QUISPIAM

Capítulo 18

Volví a la cama consternado al descubrir que el monitor no había tardado nada en intentar hacer cambiar de parecer a mi mujer. Sabía de sobras que a él le gustaba mi mujer y que deseaba follársela pero, después de la negativa al intercambio que nos habían propuesto él y Judith esa tarde, pensaba que iba a tener algo de tiempo antes que intentara algo de nuevo. Nada más lejos de la realidad.

Pocas horas después le había enviado una foto de su polla y Sara, excitada a más no poder, se había masturbado ante aquella imagen en nuestro sofá. Y lo peor, yo lo había hecho también ajeno al motivo de su masturbación, solo disfrutando de la imagen de mi mujer autosatisfaciéndose.

Sara, a mi lado, dormía plácidamente ajena a mis quebraderos de cabeza. Intenté auto convencerme que aquello no significaba nada, que yo también me había masturbado viendo fotos de su amiga pero no lo conseguí. Después de lo sucedido el fin de semana, de la charla de esa misma tarde después de no negarse tajantemente a un intercambio con ellos dos, aquello me parecía grave y peligroso. Muy peligroso.

Me costó conciliar el sueño y por la mañana, me levanté antes que sonara el despertador. Sara aún dormía y aproveché para arreglarme y preparar el desayuno antes de que ella se levantara.

-Vaya, qué madrugador estás hoy –dijo cogiéndome por sorpresa mientras apuraba mi desayuno.

-Sí, no podía dormir y he decidido aprovechar el tiempo –le contesté.

-¿Por qué? ¿Te encuentras mal? ¿O esto tiene algo que ver con lo de ayer? –me cuestionó ella con un ápice de preocupación en su voz.

-No es nada, no te preocupes –dije observándola. La verdad es que ella estaba radiante, se notaba que había dormido bien. Debía haber influido el intenso orgasmo alcanzado masturbándose con la foto enviada por Rubén.

-¿Seguro? –volvió a preguntar.

-Seguro. Anda, espabila que si no llegamos tarde… -le dije dándole un beso.

Ella fue a cambiarse aun dudando si realmente me preocupaba algo. Mientras ella se arreglaba yo aproveché el momento de soledad para husmear, una vez más, en la cuentas de correo electrónico de Roberto. Quería saber si, por alguna casualidad, le había contado algo de lo ocurrido el sábado a su colega de correrías Oscar.

Y, efectivamente, lo había hecho.

-¿Qué tal te fue el sábado con la Daniela? –empezaba la conversación Oscar.

-Ufff… calla, calla que no sabes la que se lió esa noche –le contestó Roberto.

-¡Ostias! ¿Qué pasó? Al final te dejó a dos velas como te dije… jajaja –se burló el otro.

-Que no pesado… algo muchísimo mejor… Nunca adivinarías a quién me encontré en el Heaven cuando salí con ella…

-Pues ni puta idea, tío.

-A la Sara acompañada por su marido y otra pareja que no conocía –soltó Roberto.

-Joder, vaya corte de rollo… ahora entiendo porque te quedaste sin follar… -sentenció Oscar.

-Espera que tengo visita y luego te cuento lo mejor –le cortó el jefe de Sara.

Ahí se interrumpía el cruce de correos. A pesar de la insistencia de Oscar pidiéndole que le explicara qué había pasado con Sara y Daniela ya no hubo respuesta. Ahora tenía la duda de si no había tenido tiempo de seguir contándole por correo sus hazañas sexuales de esa noche o bien lo había hecho en persona en algún descanso o bien a la hora de la comida.

Tampoco tenía la posibilidad de saberlo. Lo único que podía hacer era seguir revisando su correo para ver si volvían a reanudar su conversación donde lo habían dejado, lo que confirmaría el hecho de no haber tenido tiempo para hacerlo o bien, la cosa quedaba ahí lo que me confirmaría el hecho que lo habrían hablado en persona.

Lo único cierto era que Roberto no pensaba callarse el encuentro con mi mujer y que estaba deseando soslayarse con lo ocurrido. Cada vez me caía peor ese sujeto que mi mujer tenía por jefe pero poca cosa podía hacer para evitar que hablara de mi mujer. Sara se había equivocado al dejarse meter mano por aquel energúmeno y ahora pagaba las consecuencias por ello.

Sentí los pasos de mi mujer acercándose y cerré el correo de Roberto rápidamente para evitar ser cazado por ella, lo que provocaría una nueva disputa entre nosotros. De ello estaba seguro. Como si se enterara de mi intromisión en su teléfono la pasada noche… y con razón, claro está. Todo esto me hizo ver el cambio que se estaba produciendo también en mi persona. Fisgando en el correo de su jefe, mirando en su móvil mientras ella dormía… ¿qué me estaba pasando a mí también? Yo nunca había sido así…

Sara me dijo algo que no escuché sumido como estaba en mis pensamientos y, cuando sentí su mano sobre mi hombro, di un respingo.

-Carlos, ¿estás bien? –Preguntó preocupada- llevo un rato llamándote…

-Perdona, cariño –dije levantándome del sofá- le estaba dando vueltas a una cosa del trabajo…

-Estás muy raro esta mañana…

-No te preocupes, estoy bien –intenté tranquilizarla- ¿ya estás? Pues vamos, que llegaremos tarde.

Salimos del piso camino del garaje donde guardábamos el coche en silencio, notando la mirada preocupada de Sara en mí. Nos montamos en el coche y emprendimos el camino al trabajo acompañados por el sonido de fondo de la radio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

-Carlos, si es por lo del fin de semana en Sevilla con Roberto… -rompió el silencio Sara verbalizando su preocupación por mi estado.

-No es por eso, Sara –volví a intentar tranquilizarla- estoy dándole vueltas a lo de los servidores del trabajo, los que tenemos que cambiar… no quiero que se alargué más de este fin de semana… -le mentí. Ese asunto no me preocupaba lo más mínimo.

-¿Seguro? Porque aún estoy a tiempo de decirle que no… -dijo ella.

-Ni se te ocurra, cariño –le dije vehementemente- es una gran oportunidad para ti y no voy a permitir que la dejes escapar.

-Pero para mí lo más importante es nuestra relación y si eso va a hacer que tú estés mal… -insistió ella.

-Sara, yo confío plenamente en ti –le dije cogiéndola de la mano- confío en tu palabra que nada va a ocurrir entre Roberto y tú y que, si intenta algo, que sabrás pararle los pies. Además, como te dije, no creo que tengáis tiempo para jueguecitos… lo que está en juego es demasiado importante…

-¿En serio?

-Que sí… y por mí no te preocupes, que con el plan que tengo por delante no voy ni a tener tiempo de pensar en ti… -le dije mitad en broma mitad en serio.

La verdad es que trabajando en turnos de doce horas poco tiempo iba a tener para comerme la cabeza pensando en si algo podía estar ocurriendo entre ellos dos, cosa que ahora me venía la mar de bien.

Sara, algo más tranquila, sonrió agradeciéndome mi confianza e inició una conversación banal a la que yo me integré con normalidad, superando aquel momento de incómodo silencio con el que habíamos empezado el día.

Nos separamos al llegar al trabajo, cada uno hacía su lado, despidiéndonos como siempre. Parecía que, de nuevo, las aguas volvían a su cauce pero nada más lejos de la realidad. Mi intención, nada más llegar a mi mesa, era mandarle un mensaje a Judith pidiéndole explicaciones por su encerrona.

Pero las cosas no salen siempre como uno desea y nada más llegar a mi mesa mi encargado me pasó una notificación urgente. Me habían pedido expresamente a mí y debía acudir nada más llegar, era urgente me dijo queriéndose quitar aquel marrón de encima. Miré donde era la incidencia y descubrí que la que me solicitaba con aquella urgencia no era otra que Daniela.

Sabía que algo tramaba pero tampoco podía hacer nada para evitar aquel encuentro que era consciente que, tarde o temprano, iba a producirse. Y mejor que fuera en el trabajo, rodeados de gente conocida, que no en otro lugar donde pudiera intentar algo.

Cogí mis cosas y subí en el ascensor hasta la planta donde estaba la empresa donde trabajaba mi mujer, Daniela y Roberto. Y si ya era malo empezar la jornada de trabajo recibiendo aquella encerrona de Daniela, peor fue salir del ascensor y toparme con mi mujer que se sorprendió de verme allí.

-¿Qué haces aquí? ¿Me buscabas para algo? –me preguntó creyendo que la buscaba a ella.

-No, en realidad he venido por una incidencia –le contesté tratando de ocultarle mi destino.

-Ah por fin has llegado –nos sorprendió la voz de Daniela- acompáñame a mi despacho que me corre prisa que me arregles el ordenador.

Lo dijo cogiéndome del brazo y alejándome de mi mujer que nos miraba entre sorprendida y con un principio de enfado que se delataba en su mirada y sus puños crispados.

-Ya hablaremos –le dije mientras me dejaba arrastrar dentro de su despacho. Dejé de verla cuando Daniela cerró la puerta quedándome atrapado dentro con ella.

Daniela estaba de pie mirándome atentamente junto a su mesa mientras yo, nervioso, no sabía qué hacer o qué decir, esperando algo que no llegaba.

-¿Qué es lo que le pasa a tu ordenador? –le pregunté buscando acabar cuanto antes con aquella situación.

-Nada –me dijo sin inmutarse- necesitaba hablar contigo y no se me ha ocurrido otra manera en la que no pudieras negarte a venir…

Yo tragué saliva, nervioso a más no poder. Si tenía alguna duda que aquello era una encerrona por su parte ella misma me lo acababa de confirmar. Ahora era cuestión de saber qué es lo que pretendía con aquello.

-Bueno, pues ya me tienes aquí –le contesté intentando aparentar lo que no sentía- ¿Qué me querías decir?

-Siéntate –me ordenó señalándome la silla que había a su lado.

Yo dudé, demasiado cerca de ella y no me fiaba que intentara nada pero, para mi alivio y tranquilidad, Daniela volteó la mesa y fue a sentarse en su silla poniendo la mesa entre los dos. Ahora sí, me senté tal como ella me había pedido.

-Lo primero, decirte que el otro día me lo pasé muy bien –comenzó ella de forma alegre- lástima que se acabara tan pronto… tenía tantas ideas sobre lo que tú y yo podíamos hacer juntos…

-Daniela, lo del otro día fue un error –la corregí yo- algo que se nos fue de las manos tanto a Sara como a mí, algo que no se volverá a repetir.

-Si tú lo dices… -dijo ella no muy convencida- aunque yo creo que antes de lo que piensas cambiareis de parecer.

-¿Por qué lo dices? –pregunté yo intrigado por su respuesta.

-Bueno, es evidente ¿no? –dijo Daniela como si fuera obvio para todos menos para mí- si tú no llegas a estar delante, Roberto se hubiera follado a Sara esa misma noche. Y ahora, un fin de semana por delante, los dos solos con nadie que se interponga entre ellos y lejos de miradas indiscretas.

-No va a pasar nada entre ellos. Yo confío en Sara, me ha prometido no darle pie a nada y parar cualquier avance suyo. Así que ya ves, no me preocupa para nada ese viaje a Sevilla –le dije intentando aparentar toda la tranquilidad del mundo y mostrarme confiado aunque no sé si lo conseguí.

-¿Y tú? –Me dijo cambiando de tercio- ya has estado a punto de caer en la tentación dos veces y, te puedo asegurar, que al menos por mi parte no va a haber una tercera…

-Porque vas a dejar de intentarlo… -insinué yo.

-Jajaja qué gracioso eres Carlos –contestó ella divertida- sabes que me encantas y deseo que me folles así que no cuentes con ello…

-Lo suponía pero tenía que intentarlo –dije resignado. Hice ademán de levantarme pero ella me lo impidió.

-Siéntate Carlos, aún no hemos terminado –me dijo tajantemente.

-¿Y ahora qué?

-¿Qué habéis decidido sobre el tema del intercambio? –preguntó dando un nuevo giro a la conversación.

-Que no va a haber intercambio –dije con seguridad- no estamos preparados para algo así y dudo que lo lleguemos a estar.

-¿Estás seguro? –Preguntó Daniela- porque a mí no me dio esa impresión. Sara estaba entregada a Roberto y tú empalmado viéndola en sus brazos y sin hacer nada por parar aquello. Y ella, estoy convencida, que si en lugar de yo hubiera sido Judith la que te masturbaba allí en medio de la pista te hubiera dado carta blanca para continuar con lo que estabas haciendo y ella entregarse definitivamente a Roberto.

Callé porque tenía razón. Yo lo sabía y Sara también, ambos nos lo habíamos confesado durante aquella conversación que mantuvimos el domingo por la tarde. Si nuestras parejas hubieran sido otras, ya hubiéramos consumado un intercambio o una infidelidad consentida o lo que fuera aquello.

-Veo que tú también lo tienes claro –dijo ella deduciendo por mi silencio- entonces, ¿cuál es el problema? Ambos reconocéis que os sentís atraídos por Rubén y Judith, ellos están dispuestos a ayudaros a dar ese paso en un ambiente de confianza y, créeme, vais a disfrutar como nunca…

-Tengo miedo, vale –dije alterado y levantándome de la silla- hay veces que no reconozco a Sara, está desatada y, cada vez que se excita, pierde los papeles llegando a hacer cosas que nunca la imaginé capaz de hacer. Lo mismo me dice que quiere parar todo esto que al día siguiente deja la puerta abierta a un intercambio… no soy capaz de entenderla…

-Yo sí –me dijo abrazándome por detrás sin saber en qué momento se había levantado de su silla- yo pasé por lo mismo que ella. Me empecé a descubrir a mí misma o a una parte que hasta ese momento había permanecido oculta…

Quise girarme para mirarla, sorprendido por su confesión, pero ella me lo impidió.

-Pero yo no tuve a nadie que me guiara ni me aconsejara, perdí los papeles por completo e hice auténticas barbaridades –siguió confesándose- no tenía límites ni una pareja como tú que intentara comprenderme o apoyarme…

-¿Y Rubén? –pregunté yo extrañado por lo que acababa de decirme.

-Rubén vino después de mi caída. Yo por aquella época tenía otra pareja, menos comprensible y bastante más celoso que él… una pareja que nunca hubiera entendido lo que me estaba pasando y menos comprenderlo…

-¿Y qué pasó? –estaba intrigado por toda aquella historia que me estaba contando.

-Pues lo que tenía que pasar, que me pilló follándome a un amigo suyo –dijo recordando aquellos hechos- la verdad es que al pobre le costó lo suyo darse cuenta de todo porque, cuando nos pilló, ya había perdido la cuenta de los tíos con los que me había acostado a sus espaldas…

Hubo un momento de silencio que yo no quise romper, ella estaba sumida en sus recuerdos y respeté sus tiempos, esperando que estuviera preparada para continuar.

-La que se montó fue buena. Gritos, peleas e incluso llegó a pegarme a mí y, evidentemente, me dejó… cosa totalmente comprensible –continuó ella- un drama, vaya. Me tuve que cambiar de ciudad y empezar de cero, allí era una puta incomprendida… pero tuve suerte, encontré a Rubén y me descubrió un mundo que desconocía.

Ella continuaba abrazada a mí por mi cintura y apoyó su cabeza en mi hombro, hablándome cerca del oído como le gustaba a ella hacer cuando estaba cerca de mí.

-Lo que quiero decirte con todo esto es que, si yo fuera tú, aceptaría ese intercambio –me dijo cogiéndome por sorpresa- como bien dices, ella está desatada y deseando probar cosas nuevas, recordando lo sucedido el sábado y con un hombre como Roberto que no dejará pasar la oportunidad de aprovecharse de la situación… acepta y disfrutareis los dos juntos, en un ambiente controlado por los dos y evitaras que ella vaya buscando fuera lo que tú le niegas…

Estaba abrumado por todo aquello, completamente sobrepasado y aun asimilando su historia y su consejo.

-Lo que habéis iniciado, Carlos, no tiene vuelta atrás –siguió ella intentando convencerme-  Sara ha descubierto una nueva faceta que le gusta y a la que no va a renunciar. Una mujer atractiva y poderosa, dueña de su sexualidad, una mujer que cada vez va a ir tomando más peso en su vida hasta que casi no quede nada de la antigua Sara. Y tú solo tienes dos opciones, aceptarlo y unirte al cambio, disfrutando de tu nueva vida o luchar contra ello y perder a Sara definitivamente.

Yo estaba sumido en un mar de dudas. No estaba seguro de ser capaz de ver a Sara entregada a otro hombre. Aquella dualidad de dolor, celos y excitación cuando la había visto siendo manoseada por Roberto no era nada con verla siendo follada por otro que no fuera yo. Pero tampoco quería perderla, eso jamás.

Me dejé caer de nuevo sobre la silla, consternado con la decisión que debía tomar. Y Daniela, aprovechó para sentarse sobre mi regazo dejando delante de mis ojos aquellas dos maravillas que tenía por pechos.

-Te gustan ¿verdad? –dijo mientras notaba su culo moverse sutilmente sobre mi entrepierna que empezaba a agitarse ante tanto estímulo- siempre has tenido debilidad por ellas, por eso siempre hago lo imposible para darte una buena visión…

Se ladeó, inclinándose hacia mí y mejorando la visión que me ofrecía su generoso escote, pudiendo apreciar el encaje de su sujetador y buena parte de sus generosas mamas. Yo solo podía mirar y deleitarme con aquellas ubres que siempre me atrapaban. Tenía razón, eran mi debilidad y ella lo sabía.

Abrió un par de botones y dejó al descubierto sus pechos ocultos parcialmente por un sujetador de encaje negro que realzaba aquellas dos preciosidades y donde se notaban las dos protuberancias de sus pezones totalmente enhiestos. Sabía que me tenía a su merced, disfrutaba jugando conmigo y yo no era rival para ella.

-No sabes las veces que he fantaseado contigo –me dijo mientras observaba mi rostro fijo en sus tetas y su culo se frotaba contra mi entrepierna provocando que tuviera ya una erección considerable- y lo del sábado ya fue la hostia… por un momento pensé que por fin iba a cumplir mi fantasía pero no, aun sacaste fuerzas para negarte y evitar lo inevitable…

Daniela cogió mi mano y la posó sobre su muslo desnudo y ésta, instintivamente, empezó a moverse subiendo acariciando su piel tersa y suave, notando la calidez cada vez más cercana de su sexo.

-¿Crees que eso me hizo dudar? –siguió hablando ella y yo, casi ni la escuchaba, demasiadas sensaciones nuevas y placenteras que colapsaban mi mente- al contrario, siempre me han gustado los retos… y tú lo eres, Carlos, estoy deseando que llegue el momento en que sienta tu polla clavada en mi interior…

Por fin mi mano llegó a su sexo, cubierto por un tanguita empapado, que no tardé en acariciar notando su calor, su humedad, oyendo el gemido quedo que se escapó de la garganta de Daniela.

-Pero aún no ha llegado ese momento… -dijo apartando mi mano del interior de su falda, levantándose y abrochándose los botones de su blusa.

Yo no entendía nada. La miraba sin comprender que estaba pasando, con mi mano húmeda fruto de sus fluidos, con un empalme más que evidente y, supuse, con una cara de gilipollas total. Otra vez había jugado conmigo.

-No te preocupes –dijo viendo mi expresión confusa- ya queda menos para que podamos los dos disfrutar el uno del otro. Pero primero debes decidirte: aceptar el intercambio y ver como Rubén hace gozar a Sara o jugártela, tentar a la suerte. Si eliges la segunda opción, te puedo asegurar que este mismo fin de semana Roberto se follará a tu mujer y tú lucirás unos buenos cuernos. Eso sí, elijas lo que elijas, ella lo pasará bien. Eso te lo puedo asegurar de primera mano…

Me levanté de la silla con una mezcla de sentimientos que era incapaz de asimilar. Excitado todavía al haber tenido su sexo entre mis manos. Confuso por haberme parado antes que la cosa fuera a mayores cuando ella misma me había dicho que deseaba aquello con locura. Sorprendido por sus palabras que daban a entender que ella ya se había follado a Roberto y le había gustado la experiencia. Asustado por la confianza que mostraba en sus palabras, dándome a entender que solo tenía dos opciones y en las dos debía entregar a Sara a otro hombre. Y acojonado porque, por primera vez, fui consciente que ella tenía razón. Si me limitaba a no hacer nada, viendo lo que Sara se había dejado hacer el sábado por la noche, fui consciente que mi mujer iba a acabar en la cama de Roberto.

Me dirigí a la puerta algo aturullado y fue la propia Daniela la que me abrió la puerta de su despacho invitándome a salir. Solo había una persona cerca viendo mi salida de aquel despacho. Una sola persona que pudo ver el bulto en mi entrepierna, mi rostro sofocado, la sonrisa de satisfacción de Daniela y, como no, su ropa algo descolocada y sus pezones marcados en la blusa. Y para mi desgracia, esa persona era Sara.

Su rostro era de enfado y con un gesto suyo me indicó que la siguiera. Estaba claro que no me iba a negar a ello, sabía que tarde o temprano iba a pedirme explicaciones aunque no tenía muy claro si aquel era el sitio adecuado para ello.

La seguí pasillo adentro hasta su despacho que, por suerte, estaba al final y no había nadie más por allí cerca. Incluso parecía que el que colindaba con el suyo, que era el de Roberto, estaba vacío. Al menos así nadie podría oír la disputa que íbamos a tener…

En cuanto entré, Sara cerró la puerta tras de mí y volví a sentir aquella sensación de desasosiego que sentí al cerrarse la puerta de Daniela. Sara andaba nerviosa de un lado a otro y yo estaba plantado sin moverme ni abrir la boca.

-¿Me vas a decir qué ha pasado ahí dentro? –preguntó al final plantándose delante mío.

-Nada, te lo juro –le mentí alzando mis manos intentando apaciguarla- ha querido provocarme como el otro día pero te prometo que no ha pasado nada.

-Pues no es lo que parece –dijo señalando mi entrepierna- cuando has salido la tenías bien dura…

-A ver Sara, sabes cómo funciona esto –dije intentando tranquilizarla- no soy de piedra, ella ha intentado provocarme y, aunque yo me haya resistido, sabes que mi polla va por libre.

-Dime qué te ha hecho esa puta esta vez –su tono seguía sonando a enfado pero algo más apagado. Parecía que mis palabras habían conseguido calmar algo su ánimo.

-Como te he dicho antes, me ha llamado para una incidencia. Me he sentado en su ordenador a mirar qué es lo que pasaba y ella se ha colocado a mi lado, pegando sus pechos a mi brazo –empecé a inventarme una historia para salir vivo de aquella situación- ya sabes el escote que suele gastar… así que cuando me giré para decirle que no encontraba nada raro pude ver claramente buena parte de su pecho apenas oculto por su sujetador…

Miré a Sara a ver cómo encajaba todo aquello que le estaba contando y no parecía, de momento, a punto de estallar. Me escuchaba con atención pero sin ánimos de intentar matarme. Era buena señal.

-Aparté la vista rápidamente pero el mal ya estaba hecho. La visión de sus pechos y el roce con ellos había conseguido que mi polla cobrara vida y eso no pasó desapercibido para Daniela –continué contándole- ella, aprovechando que quería enseñarme lo que iba mal, aprovechó para sentarse encima de mí justo sobre mi erección…

-Será zorra… -le oí mascullar- ¿Y tú qué hiciste? ¿Volviste a dejarte meter mano?

-¡No! –negué vehementemente aunque se acercaba bastante a lo que había ocurrido-  la aparté inmediatamente y me levanté de la silla. Te prometo que no pasó nada más.

Mi voz casi era una súplica, intentando que mi mujer me creyera a pesar de la sarta de mentiras que le había soltado. Pero era la única opción que tenía si no quería que todo saltara por los aires y perdiera a mi mujer y mi trabajo.

-Anda, ven aquí –me dijo Sara invitándome a acercarme a ella- te creo. Pero tienes que entender que, cuando te he visto salir de allí con la cara que llevabas y su sonrisa de satisfacción… no sé, por un momento he creído que habías sido capaz de serme infiel…

Yo la abracé pegándome a su pecho y ocultando mi rostro para que no viera mi turbación. No estaba seguro si no habría sido capaz de hacerlo si Daniela no hubiera decidido parar. Y eso volvía a hacerme sentir avergonzado por mi debilidad, avergonzado por estar mintiendo a mi mujer.

-Me alegro que hayas conseguido sobreponerte a la encerrona de Daniela –dijo sujetando mi cara con sus dos manos- aunque tengo que reconocer que tu historia ha conseguido calentarme…

Yo la miré asombrado por el cariz que había tomado la situación, dando un giro completamente inesperado. Ella me miraba traviesa y, ante mi completo estupor, dirigió mi mano hasta su muslo, guiándola hacia arriba hasta llegar a su braguita que encontré húmeda confirmando sus palabras. Y lo peor era la asombrosa similitud de su gesto con lo que había sucedido dentro del despacho de Daniela.

-Ves lo mojadita que está tu mujercita –me dijo mientras se mordía el labio fruto del placer que mi mano guiado por la suya le estaba provocando.

-Ya lo veo. Estás empapada, Sara –le dije no sabiendo si atreverme a más.

-Mucho, Carlos. Tanto que me gustaría que me follaras, aquí y ahora –me dijo sorprendiéndome otra vez.

-¿Aquí? –Le pregunté- nos pueden oír…

-Roberto ha salido a una reunión y no volverá hasta esta tarde… -dijo tumbando mi objeción. Y para empeorar la situación, se dirigió a la mesa donde apoyó sus manos y contoneó sugerentemente sus caderas, incitándome.

Me acerqué a ella, obnubilado por su cara de lujuria, agarrando sus nalgas y estrujándolas con mis manos, palpando su dureza y firmeza que las horas de gimnasio empezaban  a moldear.

-¿Estás segura? –volví a preguntar.

No me contestó. Solo dirigió sus manos a su falda que levantó hasta su cintura, mostrándome su culo aun cubierto por la fina tela de la braguita.

-¿Te hubiera gustado tener así a Daniela hace un rato? –me dijo mientras echaba para atrás su culo, frotándose contra mi entrepierna que ya abultaba de forma descarada bajo el pantalón- seguro que sí, apuesto a que te encantaría habértela follado…

Creí ver una invitación a jugar al igual que el otro día hicimos con Roberto y ya dejé de contenerme. Demasiada tensión sexual acumulada aquella mañana y debía hacerla salir por algún lado.

Bajé sus braguitas hasta quitárselas y Sara subió la temperatura abriendo sus piernas, dejándome ver el brillo de sus labios. Pasé mi mano por ellos, impregnándome con sus fluidos y acercándolos a su boca.

-Mira cómo estás, Daniela –dije queriendo ver si aceptaba o no el juego.  Y lo hizo chupando de forma lasciva mis dedos, degustando su propio sabor.

-Estoy así desde el sábado, cabrón –dijo implicándose de lleno- me dejaste con un calentón…

-Eso tiene fácil solución –dije mientras desabrochaba mi ropa y la dejaba caer hasta mis tobillos- ¿la notas? –le pregunté mientras frotaba mi erección sobre sus labios que se abrían a mi paso tratando de engullirla.

-Joder, sí… métemela Carlos… hazme tuya… -me suplicó.

-¿De verdad quieres que te la meta? –dije volviendo a pasar mi polla por su sexo haciéndola estremecer.

-Lo estoy deseando… pero hazlo ya… que en cualquier momento puede aparecer tu mujer y pillarnos… -dijo para provocarme y vaya si lo consiguió.

Me incliné sobre ella y tapando con mi mano su boca, se la fui metiendo de forma lenta pero sin parar hasta el fondo, hasta notar mis huevos chocar contra su cuerpo. Un gemido ahogado escapó de su boca delatando el gusto que sentía Sara al sentirse penetrada.

-Ves Daniela, ya la tienes dentro –dije susurrándole al oído- ahora te voy a follar como nunca han hecho…

Empecé a follarla de forma rápida, buscando llegar al orgasmo cuanto antes porque, aunque era una situación sumamente morbosa, también muy arriesgada y nos podían pillar en cualquier momento.

La mano en su boca conseguía mitigar sus gritos de placer que se escapaban cada vez que mi polla la golpeaba, perforando su coño que rezumaba fluidos de lo excitada que estaba ante lo que estábamos viviendo. Mis caderas golpeaban contra sus glúteos llenando su despacho con aquel sonido rítmico, fruto del intenso ritmo que había imprimido a nuestro polvo.

Sus tetas se rozaban contra su mesa donde se hallaba inclinada, sumando un nuevo estímulo que aumentaba aún más su grado de excitación. Los dos estábamos fuera de sí, desbordados por la pasión, buscando liberar la tensión acumulada.

-Me voy a correr, me voy a correr… -la oí susurrar bajo mi mano.

-Córrete Daniela, yo también te voy a llenar con mi leche… -le dije mientras sentía como su coño se licuaba sobre mi polla, disfrutando de un orgasmo placentero que la hacía dejarse caer sobre la mesa, mientras mi miembro estallaba, derramando mi simiente en su interior, cumpliendo mi palabra de llenarla con mi leche.

Fue entonces cuando oí un ruido que me hizo levantar la cabeza y mirar hacia la puerta pero allí no había nadie. Sin embargo, estaba casi seguro que había oído algo, como si hubieran cerrado la puerta con cuidado. ¿Nos había visto alguien?

Sara removiéndose bajo mío hizo apartar esa idea de mi cabeza y salirme de ella, apartándome para recomponer mi ropa y esperando su reacción a lo sucedido, temiéndome que quizás ahora, pasada la excitación, me reprochara algo.

-Ha sido genial –me dijo dándome un pico- acabas de cumplir una de mis fantasías, cariño.

-¿Cuál? ¿La de hacer que tu marido te folle imaginando que eres su enemiga, rival o lo que sea Daniela para ti? –le dije en tono de broma.

-No seas tonto –me dijo mientras también se recomponía sus ropas- la de follar en el trabajo. Siempre había soñado con ello…

-Nunca me lo habías dicho –le comenté y era cierto. Siempre me decía que nunca había tenido esa clase de fantasías y ahora me demostraba que no era verdad- ¿alguna más que deba saber?

-Bueno… -dijo mientras hacía como que pensaba- también me gustaría que me follaran dos hombres a la vez, sentir dos pollas dentro de mí…

La miré alucinado. No por la confesión en sí, al fin y al cabo era una fantasía bastante común entre las mujeres por lo que había oído, sino por la naturalidad con que me lo había dicho. ¿Iba a ser cierto lo que me había dicho Daniela que el cambio de Sara iba a ir a más, tratando de descubrir cosas nuevas? ¿Y yo? ¿Sería capaz de asumir los cambios que se producían en mi mujer? ¿Adaptarme a ellos? No tenía respuesta a eso pero, algo me decía, que no iba a tardar en descubrirlo.

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