QUISPIAM

Capítulo 15

En cuanto cerré la puerta de aquel piso, bajé las escaleras corriendo y me monté en el coche intentando poner tierra de por medio de aquel sitio donde había estado a punto de caer en la tentación y entregarme al placer con aquellas dos bellas mujeres.

Me maldije interiormente por mi debilidad. Sí, porque aunque había conseguido huir sin culminar mi infidelidad, me había dejado masturbar por Judith y pensado seriamente en hundir mi polla dentro del coño de Daniela que me llamaba a gritos. Joder si es que incluso en ese instante,  mientras conducía, tenía una empalmada de campeonato recordando cada imagen de los cuerpos desnudos de aquellas dos espléndidas mujeres.

¿Cómo había podido suceder aquello? Aunque buena parte de la culpa era mía por haber confiado en Judith, tuve que reconocer que hubiera sido muy difícil adivinar sus intenciones teniendo en cuenta la cantidad de cosas que desconocía tanto de ella como de la otra pareja. ¿Rubén casado con Daniela? ¿Matrimonio abierto y sexo con terceros? ¿Judith amante oficial de Rubén con el consentimiento de Daniela? Y por alguna extraña razón, ellos tres confabulados para hacernos entrar en su juego tanto a mí como a Sara.

Sara… la pobre en casa, ajena a todo aquello, pensando en salir esa noche conmigo y dispuesta a disfrutar de una noche memorable con su marido que, seguramente, pensaba culminar en uno de aquellos polvos memorables que últimamente tanto disfrutábamos…

Ajena a que había estado a punto de engañarla, ajena a que, pese a lo que ella creía, su amiga para nada había desistido en su intento de follar conmigo sino todo lo contrario, ajena a que el monitor que reconocía que le atraía estaba casado y encima con su compañera y rival Daniela, ajena a que él deseaba hacerla suya, ajena a que ella y su jefe estaban jugando con ella y sus pretensiones de conseguir el ascenso, ajena a que su marido también la había engañado para engatusarla con aquella salida donde pensaba hacerla coincidir con sus colegas de trabajo.

Aunque, bien pensado, tampoco es que ella hubiera sido completamente sincera conmigo. Por alguna extraña razón, me había ocultado que había mantenido una conversación con Judith sobre el tema de los mensajes del móvil. Y, si creía en lo que me había contado su amiga, qué le habría dicho mi mujer para que ella estuviera segura que Sara deseaba acostarse con Rubén. ¿Había algo más que desconocía?

En ese estado alterado conduje por la ciudad camino de mi casa donde me esperaba mi mujer, sin saber muy bien qué decirle y qué contarle. Porque claro, si le contaba lo que había descubierto y lo que pretendían aquellos tres, cómo hacerlo sin confesarle lo que yo había hecho o, peor, que se acabara enterando por boca de terceros lo que aún iba a ser peor.

Con ese ánimo abrí la puerta de mi casa encontrándome con Sara que vino a recibirme dándome un cariñoso beso y diciéndome lo mucho que me había echado de menos. La seguí hasta el salón oyendo como mi mujer se interesaba por cómo me había ido en el gimnasio, que si me había encontrado con alguien, deseando que no me hubiera cansado demasiado porque quería que le aguantara toda la noche…

Yo cada vez me encontraba más aturdido si cabe ante toda la verborrea que salía por la boca de mi mujer pero, si algo me quedó claro, era que estaba deseando que llegara la noche para salir juntos los dos… o bueno, eso creía yo…

-Sabes, hace un rato he hablado con Judith y me ha preguntado que si me apetecía salir esta noche y, claro, le he dicho que ya había quedado contigo para salir a tomar algo. Total, que al final y como sabía que no te iba a importar, le he dicho que si quería podía venirse con nosotros. Me ha dicho que iba a preguntarle a Rubén por si quería apuntarse también… cuántos más mejor ¿no? –me dijo Sara haciendo que empalideciera con cada palabra que salía por su boca.

-Sí… claro… -contesté titubeando. El único consuelo que tenía era saber que al menos Judith no le había contado nada de lo ocurrido esa tarde.

-¿Estás bien? Te veo un poco pálido –me preguntó Sara.

-Solo es que estoy un poco cansado, nada más –intenté tranquilizarla- como algo y enseguida estoy como nuevo.

-Eso espero. Que para una vez que salimos… -me dijo a modo de reproche.

Sí, para una vez que salimos… en menudo follón me encontraba metido. Ahora, si no tenía bastante con saber que iba a toparme con Daniela y su jefe Roberto, se apuntaba al carro Judith y no dudaba que también lo haría Rubén.

Me fui a la cocina a picar algo mientras escuchaba a Sara encender la tele. ¿Qué hacer? Multitud de imágenes y pensamientos pasaban por mi cabeza, planteándome posibles escenarios para salir del atolladero en el que estaba metido. Escenarios en los que en la mayoría acababa jodido pero a base de bien. Al final, después de darle muchas vueltas, solo vi una posible salida a aquel follón que se había creado.

Y esta era la de callar, al menos de momento. Porque, si Judith no le había contado nada y había forzado que mi mujer la invitase a nuestra salida, intuía que era porque quería comprobar de primera mano que no le había dicho nada a Sara y, quizás, forzar un encuentro conmigo para evitar que lo hiciese. Cosa que, por otra parte, también me venía bien ya que yo también iba a aprovechar para decirle que había que parar todo aquello.

La única pega a mi plan era que me iban a faltar manos para vigilar a mi mujer de los intentos tanto de Roberto como de Rubén de acercarse a ella para fines nada honestos. Para evitar eso y los intentos de acercamiento de Daniela, la única solución que veía era evitar separarme de mi mujer. Estando juntos estaba seguro que no iba a pasar nada de nada.

Una vez ya tomada una decisión, salí de la cocina algo más tranquilo y dispuesto a disfrutar de lo que quedaba de tarde antes que tuviéramos que prepararnos para esa noche que tan intensa preveía. Con ese propósito, me senté junto a Sara en el sofá para ver la película que daban en la tele juntos. Así, acurrucado junto a ella, fue como me quedé dormido.

Cuando me desperté de aquella improvisada siesta me di cuenta que habían pasado un par de horas, que estaba solo y la tele apagada. Me levanté como un resorte, buscando a Sara por todo el piso y encontrándola en la habitación donde ya había empezado a prepararse para nuestra salida.

-Buenos días, dormilón –me dijo con una sonrisa que demostraba que estaba todo bien- ya iba a ir a despertarte para que empezaras a arreglarte…

-No sé qué me ha pasado para quedarme traspuesto así –claro que lo sabía pero no podía decírselo, claro está.

-No pasa nada, así estarás más fresco y me aguantarás toda la noche –me dijo pícaramente- hoy vas a necesitar toda tu energía…

-Ah sí… ¿y se puede saber para qué voy a necesitarla? –le dije siguiéndole el juego y abrazándola, con mis dos manos en sus firmes glúteos.

-Anda tonto –dijo apartándome suavemente- que como sigas me lías y al final no vamos a ningún lado…

Se metió en el baño y yo me fui al armario a buscar la ropa que pensaba ponerme para esa noche. No tardé mucho en decantarme por una camisa de manga corta y unos tejanos ajustados que sabía le gustaban a mi mujer. Me puse a vestirme y cuando ya casi estaba entró Sara únicamente vestida con el tanga que yo mismo le había escogido esa mañana.

-Joder Sara –exclamé al verla así.

-¿Te gusta? –preguntó exhibiéndose ante mí.

-Como no te pongas algo rápido juro que te violo aquí mismo –le dije siendo completamente sincero.

Ella rió divertida y se apresuró, por si acaso, a ponerse el vestido. Tampoco es que el vestido cubriera mucho pero al menos algo tapaba y no tenía que estar viendo los exuberantes pechos de mi mujer balanceándose a cada paso suyo mientras seguía trasteando por la habitación. Pero, por si acaso, preferí esperarla en el salón y evitar males mayores.

No tardó mucho en reunirse conmigo y he de reconocer que estaba espectacular y sumamente sexy. El vestido, corto, dejaba al descubierto buena parte de sus muslos. El escote, generoso, apenas cubría sus pechos que se movían libres al no llevar sujetador debajo. No hacía falta mucha imaginación para saber que iba a convertirse en el centro de atención allá donde fuéramos.

Como teníamos previsto, fuimos antes a cenar los dos juntos a un restaurante al que no habíamos ido nunca y al que hacía tiempo que teníamos ganas de ir. Allí, por un instante, me pude olvidar de mis quebraderos de cabeza y mis temores a lo que pudiera suceder luego en el Heaven. Buena comida, inmejorable compañía y, cómo no, disfrutando con los juegos de provocación de Sara.

Pero como todo lo bueno se acaba, la cena llegó a su fin y volví a afrontar la cruda realidad. Tocaba ir al local donde sabía que iba a reencontrarme con Judith, posiblemente acompañada por Rubén, y con Daniela y Roberto. Sara, ajena a todo, derrochaba felicidad a los cuatro vientos disfrutando como hacía tiempo que no hacía.

No tardamos mucho en llegar a nuestro destino, entramos en el local que se presumía bastante concurrido a tenor de la cola que tuvimos que hacer y, cuando estuvimos dentro, comprobamos que así era. Mientras avanzábamos camino a la barra, Sara iba escribiendo a Judith avisándola de nuestra llegada. Con un poco de suerte, aun tardaría un rato en llegar pero claro, no iba a tener tanta suerte.

-Dice Judith que están cerca de los reservados, que nos esperan allí –me dijo al oído Sara después de consultar la respuesta de su amiga. Ese nos ya me indicó lo que me temía, que Rubén también había venido.

Cogidos de la mano fuimos avanzando hasta llegar a donde se suponían que nos esperaban y, antes de llegar, ya los vimos saludándonos desde la distancia. Cuando nos acercamos, la cara de los dos mudó al ver la vestimenta de Sara que sonrió divertida al ver su reacción.

-Joder nena, cómo te has puesto esta noche –le dijo su amiga levantándose y, después de pegarle un buen repaso, darle dos besos.

Rubén no dijo nada pero no hacía falta, su mirada ávida recorría su cuerpo no dando crédito a lo que veía. Se acercó a su vez y la besó también para, seguidamente, alargarme la mano estrechándomela como si hiciera tiempo que no nos veíamos.

-Qué bueno verte, Carlitos –me dijo Judith acercándoseme a mí y besándome también- cuánto tiempo sin coincidir por ahí de fiesta, eh…

Nos sentamos los cuatro en el reservado, iniciando los tres una animada conversación y yo, algo reservado, observando la situación. De momento, los dos se estaban comportando como si aquella tarde no hubiera pasado nada, comportándose como siempre hacían. No sabía si alegrarme o preocuparme por eso.

Poco a poco me fui relajando, también ayudó a ello el par de copas que ya me había metido a parte de la botella de vino que nos habíamos bebido durante la cena. Las cosas transcurrían con normalidad, como dos parejas de amigos disfrutando de una noche de fiesta. Solo que ellos no eran pareja, él estaba casado y quería follarse a mi mujer y ella hacerlo conmigo.

Y lo peor era que, siguiendo su ánimo juguetón, Sara no dejaba de acariciarme con su mano por debajo de la mesa provocándome un continuo estado de excitación que empezaba a ser difícil de ocultar. Por eso, cuando Sara propuso salir a bailar, ocurrió lo inevitable.

-Bueno chicos, yo tengo ganas de mover el esqueleto. ¿Quién se apunta? –preguntó Sara con ganas de fiesta. Yo dudé al saber el estado en que me encontraba y que iba a ser evidente al levantarme y, ese instante de duda, fue el que Rubén aprovechó.

-Si a ellos dos no les importa ya te acompaño yo –dijo ofreciéndose. Sara no esperó a que nadie dijese nada y cogió de la mano a Rubén arrastrándolo a la pista de baile. Al menos se quedaron cerca de donde estábamos desde donde podía verlos.

-Carlos, tenemos que hablar –las palabras de Judith me hicieron apartar la mirada de la pista hasta donde mis ojos habían seguido a mi mujer y al monitor que bailaban  a una distancia prudencial.

-Eso mismo te iba a decir yo –le dije queriendo poner freno a todo aquello.

-Déjame a mí primero, por favor –me pidió y yo la dejé continuar- quiero hacerte una pregunta y te ruego que seas completamente sincero conmigo. ¿Yo te gusto? ¿Te atraigo sexualmente hablando?

Qué responder a esa pregunta y más lanzada así, a bocajarro, con ella observándome atentamente ansiosa por saber mi respuesta, mientras mi atención se desviaba continuamente a la pista donde mi mujer seguía bailando con Rubén.

-Claro que me atraes, a mí y a todo el mundo Judith –le contesté finalmente de forma sincera- eres bellísima y con un cuerpo espectacular, cualquier hombre se sentiría afortunado de ser objeto de tu atención.

-Todos no –me replicó ella rápidamente- tú no lo has hecho esta tarde. Has huido de mí, de Daniela…

-Es distinto, Judith. Yo quiero a Sara con locura y no quiero hacer nada que pueda poner en peligro nuestra relación, por mucho que la tentación sea tanta que haya estado a punto de romper el voto de confianza que nos tenemos –intenté explicarle.

-¿Quiere eso decir que has estado a punto de hacerlo, de dejar de luchar y entregarte al placer? –preguntó de nuevo.

-Sí, Judith –le confesé con un suspiro- no sé ni cómo he podido salir de allí sin haber cometido la mayor locura de mi vida…

-Gracias, Carlos –me dijo con una sonrisa radiante- no sabes lo mucho que eso significa para mí. Cuando esta tarde te has ido me he quedado fatal. Me sentía mal por haberte provocado de esa manera a espaldas de Sara, después de haber hablado con ella y que me hubiera explicado todo lo de las fotos y lo que estabais experimentando los dos. Pero no he podido evitarlo, toda la situación me había excitado de tal manera que no veía el momento de poder gozar juntos y, cuando esta tarde estando ya a punto de conseguirlo, te has marchado… se me ha caído el mundo encima, Carlos…

-Puedo llegar a entenderlo, Judith –quise ser empático con ella pero a la vez dejarle las cosas claras- pero tienes que entender que quiero a Sara y que no pienso serle infiel y tú, como su amiga, debes respetar eso…

-Lo haré Carlos pero necesito que vuelvas a ser sincero conmigo –preguntó de nuevo con algo de ansiedad- ¿Y si no tienes que serle infiel? ¿Y si contamos con el beneplácito de Sara para follar los dos?

No estaba preparado para responder a esa pregunta. ¿Sería capaz Sara de dar su aprobación a algo así? Y en caso que sí lo hiciera, cosa que dudaba, ¿a cambio de qué? ¿Qué yo le diera mi aprobación para que se acostara con Rubén?

-Eso no va a pasar Judith… -le dije queriendo que asumiera la realidad- una cosa es jugar, fantasear, y otra bien distinta es ver en carne y hueso a tu pareja con otra persona… no creo que ninguno de los dos estemos preparados para eso y dudo que alguna vez lo lleguemos a estar…

-Pero si lo consiguiera, si Sara dijera que sí… ¿lo harías? ¿Estarías dispuesto a pasar la noche conmigo? –preguntó de nuevo buscando sacarme una respuesta.

-Supongo –dije sin querer mojarme del todo pero, por su cara, era la única respuesta que necesitaba.

-Era lo único que necesitaba oír, saber que contaba con tu aprobación –dijo satisfecha- estoy deseando que llegue el momento en que podamos estar los dos juntos, sin escondernos y hacer lo que teníamos que haber hecho mucho tiempo atrás… Carlos, ¿te puedo pedir una última cosa?

-Dime –le respondí no sabiendo por donde iba a salirme ahora.

-Que me saques a bailar…

Suspiré algo aliviado por su petición y alargué la mano que ella cogió gustosa, dirigiéndonos a la pista junto a los otros dos que seguían bailando pero manteniendo la distancia entre ellos. Estuvimos un buen rato los cuatro, moviendo el cuerpo y disfrutando de aquella velada que parecía que, al final, iba a resultar mejor de lo esperado.

Volvimos al reservado a descansar un rato y refrescarnos con otra ronda de bebidas, la tercera por nuestra parte. Fue entonces cuando una voz a nuestras espaldas llamó nuestra atención.

-¡¡Pero mira quien está aquí!! –exclamó una voz femenina que adiviné al instante quien era.

Sara se giró y, sorprendida, se quedó mirando a Daniela que llegaba acompañada de Roberto, que la llevaba sujetada por la cintura, no dejando lugar a dudas sobre el carácter de su encuentro. Ella dio un rápido repaso a mi mujer pero Roberto… él no, que va… se me hicieron eternos los segundos que sus ojos dedicaron a recorrer cada centímetro del cuerpo de mi esposa: sus pechos apenas ocultos por el exiguo vestido, su espalda casi desnuda, sus muslos generosamente ofrecidos por el vestido que se había subido al estar sentada…

Se hizo un silencio incómodo que él mismo rompió inclinándose para darle dos besos a Sara que seguía sentada aun asimilando el haberse encontrado allí con aquellos dos.

-Qué grata sorpresa –dijo Roberto con desparpajo mientras aprovechaba para fisgar en el escote de mi mujer- soy Roberto, el jefe de estas dos preciosidades- dijo alargando la mano para saludar tanto a Rubén como a mí para, seguidamente, aprovechar para dar dos besos a Judith que tampoco escapó de su escrutinio.

-Judith –dijo  ella- y éste es mi novio Rubén- dijo cogiendo del brazo al monitor y continuando con aquella pantomima que se habían montado ellos tres.

Yo no dije nada, él sabía de sobras quien era yo así que sobraban las presentaciones pero, para dejar las cosas claras, pasé un brazo sobre el hombro de Sara atrayéndola hacia mí para dejar claro que ella estaba conmigo. El gesto no pasó desapercibido por él que hizo lo mismo con Daniela que sonrió al sentir su abrazo.

Sara se agitó nerviosa a mi lado al verlo, en aquel instante supuse que debía sentir sensaciones encontradas. Por un lado, nervios al verse vestida de aquella guisa delante de su jefe con el que nunca se hubiera imaginado encontrarse allí. Por otro, notaba su enfado al ver como Daniela flirteaba sin reparo con Roberto e intuyendo con qué fin lo hacía.

-¿Os importa si nos sentamos con vosotros? –preguntó Daniela.

-Para nada –se apresuró a contestar Sara- cuantos más seamos mejor…

Se levantó y yo fui a hacer lo mismo pero Sara me detuvo con un gesto e hizo pasar a Daniela que acabó sentada a mi lado. Luego se sentó Roberto y finalmente mi mujer, quedando Roberto sentado rodeado por sus dos empleadas. Su cara de felicidad era absoluta y la mía, de pánico total, ya que fue sentarse Daniela y notar su mano tocarme el muslo bajo la mesa.

Una nueva ronda de bebidas, invitación de Roberto, llegó a la mesa mientras él se convertía en el centro de la conversación contando anécdotas divertidas que hacían reír al resto pero no a mí. Se notaba que el tío tenía labia y sabía ganarse a todo el mundo pero yo no me encontraba con el ánimo de complacerle.

Estaba tenso y alerta a la mínima señal que indicase que algo pasaba en aquel extremo de la mesa. Solo de imaginar que Roberto pudiera aprovechar la circunstancia para toquetear los muslos de mi mujer bajo el amparo de la mesa…

Estaba tenso y alerta para impedir los avances de Daniela que, desde que se había sentado y mientras fingía seguir la conversación, no había dejado de tocarme la pierna intentando avanzar hacia arriba, buscando mi entrepierna, impidiendo yo con mi mano que la alcanzase.

Por fortuna, ni ella alcanzó su objetivo donde se hubiera encontrado con una notable erección fruto de sus manoseos ni vi nada sospechoso entre Roberto y Sara, a excepción claro está de las continuas miradas que lanzaba a su escote pero que también hacía con el de Daniela y Judith… vamos, algo normal en él.

Fue en ese momento cuando Judith dijo que iba al baño y, al instante, se apuntaron a acompañarla las otras dos mujeres. Suspiré aliviado por aquella tregua mientras veía levantarse a Rubén para dejar pasar a Judith y a Roberto para dejar pasar a Daniela. No me pasó desapercibido el hecho que ambos marcaban paquete bajo el pantalón lo que me hizo replantearme si realmente no había pasado nada bajo la mesa de lo que no me había dado cuenta.

Los dos se quedaron un instante de pie, observando como hacía yo todavía sentado, como las tres mujeres se dirigían al baño contoneando sus caderas de forma sugerente conscientes de nuestro escrutinio. La única duda que tenía era qué culo era el que estaban mirando aquellos dos…

-Menuda mujeres –dijo Roberto volviendo a sentarse- somos afortunados de estar rodeados de tan bellas mujeres.

-Tienes toda la razón –dijo Rubén dando un sorbo a su bebida- tu chica está muy buena…

-Jajaja no es mi chica, solo una subordinada con la que me estoy tomando una copa… -dijo con un tono que daba a entender otra cosa.

-Pues no me importaría a mí tomar una copa con una empleada así –dijo guiñándome un ojo a mí. ¿Qué pretendía Rubén con aquello?

-La verdad es que no es la única subordinada con la que me gustaría tomarme un copa –dijo recalcando lo de copa e intuyendo una fugaz mirada hacia mí que me hizo suponer que debía estar pensando en Sara- tu chica tampoco está nada mal… -dijo dirigiéndose a Rubén.

-Gracias, la verdad es que está muy buena –dijo hablando de Judith- y desnuda, aun gana más… no veas como folla la tía- dijo para mi sorpresa.

-¿En serio? –Le contestó Roberto- qué suerte tienes cabrón, seguro que esta noche lo vas a pasar en grande…

-Eso fijo –le dijo Rubén- con lo caliente que va hoy seguro que hasta le doy por el culo…bueno, a lo mejor tú también triunfas y puedes tirarte a la Daniela…

-Ya me gustaría jajaja… y si ya pudiera darla por el culo… uffff –dijo suspirando- solo de imaginar ese par de globos agitándose mientras la enculo se me pone dura…

Yo alucinaba escuchando  a Roberto hablando así de Daniela, miraba fugazmente a Rubén que, al contrario de lo pudiera pensar, parecía disfrutar escuchando como aquel tío hablaba en esos términos de su mujer y lo alentaba a continuar.

-Pues yo de tú lo intentaba. Quién sabe, tiene una pinta de guarra que yo creo que hasta te llevas una sorpresa –le animó Rubén. Yo no daba crédito a lo que oía. ¡Le estaba animando a follarse a su mujer!

-¿Y tú qué? ¿Le das por el culo a Sara? –me preguntó Rubén cogiéndome por sorpresa.

Yo me quedé mudo sin saber qué contestar mientras los dos me miraban expectantes por saber mi respuesta.

-No creo –dijo Roberto- Sara siempre ha sido una mujer muy correcta y no la veo haciendo ese tipo de cosas…

-Pues a veces las apariencias engañan –le dije picado por su comentario- ya sabes lo que dicen, señora en la calle y puta en la cama…

Al instante me arrepentí de haber abierto la boca pero el mal ya estaba hecho.

-Vaya con la Sarita –dijo Roberto con una cara de vicio que me dio repelús- si al final, estas que van de modositas son las peores… ¿A qué sí, Rubén?

-Ya te digo –confirmó el otro.

-Y a parte de dejarse dar por el culo, que no es poco, ¿qué más virtudes tiene nuestra Sarita? Me da que la debe chupar de vicio… -intentó sonsacarme Roberto.

-Te vas a quedar con las ganas de saberlo… y ahora, si no os importa, yo también tengo que ir al baño –dije levantándome y poniendo pies en polvorosa.

¡Menudo imbécil estaba hecho! ¿Qué me estaba pasando? ¿Tan difícil era tener la boca cerrada? Solo el alcohol podía explicar que hubiera entrado al trapo así. ¿Cuántas copas llevaba ya? ¿Cuatro, cinco? Ninguna más, me prometí.

En el baño remojé mi rostro para despejarme un poco y volver al ruedo en mejores condiciones que con las que había partido. No me había demorado mucho, diez minutos como máximo, pero cuando llegué me encontré los asientos vacíos a excepción de Daniela que me esperaba sonriente.

-Pensaba que ya habías huido… otra vez… -dijo con retintín.

-¿Dónde están los demás? –pregunté algo nervioso.

-Sara quería bailar un rato y por ahí deben estar –dijo señalando con su cabeza hacia la pista de baile- yo me he quedado para hacerte compañía…

Yo miré hacia la pista intentando localizarlos pero nada de nada.

-Seguro que debes estar preguntándote cuál de los dos se ha llevado a Sara consigo… el baboso de Roberto o mi marido… sea cual sea la respuesta, te aseguro que los dos estarán disfrutando de lo lindo sobando el cuerpo de tu mujercita –dijo con sorna.

Yo ya estaba totalmente alterado, dispuesto a meterme en la pista y arrancarla de los brazos de cualquiera de aquellos dos pero ¿por dónde empezar? A aquella hora el local estaba abarrotado e iba a ser difícil dar con ellos sin saber en qué dirección habían partido.

-Yo te puedo ayudar –se ofreció Daniela intuyendo mis dudas- pero claro, a cambio de algo…

La miré con odio pero a ella le dio igual, sabía que yo iba a ceder y a salirse con la suya como así fue.

-Solo quiero que me saques a bailar –dijo levantándose y dándome la mano. La cogí aceptando su trato y ella me dirigió a la pista alejándonos de nuestro asiento. Solo esperaba que, por una vez, me dijera la verdad y no fuera otra de sus encerronas.

Cuando ella creyó que había llegado al sitio correcto, se giró y empezó a contonear su cuerpo al son de la música y pegándose levemente al mío. No me quedaba otra que hacer lo mismo para no desentonar pero mi atención no estaba con ella sino buscando febrilmente a mi mujer sin encontrarla. Ella se dio cuenta, cogió mi rostro con sus manos y lo giró para que enfocara al suyo.

-Tranquilo, que no tardaremos en verlos… -me dijo mientras volvía a acercar su cuerpo que ya estaba peligrosamente cerca. Imágenes de su cuerpo desnudo vinieron a mi mente y mi polla empezó a reaccionar ante su cercanía.

-¿Por qué te has ido esta tarde? ¿Acaso no te gustaba lo que veías? –me preguntó mientras sentía la presencia de su cuerpo cada vez más cerca.

-Sabes que no es eso. ¿Y tú porque haces todo esto? Ni siquiera sabía que estabas casada… -contraataqué yo mientras seguía buscando a mi mujer.

-Jajaja –rió divertida- ¿en serio me lo preguntas?

-Sí, claro. No entiendo porque ocultas a todo el mundo que Rubén es tu marido –le dije confundido por su respuesta.

-Es bien sencillo, Carlos. Somos una pareja liberal, me encanta follar y soy mujer. Si estuviera soltera sería una zorra con hambre de polla y todos dispuestos a dármela pero, si soy una mujer casada, automáticamente soy una puta y él un cornudo a parte que, según quien, tiene reparos a la hora de enrollarse con una casada… ¿contesta eso tu pregunta?

-Creo que sí –le dije sinceramente. Su explicación tenía cierta lógica pero no acababa de comprender que aquello justificara su omisión.

-A la gente de confianza, los que están en nuestro círculo más cercano, todos ellos conocen que somos pareja –siguió dándome explicaciones supongo que viendo que no estaba del todo convencido- por eso te lo hemos dicho a ti…

-¿Yo soy de confianza? –pregunté abrumado por su comentario.

-Claro, Carlos –dijo susurrándome en la oreja- yo confío mucho en ti y te quiero en nuestro círculo pero muy, muy cerca de mí…

Tragué saliva nervioso mientras notaba mi polla dando un respingo dentro del pantalón ante la excitante insinuación de aquella exuberante mujer.

-Mira, ahí están… -dijo de repente mirando hacía un lado.

Yo seguí su mirada y lo que vi hizo que se me paralizase el corazón. El que estaba ahí era Rubén, su figura era inconfundible y lo que estaba haciendo, aún más. Estaba besando con lujuria a su pareja de baile, la cuestión era ¿quién era ella? Desde nuestra posición, el cuerpo del monitor ocultaba el rostro de ella.

Los segundos se me hicieron eternos mientras esperaba que cualquier gesto, cualquier movimiento de ellos, me delatara la identidad de ella. Anhelaba por todo el oro del mundo que no fuera ella, mi Sara, la que se estaba besando y dejándose manosear por Rubén…

-Qué bien que lo están pasando ¿verdad? –dijo Daniela peligrosamente cerca de mí.

Había aprovechado mi estupor para pegarse completamente a mí. Sus enormes tetas estaban pegadas a mi pecho, notaba sus pezones duros a través de la liviana tela de su blusa, su entrepierna rozando descaradamente mi sexo que vibraba totalmente endurecido bajo el pantalón, su rostro pegado al mío sintiendo su cálido aliento y el aroma de su perfume…

-Lástima que no sea Sara la que está disfrutando de los labios de mi marido… con las ganas que le tiene… -dijo Daniela haciendo que volviera a fijarme en la pareja.

Un leve giro de ellos y pude ver con claridad que la que colgaba de sus brazos disfrutando de sus besos y caricias era Judith. Un alivio tremendo me recorrió por el cuerpo al saber que aquella no era Sara y poco me importó el comportamiento de su amiga que no tenía reparos en enrollarse con el marido de otra estando ella delante. Allá cada uno con sus preferencias sexuales…

Pero claro, si aquella no era Sara eso quería decir que ella estaba con Roberto y, de nuevo, la ansiedad se apoderó de mí. No sabía qué era peor…

-¿Sabes que ha sido ella la que ha elegido a Roberto como pareja de baile? –me contó Daniela mientras abrazada a mí me dirigía a una zona más apartada, alejándonos de Rubén y Judith que, ajenos a nuestra presencia, seguían dándose el lote.

No me acababa de creer las palabras de Daniela pero, a estas alturas, ya no sabía que pensar. ¿Y si había decidido provocar a su jefe un poco más? Era una cosa que ya sabía de sobra que le encantaba hacer en su trabajo así que, ¿por qué no darle una vuelta más? ¿Coquetear con él delante de su pareja esa noche que no era otra que Daniela?

Me dejé guiar por ella, sin importarme que nos moviéramos con nuestros cuerpos completamente pegados, teniendo que sentir ella mi tremenda erección pegada a su cuerpo como yo sentía sus pezones arañando mi pecho, notando como sus manos bajaban de forma fugaz para acariciar mi culo. Pero me daba igual, solo quería encontrar a mi mujer y ella era mi camino para hallarla.

No tardé en localizarla, casi en la otra punta de la pista en referencia a nuestro reservado, casi en una esquina y algo apartados del resto de bailarines. Supuse que, hábilmente, Roberto la había guiado hasta allí para tener algo de intimidad para sus propósitos nada honestos, de eso estaba completamente seguro.

Bailaban pegados, como nosotros, pero sus manos aún se hallaban en la cintura. Pero, aun así, estaba seguro que él debía notar el roce de los pechos de mi mujer y ella notar la erección que estaba seguro que Roberto no dejaba ocasión de refregar contra ella. Sus caras estaban peligrosamente cerca ya que él no paraba de susurrarle cosas a su oído, supuse que intentando debilitar sus defensas y aprovechando también para rozarse con esa excusa.

-Vaya, parece que tu mujer me ha quitado a mi pareja –dijo Daniela emulando a Roberto, pegándose completamente a mí- cómo está esto por aquí abajo… ¿es por mí? ¿O es que te excita ver así a tu mujer, disfrutando en los brazos de otro?

Su mano se coló entre nuestros cuerpos y se posó en el bulto de mi pantalón que yo no aparté, estaba totalmente centrado en lo que pasaba entre Sara y Roberto. Él, creyendo que no lo iba a rechazar, deslizó su mano y la posó en el trasero de Sara que se apresuró en devolverla a la cintura para mi alivio. Parecía que mi esposa aun controlaba la situación.

Daniela, que también había seguido las evoluciones de su jefe, sonrió mientras siguió acariciando mi miembro completamente duro.

-Parece que aún se resiste pero algo me dice que no va a durar mucho… -dijo convencida- ella lo está deseando…

Roberto volvió a intentarlo mientras seguía volcado en ella susurrándole vete tú a saber qué  y Sara volvió a rechazarlo, llenándome de orgullo y vergüenza a la vez. Orgullo por mantenerse ella fuerte y vergüenza por no estar yo a su altura que, a las primeras de cambio, me dejaba vencer por la tentación. Vergüenza porque no podía negar que me excitaba ver a Sara en aquella tesitura.

Pero claro, Roberto era zorro viejo en esas lides y no desistió en su empeño. Y a la tercera, como se suele decir, fue la vencida y logró posar su mano sobre las nalgas de mi mujer que esta vez no hizo ademán de apartarla. Él no se hizo de rogar y, al ver aquella batalla ganada, enseguida desplazó la otra mano ante la pasividad de Sara que vio como las dos manos de su jefe recorrían su culo a placer.

Yo observaba anonadado todo aquello, sabiendo que hacía rato que toda la situación se nos había ido de las manos y temía cómo podía acabar la noche. Porque, viendo mi pasividad, Daniela era dueña de la situación y no dejaba de acariciar mi miembro por encima del pantalón y, no teniendo bastante con ello, buscaba colar su mano dentro para tocarla sin ropa de por medio.

Me resistí, no creáis, pero Daniela sabía que teclas tocar para vencer mi resistencia y conseguir lo que ella quería.

-Ya la tiene donde quería –dijo mirando a la otra pareja- ahora querrá besarla y, cuando lo haga, ya será suya… esta noche se la va a follar…

Yo la escuchaba sin acabar de creer lo que decía pero, lo que veía, era a Roberto deslizar su rostro desde su oído, como si la estuviera besando la mejilla, la barbilla, de camino a sus labios, buscando confirmar la teoría de Daniela. Fue en ese instante cuando consiguió meter su mano y hábilmente tocar por primera vez mi polla que dio un respingo al notar el tacto de su piel.

Noté sus dedos recorrer la extensión de mi miembro mientras no podía dejar de observar como Roberto seguía avanzando camino a la boca de mi mujer mientras sus cuerpos, completamente pegados, se rozaban sin parar. Incluso me pareció ver que las caderas de Sara se movían buscando aquel roce, sentir en su piel el bulto que seguro ya hacía rato debía estar notando.

Tenía que parar aquello antes de que fuera a más, detenerlo antes de que fuera irremediable pero mi fuerza de voluntad se diluía bajo las hábiles caricias de Daniela que me estaba matando de placer y me tenía a punto de explotar. Y cuando los labios hambrientos de Roberto alcanzaban la comisura de los labios de mi mujer…

-¡¡Sara!! –ese gritó salió de mi garganta sin saber muy bien de donde ni como había conseguido materializarlo ni si lo había lanzado buscando parar su caída o pidiendo su auxilio, que me salvara de las garras de su compañera.

Sara pareció despertar de la nube en la que estaba sumida y se giró buscando el origen de aquel grito que solo ella parecía haber oído ya que el resto de la gente seguía a lo suyo. Enseguida se encontró con mi mirada y se percató de lo que estaba sucediendo entre Daniela y yo y creo que en ese instante fue consciente de su propia situación.

Verla reaccionar me dio el plus de confianza que necesitaba para liberarme del acoso de Daniela, a la que aparté como pude, recomponiendo mi ropa mientras veía a Sara deshacerse del abrazo de su jefe y venir en mi busca.

-Nos largamos de aquí –me dijo cogiéndome de la mano y arrastrándome sin contemplaciones del lado de Daniela.

Mientras la seguía como podía me pareció oír cómo la llamaba Roberto pero ella no hizo caso y siguió andando camino a la salida. Yo me giré levemente y pude distinguir su cara de frustración… se había quedado tan cerca de cumplir su propósito… en cambio, Daniela sonreía satisfecha, como si todo aquello estuviera saliendo como ella pretendía y lo sucedido no hubiera supuesto un contratiempo a sus planes.

Salimos a la calle, nos montamos en un taxi y regresamos a casa en un profundo silencio que no me atrevía a romper. Silencio que continuó mientras subíamos a casa, sin mirarnos, sin tocarnos.

En cuanto entramos en el piso, intenté abrir mi boca para hablar de lo sucedido, aclarar las cosas pero ella me cortó en seco.

-Ahora no, Carlos –dijo resuelta- no es el momento. Y esta noche prefiero dormir sola –dijo tomando el camino a nuestro dormitorio y cerrando la puerta tras ella.

Mi primera reacción fue la de enfadarme. ¿Por qué me echaba de nuestro dormitorio? ¿Acaso creía que lo que yo había hecho era peor que lo suyo? ¿Ella que se había dejado toquetear y casi besar por su jefe y vete a tú a saber qué más?

Me fui a la otra habitación a pasar la noche, enfadado como nunca había estado con Sara y fue allí cuando escuché llorar a mi mujer. Sara nunca lloraba y me ablandé al instante. Entonces comprendí que, quizás, no quería estar sola para castigarme por mi desliz sino, quizás, para hacer las paces consigo misma y tratar de entender cómo había podido entregarse de aquella manera a su jefe.

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