ALBERTO PERTEJO-BARRENA

 

Desierto de Sonora.

Virreinato de Nueva España.

10 de junio de 1778.

El padre Urroz supo que iba a morir. Que sus días en este valle de lágrimas, se terminaban. Y seguramente sufriendo lo indecible. Si bien era cierto que el martirio le abría de par en par la puerta de los cielos, y a pesar de ser un hombre duro y de fe, hubiera preferido morir como cualquiera de los dos indios que le habían servido de guías hasta unos instantes atrás: de un rápido y certero flechazo en el pecho, que los había dejado secos a la primera.

Sí, morir de esa forma tenía mucha mejor pinta que lo que sospechaba iba a sucederle. Dios había decidido llamarle a su diestra, y poco más había que hablar. Así sería; pero si de él dependiera, le habría pedido retrasarlo. Y si no, que su martirio y ascenso a la beatificación fuera rápido e indoloro.

Tragó saliva de forma ruidosa e intentó articular alguna palabra, pero finalmente se detuvo. Iba a ser inútil toda petición de clemencia. Vio acercarse a aquel apache con la cara pintada de rojo brillante, desde justo debajo de los ojos hasta la barbilla. Avanzaba serio, con una mirada muy negra y muy criminal. Pinturas de guerra y de muerte. El franciscano comenzó a rezar. Primero en un susurro y después, cuando le desmontaron del caballo a empujones, un poco más alto. Era una forma de intentar darse el máximo de fuerzas posible.

Mientras dos de aquellos salvajes lo bajaban de la montura, el resto del grupo de apaches, unos diez, no paraban de hablar o gritar en su jerga imposible de entender. El religioso se dejó hacer con la mansedumbre de quien sabe que toda resistencia es inútil.

Terminó el primer padrenuestro y mientras se encomendaba a la Santísima Virgen, cerró los ojos y se concentró en su Pamplona natal. Por alguna razón pensó que una imagen de su infancia sería el mejor recuerdo que tendría justo antes de morir. Echó de menos entonces las frías noches de invierno y esas heladas llenas de escarcha por las mañanas.

Pero no; definitivamente, no tendría la suerte de morir rápido. El apache de la cara roja, la mirada torva y la sonrisa siniestra, dijo algo en su lengua y el resto vociferó de alegría. Aquello no podía significar nada bueno. Notó el sudor que le caía copiosamente y se encomendó de nuevo a Dios, mientras dos de aquellos salvajes lo sujetaban de las muñecas y conducían hacia un enorme cactus. Un tercero, de mirada aviesa y aspecto aterrador, trajo sendas tiras de cuero mojadas.

Había visto muchos muertos desde que comenzó como misionero. Siempre llevando el Evangelio a tierras duras, donde la vida vale poco y el esfuerzo muchas veces no tiene recompensa. Pero las formas de tortura de los apaches eran las más terribles que había escuchado nunca. Muchas noches, alrededor de la lumbre, antiguos soldados y granjeros contaban historias conocidas o inventadas de aquellos salvajes. Y eran estremecedoras.

Elevó la vista al cielo azul inmenso de aquel rincón de España. Le pesó ir a morir tan alejado de su tierra, de sus familiares a los que ya no distinguía con claridad en sus recuerdos de tantos años que no los veía. Respiró hondamente mientras uno de aquellos apaches le ataba a un saguaro de buenas dimensiones. Sintió las primeras punzadas de las espinas del enorme cactus pinchándole en su espalda. Pasadas unas horas, las tiras de cuero mojadas se secarían y lo apretarían mucho más al tronco del alto saguaro, clavándosele las afiladas espinas sin remedio, de forma lenta y horrorosa.

Sí, iba a morir y a sufrir.

Comenzó a rezar el segundo padrenuestro. Le seguirían muchos más…

 

 

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