ESRUZA

 

Recientemente había yo viajado a otra ciudad; acudía a una invitación de un evento especial en casa de unos amigos; sabía que en esa ciudad vivía un viejo y querido amigo que hacía mucho tiempo no veía, pero no entraba en mis planes visitarlo por falta de tiempo y porque no lo creía conveniente, a pesar de que la tentación de hacerlo era mucha, no lo haría.  Llevaba sólo el tiempo suficiente para asistir al evento, y un día más para descansar del ajetreo del día anterior, antes de emprender el regreso.

En la tarde del día libre, decidí salir a caminar por la ciudad para conocerla un poco. Me entretenía de vez en vez ante algún aparador; era un día feriado y había mucha gente caminando por la acera, entreteniéndose en lo mismo que yo. Reanudé mi camino, y, súbitamente, vi a unos cuantos metros, una cara conocida, ¡era mi amigo!, y pensé que, finalmente, sí podría saludarlo; mi corazón empezó a latir apresuradamente. Creo que él también me reconoció, sin embargo, increíblemente, cuando ya estábamos cerca, desvió la mirada y se paró ante un aparador fingiendo estar interesado en lo que veía y, como si no me hubiera visto, se dirigió a la entrada de la tienda. Era obvio que no quiso encontrarse conmigo. Sentí una tristeza infinita al notar su actitud.

Yo vestía jeans y una camisa blanca, calzaba tenis y peinada sencillamente, con los cabellos lacios; él vestía elegantemente de sport, -siempre fue muy cuidadoso con su persona- Su caminar era cansado, su rostro reflejaba preocupación y sus cabellos algo encanecidos, pero seguía teniendo la misma apostura, sólo con algunos años agregados. No pude ver más porque entró a la tienda, y yo pasé de largo con un sentimiento de desencanto. Habíamos sido compañeros de trabajo y tuvimos una relación que para mí fue muy importante; tal vez para él no, ya hacía muchos años de ello, nuestros caminos se bifurcaron y todo terminó.

En su juventud había sido buen mozo, atractivo, inteligente y muy preparado, -yo le admiraba y dicen que, algunas veces, de la admiración nace el amor-, pero su debilidad eran las faldas; no corría, como se dice, detrás de “cualquier escoba con faldas” no, pero sí detrás de cualquier “cabús” grande, entre más grande mejor, sin importar si era fea o bonita, corriente o con clase, sólo con el “cabús” grande; eso era decepcionante. Tal vez, sólo tal vez. los cambios que los años nos dejan físicamente hicieron que no quisiera encontrarse conmigo, era demasiado vanidoso y orgulloso o. simplemente, no le importó saludarme, eso me hirió profundamente.

Llegué, apresuradamente, a la casa de mis amigos con una sensación amarga de frustración y desilusión al pensar que no había querido encontrarse conmigo; fue dolorosa su actitud esquiva. Los años habían pasado, ¡qué importaba! fue sorprendente su reacción. El tiempo cobra su factura inevitablemente. A mí no me hubiera importado que me viera, el tiempo corre para todos y lo que importa son los sentimientos, si éstos fueron importantes; y para mí, lo fueron; aunque ya no existan, pero existieron, tal vez, y siempre estará en mi memoria y en mi corazón como alguien inolvidable que dejó huellas imborrables. Quizá, cuando estemos en otro plano podamos vernos frente a frente, de forma etérea, no sé.

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