LA DAMA DE NEGRO

 

Éramos tú y yo ante la inmensidad del mar, deseando un espacio de calma, sin saber, que se convertiría en una despedida inesperada.

Fue un día extenuante, mi amiga Mónica y yo deseábamos tranquilidad, sentíamos la necesidad de acallar el ruido alrededor; tomamos el bote de mi abuelo y comenzamos el paseo.

Era un atardecer hermoso, con un cielo lleno de crepúsculos que te hacían imaginar que un pintor demente mezcló su paleta de colores y la volcó sobre él, eran colores intensos que alejaban la vista del mar, nuestras miradas se concentraban en ese hermoso mosaico; sin embargo, Mónica no dejaba de hablar y quejarse, era un parloteo agotador que nos alejaba de la calma que en principio buscamos.

Poco tiempo después, sin darnos cuenta, llegamos a un punto que desconocíamos y la neblina se hizo presente, fue cuando nos dimos cuenta de lo lejana que se encontraba la orilla; mi amiga comenzó a sentirse nerviosa y me dijo:

—Regresemos, quiero volver.

Yo estaba tranquila, le dije que no se preocupara, que en este lugar estaríamos en calma, aun así ella insistía en irse; pasó un largo rato antes de que yo decidiera volver.

Mónica fue mi amiga, pero era una persona agotadora, realmente agobiante, tanto que esta vez fui yo quien pintó un mosaico rojo sobre el mar, con su sangre.

Finalmente conseguí mi anhelada calma y ella dejó de quejarse, observe como su cuerpo inerte se hundía en el mar, y sus ojos abiertos me miraban, fue su último adiós.

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