su colección de más de dos mil mapas clavó sus ojos en un pequeño plano de la Sierra de Guadarrama. Comenzó a repasar los caminos, pistas, fincas, fuentes y miradores hasta que un pequeño sendero llamó su atención. Lo siguió con su índice hasta que llegó a una pequeña elevación en la que se indicaba el nombre: “Camino del Perro”.

No dudó en tomar el primer avión desde Manchester con destino a Madrid. La curiosidad de periodista, que nunca le había abandonado, incluso ahora que estaba jubilado, le llevó hasta un pueblo cercano a esos montes. Se había pasado gran parte de su vida haciendo guías de viaje a la antigua y le quedaba ese reflejo de conocer todos los detalles del lugar en el que trabajaba. ¿Por qué llamaban así a aquel sendero? ¿Qué historia se escondía tras ese sugerente nombre?

Una vez encontró alojamiento en el hostal del pueblo, tiró las maletas en la cama de su habitación e inició su investigación. Preguntó en la diminuta oficina de turismo, conversó con los abuelos que tomaban el sol en los bancos de la plaza, se asomó a la biblioteca municipal para indagar, pero nadie supo decirle cuál era el origen de aquel nombre y los pocos libros que podía consultar ni siquiera lo mencionaban.

Esa misma noche, mientras cenaba en el restaurante del hostal, un anciano se acercó a su mesa.

– Mi nombre es Ismael y soy pastor. He oído que anda usted preguntando por el Camino del Perro – le dijo.

Después le contó algo que había oído de boca de su padre, también pastor, cuando aún era un niño.

– Un día de invierno subía por aquel sendero con su rebaño cuando unos gemidos llamaron su atención. Pensando que se trataba de una persona en apuros corrió hacia el origen de los gritos. Encontró entonces un cachorro famélico atado a un árbol. Tenía el cuello desgarrado por el roce de la cuerda y apenas se sostenía en pie. El pastor le desató y le bajó hasta su cabaña. Encendió el fuego y apiló unas mantas en el suelo para que el perrito pudiera descansar y entrar en calor. Estuvo seis días cuidando de él. Trató en vano de alimentarle y de curar sus heridas. No pudo salvarle la vida. Al séptimo día el perrito murió. Mi padre subió su cuerpo al mismo árbol donde lo había encontrado y lo enterró allí.

– Nunca pudo olvidarlo – continuó el anciano -. Cada vez que pasaba por delante del árbol, agachaba la cabeza. Mi padre amaba a los perros y aquel suceso le partió el corazón.

– ¿Encontró al dueño del perro? ¿Al que le hizo aquello? – preguntó el periodista.

– Sí – respondió el viejo -. Y se vengó.

– ¿Qué quiere decir?

– Puede usted encontrar el árbol siguiendo el sendero. Mi padre lo marcó tallando una “P” en el tronco. Cuando murió le enterramos allí. Pensamos que le gustaría descansar en el mismo lugar donde descansa el perrito. Vaya con cuidado.

El viejo se marchó sin decir palabra. El periodista subió a su habitación, preparó una mochila antes de irse a dormir y se dispuso a visitar el árbol al día siguiente.

Continuará

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