ISA HDEZ

No había nadie en la playa. Estaba tendida en la arena mirando el vaivén de las olas al atardecer, aún quedaba luz pese a que el sol hacía ya rato había desaparecido en el ocaso. Sintió un poco de frio y se disponía a levantarse y vestirse para marcharse; introdujo la mano en la cesta de la playa para coger la camiseta y no la encontró, solo había un pareo haciendo juego con el bikini que llevaba puesto. Se quedó pensativa, no recordaba bien que ropa traía puesta. Mientras se ataba el pareo su mirada se perdió tras las huellas en la arena, eran unas pisadas de pies grandes, como de hombre, y, en una sola dirección, pero no había visto a nadie en todo el rato que llevaba en la playa. Se quedó con los ojos clavados en las pisadas y sintió miedo. No podía moverse, estaba temblando. Quería desaparecer de allí, llegar al coche que tenía aparcado en la orilla. No podía llegar, estaba contraída, estática; tampoco podía gritar ni pedir ayuda. Una ola la salpicó y borró todas las pisadas, solo entonces pudo moverse, corrió hacia el coche, bloqueó los seguros y arrancó. Al pasar por delante del quiosco, un hombre la miró de forma recelosa, y esbozó una sonrisa que a ella le pareció maliciosa. No le gustaba ese hombre. Era su nuevo vecino. Su mente lo relacionó de inmediato con las pisadas de la playa, ¿pudiera ser él la persona que de forma sigilosa paseara por la playa, mientras ella dormía al arrullo de la brisa? Su objetivo sería indagarlo.

© Isa Hdez.

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