QUISPIAM

Capítulo 16

Pasé una noche horrible, sin apenas conseguir dormir. No dejaba de revivir las imágenes de lo que había sucedido en el Heaven y no daba crédito a como se habían llegado a desmadrar las cosas.

Recordaba como si estuviera allí la mano de Daniela acariciar mi polla con maestría hasta el punto de dejarme al borde del orgasmo. Recordaba con nitidez los cuerpos pegados de Roberto y Sara, como él toqueteaba sin reparo su trasero mientras ella buscaba con sus caderas el contacto con su miembro enhiesto. Y como él parecía que besaba su rostro buscando sus labios cosa que al final conseguí impedir con aquel agónico grito que salió del fondo de mi ser.

Y lo peor era que, mientras repasaba lo sucedido y los vívidos recuerdos acudían a mi mente, mientras oía sollozar a mi mujer al otro lado de la pared, supuse que avergonzada por lo que había hecho, enfadada conmigo por haberme visto entregado de aquella manera a su compañera, estaba completamente excitado y totalmente empalmado.

La tenía tan dura que dolía. Me avergonzaba por ello pero no pude evitar masturbarme recordando el cuerpo de Daniela pegado al mío, notar sus grandes pechos y sus pezones duros rozarse con mi pecho, sus caderas frotando su pubis contra mi entrepierna para notar mi duricia y luego, sus delicadas manos recorriendo la piel de mi miembro hasta llevarme al éxtasis.

Después de correrme, claro, llegaron los reproches y el arrepentimiento pero al menos había conseguido rebajar mi excitación y, de esa manera, conciliar el sueño aunque solo fuera por unas pocas horas.

Me desperté exhausto, de nuevo abrumado por todo lo sucedido la noche anterior, no sabiendo muy bien cómo encarar aquella situación en la que nos hallábamos inmersos. Estaba claro que teníamos que hablar pero no sabía cómo encarar aquella conversación y menos con que talante iba a encontrarme a Sara aquella mañana.

Un ruido proveniente de la cocina me hizo saber que mi mujer ya estaba despierta y decidí levantarme a pesar que mi cuerpo pedía lo contrario. Salí temeroso de la habitación no sabiendo muy bien cuál iba a ser la reacción de Sara al verme, si se mostraría más bien arrepentida por lo sucedido o cabreada conmigo por la tesitura en la que me había encontrado.

Cuando la vi, comprendí que ella también había pasado mala noche. Incluso me atrevería a decir que peor que la mía, a tenor de las profundas ojeras de sus ojos y los signos evidentes de haber llorado y mucho. Eso solo hizo empeorar mi ánimo, ser poseído por los remordimientos y que la culpa no me dejara ni avanzar ni abrir la boca.

Fue ella la que notó mi presencia, la que vino a mí amenazando con volver a llorar y abrazarme como si hiciera años que no nos veíamos. La cobijé en mis brazos con una sensación de alivio, aquello era una buena señal y significaba que nuestra disputa no era irremediable, que hablándolo íbamos a superar aquello.

Permanecimos abrazados un buen rato, tranquilizándonos el uno al otro con el calor de nuestros cuerpos que tanto habíamos echado de menos esa noche en la cama. Los sollozos de Sara se fueron espaciando hasta desaparecer pero, aun así, seguimos sin romper ese abrazo reparador.

-Sara, tenemos que hablar –le dije yo rompiendo el hechizo del momento.

-Lo sé pero ahora no –me dijo mirándome fijamente y creyendo que volvía a dilatar aquel momento que tenía que llegar en algún momento- primero comamos algo. No sé tú pero yo estoy famélica…

La sonreí con cariño. Tenía razón, no habíamos comido nada desde la cena de la pasada noche y ya era casi mediodía. Mejor reponer fuerzas antes de afrontar aquella conversación que tanto necesitábamos tener.

Los dos juntos en la cocina, como si nada hubiera pasado, trabajamos al unísono como siempre habíamos hecho para preparar una comida deliciosa con la que saciar nuestro apetito.

Comimos por no decir devoramos lo preparado, conversando de cosas triviales y sin sacar a colación nada que tuviera que ver ni con lo ocurrido ni con las personas implicadas. Como si un agujero negro se hubiera tragado todo lo que tenía que ver con lo que nos estaba sucediendo los últimos tiempos.

Pero como todo, aquello no podía durar para siempre y ambos lo sabíamos. Recogimos la mesa, fregamos los platos en silencio y sin mediar palabra ambos nos encaminamos al sofá donde debíamos afrontar lo que llevábamos tantas horas postergando.

-Carlos –empezó Sara- quiero que sepas que te quiero con locura y por nada del mundo querría que algo enturbiara nuestra relación…

Yo cogí su mano y la estreché mientras la miraba con cariño, haciéndole saber que el sentimiento era mutuo y animándola a continuar. Ella agradeció el gesto y continuó.

-Esta fase por la que estamos pasando últimamente creo que se nos ha ido de las manos, a los dos –recalcó supongo que recordando lo que había visto.

-Tienes toda la razón. Ya te expresé mis dudas en Sevilla… -le recordé.

-Lo recuerdo perfectamente. Y como te dije, hay veces que lo que mi cuerpo y mi mente demandan no coinciden y pasan cosas como las que sucedieron anoche…

Fugazmente pasaron por mi mente imágenes de mi mujer frotando su cuerpo de forma lasciva buscando el contacto con el miembro de Roberto. Intenté apartar de mi mente esas visiones sin conseguirlo del todo.

-Por eso creo que, para conseguir arreglar lo nuestro, lo mejor es que sepas todo lo que ocurrió para que entiendas porque me rebajé de esa manera –dijo demostrando una decisión absoluta- y luego espero lo mismo de ti…

Era justo y por eso asentí, aunque iba a ser duro tanto escuchar sus palabras como contarle mi parte.

-Podría decirse que todo empezó con lo que pasó por la mañana, cuando discutimos por tu comentario sobre Daniela y te hice escoger la ropa que iba a ponerme para provocarte esa noche –empezó a relatar- sabes que me molestó lo que dijiste y que dudaras de mí pero, en el fondo, sabía que tenías parte de razón.

Su confesión me cogió por sorpresa ya que la había visto totalmente decidida desde el inicio y nunca había intuido sus dudas.

-Me gustó que confiaras en mí y eligieras el vestido que me puse anoche pero, por otro lado, hubiera deseado que hubieras elegido algo más discreto. Pero no estaba dispuesta a darte la razón y me lo tomé como una prueba más. Total, ¿si lo había hecho en Sevilla porque no aquí? –continuó Sara contándome.

-Cuando te fuiste, me probé el vestido y no daba crédito a que fuera capaz de salir vestida de aquella manera, en nuestra ciudad y en un local donde podía ser que coincidiera con alguien conocido… pero,  por otro lado, también me excitaba la visión que me devolvía el espejo, me excitaba imaginar situaciones donde provocaba a algún extraño mientras tu mirabas, calentándote para luego colmar aquello en un polvo memorable –continúo su monólogo mi mujer.

-Al final pudo más el morbo que la razón y, después de desnudarme, me tuve que masturbar para aplacar la calentura que había crecido en mí –me confesó mientras yo empezaba a imaginarme lo que debía haber pasado aquella tarde en nuestro dormitorio- tuve un orgasmo delicioso pero, aun así, insuficiente para rebajar la tensión sexual que mi mente se empeñaba en crear.

Yo  solo asentí mientras no dejaba de acariciar su mano desde el inicio de su confesión, alentándola con mi mirada a que continuara.

-Pero, pese a lo excitante de la situación, seguía nerviosa por salir vestida de aquella manera. Por eso, cuando recibí el mensaje de Judith, no me lo pensé dos veces y la invité a venir con nosotros –me dijo- pensé que, acompañada por una amiga que conocía el proceso por el que estaba pasando, se haría el trago más llevadero…

Entendía su razonamiento, tenía su lógica desde su punto de vista pero me dolía lo poco que había confiado en mí. No hubiera puesto ningún reparo en cambiar su vestimenta o en anular aquella salida si me hubiera confesado sus temores.

-Si a eso le sumamos el vino que nos metimos en la cena donde, encima, me encontré súper cómoda en un ambiente en el que sabía que podía flirtear sin peligro, contigo al lado trasmitiéndome tu apoyo… todo eso acabó de relajarme y hacer que me dejara llevar por la situación…

-¿Sabías que iba a venir Rubén? –le pregunté interviniendo por primera vez.

-Sí –me confesó- y creí que hasta podía ser divertido… ya sabes… podía coquetear un poco con él, sabiendo que no iba a intentar nada estando Judith delante y que a ti te excitaría enormemente, teniendo en cuenta las veces en que lo hemos usado en nuestros juegos…

No sabía si creerme esa parte de su historia. ¿Acaso no era consciente de la atracción que sentía Rubén hacia ella? ¿Ignoraba premeditadamente que a ella también le atraía, cosa que me había confesado?

-Ya te puedes imaginar que, si ya estaba más que dispuesta a jugar, los roces en mi cuerpo al avanzar hacia donde estaban ellos y luego ver la cara de Rubén embobado mirándome, acabaron por hacerme olvidar mis temores –siguió hablando Sara que, me pareció a mí, un leve rubor cubría sus mejillas. ¿Se estaba excitando al recordar lo sucedido a medida que lo iba contando?

-Nos sentamos en el reservado y volvimos a beber, yo cada vez me encontraba más a gusto y disfrutando realmente con la situación. Si te acuerdas, estuve acariciándote bajo la mesa, calentándote ante ellos que no se dieron cuenta de nada y, cómo no, yo también. Me apetecía subir un poco el listón y por eso propuse lo de bailar –me confesó- sabía que en tu estado te ibas a negar y mi propósito era hacerlo con Rubén y provocarte un poco…

-Y todo salió como te proponías… -intervine yo.

-Más o menos. Rubén en todo momento mantuvo las distancias y se comportó como un caballero –su tono sonaba a decepción, como lamentándose que el monitor no se hubiera atrevido a más- pero daba igual. El solo contacto de sus manos en mi cintura, sus ojos escrutando mi escote y luego, el verte en la misma tesitura con Judith, hizo que me encendiera aún más…

-¿Te excitó verme bailar con Judith? –pregunté sorprendido.

-No preguntes porqué pero sí. Recordaba los mensajes que nos habíamos enviado y no perdía detalle por si ella intentaba acercarse, rozarse contigo o algo… y esa incertidumbre me excitaba –confesó.

No entendía muy bien su reacción. Le excitaba imaginarme con Judith pero, en cambio, cuando algo sucedía en torno a Daniela su reacción era totalmente distinta. ¿Por qué la veía como una rival?

-Cuando volvimos de nuevo al reservado estaba eufórica, exultante… estaba disfrutando y había dejado atrás todos mis temores y consiguiendo mi objetivo de calentarte… solo de imaginar el polvo que íbamos a echar luego en casa me ponía mala… -esto lo dijo con pena, supongo que recordando que al final la noche acabó de forma totalmente distinta a como ella había imaginado.

-Y entonces aparecieron ellos… -dije yo animándola a seguir con su relato.

-Sí… sabía que podía encontrarme a alguien conocido pero precisamente a Daniela y acompañada de Roberto… -otra vez un conato de ira cuando se refería a su compañera y rival en la pugna por aquel ascenso.

-Me sentí algo violenta ante su escrutinio, el tío no se cortó ni un pelo en devorarme con la mirada…

-Pero, aun así, les ofreciste unirse a nosotros –le recordé- y encima, dejaste pasar a Daniela y luego a Roberto para que quedara sentado a tu lado…

-Tienes razón pero lo hice por una razón bien sencilla –intentó aclarar- creí que, estando Daniela a tu lado y yo al lado de Roberto, haría que se cortaran un poco ¿sabes?

-¿Querías evitar que se metieran mano? –Dije algo sorprendido- ¿Y porque? ¿Qué más te da lo que hagan ellos en su vida privada?

-Claro que me da –dijo subiendo el tono- ¿No ves que ella solo salía con él para ganarse su favor? ¿Ganar puntos para el ascenso? ¿Conseguir con su cuerpo lo que no es capaz de hacer con su trabajo?

Sara parecía realmente enfadada y decidí no seguir insistiendo más en aquel punto, aunque me parecía totalmente exagerada su reacción. Ella se recompuso enseguida y continuó hablando.

-Está claro que las cosas no salieron como yo había planeado… -dijo resignada.

-¿Por qué lo dices? No vi yo que Roberto le metiera mano a Daniela…

-Y no lo hizo… ¿para qué si me tenía a mí? –dijo mientras escrutaba mi reacción.

A mí me cogió por sorpresa porque, pese a que había estado pendiente, no me había percatado de nada. Aun así, no dije nada ni quise exteriorizar emoción alguna a la espera del alcance de su confesión. Total, tampoco creí que fuera peor que lo que ya había visto en la pista de baile…

-Estaba nerviosa con la presencia de Roberto a mi lado. Si antes me agradaba que Rubén me observara, que lo hiciera Roberto provocaba el efecto contrario y era un mar de nervios. La siguiente copa me tranquilizó algo, tanto que no me inmute cuando noté un leve roce en mi rodilla. Pensé que era algo fortuito…

-Pero no lo era… -dije adelantándome a los acontecimientos.

-Claro que no. El leve roce se convirtió en su mano posada en la rodilla y, poco después, se movía ligeramente ascendentemente. Yo no sabía qué hacer. Os miraba por si alguno se había dado cuenta de algo pero no vi señal alguna de ello. Tampoco quería apartar su mano de forma brusca porque entonces sí que os daríais cuenta que algo pasaba bajo la mesa. Y por otro lado… -no parecía atreverse a decir lo que ya intuía.

-Que te gustaba que lo hiciera –lo dije sin reproche y ella lo percibió así, relajándose de nuevo.

-Sí, mucho –confesó- me excitaba que me tocara y deseaba que tú te dieras cuenta. Decirte mira cómo me toca mi jefe, a tu mujer, en tu presencia… pero sabía que aquello era peligroso a la par que morboso y que debía pararlo… y cuando dijeron de ir al baño vi la oportunidad de cortar aquello sin llamar la atención.

Recordaba ese momento y, sobretodo, el que vino después cuando casi les dije a aquellos dos que mi mujer era una guarra en la cama. Volví a sentir vergüenza por mi actitud y mi forma de comportarme esa noche.

-En el baño me propuse que aquello no volviera a repetirse, a pesar de estar sumamente excitada, y para ello se me ocurrió repetir lo del baile con la esperanza de llevarme a Rubén a la pista, que estaba segura que no iba a intentar nada –continuó- pero, primero, me sorprendió no encontrarte allí y, segundo, que el que propuso lo del baile fue Roberto mientras me cogía de la mano. No pude ni supe negarme y me vi arrastrada a la pista mientras veía como Judith y Rubén nos seguían.

-Y ahí fue donde te encontré instantes después…

-Sí y en compañía de Daniela, cosa que vas a tener que explicarme… -cortó mi conato de reproche.

-Tranquila que lo haré pero ahora era tu turno… -dije sabiendo que tenía que hacerlo.

-Tienes razón. Roberto me llevó hasta la otra punta del local, me cogió de la cintura y empezamos a bailar. Desde el principio buscó el contacto con mi cuerpo, pegándose aunque aún mantenía sus manos fuera de zonas peligrosas. Pero claro, estábamos tan cerca que cada roce provocaba que subiera mi temperatura, que me fuera excitando por momentos y cuando nuestros cuerpos casi se pegaron del todo y noté su cálido aliento junto a mi oreja, hablándome…

-¿Qué te decía? –la interrumpí. Desde el primer momento que la vi me llamó la atención el hecho que estuviera constantemente susurrando en su oído y me moría de curiosidad por saber qué cosas le había dicho para ir derrumbando sus defensas.

-Muchas cosas… -dijo apartando levemente su cabello de su rostro mostrándome su rostro arrebolado. ¿Estaba excitada de recordar sus palabras?

-¿Cómo cuáles? –insistí yo.

-Que le gustaba mucho, que nunca se hubiera imaginado el pedazo de mujer que se escondía bajo aquellas ropas que solía llevar, que le encantaba mi nuevo estilo de vestir… -me dijo ella sin atrever a mirarme.

-¿En serio? –Dije dudando que fuera cierto o, al menos, no toda la verdad- que es Roberto…

-Está bien… -acabó dando su brazo a torcer- que le había encantado tocarme el muslo, que llevaba queriendo hacerlo desde que había entrado el otro día en su despacho con aquella falda tan corta… que ahora le faltaba poder tocar mis tetas que había vislumbrado por aquellos escotes que me gustaba llevar y también mi culo, que quería amasar con sus manos aquellas nalgas que presumía duras y firmes…

Sus mejillas estaban ya completamente encendidas y respiraba agitadamente, delatando su excitación que ya había intuido.

-¿Y tú no le dijiste nada? –indagué.

-Le dije que parase, que aquello no estaba bien y que podías aparecer en cualquier momento… -me dijo- pero él no cejó en su empeño. Que sabía que dentro de mí había una zorra de cuidado, que me gustaba todo aquello y que estaba deseándolo… y que iba a ser yo la que le pidiera que me follara…

Sara seguía sin mirarme y yo me quedé sin habla. Estaba claro que todo aquello había excitado sobremanera a mi mujer y, si lo mismo había pasado cuando lo escuchó por primera vez, entendía porque se había dejado meter mano de aquella manera y vete a saber que más si yo no los hubiera interrumpido.

-¿Estás enfadado? –me preguntó mirándome por primera vez en mucho tiempo.

-No lo sé. Supongo que estoy asimilando todo lo que me estás contando… -le dije sinceramente- es que es todo muy fuerte… y encima veo cómo te excitas al recordarlo… -dije mirando sus pezones duros marcados en su camiseta.

-No lo puedo evitar… -se excusó ella.

-¿Hasta dónde hubieras llegado? –le pregunté de sopetón.

-La verdad, no lo sé –me dijo después de meditarlo un rato- sus palabras, sus manos en mi culo, su polla que notaba dura contra mi sexo, mis pechos rozándose contra el suyo… estaba completamente entregada, sus labios dándome pequeños besos desde mi oído, siguiendo la mandíbula y bajando hasta mi boca… me gustaría poder decirte que podía parar aquello, que lo tenía bajo control pero no puedo…

Yo tragué saliva, nervioso. Acababa de confesarme que, de no haber aparecido, seguramente Roberto se la habría follado.

-¿Y tú me puedes decir qué te traías entre manos con Daniela? –me preguntó intentando desviar el tema e incitándome a que le contara mi versión de lo sucedido.

¿Por dónde empezar? Me habían sucedido tantas cosas, algunas que podía contar y otras no, como por ejemplo lo sucedido aquella tarde con Judith cuando descubrí la relación a tres que mantenía con Rubén y Daniela. Me decanté por empezar mi historia en el momento en que llegué a casa después del gimnasio.

-Fue una noche muy extraña para mí, Sara –empecé- el inicio es parecido al tuyo. Salí de casa excitado viéndote vestirte y de imaginar lo que me esperaba durante la salida y después en casa. En la cena, disfruté viendo como coqueteabas con el camarero y sufrí los efectos del vino al igual que tú. Y cuando llegamos al Heaven… bueno, tú sabes muy bien cómo me pusiste con tus caricias bajo la mesa…

Sara sonrió levemente y me animó a continuar.

-Cuando salimos a bailar no pude apartar la mirada de vosotros dos, esperando alguna insinuación tuya, algún acercamiento por su parte pero nada. Igual que en la mesa, era todo muy correcto a parte de alguna mirada atrevida por su parte pero vamos, normal tal como ibas vestida –seguí hablando.

-Regresamos al reservado y, aunque algo decepcionado, seguía excitado con la situación, más pendiente de vosotros que de tu amiga que, por cierto, también se comportó y no intentó nada en ningún momento por si te interesa saberlo… -le aclaré. Omití descaradamente su deseo de acostarse conmigo y su voluntad de buscar el consentimiento de Sara para hacerlo.

-Sí que me interesa saberlo, era algo que necesitaba saber –me respondió. No sabía si era alivio o decepción lo que delataban sus palabras.

-Fue entonces cuando aparecieron aquellos dos –continué- no me hizo mucha gracia encontrármelos y pensaba que a ti tampoco, que te los quitarías de encima rápido para poder seguir disfrutando de la velada pero, para mi sorpresa, los invitaste a unirse a nosotros…

-No dices nada sobre qué sentiste cuando me miró Roberto de aquella manera… -cuestionó ella.

-¿De verdad es necesario? –Pregunté y, por su mirada, intuí que era importante para ella- fue violento, lo hacía con tal descaro y por tanto tiempo que me hizo sentir incómodo, deseando que dejara de hacerlo. Y antes que preguntes, estaba tan pendiente de vosotros que apenas me fijé en Daniela.

Sara asintió, al parecer satisfecha con mi respuesta.

-Como decía, los invitaste a sentarse con nosotros y encima, cuando fui a levantarme, me paraste para hacer que Daniela quedara sentada a mi lado –le recriminé- aun después de haberte escuchado, sigo sin comprender porque lo hiciste… lo que sí sé es lo que provocaste con tu propuesta…

-¿Qué pasó? –se interesó ella curiosa y a la vez temiendo escuchar lo que iba a decir.

-Pues que Daniela aprovechó para meterme mano al igual que Roberto hacía contigo –le dije- yo estaba tan pendiente que no pasara nada entre vosotros que no le di importancia al roce de su mano pero luego, al igual que a ti, su roce subió de intensidad y buscando subir…

Sara escuchaba algo aturdida lo que le contaba, no podía creer que su compañera hubiera hecho algo así con su marido y delante de sus narices.

-Conseguí pararle los pies y no dejarle llegar a su destino donde se hubiera encontrado con lo que te imaginas… porque sí, no soy de piedra y todo aquello me estaba excitando y mucho –le confesé- y, al igual que tú, vi la luz cuando dijisteis de ir al baño dándome una tregua.

-Joder… será puta… -la oí mascullar.

-Tampoco entiendo porque diferencias entre Daniela y Judith –le comenté.

-¿Qué quieres decir? –me preguntó no comprendiendo mi comentario.

-Que reaccionas diferente según quién haga qué –le aclaré- antes decías que buscabas si se producía algún contacto o acercamiento con Judith y parecía excitarte la idea que se produjera. En cambio, te digo que Daniela sí lo hizo y te cabreas. ¿Por qué?

Sara pareció meditar lo que le había dicho y, al cabo de un buen rato, negó con su cabeza.

-Puede que tengas razón… pero no sé decirte porqué, ni me había dado cuenta, la verdad… -me dijo- quizás tenga que ver con que es mi compañera de trabajo y rival por el ascenso y, en cambio, Judith mi mejor amiga, alguien de confianza… pero no lo sé, es algo irracional…

-Es lo que me pasa a mí con Roberto y Rubén…

-¿En serio? –Dijo ella- ¿tanto te desagrada Roberto?

-Sí. Como dices tú, es algo que me sale de dentro. Creo que si anoche, en lugar de él hubiera sido Rubén el que estaba intentando besarte, quizás no hubiera dicho nada… -le confesé.

-¿Hubieras dejado que me besara? ¿Qué siguiera metiéndome mano y vete tú a saber qué más? –me preguntó atónita.

-No lo sé, Sara –le respondí- pero estoy seguro que ese grito que salió de dentro de mí fue por él. Yo estaba totalmente perdido en manos de Daniela, sin poder de reacción… y verte en las garras de ese ser… fue algo como instintivo y creo que con Rubén, eso no hubiera salido de mí…

Sara pareció meditar mis palabras, creo que comprendió mi punto de vista y lo comparó con lo que ella sentía respecto a su compañera y su amiga.

-Creo que entiendo lo que dices y que es comparable a lo mío –me reveló- yo tampoco sé si me hubiera molestado al verte con Judith como hice al verte con Daniela… joder, si es que me lo imagino y hasta me excito…

Y se puso a reír, liberando la tensión que íbamos acumulando con aquella conversación que estábamos teniendo y yo no pude evitar unirme a ella. Fue un momento extraño pero liberador, incluso diría que unificador. Como si estuviéramos sellando la brecha abierta la pasada noche.

-Continua, por favor –me pidió una vez recuperados de aquel momento de distensión.

-Por donde iba… ah sí… el baño –recuperé el punto por donde lo habíamos dejado- otro momento embarazoso… ahí la cagué pero bien…

-¿Qué pasó?

-Nos quedamos solos los tres hombres y Roberto no tardó en comentar lo buenas que estabais, la suerte que teníamos y, espoleado por Rubén, empezó a decir las cosas que le gustaría hacerle a Daniela si ella se prestaba a ello…

-Joder, como sois los hombres… -dijo Sara con hastío.

-Si te sirve de consuelo yo no dije nada pero, ante mi silencio y cogiéndome por sorpresa, Roberto me preguntó por nosotros –le dije ante su atónita mirada- no le dije nada, no quise dar pie a nada pero volvió a la carga con un comentario del tipo que tenías pinta de ser una mojigata y una estrecha…

-Será cabrón… -espetó ella.

-Sí pero consiguió lo que quería que era picarme –le confesé- fuera por su comentario, por el alcohol, por la calentura acumulada durante la noche… no lo sé… solo sé que caí en su trampa y le insinué que eras una fiera en la cama… ¿cómo fue lo que dije?… ah sí… señora en la calle y puta en la cama…

-¿En serio le dijiste eso? –Me preguntó aunque tampoco parecía molesta- ¿De verdad crees eso?

-Bueno… sí… -dije no sabiendo muy bien cómo iba a reaccionar- tienes que reconocer que cuando te pones, te conviertes en una auténtica bestia sexual…

Miré a mi mujer buscando su reacción, el inicio de su enfado pero lo que me encontré fue que me miraba con excitación, como si le hubiera agradado mi comentario.

-¿No estás enfadada? –le pregunté sorprendido.

-Debería pero no… no sé, me parece hasta bonito que pienses así de mí –se sinceró- otra cosa es que vayas por ahí contando ese tipo de cosas de tu mujer…

-Lo sé pero no pude evitarlo y me recriminé al momento de salir esas palabras de mi boca… pero el mal ya estaba hecho –le dije- me escabullí al instante al baño y por eso no estaba cuando volvisteis vosotras.

-Ahora entiendo las ansias de Roberto por sacarme a bailar –dijo Sara- entre el vestido y pensar que yo era una zorra en potencia…

-Lo siento –dije sinceramente.

-No pasa nada –dijo ella cogiéndome la mano con cariño- anoche hicimos muchas cosas que no debimos hacer pero no vale la pena fustigarse por eso… aprendamos de los errores para no volver a repetirlos…

-Es fácil decirlo…

-Lo sé, yo también tengo mucho de lo que arrepentirme –dijo Sara- pero sigue contando, quiero saber cómo nos encontrasteis y como acabaste con la mano de Daniela en tu polla…

-Bueno, lo de encontrarte ya te lo puedes imaginar… Daniela –continué- fue ella la que me dijo, cuando llegué y me puse nervioso al ver que no estabas, que estabas bailando pero no me dijo con quién… que si quería averiguarlo debía bailar con ella…

Sara asintió como si fuera una cosa normal en ella, algo que esperar de su compañera de trabajo.

-No me pude negar, necesitaba saber dónde estabas –proseguí- así que me dejé guiar por ella hasta la zona donde más tarde os localizaría aunque, claro, antes tenía que hacérmelo pasar mal. Primero, el baile fue un cuerpo a cuerpo desde el inicio, pero no podía decir nada o no te encontraría así que callé y, como he dicho antes, no soy de piedra… sus pechos, sus muslos, sus manos…

-Creo que me hago una idea –me cortó Sara.

-Lo siento pero tú tampoco te has cortado mucho… -le recriminé.

-Tienes razón, no volverá a pasar –dijo reconociendo la realidad.

-Después, siguiendo alargando el momento guiándome hacia donde no debía aunque yo no lo sabía –seguí contando- cuando vi a Rubén dándose el lote con alguien que no era capaz de distinguir, se paró todo a mi alrededor momento que Daniela aprovechó para rozar con su cuerpo mi entrepierna donde ya tenía la polla dura…

-Pero yo no estaba con Rubén…

-Eso lo descubrí después de unos interminables segundos en que me metió mano a placer sin oposición por mi parte –dije yo- cuando descubrí quién era sentí alivio por una parte pero, por otro lado…

-Si no estaba con Rubén significaba que estaba con Roberto –concluyó ella- ¿pero no decías que no te molestaba el pensar que estuviera con Rubén?

-Sara, una cosa es una fantasía y otra la realidad. Una cosa es imaginarte a tu mujer besándose con alguien y otra verla en carne y hueso –intenté aclararle- tú misma, te excita pensar en Judith conmigo pero ¿qué pasaría si lo vieras en persona?

-Entiendo…

-Daniela no me dio a tiempo a reaccionar y me guió a vuestra presencia –continué- tienes que entender que yo estaba como en estado de shock y que era ella la que dominaba por completo la situación…

-Ya me doy cuenta…

-Me tranquilizó algo ver que vuestras manos aún estaban en las cinturas y que todo parecía bajo control aunque estabais demasiado cerca para mi gusto –seguí contando- pero no iba a durar, él se acercó a tu oído y empezó con su retahíla que antes me has contado, sus manos buscando tu culo…

-Y Daniela aprovechó el momento…

-Como no… fue ahí cuando me tocó la polla por primera vez y ya no la soltó aprovechando que yo estaba concentrado en vosotros, intentando averiguar qué estaba pasando –miré a Sara que volvía a tener sus mejillas encendidas, de nuevo recordando aquel momento- lo demás, ya te lo puedes imaginar… él tocándote el culo después de varios intentos fallidos, tu rozándote con él buscando el contacto y Daniela, viéndome completamente perdido, colando su mano dentro del pantalón y masturbándome allí en medio…

-Y entonces me llamaste…

-Sí, cuando vi sus labios que casi llegaban a tu boca fue como si algo despertara dentro de mí –relaté- algo como ahora o nunca, la última oportunidad de parar aquello…

-Y así fue… si hubiera llegado a besarme… -dijo con algo de vergüenza en su voz.

-No te tortures –le dije cogiéndole la mano- yo estaba igual o peor que tú…

-¿Te hubieras acostado con ella? –me preguntó de repente.

-Sinceramente, no lo sé. No sé qué hubiera pasado de no llamarte, que tú reaccionaras a mi llamada… lo único seguro es que, en aquel momento, estaba en manos de Daniela –le confesé.

-Comprendo… como yo en las de Roberto… -atestiguó ella- comprendes que estamos jugando con fuego ¿no?

-Lo sé…

-Llegará un momento, como sigamos así, que uno de los dos sucumbirá y hará algo de lo que luego nos arrepentiremos –dijo Sara- por eso creo que debemos parar esto ya, no seguir jugando pese a lo bien que lo pasamos luego los dos…

-Como ya te dije desde el principio, voy a respetar lo que decidas y no obligarte a nada. No puedo negar que me encanta la mujer en la que te has convertido pero la última palabra la tienes tú –le recordé.

-Lo sé y agradezco tu confianza, cariño pero no soy capaz de controlarme y, por lo que vi anoche, tú tampoco. En Sevilla ya se me fue de las manos y lo de anoche… ufff, eso ya fue demasiado y ya veremos si no tiene consecuencias –dijo algo preocupada.

Entendía lo que quería decirme. El lunes, cuando volviera al trabajo, tendría que lidiar con Roberto que ya había catado las mieles del cuerpo de mi mujer y seguro que no pensaba desaprovechar la ocasión de volver a intentar algún acercamiento.

Aunque yo tampoco estaba realmente a salvo, no dudaba que en algún momento volvería a cruzarme con Daniela que seguro que algo intentaría. Por no hablar de su amiga, que ya me había confesado sus deseos y estaba seguro que no se iba a detener hasta conseguirlo.

-¿Y entonces qué? ¿Volvemos a lo de antes? Me refiero a tu ropa y todo eso… -pregunté esperando cual iba a ser su decisión.

-Creo que tampoco hace falta tanto. Verás, me gusta y me siento cómoda con mi nueva forma de vestir y no estoy dispuesta a cambiar eso –me confesó- pero nada de jugar, ni provocar, ni nada por el estilo… bueno, al menos fuera de casa claro está… aquí me pienso comportar como siempre, tampoco quiero renunciar a los polvos magníficos que tenemos…

Era una decisión salomónica que a mí me pareció bien y más, cuando suponía no renunciar a seguir fantaseando, la causa principal de nuestra actual ajetreada vida sexual. Yo tampoco estaba dispuesto a perder aquello, es más, deseaba repetirlo cuanto antes después de los planes frustrados de la pasada noche.

-Vaya, así que quieres que sigamos jugando los dos… y dime, ¿se puede saber en qué estás pensando ahora mismo? –dije en tono juguetón y acercándome a ella –quizás en Rubén y su polla enorme… o más bien en Judith…

-Roberto… -dijo ella algo avergonzada sabiendo la animadversión que sentía hacía él.

-¿Roberto? –pregunté a mi vez algo desconcertado por su elección y más, después de la conversación que habíamos tenido.

-Si no quieres lo entenderé…

Suspiré resignado. Quizás tampoco era tan mala idea, sería como cerrar el capítulo de lo sucedido anoche pero, en lugar de Roberto, iba a ser yo el que iba a follársela.

-Si vamos a hacerlo, lo haremos bien –dije para su júbilo- vístete como anoche…

Sara dio un grito de alegría y salió corriendo hacia el dormitorio a buscar la ropa que había llevado la pasada noche y yo la seguí con la intención de ponerme algo parecido a lo que llevaba su jefe para dar el pego.

Me vestí antes que ella y volví al salón donde la esperé sentado en el sofá. La tarde había volado con aquella intensa conversación pero había valido la pena el tiempo empleado. A mi parecer, habíamos aclarado la situación y tomado una decisión para protegernos de escenarios como el de la otra noche.

Sara entró en el salón y me levanté de golpe. Estaba increíble, exactamente igual que ayer, incluso se había maquillado para hacerlo más real. Orgullosa del efecto causado, se giró exhibiéndose ante mí que no pude dejar de admirar su inconmensurable belleza.

-¡Pero qué buena estás zorra! –le dije cogiéndola por sorpresa, quedándose paralizada en medio del salón.

Me acerqué a ella, desnudándola con la mirada y volteando a su alrededor. Cuando estaba a su espalda, la agarré del culo sin miramientos ni sutileza, dando ella un respingo al sentir mis manos.

-Qué maravilla de culo –dije recreándome en el sobeteo- no sabes las ganas que tenía de volver a sentirlo…

Me pegué a ella por la espalda, abandonando mis manos su culo para rodear su cuerpo y alcanzar sus tetas que amasé sin tapujos, pegando mi erección a su culo.

-¿La echabas de menos,  zorra? –Pregunté refregando mi polla contra sus nalgas- anoche bien que la buscabas…

-Joder, sí… -murmuró ella comprendiendo mi actitud.

-Ya sabía yo que, bajo esa pose de mosquita muerta, había una zorra en potencia –dije arreciando mis toqueteos y acercando mi boca a su oreja donde seguí susurrando- ya te dije que ibas a ser tú la que iba a venir y pedirme, rogarme, que te follara… y aquí estás, invitándome a tu casa cuando tu marido no está y deseando que te folle como nunca han hecho…

Sara gemía ya sin contención, totalmente entregada, moviendo sus caderas buscando maximizar el roce con mi miembro que estaba ya a tope.

-Ahora eres mía, Sarita, completamente mía y vas a hacer todo lo que yo te pida –le dije con voz dura figurando lo que creía que haría Roberto en una situación así- gírate y quítate el vestido –le ordené apartándome de ella.

Sara se giró y me miró de una forma que pocas veces había visto yo. Sus ojos eran puro fuego. De forma lenta y sensual llevó sus manos a su espalda y soltó el cierre que, tras su cuello, sujetaba el vestido. Éste cayó al suelo dejándola vestida únicamente con el escueto tanga que yo mismo había escogido para esa noche, tanga que se notaba húmedo en su centro delatando la enorme excitación que sentía.

Volví a pasearme a su alrededor, contemplando su figura casi desnuda, rozando al pasar sus pezones duros como piedras, sus nalgas firmes, la piel de su vientre firme…

-¡Qué buena estás! Cómo me lo voy a pasar follándote hasta la extenuación –le dije mientras me plantaba ante ella que suspiraba ansiosa ante mis palabras- pero antes, como la zorra que eres, tienes algo que hacer… -dije mientras con mis manos la empujaba de sus hombros hacía abajo, haciéndola arrodillar ante mí- ¡chupa zorra!

Sara no se hizo de rogar y en un suspiro me desnudó de cintura para abajo, liberando mi polla que saltó como un resorte golpeándola en la mejilla. Estaba tan excitada y necesitada que no estaba para juegos ni preámbulos. Directamente llevó mi miembro a su boca que empezó a lamer con auténtica gula, hambrienta de carne.

Me estaba matando de gusto pero no creía que fuera de ese modo como se comportaría un misógino como Roberto así que, metiéndome en el papel, con mis manos en su cabeza, empecé a moverme follándome literalmente su boca, enterrando por completo mi verga en su garganta y dificultando su respiración. Pero, aun así, Sara no se quejó y vi con asombro como su mano buscaba su rajita para masturbarse mientras yo la utilizaba de aquella manera.

-Menuda boquita tienes, zorra… qué pensaría tu marido si te viera así ahora mismo –seguí provocándola.

Sara no dijo nada, tampoco es que pudiera, pero noté los efectos de mis palabras en las ganas en que tragaba mi polla y la rapidez de sus movimientos bajo la única prenda que aún conservaba.

-Qué bien lo haces, Sarita… me tienes a punto… -le anuncié notando que ya estaba a punto de explotar- ¡trágatelo todo!

Y me corrí. Mi miembro palpitó descargando mi semen en el fondo de su garganta que se afanaba en cumplir la orden que le había dado mientras, a la vez, notaba el rictus de su rostro que delataba de forma inequívoca que ella también había alcanzado un orgasmo apoteósico.

Bajo los efectos de mi clímax aligeré mi presión sobre su cabeza pero ni aun así ella paró de mamar mi verga, no dejando que disminuyera su dureza y mirándome con tal cara de lujuria que no recordaba haberla visto nunca.

Cuando la tenía bien limpia de mi reciente orgasmo y dura como una piedra, ella se levantó hasta la mesa del salón donde apartó bruscamente todo lo que allí había, tumbándose sobre ella, quitándose el tanga y abriendo sus piernas de forma obscena ante mi atenta mirada.

-Fóllame, Roberto –me dijo con un tono difícil de contradecir- necesito que me la metas ya…

Me acerqué a ella con mi polla en ristre, colocándome entre sus piernas y rozando con mi glande la entrada de su sexo que rezuma fluidos de lo excitada que estaba. Pero no se la metí y ella, ansiosa, movía su pelvis buscando insertarse mi miembro en su encharcada vagina.

-¡Quieta zorra! –Le ordené y ella obedeció- ya sabía yo que me ibas a rogar que te follara… si es que sois todas iguales, unas putas deseosas de una buena polla… ¿La quieres, Sarita? ¿Quieres mi polla? ¿Deseas que tu jefe te folle como nunca te ha follado tu marido?

-Sí joder, por favor… necesito sentirla dentro –suplicó mi mujer- quiero tu polla Roberto, que me folles como la zorra que soy, que me hagas gozar como nunca ha hecho mi marido…

-Así me gusta, putita –dije volviendo a rozar la entrada de su sexo- prepárate para el mejor polvo de tu vida…

Y se la ensarté de un solo golpe. Casi me corro de nuevo al metérsela, tal era la excitación que sentía por la situación y al ver el grado de calentura de Sara. La que sí se corrió al instante fue ella, que gritó de alivio al ver cumplido su deseo y sentirse llena con mi miembro.

Mientras su cuerpo se convulsionaba yo empecé a moverme, entrando y saliendo de su coño de forma frenética y brutal, follándola de forma ruda y salvaje buscando mi propio placer, como si no me importara nada ella y solo fuera otro coñito más que hacer mío. Así era como me imaginaba a Roberto comportándose con sus conquistas.

Con mis manos en su cintura la penetraba sin descanso, viendo como el cuerpo de Sara se agitaba con mis rápidas y profundas arremetidas, con sus piernas buscando cerrarse tras de mí y sus manos recorriendo mi espalda hasta alcanzar mis glúteos donde sentí clavar sus uñas.

-Más fuerte, cabrón… -me dijo entre suspiros- fóllame como a la puta de Daniela…

No sé de donde saqué fuerzas pero arrecié aún más mis embestidas, follándola como nunca antes había hecho y entregándome por completo. Nuestros cuerpos estaban bañados en sudor, los dos bufábamos buscando algo de aire para mantener aquel ritmo infernal, la mesa se agitaba fruto del choque violento de nuestros cuerpos.

Ninguno de los dos íbamos a aguantar mucho rato con aquel ritmo y fue Sara la que alcanzó un nuevo orgasmo en primer lugar, gritándolo como si la estuvieran matando y yo ya no pude más, empezando a descargar mi leche en su coño y liberando toda la tensión acumulada de las últimas horas.

Aún estaba eyaculando en su interior cuando me dejé caer sobre ella, que me acogió en sus brazos, totalmente exhausto y algo confundido con lo que había sucedido.

Los dos respirábamos de forma agitada, mi cabeza sobre su pecho notaba latir su corazón de forma acelerada y notaba su mano acariciar mi cabello, con cariño una vez superado el fragor de la batalla. Pero las dudas, una vez alcanzado el clímax, me asaltaban.

Después de lo sucedido la pasada noche, su primera elección había sido elegir a Roberto para aquel juego sabiendo lo que le había contado, la animadversión que sentía por él, pero no había parecido importarle.

Y después, la forma en que se había sumido en la fantasía, donde casi parecía de verdad que pensaba que estaba siendo follada por Roberto y no por mí. Cómo se había doblegado a todas mis exigencias como si desease ser usada por él y sentirse como su puta, cómo había rogado que la follase Roberto tal como él le había dicho que haría, su total entrega, incluso pidiendo más…

-¿Estás bien? –me preguntó Sara despertándome de mi letargo.

-Sí, sí… -le dije levantándome.

-Genial –dijo mi mujer, levantándose a su vez y acercándose para darme un beso- voy a darme una ducha.

La vi alejarse camino del baño totalmente desnuda y no pude dejar de sentir sentimientos encontrados. Miedo por el cariz que estaban tomando los acontecimientos y deseo, una excitación malsana al recordar lo que acabábamos de hacer.

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