Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Ya ha pasado una semana desde el relato de la chica drogadicta.

Esta mañana, como suelo hacer diariamente, he pasado mis horas libres, entre clase y clase, en la biblioteca para echar un vistazo a los periódicos del día e ir ojeando alguna que otra revista de divulgación, que es de donde voy recogiendo los datos más actualizados.

Aprovechando que estábamos solas, he preguntado a Sara por la chica y me ha invitado a su casa esta misma tarde para hablar del tema.

Sonia, que así se llama la joven, vive con su madre y dos hermanos más pequeños, en un barrio periférico de la ciudad. Hace casi un año, su padre los abandonó, dejándolos sin ninguna protección económica. Por razones de reconversión de personal en la fábrica donde trabajaba, se había quedado sin trabajo hacía unos meses y desilusionado se echó a la bebida. Un día, cuando volvía a casa en muy malas condiciones, tropezó con uno de los niños y éste se cayó rodando por las escaleras. Cuando vio al pequeño inconsciente, se asustó, creyendo que lo había matado y huyó sin dar más señales de vida.

Cuando llegué esta tarde a casa de Sara, Sonia estaba jugando con Daniel. Parecía otra persona. Su rostro mostraba serenidad, se notaba que se encontraba tranquila y feliz.

Marta estaba allí y me informó que la chica había estado varios meses tomando cocaína. Una compañera del Politécnico le propuso una manera muy fácil de ganar dinero. Sólo tenía que entrar en el pro­bador de ciertos establecimientos y hacer intercambios de paquetes. La cosa era sencilla, pero un día se arriesgaron más y decidieron probar la mercancía y así empezó todo.

Nacho comenzó a observarla en clase y fue poco a poco dándose cuenta de la situación. Hasta que se presentó el momento en el que no pudo disimu­larlo y llegó lo que tenía que llegar. Gracias a Dios, que él estaba pendiente de esa circunstancia y sin más la trajo para que la ayudaran aquí.

—¿Vosotros estáis encontrando a la familia suya? –les pregunté.

(Tened en cuenta que la narradora es extranjera y que no domina bien el idioma cuando se comunica con estas personas)

—Sí —me contestó Andrés—. La pobre madre estaba desespera­da cuando llegamos a su casa Santi y yo. En un principio pensó que éramos policías y que íbamos a comunicarle que su hija había sido detenida por traficar con droga, pues ella sabía de donde procedía el dinero que le entregaba su niña para ayudarle a sacar adelante la economía familiar.

—¿De que ellos viven?

—La madre gana algo de dinero limpiando alguna que otra escalera, pero sin contrato fijo, así que los recursos son escasos. Estos trabajos no son reconocidos legalmente y por tanto son mal pagados y no tienen ninguna atención de seguridad social.

—El niño —continuó informándome Marta— a causa del ac­cidente, se rompió una cadera y está resultando muy costoso su rehabilitación.

—¿Cómo esto es? ¿No hay hospitales gratis?

—Al no tener un reconocimiento laboral —explicó Andrés— por realizar trabajos ilegales, no tienen derecho a una asistencia médica gratuita. Sólo una atención de urgencia, de primeros auxi­lios, pero no a un prolongado tratamiento de fisioterapia o rehabi­litación. Por lo que si quieres que el accidentado se recupere tienes que acudir a una asistencia privada y esto suele ser muy caro.

—Pienso que esto es derecho de todos.

—Bueno, el caso es que tienes que saber tus derechos para disfrutar de ellos. La ignorancia en la que viven estas personas les hace que no sepan cómo reclamar y exigir lo que en justi­cia les corresponde. Es una triste realidad, pero en esta sociedad falta mucha orientación social a esos niveles y no pocos de los derechos del ciudadano están sólo en los papeles de los progra­mas gubernamentales, sin que los ciudadanos más desprotegidos puedan llegar a ser conscientes de lo que se les debe en justicia.

—Por eso Sonia se pensó ayudar a su madre, aunque fuera con peligro ¿verdad?

—Así fue. La madre sabía que la solución de sus problemas no estaba ni mucho menos en eso, pues desde el principio temió por su hija, pero lo inmediato pudo más en ella. Pensaba que quizás tuvieran suerte… total, por sólo un par de meses… para solucionar la rehabilitación del niño… y así fue engañándose a sí misma.

—¿La droga es una problema fuerte?

—Sí, realmente es preocupante —comentó Marta—, pero lo peor es que se especula mucho con el tema y muchas veces la in­formación hace que la curiosidad pueda más que un buen control de parte de los que tienen autoridad. Es un problema que va más allá del conocimiento de los ciudadanos.

-—Sí. En general —siguió Andrés—, la delincuencia organiza­da en nuestro país, en la que sin duda está incluida el tráfico de droga, supera con mucho el conocimiento público. Este es un tema pendiente en el que el propio gobierno está implicado, pues es una de las batallas más duras de la policía y de los funcionarios judiciales de la nación.

—Por eso, tú Marta te lo estudias ¿no?

—Sí, así fue. A fuerza de tanta necesidad o pasas del tema sin ver la importancia social que en sí tiene, o te decides a implicarte en ello y buscas la manera de cómo poder ayudar. Aunque sea a muy pobre escala siempre se puede remediar algo.

—Lo que no se puede, de ninguna manera —ahora era Sara la que intervino—, es cruzarse de brazos y negarse a colaborar, cuando sabes que con un poco de esfuerzo puedes echar una mano positivamente. Cada uno según sus posibilidades, pero sin duda el problema es de todos y cada uno tiene que responder de su implicación en el tema.

—La verdad es que, en muchos temas —dije como si pensara en alto— hay el peligro de leer, oír o ver y tú vivir con la tranquilidad de que no son los problemas esos tuyos.

—Exacto. Este es el peligro, que podemos tranquilamente vi­vir acostumbrándonos a las desgracias y calamidades de las otras personas porque no somos solidarios con el mal ajeno.

—Sólo desde una decisión de responsabilidad humanitaria se nos despiertan los sentimientos ante la causa del que sufre y re­clama más o menos conscientemente nuestra ayuda.

—¿Tú has visto muchos que morir por la droga? —pregunté a Marta.

—Sí, varios casos. La mayor parte de los que ingieren droga dura, terminan muriendo, sin que la tragedia se pueda evitar ni clínica ni socialmente, pues, aunque no está legalizada, no es pe­queño el número de víctimas.

—¿Y no es mejor legalizarla?

—Clínicamente no creo que valga la pena, este tema es muy resbaladizo, es verdad que lo prohibido llama, pero hay cosas que son veneno y que hay que prohibirlas cueste lo que cueste. Es un verdadero cáncer.

—Es lo que pasa con el tabaco, mucha información de lo nocivo que es para la salud, pero es el mismo gobierno el que se beneficia con su venta.

—Y no es sólo eso —prosiguió Sara—, en lo referente a la dro­ga, está también el peligro de la adulteración empleada por los pro­pios traficantes, que para sacar más beneficio económico rebajan la cantidad y con ello la calidad, aumentando el riesgo mortal.

—El tema de la legalización —comentó Andrés—, es también un asunto que toca niveles morales. ¿Cómo autorizar que se con­suma una sustancia con la posibilidad de provocar una enferme­dad o quizás una muerte? Me parece un acto cruel de insolidari­dad con la humanidad.

—Bueno, también el tabaco no está bien y nadie te prohíbe com­prar y fumar ¿no?

—Llevas razón, pero si se ha fumado por tantísimo tiempo ¿quién puede hoy retirar del mercado ese negocio por muy noci­vo que sea? y lo peor de este tema, como apuntaba Marta, es que en eso está metido el comercio estatal.

—¿Y ese ser tu miedo de la droga?

—Así es. Su aceptación legal y social es inconcebible en cual­quier conciencia recta, puesto que es un mal para la persona y me temo que una vez legalizada no se pueda dar marcha atrás.

—El uso de cualquier sustancia química, fuera de una nece­sidad curativa, sólo por el placer o evasión de la realidad, nunca debe permitirse legalmente puesto que estas sustancias disminu­yen las capacidades físicas y mentales en el que las toman.

—¿Y por qué la gente lo toman?

—Por incontables motivos. A veces son varios en la misma persona, pero a parte de la mera curiosidad o por la simpleza de una moda, hay motivos serios a tener en cuenta como los pro­blemas surgidos por la crisis económica del país que conlleva la falta de puestos de trabajo, la pérdida de los valores espirituales, las corrientes modernas destructoras de ideologías y creencias, el miedo existencial… en fin, personas que pierden su proyección de futuro, que no encuentran sentido a su vida y por no valorar su existencia la destruyen con lo que está a su alcance, engañosa­mente creyendo que el uso de esa evasión, de ese placer momen­táneo les liberará de su cruel realidad.

—Y tú Marta, ¿cómo los curas?

—Primero con un proceso de desintoxicación controlando las dosis que se les administra hasta anular la necesidad. Pero al mismo tiempo les proporcionamos una atención personificada ayudándoles a recuperarse psicológicamente, comenzando por la aceptación de sí mismo en su situación vital; con ello, si reaccionan, consiguen una paz y serenidad que les lleva a plantearse de nuevo la vida desde otros esquemas. Aprenden a ser libres y responsables, rehaciendo así su propia autoestima separada de los problemas exteriores. Desde ahí, pueden ser capaces de reaccionar en positivo ante las dificul­tades ambientales y están preparados para platearse la vida como una responsabilidad ante la misión personal e intransferible para la que han nacido. Pues todo ser humano tiene que encontrar ese fin último de su existencia y en la medida que se encamine hacia él, se realizará como persona. Sólo esto nos puede hacer realmente felices.

—¿Sabes cuál es el mayor problema por solucionar ante una persona en este estado? —me preguntó Sara.

—¿Cuál?

—La enorme falta de comunicación en esta sociedad indivi­dualista, llena de prisas, que no tiene tiempo para escuchar los problemas, deseos e inquietudes de los que pasan a nuestro lado cada día. La comunicación es sin duda la medicina preventiva más eficaz en estos casos.

—Cierto. Es lo mejor para combatir los problemas de tantas personas que no saben cómo seguir adelante existencialmente, porque se han metido en un túnel donde no ven la salida. Por eso hay que tratarlos en el ámbito individual. Son casos muy perso­nales, y hay que ver la realidad de cada individuo, en un contacto de corazón a corazón. Esto es imprescindible si se quiere llegar a una auténtica rehabilitación, pero sin duda no es un proceso fácil pues muchas veces se encuentra resistencia por parte de la persona que se le quiere ayudar.

—Todo esto me parece muy interesante, pero muy difícil.

—Verdaderamente no es fácil. Pero es necesario vencer ba­rreras y no dar paso al conformismo ni a la indiferencia ante el problema ajeno, como si no fuera con nosotros lo que es en sí un asunto de cada uno de los que integramos esta sociedad enferma.

—Sí, es cierto. No podemos ignorarlo ni silenciar este mal.

Sonia y Nacho entraron en la salita llevando de la mano a Daniel.

—Sonia —dije—, yo veo que estar contenta y con salud.

—Sí, me siento muy bien, todos han sido muy buenos conmi­go y me han tratado como si fuera una hija, pero comprendo que pronto tendré que volverme a casa.

—Ya llegará el día —le dijo Sara—. Por ahora aún te tienes que quedar, hasta que solucionemos las cosas en tu casa.

—Estoy segura de que, si mi padre vuelve y vosotros le ayudáis a entrar en razón, como habéis hecho conmigo, todo será distinto.

Marta ofreció un vaso de refresco a Sonia al tiempo que le decía:

—Ya verás como todo termina bien.

—Lo que pasa es que no siempre uno se encuentra con gen­te que le ayude. Yo adoraba a mi padre. Recuerdo lo cariñoso que era cuando yo era pequeña. Pero al parecer hay rachas en la vida en las que todas las desgracias vienen juntas. Es doloroso, pero he de admitir que su carácter cambió cuando lo despi­dieron de la fábrica donde trabajaba. Desde entonces, ante los problemas que iban apareciendo, sólo buscaba remedio en la bebida. ¡Cuántas veces he oído a mi madre quejarse de que era un cobarde!

—La vida a veces es muy dura y de verdad que se necesita mucho coraje para afrontar ciertas situaciones difíciles.

—Supongo que se sintió culpable del accidente de mi herma­nito. Porque eso fue, un accidente. Y sin embargo él no lo quiso afrontar y prefirió huir.

—No te atormentes más, eso ya pasó. Ahora se trata de solu­cionar el futuro, olvida el pasado que ya no tiene remedio.

—Sí, pero me es muy difícil quitarme de la cabeza su actitud ante los problemas. Tenía que haber afrontado la realidad y no huir dejándonos tan necesitados. No os podéis imaginar lo que es ver sufrir a mi madre cuando se siente sola e impotente ante todas las puertas que se cierran a su paso.

—No pienses más en eso —le interrumpió Sara al tiempo que le acariciaba el pelo—. Lo que pasa es que esta sociedad es respon­sable de muchas injusticias. Y si nosotros luchamos contra ello, ya verás como hacemos un mundo más fraterno, donde se evite la miseria que empuja al vicio y provoca el mal.

-—Sí —intervino Nacho—. Al menos tenemos que intentar que todos tengamos lo necesario para vivir dignamente.

—Siempre estaremos en deuda con vosotros. ¡Ojalá todo el mundo reaccionara así ante las necesidades de los demás! Nunca podré pagároslo.

—Te ayudamos porque te queremos —continuó Sara.

—Hemos de tratar de colaborar para que todo vaya mejor y el camino es llenar nuestro corazón de verdaderos sentimientos de fraternidad.

—Para ir transformando las estructuras sociales —comentó Andrés—, hay que empezar por ser personas que están al lado del dolor físico y moral de los más cercanos.

—Es cierto —siguió Marta—. Hemos de acercarnos al sufri­miento y sintonizar con los sentimientos del que padece, para ir aliviando, en lo que podamos, el dolor del mundo.

—Nunca me he encontrado con gente que piense así —dijo Sonia.

—Ni yo tampoco —me atreví a comentar.

—Se trata de vivir con la disposición interior de querer ayudar al otro y ponerse en sus zapatos. Como suele decirse —prosiguió Andrés—. Todos hemos nacido para ser felices y no tenemos por qué impedir, con nuestros egoísmos sociales, que algunas perso­nas alcancen esa meta existencial. El peor enemigo de la felicidad es el egoísmo humano.

—Debemos ayudarte de la misma forma que quisiéramos que tú nos ayudaras si la vida hubiera invertido los papeles —intervi­no Marta—. Sólo así podemos tener esperanza de que algún día este mundo será mejor.

—¿Acaso tienes tú la culpa de ser víctima de esta marginación a la que te ha llevado la injusticia social? —preguntó Nacho.

—¡Por supuesto que no! —contestó la joven.

—Hay personas que son pobres y otras que son ricas —pro­siguió Nacho—, pero si a los que les va bien, no ayudan a los que les va peor, pronto acabaremos todos mal.

—Un día seréis mayores y os tocará decidir el destino de otros —comentó Andrés—, pero nunca podéis olvidar que la felicidad de esas personas puede depender de vuestras decisiones. Estoy convencido de que la mejor manera de aprender estas lecciones es observando los resultados de las experiencias vividas.

—Estoy firmemente de acuerdo —dije—. Hay que ir aprendiendo de las lecciones de la vida.

—La solución está en unirnos en el amor y luchar en favor de la felicidad de todos.

—Sí, el trabajar en colaboración con las personas que buscan hacer el bien, hace que el colectivo tenga más fuerza para influir en la sociedad que tratamos de mejorar.

—Esto es lo más importante que debéis de aprender los jó­venes, que todo saldrá bien, en la medida en que tratemos de ayudarnos mutuamente. Si actuamos juntos, si confiamos unos en otros porque todos buscamos hacer el bien, sin duda que con­seguiremos un mundo mejor y tendremos que lamentar menos errores de los que ahora somos víctimas —intervino con esto Sara al tiempo que cogía en brazos a Daniel que empezaba a molestar por­que se estaba aburriendo al ver que nadie le hacía caso.

—Aquí tienes unos amigos. Siempre podrás contar con cual­quiera de nosotros. Hasta ahora te ha ido mal porque estabas sola, pero en adelante no dudes en que encontrarás aquí quién te eche una mano.

—Si todos fuéramos así, estoy segura de que no habría tantas diferencias entre las personas —comentó Sonia—. ¿Por qué hay ricos y pobres? ¿Por qué me ha tocado a mí la peor parte?

—Bueno, esto es muy difícil de explicar —le contestó Andrés—. Lo que sí es cierto que en el mundo hay subsistencias para todos. El hambre y las carencias más elementales son producto de una mala distribución universal, fruto del egoísmo y la avaricia huma­na. Es el propio hombre el que tiene en sus manos el remedio de estas diferencias, pero es él mismo el que crea esa absurda desigual­dad. Y es esa misma insatisfacción la que lleva a muchos a saciarla en el vicio o con la sublevación.

Hizo una pausa para beber y prosiguió:

—Hay personas que viven una vida superficial y no se dan cuenta de que nuestro paso por la historia tiene una misión más allá del confort, el placer, el egoísmo. Estamos aquí para ir cons­truyendo una sociedad para todos, un lugar digno donde todos gocemos de un mínimo de bienestar, donde sembremos a nues­tro alrededor un clima de satisfacción y fraternidad.

—Sí, Sonia —continuó Marta— quizás la mejor lección que puedes aprender de esta experiencia es que todas las manos son pocas para luchar por la construcción de un mundo en donde la que la calidad de vida de cada persona sea digna de su ser humano.

—Tenemos que ir creando entre todos, un nuevo estilo de relaciones en el que la primacía es ayudar al que más lo necesita.

—Por eso nos sentimos satisfechos cuando se nos presenta la ocasión de echa una mano a alguien. Pues al hacerlo, arrancamos un poco de injusticia a esta sociedad y nos colocamos ante la posibilidad de sembrar buen trigo en el campo de nuestra historia concreta.

—Hemos de buscar otra alternativa al egoísmo. La cizaña, la mala hierba del mundo, son esas personas egoístas que se colo­can como únicas, en el centro de la sociedad y todo ha de girar a su antojo y necesidad. Sin duda que los demás tienen derecho a reclamarles lo que les pertenece en justicia, pero cuando no se consigue por las buenas, se recurre a medios violentos que son los resultados del odio y la envidia.

—Si cada uno pienso —me decidí a intervenir—, no queremos quitar a otro su derecho ¿llegaremos a un mundo de paz?

—Esto verdaderamente suena a utopía —me contestó André—, pero si comprendiéramos nuestro lugar en la historia, y fuéramos capaces de colocarnos en nuestro sitio, automáticamente establece­ríamos la armonía social y crearíamos una paz duradera. Lo primero que hay que intentar es el destierro interior de nuestro deseo de codi­cia, el afán de ser más que los otros, el querer tener y dominar, poseer y acumular…, en fin, esos hijos perversos del egoísmo humano que son los enemigos irreconciliables del auténtico amor y que están en el fondo de todo ser humano, fruto de nuestra naturaleza.

—Si hay ese mal. Yo pregunto ¿cómo se quita?

—Mira Kay, esto no se consigue de la noche a la mañana —me explicó Sara—, es un trabajo de toda la vida, pero nunca nos podemos permitir bajar la guardia, hay que estar en una actitud permanente de buscar siempre el bien común en una entrega incondicional.

Yo me situaba personalmente entre los dos jóvenes. Parecíamos tres alumnos ante la sabiduría de aquellos tres adultos, que se quitaban la palabra para expresar una experiencia existencial común.

—Yo entiendo que cada uno es responsable de su propia vida, pero ¿también lo somos de la vida de los demás? —preguntó Sonia.

—Si. El ser humano es el único responsable de su destino, pero sin duda que todos influimos en todos. No somos islas, en el fondo formamos una unidad, incluso con toda la creación. Si no dime ¿no tomas tus decisiones según las necesidades de tu familia o la influencia de tus compañeras, amigos, profesores…? Todos, para bien o para mal, condicionamos a los demás y somos a la vez influenciados por ellos.

—Tienes razón. Visto así, esto es muy comprometedor —prosi­guió la chica—, pero reconozco que, si todos viviéramos dando este sentido a nuestra vida, sin duda que conseguiríamos ser más felices.

—Por eso hemos de cuidar nuestras relaciones con los de­más y saber cómo comportarnos. Hemos nacido en una familia —comentó Marta—, pertenecemos a un concreto círculo social, y aunque nos cueste admitirlo, todos dependemos de todos y to­dos influimos en los demás para bien o para mal. Lo que somos es el resultado de mi yo y de mi entorno.

—Me parece que nos estamos poniendo muy filosóficos y esto a Daniel le está cansando —dijo Sara.

—Antes de terminar quisiera contar algo que me ha pasado esta mañana.

—Cuenta Nacho.

—Cuando bajé del autobús para dirigirme al Politécnico, me encontré en el suelo 50€. Yo miré a mi alrededor para ver si alguien los buscaba, pero al único que vi fue al barrendero a unos pocos metros. Enseguida pensé, este las necesita más que yo, y, además, si me hubiera atrasado un poco, él ahora estaría disfrutando de ha­bérselos encontrado, así que voy a ser más feliz con su alegría que guardándolos para mí. Ya os podéis imaginar la sorpresa que mos­tró cuando le dije que me los había encontrado y que se los daba.

—¡Bravo muchacho! Ya has hecho la obra buena del día.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

 

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