QUISPIAM

Capítulo 14

El sábado me desperté solo en la cama. Sara debía estar en la cocina porque del baño no salía sonido alguno. Me estiré en la cama, vagueando un poco y rememorando otra vez el tremendo polvo que habíamos disfrutado la noche anterior. Aún notaba la espalda dolorida por los arañazos con que me había marcado mi mujer.

Lo de anoche sí había sido un polvo memorable, nada que ver con lo que llevábamos haciendo toda la semana que, aunque habíamos disfrutado, nada que ver con los orgasmos de la pasada noche. Sentí trastear a Sara en el salón y me levanté de la cama, dispuesto a darme una ducha y quitarme los restos de la batalla que tuvimos Sara y yo en nuestro encuentro sexual.

Bajo el agua de la ducha, revitalizante, me empecé a plantear si había hecho bien en proponerle a Sara aquella salida nocturna. ¿Qué pretendía con aquello? A saber cómo iba a reaccionar mi mujer cuando se encontrara con su jefe acompañado con Daniela, la compañera que junto a ella optaba a sucederle. En el mejor de los casos no iba a pasar nada y en el peor… pues seguramente la cabrearía y acabaría con cualquier opción de volver a tener otra sesión de sexo.

No sabía qué hacer pero casi me convencí que lo mejor era dejarlo pasar, a lo mejor ni se acordaba ya de ello y, si lo hacía, ya buscaría alguna excusa para evitar la salida. Salí envuelto en la toalla al dormitorio donde me esperaba sentada en la cama ya hecha mi mujer.

-Buenos días, cariño. ¿Qué tal has dormido? -me dijo mimosa.

-Como un tronco -le contesté- y eso a pesar de las heridas -le dije dándome la vuelta y mostrándole las marcas de sus uñas.

-No te creas que yo estoy mucho mejor -dijo dándome la espalda, bajándose las mallas y braguitas que llevaba, mostrándome sus nalgas marcadas por mis manos.

-Vaya dos -dije riéndome mientras me desprendía de la toalla y empezaba a vestirme ante su atenta mirada.

-Oye y al final ¿Dónde vamos a ir esta noche? Me hace mucha ilusión, ya hace tiempo que no salíamos una noche por aquí…

Joder y yo esperanzado con que a lo mejor se le había olvidado… tenía que pensar algo rápido pero no fui lo suficientemente rápido.

-Si no tienes pensado algo concreto podríamos ir a un local del que me han hablado bien y en el que nunca hemos estado. Me lo recomendó el otro día Judith, se ve que ha ido varias veces y dice que está muy bien -siguió explicándome.

-Bueno, no sé… -joder, ya era casualidad que le hubieran recomendado el mismo local al que iban a ir Roberto y Daniela.

-Es para gente de mediana edad, nada de niñatos ni música destroza oídos… seguro que nos lo pasamos bien -dijo abrazándome por la espalda y empezando a acariciarme mi entrepierna. Estaba claro que tenía la batalla perdida.

-Está bien, como tú quieras… pero si no nos gusta nos vamos a otro sitio -le dije intentando, al menos, conseguir una forma de salir pronto de allí antes de toparnos con aquellos dos.

-Claro pero seguro que el sitio está genial. Gente de nuestra edad, buena música y un sitio elegante donde poder ponerme mis mejores galas. ¿Qué más se puede pedir? -dijo soltando mi abultada polla y saliendo del dormitorio.

Pues un sitio donde no te vayas a encontrar a tu jefe enrollándose con tu contrincante pensé para mí mismo. Estaba claro que las cosas no estaban saliendo como yo quería. Ahora era cuestión de buscar la manera de darle la vuelta a la situación y no salir escaldados de aquella salida.

Acabé de vestirme como pude teniendo en cuenta el estado en que me había dejado Sara y salí con la intención de desayunar. Mientras trasteaba por la cocina apareció mi mujer que se quedó observando como preparaba la comida. Quise aprovechar su presencia para intentar esclarecer algo que me rondaba por la cabeza desde nuestro encuentro con Judith en el gimnasio.

-Oye Sara, ¿te puedo preguntar algo? –le dije mientras empezaba a dar cuenta de mi desayuno.

-Claro, lo que quieras…

-Hay algo que no entiendo de todo este embrollo en el que me has metido con tu amiga…

-¿El qué? –me animó a seguir ella, curiosa por saber qué rondaba por mi cabeza.

-Verás, es que me parece muy raro que después de los mensajes que nos enviamos durante esos días, ha sido volver y dejar de decirme nada. Y encima, está su falta de reacción ayer cuando nos vimos, como si no hubiera pasado nada…

-¿Acaso echas de menos sus mensajes y sus fotos? –preguntó de forma morbosa.

-No es eso y lo sabes… no puedo negar que me excitó recibir sus fotos pero debes reconocer que su reacción de ayer no es normal y, menos, que de golpe y porrazo haya dejado de dar señales de vida… -intenté explicarle mi punto de vista a mi mujer.

-Bueno, eso tiene fácil explicación ¿no crees? –Me dijo de forma tranquila- se supone que yo no sé nada de vuestro juego así que no esperarías que ella se comportara de otra forma delante de mí y de Rubén que, aunque no sean pareja oficial, algo especial tienen entre ellos.

Algo de sentido sí tenía su explicación pero eso no aclaraba el hecho que hubiera dejado de enviar más mensajes.

-Y en cuanto a lo de no enviar nada más, intuyo que debe ser más bien cosa de tiempo –prosiguió Sara- entre medio de semana, con el trabajo, el gimnasio y que a veces Rubén la acompaña a casa a ya sabes qué… pues no creo que pueda o quiera jugar contigo. Si estoy en lo cierto, no me extrañaría que hoy recibieras algo de ella…

Su argumento tenía peso y bien podía ser cierto, lo que desbarataba la hipótesis que me había montado en mi cabeza. Yo había asumido que aquel cambio se debía a que, en algún momento, Sara debía haber hablado con Judith aunque me extrañaba el hecho que no me hubiera dicho nada… pero si lo que ella planteaba era cierto, eso quería decir que Judith seguía inmersa en el engaño y que tarde o temprano iba a volver a las andadas.

-No te preocupes, cielo –me dijo Sara cogiéndome la mano al ver mi cara de preocupación- esto no es más que un juego… sí, morboso y subido de tono pero no deja de ser un juego y, como tal, limítate a disfrutarlo. Conozco bien a Judith y créeme, nunca va a pasar de ahí, de mensajes cachondos. Ella sabe lo mucho que nos queremos y nunca se va a inmiscuir en nuestra relación.

Parecía muy convencida de ello y algo consiguió tranquilizarme, aunque no las tenía todas conmigo. Porque si Sara se equivocaba y Judith se lanzaba con todo no estaba seguro de ser capaz de poder pararla.

-Muy segura te veo…

-Lo estoy. ¿Acaso crees que, si en algún momento pensara que esto pudiera ir a más y acabar con nuestra relación, hubiera permitido siquiera empezar con esto? –Me refutó ella- por nada del mundo voy a poner en riesgo lo nuestro…

-Espero que tengas razón –le dije algo más confiado. Al fin y al cabo, ella la conocía mejor que yo.

-Por cierto –retomé la conversación pero cambiando de tema- esta noche cuando salgamos ¿con qué Sara me tocará ir? ¿La recatada esposa o la esposa ardiente?

Ella sonrió viendo el camino que tomaba la conversación.

-¿Y tú cuál prefieres? –me preguntó pícaramente.

-Creo que es obvio ¿no? Lo que no sé es si estás preparada para mostrarte tan desinhibida como en Sevilla…

-Puede ser…. Pero algún día tendré que empezar a soltarme la melena ¿no? –lo dijo guiñándome un ojo y dándome a entender que quizás si se atrevería.

-Pero… ¿y si te encuentras a alguien conocido? ¿O a alguien del trabajo? –le pregunté sabiendo seguro que su compañera sí estaría.

-Bueno, no estamos en el trabajo ¿no? Así que supongo que puedo mostrarme algo más relajada mientras salgo a tomar algo con mi maridito… -lo dijo en un tono sensual que hizo que mi cuerpo se estremeciera disfrutando por adelantado de lo que me esperaba esa noche.

-¿Lo dices en serio? –no acababa de creerme que Sara fuera capaz de hacer algo como hizo en Sevilla. Y aunque lo fuera, no estaba seguro de querer que lo hiciera. Sobretodo sabiendo que allí también estaría Roberto que no iba a dudar en desnudarla con la mirada, sin importarle que estuviera yo delante.

-¿Acaso no me crees capaz? –su respuesta tenía un punto serio, como si se hubiera ofendido por no creerla capaz de hacer algo así.

-Claro que sí, cariño –le dije cogiéndola de la mano e intentando parar su enojo- además, si está por allí Daniela, al menos no tendrás que aguantar a tanto moscón jajaja…

Lo dije en tono jocoso pero cuando vi su cara, me di cuenta que ella no se lo había tomado a broma y que mi comentario, en lugar de rebajar su enfado, había conseguido lo contrario.

-¿Por qué dices eso? ¿No me crees capaz de resultar más atractiva que Daniela? ¿Qué los moscones me prefieran a mí en lugar de a Daniela? –su tono se elevaba y yo, inocentemente, seguía sin entender qué había dicho para causar tal cabreo.

-¿No eras tú el que decía que, en igualdad de condiciones, sería igual o más atrayente que ella? ¿Qué solo debía mostrarme más? –su cara denotaba, a aparte de enfado, decepción por mi comentario. Y yo  en ese momento me di cuenta hasta qué punto la había cagado.

-Pues sabes qué… que esta noche te vas a enterar de lo que soy capaz de hacer –su voz delataba su decisión, lo determinada que estaba a darme una lección- esté o no Daniela, te aseguro que esta noche voy a ser el centro de atención, todos los hombres del local van a querer ligar conmigo y meterme mano y quién sabe, a lo mejor hasta me dejo…

Se levantó del sofá y se fue al dormitorio, dejándome allí plantado y con un escalofrío de temor recorriéndome el espinazo. Las palabras de Sara me llenaron de temor. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar para darme una lección?

No hacía ni cinco minutos que Sara se había encerrado en el dormitorio cuando mi teléfono pitó alertándome de la llegada de un mensaje. Cuando lo miré me sorprendió ver que era de Daniela. ¿De dónde había sacado ella mi número de teléfono?

-Hola Carlitos. Me acabo de enterar que esta noche os vais a pasar por el Heaven. Ya verás que bien nos lo vamos a pasar… estoy deseando que llegue ya…

Recibir este mensaje, aparte de molestarme por no saber cómo había conseguido mi número y cómo se había enterado que íbamos a ir al Heaven, hizo que me tranquilizara algo. Y es que me hizo recordar que también estaría allí Roberto, su jefe. Y que, con él delante, Sara no sería capaz de comportarse como me había amenazado de hacer. Y eso me quitó un peso de encima, uno muy grande.

Aun así, tampoco quería seguir más tiempo enfadado con Sara y, como al fin y al cabo, la culpa era mía era mejor una disculpa a tiempo. Con esa intención fui al dormitorio en su busca y allí me la encontré, sacando cosas del armario, buscando qué ropa ponerse esa noche para deslumbrar a todo el local.

Sus intenciones eran claras. Vestidos escuetos, ropa interior sugerente… todo indicaba que seguía empecinada en convertirse en el centro de atención allá donde fuéramos esa noche. Suspiré resignado consciente de lo difícil que iba a ser tratar de arreglar mi estropicio.

-Sara… -la llamé.

Ella se giró al escucharme, con sus brazos en jarras y la mirada dura.

-Lo siento –le dije- tienes toda la razón en estar enfadada conmigo. Fui yo el que te animé a desinhibirte y a mostrarte tal como eres y, a las primeras de cambio, el primero que duda de tus capacidades. Así que lo siento, de verdad.

-¿Lo dices en serio o solo para intentar convencerme que no siga con esto? –me preguntó todavía enfadada conmigo.

-Lo digo en serio. Dije que te iba a apoyar, que respetaría tus pasos y eso pienso hacer. Si tú crees que es lo que quieres hacer, respeto tu decisión y te apoyaré. Solo te pido que hagas las cosas porque quieras y no para darme un escarmiento, que no dudo que me merezca…

Por un momento vi como su decisión se resquebrajaba, su mirada se ablandaba y dudaba sobre si perdonarme o no por haber dudado de ella, por haber roto mi promesa. Al final, optó por una solución salomónica…

-Anda tonto, ven aquí –me dijo abriendo sus brazos para que me refugiara en ellos, cosa que hice al instante.

Estuvimos un rato abrazados, sintiendo nuestros cuerpos y sellando la paz tras aquel conato de discusión que, por fortuna, no había durado demasiado.

-Pero no creas que te vas a escapar sin recibir tu castigo… -me dijo mientras aun seguíamos abrazados.

Me separé de ella resignado, dispuesto a saber cuál iba a ser mi penitencia a pagar, sin imaginarme remotamente lo que mi mujer tenía planeado en su cabecita para hacerme pagar mi desplante.

-Dime, ¿en qué consiste? –pregunté inocentemente.

-Nada complicado… solo vas a tener que elegir qué ropa me voy a poner esta noche… -me soltó cogiéndome completamente por sorpresa.

Tragué saliva, nervioso. En menudo brete me había metido. Si escogía algo recatado y poco sugerente, volvería a poner en duda a mi mujer provocando de nuevo su enfado y su decepción hacia mí. En cambio, si confiaba en ella y escogía algo realmente atrevido y sexy, me ganaría su favor pero, por otro lado, sería como ponerle un caramelo ante la boca hambrienta de Roberto que no iba a dudar en devorarla con la vista.

Al final decidí que la única opción era confiar en ella y me decanté por un vestido negro de tirantes con un generoso escote y abierto por la espalda, como ropa interior un escueto tanga negro de encaje. La miré buscando su reacción, encontrándome con su sonrisa. Estaba claro que había acertado con mi elección. Ahora solo quedaba esperar que no me arrepintiera de ella esa noche…

-Estupenda elección –me felicitó Sara- era justo lo que pensaba ponerme. Me alegro que hayas optado por confiar en mí, amor…

Se acercó y me besó con ternura, poniendo así fin de forma definitiva a nuestra disputa. Enseguida se puso a recoger el resto de la ropa dejando sobre la cama la ropa elegida para esa noche. Yo opté por retirarme y dejarla hacer no fuera que volviera a joderla.

En el salón, aproveché que estaba solo para meterme en el portátil y acceder de nuevo al correo de Roberto para ver si había alguna novedad de última hora pero nada de nada. Eso significaba que la quedada con Daniela seguía en pie y que, seguramente, nos lo íbamos a encontrar esa noche en el Heaven.

El resto de la mañana lo pasé dándole vueltas a todo el asunto, alterándome por momentos, tanto que hasta mi mujer se dio cuenta que algo me pasaba. No podía seguir así todo el día, tenía que salir y desconectar de alguna manera y se me ocurrió que podía aprovechar e ir al gimnasio, recuperar las sesiones perdidas durante la semana.

-Oye Sara, ¿te apetece ir al gimnasio estar tarde? –le pregunté a sabiendas que no iba a querer pero no quería que se sintiera desplazada.

-No ¿por qué? ¿Tú vas a ir? –preguntó algo sorprendida.

-Sí, quiero ponerme al día que el otro día bien que noté la diferencia con vosotras…

-Por mí bien pero no te metas demasiada caña que quiero que luego me aguantes toda la noche… -me dijo sugerentemente.

-Tranquila cielo que estaré a tope para ti –le dije mientras le daba un beso cariñoso y me dirigía al dormitorio a buscar mis cosas.

Por suerte, no había mucho tráfico y tardé poco en llegar al gimnasio. En los vestuarios ya se notaba que era un sábado tarde y se veía poco movimiento. Mejor para mí, más tranquilidad para poder ejercitarme y evitaba el encontrarme con alguien conocido, en especial Judith y Rubén.

No iba a tener esa suerte. No llevaba ni media hora allí cuando una presencia a mi espalda me llamó la atención. Cuando me giré me encontré a una sonriente Judith que me observaba mientras hacía mis ejercicios.

-No esperaba encontrarte hoy por aquí –me dijo.

-No lo tenía planeado pero al final he decidido venir para intentar ponerme al nivel de Sara, que como viene casi cada día…

-Ya lo noté el otro día jajaja –dijo riendo- pero me alegro que hayas venido, así me haces compañía un rato y podemos hablar tranquilamente, que nunca coincidimos los dos solos…

-Ah vale….

Lo que me faltaba. Y yo que quería estar un rato tranquilo y venía a encontrarme con la amiga de mi mujer y, encima, con ganas de hablar. A ver con qué me salía ahora…

-Carlos, ¿te puedo preguntar una cosa? ¿Sin malos rollos? –me dijo nada más empezar a ejercitarse junto a mí.

Yo solo afirmé con mi cabeza, nervioso por saber qué iba a preguntarme.

-Es por lo de las fotos que nos enviamos el otro día… -me dijo confirmándome mis peores temores- quiero saber si está todo bien entre nosotros…

-Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo? –le contesté intentando aparentar la tranquilidad que no tenía.

-No sé, es que fue muy fuerte lo que hicimos… esos mensajes y esas fotos tan subidas de tono… -siguió hablando sin poder mirarme a la cara, como si le costase expresar lo que tenía en mente.

-Ya, la verdad es que sí… -tampoco yo sabía muy bien qué decir- pero tampoco le des muchas vueltas, pasamos un buen rato y fue divertido pero nada más que eso…

-Sí que lo fue –dijo mirándome por primera vez, sonriente y algo ruborizada- nunca te creí capaz de algo así y cuando Sara me explicó lo que había pasado lo entendí todo pero, aun así…

-¿Qué? –pregunté inmediatamente. ¿Cómo que había hablado de ello con Sara?

-Sí, el otro día antes de entrar aquí fuimos a tomar un café y Sara me estuvo explicando todo lo que había pasado en Sevilla entre vosotros dos y como había surgido lo del tema de los mensajes, una cosa había llevado a la otra y al final se os había ido un poco de las manos. Sabes, me dais un poco de envidia los dos. No me imagino tener una pareja con la que tener esa clase de experiencias juntos… -continuó explicándome para mi total sorpresa.

Yo no daba crédito a lo que estaba escuchando. Cuando, apenas unas horas antes, le había preguntado a Sara por aquel tema en ningún momento me había dicho que hubiera hablado de ello con Judith. Es más, había dejado entrever que ella lo ignoraba todo y que, seguramente, volvería a enviarme algo para seguir con aquel juego morboso.

-¿Entonces no estás enfadada porque te hayamos utilizado para calentarnos? –le pregunté intentando sonsacarle algo más.

-Bueno, al principio tengo que reconocer que me costó asimilarlo un poco… saber que me habías pillado en plena faena con Rubén, que mis fotos también las veía Sara y aprovechabais para pegaros unos polvos de campeonato a mi costa y, encima, que los mensajes casi todos eran escritos por su puño y letra cuando yo creía que era contigo con quien hablaba… pues imagínate… -me dijo sin rencor- pero lo hablamos y, para ser sinceros, yo también pasé unos buenos ratos a costa tuya… así que…

Otra vez apartaba la mirada y estaba algo colorada, ya no sabía si por el ejercicio o por lo que estaba contándome.

Yo no dije nada y seguí con mis ejercicios, meditando sobre lo recién averiguado. Ahora entendía porque habían cesado los mensajes y por qué de su reacción cuando nos volvimos a encontrar, como si nada hubiera pasado. Ellas ya lo habían hablado, sin contar conmigo para nada. Por eso estaba tan segura Sara que aquello no iba a ir más allá, porque ella ya se había encargado de evitarlo.

-Pues me alegro que al menos lo pasaras bien –dije retomando la conversación- ¿y Rubén que dice de todo esto?

-No sabe nada y espero que siga así –me dijo ahora algo más seria- él no tiene por qué saberlo.

-Puedes estar tranquila que, por mi parte, no se va a enterar. Solo lo decía porque como él también es parte interesada en este asunto… -seguí hablando queriendo llegar hasta el fondo del asunto.

-Ahora no te entiendo, Carlos –me contestó  no sabiendo a qué me refería.

-A ver. ¿Cuándo Sara habló contigo no te dijo que os había grabado mientras follabais? ¿Qué hemos utilizado ese video para calentarnos los dos? –era un tiro a ciegas pero algo me decía que Judith desconocía ese dato.

-Joder, pues no me había dicho nada –parecía molesta al saber eso pero enseguida se recompuso- vaya con la Sarita, ahora entiendo los comentarios y bromas sobre los polvos que nos pegábamos y lo bien atendida que estaba…

-Como que Sara ha tomado buena nota del aparato que se gasta tu amigo… -le dije intentando bromear con el asunto.

-Ya me doy cuenta, ya… -se quedó un rato pensativa y luego se decidió a hablar de nuevo-  yo hay algo que tampoco le conté y espero que no te cabrees cuando te lo diga…

-Dime –la animé a continuar aunque no estaba seguro si me iba a gustar lo que iba a oír viendo el cariz que estaba tomando la conversación.

-Pues que… joder… -sus dudas me hacían temer lo peor- que Rubén ha visto las fotos… sobretodo la que se ve a Sara desnuda…

Intenté controlar mi expresión, que no viera la desazón que me recorría por dentro.

-¿Estás enfadado? –me preguntó ella intentando averiguar mi estado de ánimo.

-Bueno, la verdad es que no me lo esperaba –le contesté intentando ocultar mis emociones- aunque supongo que es justo teniendo en cuenta que nosotros lo hemos visto a él…

-Me alegro que no te hayas enfadado –dijo aliviada- oye, pero de esto ni una palabra a Sara –me rogó.

-Tranquila, yo también te iba a pedir que esta conversación quedara entre nosotros –le dije buscando que por su parte también ocultara lo que me acababa de contar. ¿El motivo? Ni yo mismo lo sabía pero algo me decía que era mejor así.

Cambiamos de tema y seguimos ejercitándonos un rato más hasta que, media hora más tarde, decidí que ya había tenido bastante y le dije que iba a ducharme para volver a casa ya que esa noche había quedado con Sara para ir a tomar algo por ahí.

-Oye, si no te importa me cambio yo también y me acercas a casa –me dijo. Yo no tenía ningún inconveniente y le dije que quedábamos en la salida.

Me duché, me cambié y salí a esperar a Judith que aún tardó un buen rato en salir. Cuando lo hizo, se disculpó por la tardanza y me pidió que, si no me importaba, después de pasar por su casa a buscar unas cosas que la acercara a donde había quedado con Rubén. No me hizo mucha gracia el cambio de planes pero, realmente, tenía tiempo de sobra y acepté acercarla.

El camino hasta su casa lo hicimos hablando de banalidades y, al no haber tráfico, llegamos enseguida. Judith subió a su casa mientras yo la esperaba en el coche, no me apetecía subir allí y rememorar delante de ella lo vivido pocos días antes. Para mí, al menos, iba a ser algo embarazoso.

Por suerte, no tardó mucho y enseguida bajó con una bolsa con algo de ropa, supuse que para pasar la noche en casa de Rubén.

-Veo que lo tuyo con Rubén va bien –le dije después que ella me diera la dirección a la que tenía que llevarla.

Ella me miró, no contestó y pareció sumirse en sus pensamientos. A mí me sorprendió su reacción pero no quise forzar su respuesta pero estaba claro que allí algo pasaba.

-Oye Carlos, si te cuento algo… ¿me prometes guardar el secreto? –me dijo a los pocos minutos.

-Claro, sabes que puedes confiar en mí -le respondí.

-Pero ni a Sara puedes decirle nada eh… no creo que ella esté preparada para aceptar algo así… -me dijo Judith provocando que mi intriga aumentara.

-Bueno, haré lo que pueda pero ya sabes que para ella soy como un libro abierto… pero te lo prometo, no le diré nada –dije sin ser consciente de donde me estaba metiendo.

-No te preocupes que, a su debido tiempo, también se lo contaré a ella –me dijo ella.

-¿Y qué es eso tan importante que tienes que contarme? –la incité a hablar.

-Pues que entre Rubén y yo no hay nada de nada, solo sexo. Ya sé que Sara se piensa que tenemos algo pero ni lo tenemos ni lo vamos a tener porque él ya está casado –dijo soltándome la bomba.

Yo la miré atónito porque nunca me hubiera imaginado algo así. No sabía que decir ante semejante revelación y Judith, viendo mi estupor, siguió explicándome la situación.

-Es algo complicado de explicar y por eso no se lo puedo contar a cualquiera ya que no lo entenderían –me dijo- Rubén y su mujer son una pareja liberal y se acuestan con otras personas. A mí al principio también me costó de asimilar pero luego, con el tiempo y viendo lo bien que les va así, pues lo acepté y acabé implicándome en su relación. Por eso, de vez en cuando, quedamos los dos para follar y, aunque te cueste de creer, incluso alguna vez hemos estado los tres juntos…

Yo miraba anonadado a Judith que me miraba estudiando mi reacción. Yo literalmente estaba alucinando. Había visto en internet que había parejas de ese tipo pero claro, nunca me hubiera imaginado conocer a alguien así y menos tan cercano a nosotros.

-¿Qué piensas? –me preguntó algo nerviosa.

-Pues que estoy alucinando, la verdad –le contesté sinceramente- nunca me hubiera imaginado algo así pero, francamente, si vosotros estáis de acuerdo en ese tipo de relación yo no soy quien para juzgaros…

-Entonces… ¿no estás escandalizado por lo que te he dicho? –siguió indagando.

¿Escandalizado? Lo que estaba era medio empalmado de imaginarme a Judith retozando en la cama con Rubén y aquella desconocida que, aún sin conocerla, imaginaba espectacular. Judith debió darse cuenta del bulto de mi pantalón porque sonrió y no esperó mi respuesta.

-Entonces esta noche… -no sabía muy bien como preguntarle aquello.

-Ella ha quedado con un hombre y, seguramente, pasará la noche con él así que yo voy a pasarla con Rubén –me dijo con toda la tranquilidad del mundo. Una vez visto que no me escandalizaba con aquello, se había tranquilizado enormemente.

-Yo no sé si podría hacer algo así –le dije sinceramente. No me imaginaba viendo como mi mujer se entregaba a otro hombre y tampoco que Sara se quedara de brazos cruzados viéndome a mí con otra.

-Yo tampoco me veía en algo así pero ya ves, ahora lo veo como algo natural y súper excitante… -lo dijo de forma sensual y noté como mi entrepierna seguía creciendo mientras por mi mente pervertida no dejaban de pasar imágenes subidas de tono con Judith como protagonista.

Seguimos en silencio el resto del trayecto, que no era mucho, ya que la casa de Rubén no distaba mucho de la de Judith. Cuando llegamos, aparqué justo en la puerta y me dispuse a despedirme de ella.

-Sube un momento y así saludas a Rubén –me dijo Judith- quizás hasta conozcas a su mujer y así verás que son gente de lo más normal.

-No lo dudo pero tengo que volver a casa, que estará esperándome Sara que habíamos quedado para salir esta noche… -intenté excusarme.

-Vamos… si serán solo cinco minutos… -dijo poniendo un mohín apenado en su cara.

Total, que me dejé convencer para su completo deleite y subí con ella hasta el piso donde no sabía muy bien qué pintaba yo allí.

Para mi sorpresa, Judith tenía llave propia y abrió la puerta con ella. Entramos y avanzamos hasta el salón donde no encontramos a nadie y, al parecer, tampoco había nadie en la cocina que también veíamos desde nuestra posición.

Quise decirle que me iba, que allí no había nadie pero no me dio opción, me cogió de la mano y me llevó pasillo adentro como si supiera muy bien cuál era su destino. No tardé en averiguarlo yo también ya que, a medida que avanzábamos por el pasillo empezaron a llegar a mí gemidos provenientes del dormitorio que quedaba delante de nosotros. Aquello no me gustaba nada e intenté zafarme del agarre de Judith pero ella, con decisión y firmeza, me hizo recorrer los últimos metros que nos separaban de la puerta.

Cuando quise darme cuenta ya estábamos ante ella y Judith, sin reparo alguno, la empujó abriéndola y descubriendo lo que allí dentro pasaba. Otra vez, como si no hubiera pasado el tiempo, estaba parado de nuevo en el umbral de la puerta de un dormitorio ajeno, viendo el cuerpo desnudo de Rubén penetrando con furia a una mujer a la que no podía ver su rostro pero si adivinar sus generosas formas.

Me quedé paralizado viendo aquella escena casi pornográfica, llenando mis oídos con los gemidos de la pareja, impregnando mis fosas nasales con el intenso olor a sexo que allí reinaba. Inevitablemente me empalmé a pesar de lo incómodo de la situación. Porque, a aparte del hecho de estar espiando a otra pareja mientras copulaban, sentía a mi espalda la presencia de Judith cómplice y artífice de aquella intrusión en su intimidad.

No sabía cómo reaccionar y menos, cuando noté las manos de Judith rodear mi cintura desde atrás, peligrosamente cerca de mi erección. Fui a moverme para escapar de su abrazo pero ella fue más rápida y noté como su mano derecha bajaba rauda hasta alcanzar mi miembro que acarició por encima del pantalón. Tuve que ahogar un gemido de placer al notar allí su mano que nos hubiera delatado, haciendo la situación más embarazosa si cabe.

Mientras en la cama Rubén seguía follando sin tregua a aquella desconocida que, abierta de piernas y abrazada a él por piernas y manos, gemía desaforadamente exteriorizando el profundo placer que sentía, Judith no daba descanso a su mano que recorría toda la longitud de mi miembro haciendo que mi erección fuera sumamente dolorosa.

¿Cómo me había dejado liar así? Porque empezaba a dudar que todo aquello fuera casual y me daba que Judith me había preparado aquella encerrona para conseguir vencer mi resistencia.

Traté de nuevo liberarme de su abrazo, escapar de allí como fuera pero de nuevo Judith fue más lista y rápida que yo y dirigió su mano al cierre de mi cinturón. Asustado, intenté detenerla pero ya era tarde, su mano pugnaba ahora con el cierre del pantalón para mi total consternación. Y mientras sujetaba su mano, impidiendo que acabara lo que había empezado, sucedió lo que nunca me hubiera imaginado.

La mujer, alertada por nuestro forcejeo, ladeó su cabeza mostrando por primera vez su rostro y, al verlo, me quedé paralizado al reconocerla. Ella sonrió al verme, me guiñó un ojo y, mientras me preguntaba qué puñetas estaba pasando allí, Judith aprovechó para desnudarme de cintura para abajo y abalanzarse sobre mi miembro completamente duro. En la cama, ella se mordió el labio de forma lasciva viendo mi erección. Ella que no era otra que Daniela.

Estaba hecho un lio y las cosas iban demasiado deprisa, sin darme tiempo de reacción. No podía apartar la mirada de la compañera de mi mujer que, mientras recibía las fuertes embestidas del que sabía ahora que era su marido, no dejaba de contemplar mi parcial desnudez y como Judith me masturbaba de forma apasionada.

-¿Te gusta lo que ves? –me susurró al oído Judith mientras seguía con sus placenteras caricias- sí, estoy segura que sí… como a mí tocarte la polla, no sabes las ganas que tenía de hacerlo desde que me mandaste la foto…

Yo no dije nada, seguía paralizado y confuso con todo aquello y solo me dejaba hacer.

-Eso es, déjate llevar y disfruta mirando como Rubén taladra el coñito de su mujer… -siguió susurrándome Judith- mira qué bien folla, qué aguante tiene a parte de tenerla enorme, cómo la hace gozar como luego hará conmigo… ¿y sabes qué? Que algún día, más pronto de lo que te imaginas, la que estará así, abierta de piernas y disfrutando como una perra, será Sara… ni te imaginas las ganas que tiene de sentir algo así dentro de ella y disfrutar como nunca ha hecho…

-Eso es mentira –le dije con rabia despertando de mi letargo y reaccionando por primera vez- Sara no haría nunca algo así.

Estas palabras salieron demasiado altas de mi garganta y alertaron de nuestra presencia a Rubén que se giró al instante y se nos quedó mirando a los dos. Miró brevemente a Daniela que hizo un gesto afirmativo y él se levantó de la cama, dejándome por primera vez a la vista el cuerpo completamente desnudo de ella.

De nuevo me quedé completamente embobado observándola. Su rostro lascivo incitándome al pecado, sus voluminosos pechos bailando al son de su agitada respiración, su vientre plano que culminaba en un pubis completamente depilado, sus muslos bien formados abiertos y mostrando sin pudor su coño completamente abierto a causa de la enorme polla que acababa de abandonarla…

-Si quieres es toda tuya –dijo Rubén golpeándome el hombro, animándome a sumergirme en el interior de su esposa y cogiéndome completamente por sorpresa.

Ni me había dado cuenta de su acercamiento ni que Judith había dejado de masturbarme para empezar a despojarse de la ropa, quedándose completamente desnuda delante de mí y que empezó a caminar de forma sugerente hacia la cama esperando que la siguiera.

Solo tenía que dar un paso, un solo paso y claudicar ante aquellas dos bellezas, disfrutar de sus cuerpos espléndidos y pasar una de las mejores tardes de mi vida. Pero no sé si fue el hecho de rendirme y caer en la trampa que me habían preparado o el hecho de tener al lado a Rubén incitándome a culminar mi infidelidad, sabiendo que tarde o temprano luego iba a reclamar su compensación en forma de mi mujer, lo único que sé es que saqué fuerzas de donde no creía tenerlas y, ante su estupor, me vestí, me di la vuelta y salí lo más rápido que pude de aquella casa maldita, huyendo de la tentación en la que había estado a punto de caer.

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