QUISPIAM

Capítulo 17

Fue una noche extraña. Cuando Sara salió de la ducha se mostró exultante y cariñosa a rabiar conmigo, plenamente satisfecha por los orgasmos disfrutados. Y yo encantado de recibir sus mimos y cariños, dejándome querer y también satisfecho, no en vano me había corrido también un par de veces.

Pero aun así, un sentimiento de que algo no iba bien, que aquello había estado mal, no me dejaba disfrutar por completo de la velada. No hizo mejorar mi ánimo ver a Sara preparar su vestimenta para el día siguiente. Como me había dicho, ella no pensaba cambiar su nueva forma de vestir y, por lo que vi, pensaba mantener su palabra.

Falda corta, sin medias, tacón y una blusa bastante atrevida que, combinado con la ropa interior que pensaba ponerse, tenía claro que algo iba a entreverse. De nuevo, sensaciones encontradas. Excitación al imaginarme lo sexy que iba a parecer vestida así, orgullo por tener una mujer así a mi lado y temor al pensar en cómo iba a ponerse las botas Roberto viendo a mi mujer así vestida y más, después de lo sucedido el fin de semana. Seguro que pensaba que se había vestido de aquella manera para él.

Cuando nos acostamos, como siempre Sara lo hizo abrazada a mí y enseguida se sumió en un profundo y relajante sueño. Yo no tuve tanta suerte. Ni la proximidad de su cuerpo que antes sosegaba mi espíritu ni el trasiego que rondaba por mi mente colaboraba para que ello sucediera. Y cuando lo hice, funestos sueños me atormentaron impidiéndome descansar como necesitaba.

Al día siguiente una sonriente Sara me despertó. Ni siquiera había escuchado el sonido del despertador. Mientras salía de la cama camino de la ducha para acabar de despertarme vi a mi mujer trajinando por el dormitorio ya vestida lista para ir al trabajo. La falda mostraba una porción generosa de sus muslos y su escote, tal como me había imaginado, dejaba entrever el encaje de su sujetador negro. No podía dejar de pensar que, al igual que estaba yo haciendo en ese momento, Roberto iba a disfrutar de una buenas vistas de sus tetas en unas pocas horas.

Intenté desconectar bajo el agua, relajarme y en parte lo conseguí. No tenía sentido seguir con aquel calentamiento de cabeza cuando Sara se había comprometido a parar cualquier tonteo, a dejar de jugar a provocar y yo, había decidido confiar en ella. Y ella se veía tan feliz, tan cariñosa conmigo… ¿Por qué estropear aquello con pensamientos que no llevaban a ningún lado?

Salí de mejor talante de la ducha y Sara lo notó al instante. Nos besamos con pasión antes de desayunar juntos y salir para el trabajo como hacíamos cada día desde que vivíamos juntos. Nada había cambiado, todo seguía igual.

Nos despedimos en la entrada del edificio donde trabajábamos y cada uno fue hacia su puesto de trabajo. La primera sorpresa me la encontré al llegar, reunión de urgencia a primera hora de la mañana. Por lo visto la empresa había decidido que había que cambiar una serie de servidores que estaban dando problemas y había que instalar los nuevos. Y eso había que hacerlo fuera del horario laboral, para no interrumpir el funcionamiento normal de las empresas del edificio.

Total, que había que trabajar todo el fin de semana, distribuidos en dos turnos de doce horas. Menudo panorama que se me presentaba, eso suponía perder todo el fin de semana donde no iba a poder hacer planes con mi mujer. Lo único positivo era que me había tocado el turno de día, al menos podría pasar las noches en mi cama y no trabajando.

Ahora tocaba el trago de comunicarle a Sara aquello que, seguramente, no iba a hacerle mucha gracia pero no había otra y tendría que aceptarlo como había hecho yo. Como no corría prisa, decidí dejarlo para más tarde y no fastidiarle el día a ella. Así que me volqué de lleno en mi tarea, resolver incidencias y apartar de mi mente aquel tema sobre el cual no podía hacer nada.

Al mediodía, paré para comer y me pareció un buen momento para buscar a Sara y comunicarle lo del fin de semana. Fui a buscarla a su planta y no la encontré allí, ya había salido a comer. Le mandé un mensaje que no contestó y luego probé a llamarla pero me salía que estaba desconectado.

Contrariado, salí a comer algo dejando ya para la noche el comunicarle a Sara la noticia. Sin embargo, de camino al sitio donde solía comer de vez en cuando, me topé con algo que no pensaba encontrarme. Y es que, al pasar por delante de un restaurante, mis ojos se fijaron en una pareja que compartía mesa al otro lado del cristal. Eran Sara y Roberto.

Me quedé paralizado viendo la escena y, aunque no había nada raro entre ellos, solo dos personas comiendo juntos, no pude apartar la mirada de ellos dos buscando algo, algún acercamiento, algún gesto que delatara el cariz de aquel encuentro. Pero nada de nada. Aun así, permanecí un buen rato observándolos a través del cristal sin que ellos se percataran de mi presencia.

Nada sucedió en aquella mesa, o al menos, nada de lo que yo me diera cuenta. Todo se desarrolló de forma correcta, una comida entre dos colegas del trabajo donde seguramente debían estar compartiendo asuntos relacionados con él, nada de juegos tal como me había prometido Sara. Había prometido confiar en ella y eso iba a hacer, aunque seguía sin hacerme ni pizca de gracia aquella comida justo después de lo sucedido el sábado por la noche.

Me fui de allí a regañadientes, dispuesto a comer algo rápido ya que había perdido buena parte del tiempo que tenía para comer espiando a mi mujer. Porque eso era lo que había hecho, para mi vergüenza. Espiarla. No confiar en ella. La había espiado buscando encontrar algún desliz por su parte, algo que me demostrara que no me podía fiar de su palabra.

Pero claro, si tenía aquellas dudas era porque ya me había demostrado en otras ocasiones mi mujer cómo era capaz de perder los papeles y eso no se me iba de la cabeza. Aunque también era justo reconocer que yo no estaba libre de culpa.

Aparté de mi mente esos pensamientos negativos dispuesto a reemprender mi jornada laboral pero antes, le mandé un mensaje a Sara diciéndole que teníamos que hablar de una cosa importante del trabajo. Para mi sorpresa, su respuesta no tardó en llegarme diciéndome que ella también tenía algo que comunicarme.

No tenía ni idea de que es lo que mi mujer quería decirme pero, como no iba a sacar nada haciendo conjeturas inútiles, lo dejé pasar. Ya tendríamos tiempo luego para contarnos mutuamente nuestras noticias.

El resto de la tarde la pasé enfrascado en el trabajo y cuando quise darme cuenta ya era hora de acabar la jornada. Salí al hall a esperar a Sara mientras pensaba en lo que venía a continuación, que no era otra que el reencuentro con Judith y Rubén después de nuestro encuentro del fin de semana.

Sabía que Sara había hablado con ella para disculparse por nuestra repentina partida pero, aun así, no sabía que iba a encontrarme. Tampoco sabía si en aquella conversación entre las dos, su amiga le había insinuado algo de lo que me había dicho a mí, que me deseaba e iba a conseguir convencer a Sara para que aceptara nuestro encuentro.

Enseguida salió mi mujer que me besó, cosa antes extraña y ahora totalmente normalizada. Decidimos ir andando hasta el gimnasio y así, mientras, ir hablando por el camino.

-Pues dime, que era eso tan importante que tenías que decirme –me preguntó Sara.

-Verás, es que la empresa ha decidido cambiar algunos servidores y, claro, eso hay que hacerlo cuando esté el edificio sin actividad… -empecé yo- total, que me toca trabajar todo el fin de semana… turnos de doce horas…

-Vaya –dijo ella que no parecía enfadada al saber que no íbamos a poder hacer planes para ese fin de semana- menuda faena pero entiendo que es necesario hacerlo así ¿no?

-Sí pero no deja de ser una putada –dije algo asombrado ante lo bien que se lo había tomado- ¿Y tú? ¿Qué era eso que tenías que decirme?

-Antes que nada, quiero aclararte que no pienses nada raro de lo que voy a contarte. No quiero que te hagas ideas equivocadas –me dijo provocándome el efecto contrario- este mediodía he comido con Roberto…

Me paré en medio de nuestro camino al gimnasio provocando que ella también parara su andar.

-¿Cómo? –dije yo simulando no saber nada de ello.

-Ya te he dicho que no pienses nada raro –me recordó ella- me ha llamado esta mañana y me ha dicho que tenía algo importante que decirme respecto al cliente nuevo pero tenía toda la mañana llena de reuniones y el único hueco que quedaba era el de la comida.

Y un cuerno pensé yo. No acababa de creérmelo y dudaba que Sara lo hubiese hecho pero claro, entendía que ella siendo su jefe lo hubiera pasado por alto.

-No tenía otra que aceptar su invitación pero segura de no dejar que intentara nada, tal como te prometí –me dijo con firmeza- y así lo hice. También tengo que decir que él se comportó de forma correcta todo el rato y ni intentó nada ni sacó a relucir nada de lo sucedido la otra noche.

-¿Y qué es lo que quería? –pregunté queriendo llegar al fondo del asunto.

-Al final ha elegido mi propuesta para presentársela al cliente –dijo no demasiado contenta con ello y eso me hizo temer algo peor.

-Pues no pareces muy feliz de haberlo conseguido… ¿este proyecto no era muy importante respecto a la decisión de elegir al sucesor de Roberto? –pregunté sin saber muy bien  a qué venía la reticencia de mi mujer.

-Y lo es –me confirmó ella- lo que pasa es que he rechazado presentar mi propuesta…

-¿Pero por qué? –dije no entendiendo nada. Con el tiempo que había empleado en el proyecto, lo importante que era para ella ese ascenso y, ahora, renunciaba a todo.

-Porque no creo que deba hacerlo y menos después de lo del fin de semana –me dijo dejándome igual o peor que antes.

-¿Pero que tiene eso que ver? –le pregunté.

-Pues que el cliente quiere que hagamos la presentación en su empresa, en Sevilla, y que lo hagamos este fin de semana…los dos, Roberto y yo…

Ahora entendía las reservas de Sara. Un fin de semana, los dos solos, en una ciudad donde nadie los conocía, lejos de miradas indiscretas… y eso que Roberto no sabía lo que significaba aquella ciudad para Sara, el lugar donde había dado rienda suelta a su desinhibición de forma completa por primera vez.

Aun así, aquello era muy importante para ella, un paso muy grande para su carrera y se notaba en el rictus de desazón de su rostro. Estaba dispuesta a renunciar a parte de su carrera para no provocar un conflicto conmigo y no estaba seguro de ser capaz de asumir aquella concesión que sabía que, tarde o temprano, saldría a relucir provocando una brecha en nuestra relación.

-¿Ha pasado algo durante vuestra comida? ¿O mientras estabais en la oficina? –le pregunté de sopetón.

-¡No! –Negó vehementemente- ya te he dicho que ni salió a relucir lo de la otra noche.

-Pues no entiendo porque ahora debe ser diferente. No es un viaje de placer, vais a trabajar y, seguramente, pocas oportunidades vais a tener para quedaros a solas –le dije haciéndole ver que quizás se había precipitado en su decisión.

Ella pareció meditar en mis palabras pero enseguida negó con la cabeza.

-Es demasiado arriesgado, Carlos –intentó explicarme- hoy quizás no ha intentado nada con la vista puesta en el viaje donde tendrá más libertad para hacer algún movimiento…

-O quizás se ha arrepentido de lo que sucedió el sábado… o quizás, después de irnos, se fue con Daniela a follársela y ahora no tiene ningún interés contigo… -contraataqué yo- son demasiadas incógnitas y especulaciones, Sara. Lo único que sé seguro es que este ascenso es muy importante para ti, que como dejes pasar esta oportunidad te vas a arrepentir de, al menos, no haberlo intentado. Y que yo confío en ti, cariño –dije cogiéndole la mano.

-¿De verdad te parece bien? –me preguntó conmovida con mi gesto.

-No es lo ideal pero lo acepto. Algún día me tocará trabajar con el equipo de Daniela y poco podré hacerlo para evitarlo, solo asumirlo como deberás hacer tú –dije intentando hacerle ver mi punto de vista.

-Eres un sol –me dijo besándome en medio de la calle, sin importarle que estuviéramos dando la nota. Su ánimo había cambiado de forma radical y ahora estaba exultante.

-Voy a llamar ahora mismo a Roberto para decirle que he cambiado de opinión, no vaya a ser que se lo proponga a Daniela –dijo mientras cogía el móvil y buscaba el número de su jefe.

Enseguida se enfrascó en una conversación con su jefe mientras reanudábamos nuestro camino al gimnasio y, por lo que atinaba a escuchar de su conversación, Roberto estaba francamente contento con su cambio de opinión. Sabía que aquello tenía sus riesgos, muchos, pero debía confiar en ella y, al menos en lo que a él respectaba, era una situación que estaba pronta a terminar ya que no iba a tardar en partir bien lejos de aquí.

A la llegada a la entrada del gimnasio ya conocía casi todos los detalles de su viaje. Iban a partir el sábado a primera hora para llegar allí a media mañana, comida y presentación al mediodía y luego, pues ya se vería en función de cómo fuera la cosa. Pasarían la noche en Sevilla y tenían previsto volver a media tarde del domingo.

Sara colgó el teléfono y volvía a ser la mujer alegre y feliz que solía ser. Empezó a comentarme los detalles que yo ya había intuido por su conversación mientras entrabamos en el gimnasio. Nos despedimos en la puerta del vestuario y, una vez solo, me pregunté qué puñetas estaba haciendo. ¿Cómo se me ocurría ofrecerle a Roberto otra oportunidad para embaucar a mi mujer?

Respiré profundamente, intentando tranquilizarme, repitiéndome a mí mismo que debía confiar en ella, que Sara era capaz de controlar aquello y que, seguramente, ni tendrían ni oportunidad de quedarse a solas en aquel viaje exprés.

Salí ya cambiado y me topé con Sara que ya me esperaba, tan espectacular como siempre con sus mallas ajustadas y el top ceñido. Me cogió cariñosamente del brazo y de esa guisa nos dirigimos en busca de Judith que ya debía estar esperándonos.

Efectivamente, así era. Y a su lado, Rubén. Nos saludamos con normalidad, como si nada hubiera sucedido y empezamos a ejercitarnos. Él único que parecía incómodo con aquella situación era yo, que no paraba de observar el comportamiento de Sara, el de Judith y, cómo no, de Rubén.

Pero nada de nada. Salvo alguna fugaz mirada del monitor a mi mujer, cosa que ya era normal en él, no aprecié que nadie se comportara de manera diferente a como venía siendo habitual entre nosotros. Al final acabé relajándome y dejando de buscar cosas que no había y volcándome en los ejercicios.

Por eso me cogió por sorpresa al igual que a Sara, la propuesta de Judith cuando ya íbamos de camino a los vestuarios a cambiarnos para volver a casa.

-Chicos –dijo ella- creo que tenemos que hablar. Tengo algo importante que contaros, bueno tenemos –dijo cogiendo del brazo a Rubén que se mostraba algo azorado por la situación.

-Sí –aseveró Rubén- ¿os parece bien ir a tomar un café al salir de aquí y os lo contamos?

-Claro –aceptó rápidamente Sara y no dándome oportunidad de negarme.

Me metí en el vestuario tratando de imaginar qué es lo que debía querer decirnos Judith porque no la veía confesando a su amiga que estaba liada con su compañera de trabajo que, para más inri, era la mujer de Rubén.

Rubén también estaba en el vestuario, atento a mí, como si me quisiera decir algo pero al final no lo hizo. O no se atrevió o no lo creyó conveniente. Tampoco me importó, lo único que quería era averiguar con que me iba a salir ahora Judith. Salí el primero de los vestuarios y poco a poco fueron saliendo los demás. Los cuatro juntos nos encaminamos a una cafetería cercana donde iba a tener lugar aquella conversación que tanto me escamaba. Nos sentamos, pedimos nuestras consumiciones y esperamos, algo anhelante al menos yo, que alguien empezara a hablar.

-Bueno chicos –empezó Judith que parecía que era la que llevaba la voz cantante en aquella situación- como os he dicho, hay algo que os quiero contar y que hasta ahora no me había atrevido pero, después de lo sucedido el sábado, creo que es el momento adecuado para hacerlo.

-Judith, ya me disculpé por marcharme como lo hice sin despedirme ni nada… -empezó a excusarse Sara.

-No es eso –la atajó su amiga- es algo que tiene que ver con Rubén y conmigo y que no te había contado porque creía que no lo entenderías. Pero lo que sucedió el sábado me hizo ver que, quizás, estaba equivocada contigo… con vosotros…

Yo empecé a ponerme algo nervioso. ¿De verdad iba a confesarle su relación a tres? ¿Lo de Daniela?

-La cosa es que Rubén y yo tenemos una relación abierta –dijo con todo el desparpajo del mundo dejándome a cuadros.

-No entiendo –dijo Sara no comprendiendo que querían decir con aquello. Yo, a mi vez, los miraba sorprendido por su revelación y no entendiendo que pretendían con aquello.

-Es algo complicado de explicar –dijo Rubén por primera vez- en realidad, Judith y yo solo tenemos una relación de sexo porque yo ya tengo pareja, estoy casado y ambos mantenemos una relación libre, nos acostamos con quien queremos y, en mi caso, lo hago con Judith como mi esposa lo hace con otros hombres, con el consentimiento de ambos…

Sara los miraba no creyendo lo que estaba escuchando y yo, pues seguía esperando a qué venía  todo aquello y sorprendido por su confesión que me había dejado fuera de juego.

-No sé qué decir –dijo mi esposa algo aturullada- tú casado, tú su amante… no acabo de entenderlo…

-Es bien sencillo –dijo Judith cogiendo las manos de mi mujer- ellos, como pareja, disfrutan de su sexualidad libremente. Sé que cuesta entenderlo… cuando conocí a Rubén y me lo explicó, diciéndome que quería que me uniera a ellos pensé que era una broma pero, luego, lo he asumido con total naturalidad y disfruto del sexo como nunca he hecho…

-Espera un momento –la interrumpió Sara- ¿quieres decir que también te acuestas con ella?

-Claro –dijo ella con naturalidad- a solas con cada uno, los tres juntos y, a veces en ocasiones especiales, incluso he tenido sexo en grupo…

Sara me miró atónita y yo le devolví la mirada igual de asombrado que ella. Aunque mi sorpresa iba más por la confesión en sí que no me esperaba en absoluto y seguía sin entender cuál era el objetivo de aquella revelación que estaba seguro no iba a tardar en descubrir.

-¿Y porque creías que no iba a entenderlo? –preguntó saliendo de su estupor mi mujer.

-Sara, siempre te has mostrado muy pudorosa con tu cuerpo y tu sexualidad y pensaba que te iba a parecer algo obsceno, depravado –intentó explicarse ella- pero últimamente has cambiado y, no sé, cuando os vimos enrollaros a los dos con Roberto y Daniela…

-Pensamos que también estabais experimentando con esto del intercambio de parejas –finalizó Rubén- y creímos que era un buen momento para confesaros el tipo de relación que teníamos…

-Y de paso, ofreceros vosotros ¿no? – Corté yo- ¿qué mejor que unos amigos para experimentar con este tipo de cosas?

-Espera –dijo Sara recuperando algo el control- ¿me estás diciendo que queréis hacer un intercambio de parejas con nosotros?

-Bueno, solo proponéroslo… -dijo Judith- estas cosas es mejor hacerlas con personas de confianza y bueno, para que negarlo, está claro que entre Rubén y tú hay feeling y a mí siempre me ha atraído Carlos…

Ahí estaba el objetivo de su confesión. Esa era la manera que había encontrado Judith de cumplir su deseo de acostarse conmigo y contando con el beneplácito de mi mujer, aunque el peaje a pagar era que ella debía hacerlo con el monitor, cosa que no sé si a ella le molestaría mucho hacer. Yo la miré esperando su reacción que no llegaba, parecía estar todavía procesando todo aquello. Por suerte, la llegada de la camarera nos dio una pequeña tregua.

-Bueno, ¿qué decís? –preguntó Judith.

-Mira –empezó Sara- creo que has confundido las cosas Judith. Es verdad que últimamente Carlos y yo estamos en una fase donde estamos probando cosas nuevas pero de ahí a hacer intercambios de parejas…

-Entonces… -empezó a decir Judith pero Sara la cortó.

-Mira, lo del sábado fue algo que se nos fue de las manos y que no teníamos planeado ni estábamos preparados para ello –siguió ella- siento si os dimos una imagen errónea del tipo de relación que tenemos pero no estamos interesados en lo del intercambio. Me alegro que hayas confiado en nosotros para confesar el tipo de relación que tenéis, lo respeto y, al menos por mi parte, me siento halagada que hayáis pensado en nosotros para ello pero, ahora mismo, no estamos listos para ello.

Yo miré a Sara confundido por sus palabras. Por un lado, segura y tajante diciéndoles que no estábamos interesados pero, por otro lado, como dejando la puerta abierta a que en un futuro fuera posible esa posibilidad. Y ellos también lo entendieron así.

-¿Eso quiere decir que puede que algún día lo estéis? –preguntó satisfecha su amiga.

-Puede… no lo sé… -ahora ya no parecía tan segura Sara- están cambiando tantas cosas últimamente que no sé qué nos deparará el futuro…

-Bueno, vosotros tranquilos –salió en su ayuda Rubén que la miraba fijamente- lo entendemos y respetamos vuestra decisión y, si algún día os planteáis probar, allí estaremos los dos para lo que necesitéis…

Le guiñó un ojo que hizo apartar la mirada a Sara y se produjo un silencio en la mesa algo incómodo que rompió Judith dirigiéndose a mí.

-Ya sabemos la opinión de Sara ¿tú qué dices de todo esto? –me preguntó a mí.

-Bueno, parece que Sara ya ha hablado por los dos –le contesté algo molesto- y bueno, si lo que quieres saber es si estoy dispuesto a acostarme contigo… ella se siente halagada que Rubén quiera follársela y yo no voy a ser menos, estaré encantado de follarte a ti… cuando estemos preparados, claro…

Los tres me miraron mientras soltaba mi exabrupto. Sara sorprendida, Judith satisfecha con mi respuesta y Rubén con una sonrisa que no supe muy bien interpretar.

-Y ahora, lo siento pero será mejor que me vaya –dije levantándome- ha sido un día largo… demasiado…

Con un escueto adiós salí de la cafetería mientras oía llamarme a Sara y, al poco, sus pasos corriendo tras de mí para alcanzarme poco después.

-Lo siento –dijo ella mientras intentaba acompasar su paso al mío.

No respondí. Estaba cabreado. No podía creer que Sara hubiera dejado la puerta abierta a un intercambio después de lo hablado la pasada noche, cuando habíamos quedado en mantener nuestros juegos dentro del hogar. Y encima, sin contar conmigo. Como si yo no tuviera voz ni voto en esa decisión.

Caminamos en silencio hasta el coche donde le alargué las llaves y fui a sentarme en el asiento del copiloto, no me apetecía conducir. Emprendimos la vuelta en silencio, sumidos en nuestros pensamientos.

-No sé porque he dicho eso –dijo ella rompiendo el silencio reinante dentro del coche.

-Sí lo sabes –le contesté sin mirarla- porque, en el fondo, sabes que te atrae la idea de acostarte con Rubén, de probar esa polla con la que tantas veces has fantaseado…

-Eso no es verdad… -intentó negar ella.

-Claro que lo es, no lo niegues. Me halaga que hayas pensado en mí –le recordé sus palabras- bonita forma de decirle que te gusta que él quiera follarte…

-¿Y tú qué? Si le has dicho a Judith que estabas deseando acostarte con ella –me dijo ella enfadada.

-Sí pero yo no lo niego. Es una mujer atractiva y seguro que pasaríamos un buen rato juntos –le contesté.

Sara calló y se concentró en la carretera, pensando en lo que le había dicho.

-A veces no me reconozco –dijo ella de nuevo.

-Yo tampoco –le dije- a veces creo estar delante de otra mujer totalmente distinta a la Sara que conozco, otra Sara que vive dentro de ti y que, cada vez más a menudo, sale a relucir, toma el control y hace cosas impensables hasta hace bien poco.

-Lo sé. Yo, a toro pasado, también me sorprende las cosas que he llegado a hacer –me confesó ella- pero, salvo alguna excepción, no me arrepiento de ello.

-También me he dado cuenta de ello, cada vez te gusta más y te encuentras más a gusto con tu nuevo yo ¿me equivoco? –le pregunté.

-No, tienes razón. ¿Te molesta?

-Sí, en el sentido que siento que cada vez estás más lejos de mí, que cada vez necesitas más y vas avanzando sin darte cuenta que me dejas atrás. ¿Entiendes lo que quiero decirte?

-Creo que sí –contestó- y siento mucho haberte dado esa impresión. Sabes lo mucho que te quiero y esto, sin ti, no tiene sentido para mí. Sabes que, a veces, pierdo el control y me dejo llevar…

-Lo he notado –dije mirándola por primera vez- tengo que reconocer que, a veces, me encanta cuando lo haces…

Ella sonrió pícaramente y alargó su mano para coger la mía.

-Odio cuando nos enfadamos…

-Yo también…pero sigues sin reconocer que te encantaría follar con Rubén y que por eso no has descartado lo del intercambio –dije recordando el origen de la disputa.

-Es verdad –reconoció ella- a estas alturas sería hipócrita negar lo evidente…

-Pues dilo, di que te encantaría follar con él…

-Carlos –dijo buscando mi mirada- me atrae Rubén o, mejor, su polla… la tiene enorme y me encantaría saber que se siente con algo así dentro… pero yo te quiero a ti y no haré nada que pueda perjudicarnos…

-¿Ves como no era tan difícil?

-Sienta bien decirlo…y ahora que hemos reconocido que nos atraen ya estamos más cerca del intercambio ¿no? –dijo riéndose.

-No tienes remedio –le dije dándole un manotazo en su brazo.

Llegamos a casa y subimos al piso casi como si nada hubiera pasado, otro conato de crisis atajado a tiempo aunque, últimamente, se sucedían con demasiada asiduidad.

Preparamos la cena juntos y cuando estábamos dando cuenta de ella sonó el teléfono de Sara. Ella miró quién era y vi que se quedaba largo rato mirando la pantalla del teléfono.

-¿Pasa algo? –le pregunté extrañado por su actitud.

-No, nada –dijo apartando el móvil y continuando con la cena.

No le di más importancia y seguí cenando. Cuando acabamos, quise ayudar a Sara a recoger y fregar los platos pero ella me dijo que mejor me acostara, que ya lo recogía ella y que no tardaba en venir a la cama. Yo le agradecí el gesto con un beso y me dirigí al dormitorio.

Estaba realmente cansado. Entre el estrés del trabajo y, sobretodo, el mental que me estaba provocando toda aquella situación, me dejaban extenuado. Me metí en la cama, apagué la luz e intenté dormirme pero, por algún motivo, no lo hice.

No tardé en oír los pasos de Sara por el pasillo acercándose al dormitorio, como se paraba en el umbral y, después de comprobar o al menos eso se pensó ella que dormía, de nuevo los pasos que se alejaban en dirección al salón.

Me extrañó su actitud y viendo que no regresaba, decidí salir de la cama y averiguar el porqué de la forma de actuar de mi mujer. Salí procurando no hacer ruido y me encaminé al salón donde me encontré a Sara sentada en el sofá y con el teléfono en la mano.

Miraba algo fijamente en la pantalla, algo que colmaba toda su atención y por eso no se había dado cuenta de mi presencia, algo que intuía que tenía que ver con el mensaje que había recibido mientras cenábamos.

Iba a entrar cuando me paré al ver como se movía ella, pensando que iba a levantarse ya para venir a la cama pero no. Desabrochó los botones de su blusa sin quitársela, se quitó el sujetador y luego su falda y su braguita. La imagen era erótica a más no poder, solo vestida con una blusa que apenas era capaz de ocultar sus pechos de mi vista.

Volvió a coger el móvil y concentrarse en él, abriendo sus piernas y empezando a acariciarse suavemente sus pechos que, al quedar al descubierto, me mostraron que ya tenía los pezones apuntando al cielo. ¿Qué era aquello que tanto la había excitado?

Yo seguía observando desde mi posición mientras la mano de Sara se movía con mayor intensidad sobre sus pechos y leves gemidos empezaban a escaparse de sus labios. Necesitaba más y su mano derecha bajó a su sexo empezando a recorrer sus labios, que a tenor de lo que podía vislumbrar, rezumaban de su propia humedad.

Me estaba excitando viendo a mi mujer en aquella tesitura y ni pude ni quise contenerme, sacándome mi polla y empezando a acariciármela mientras disfrutaba del espectáculo de ver a Sara masturbándose.

Ella seguía mirando el móvil y sus dedos ya acariciaban con vigor sus labios, subiendo en busca de su clítoris que intuí duro a tenor del gemido de gusto que soltó ella cuando lo alcanzó por primera vez. Yo estaba a mil y ya me pajeaba también con ganas, volando mi mano a lo largo de mi tronco, dejándome llevar por la situación tan morbosa que estaba contemplando.

Ella ya buscaba su orgasmo, lo necesitaba. Por eso dejó el teléfono a su lado para poder usar sus dos manos, una frotando su clítoris y la otra penetrándose con brío su encharcado coño, gimiendo sin parar olvidando ya que su marido debía estar durmiendo a pocos pasos de distancia.

Yo no podía más viendo la masturbación de Sara y sabía que iba a correrme ya, pero quería aguantar, quería hacerlo a la misma vez que ella. No tuve que esperar mucho. En el último instante, como si de pronto fuera consciente que podía oírla, se mordió el labio mientras su cuerpo se agitaba fruto de los estertores de su intenso orgasmo.

Yo me dejé ir y empecé a soltar mi semen sobre el suelo del salón donde, en un momento de lucidez, apunté mi miembro en vistas de una rápida limpieza que cubriera mi sesión voyerista. Mi orgasmo también fue intenso y sumamente placentero aunque no pude disfrutarlo mucho tiempo.

Mientras veía a mi mujer desmadejada sobre el sofá, me apresuré a limpiar el estropicio con mi bóxer y salir de allí rápidamente. Dejé la prenda sucia en el fondo del cesto para la lavadora y me puse otro bóxer parecido para que Sara no sospechara nada cuando regresara a la cama.

Cuando ella apareció en el dormitorio poco después, yo simulé seguir dormido y ella se amoldó a mi cuerpo como solía hacer cada noche. No tardé en notar como su cuerpo se movía al son de su sueño profundo en el que había caído. Yo no. Tenía algo que hacer, algo que necesitaba para entender el porqué de lo visto.

Aun esperé un buen rato para asegurarme que ella dormía. Cuando consideré que no había peligro, me levanté sigilosamente y me acerqué a su mesita donde descansaba su móvil conectado al cargador. Sabía cómo desbloquearlo como ella sabía hacerlo con el mío aunque nunca lo había hecho y me avergonzaba estar haciéndolo en ese momento. Pero las dudas y los miedos que últimamente me perseguían tomaron la decisión por mí.

Enseguida ya estaba buceando por su móvil en busca del origen de su excitación. No tardé en encontrarlo en la aplicación de mensajes donde encontré, para mi completa sorpresa, que mantenía una conversación con Rubén y no precisamente de hacía poco. Pero lo más importante, lo más relevante, lo que me concernía en ese instante era lo último que le había enviado.

Un mensaje que, por la hora, supe que era el que había recibido mientras cenábamos. Un mensaje que contenía una foto y una escueta frase. La frase, “ya sabes que cuando quieras esto es todo para ti”. La foto, el torso desnudo de Rubén de fondo y, en primer plano, su mano sujetando por la base su enorme polla. Eso era lo que había causado la calentura de Sara, lo que había provocado sus ganas irrefrenables de masturbarse. La polla de Rubén.

Un comentario sobre “Todo empezó como un juego (17)

  1. A mi parecer la tal Sara ya está implicada en el juego de intercambio de parejas, y poco a poco está intentando con la ayuda de su amiga Judith introducir a su novio. Muy buena la manipulación psicológica de renuncia a un ascenso por no viajar a Sevilla con su jefe. Conoce perfectamente a su pareja y sabe que va a consentir que haga el viaje a pesar de sus temores. Ya le ha puesto varias veces a prueba y él para demostrarle que confía en ella ha entrado en el juego.

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