ESRUZA

Se habían citado en un café, así lo prefirió ella, no en un restaurante elegante, como antaño, no tenía objeto; era un día cualquiera. Elisa le había pedido verlo personalmente y, cosa rara, él había accedido. Hacía un buen tiempo que no se habían visto, sólo se comunicaban eventualmente. Al llegar, ella sólo lo saludó con un ligero beso en la mejilla y fue directamente al punto:

– “Quise que esta conversación fuera en persona, te pido por favor que no me contestes nada, sólo quiero que me escuches, por favor, es lo único que te pido; después, ya no sabrás nada de mi”.

Se sentía incómoda, hacía tanto tiempo que no lo veía que una sensación extraña recorría su cuerpo. Su pelo ya pintaba algunas canas y su rostro ya no era el del hombre que conoció, pero ella tampoco lucía como antes, el tiempo había pasado, también tenía algunos hilos plateados; de cualquier forma, los dos lucían bien. Le dio un poco de trabajo empezar a hablar, a expresar lo que quería que él supiera después de tanto tiempo. Ya estaban frente a frente. así que, comenzó repitiéndole que no la interrumpiera e inició su soliloquio, a decir lo que quería, como si lo hubiera practicado, de memoria:

–“Un día como cualquier otro, llegaste a mi vida, de repente, y te metiste en ella sin pedir permiso, y rompiste un esquema; rompiste con pasión mi ser primerizo, y te dejé entrar envuelta en mi pasión desbordada. Me envolviste en tu cuerpo quemante, tal vez ansioso de caricias nuevas, y te enredaste a mí, pero no entregaste el alma y yo entregué cuerpo y alma; sólo me dabas caricias que penetraban mi ser, sin sentimiento alguno, ahora tú tienes tu vida, yo, no tengo ninguna, así lo he querido”.

El trató de decir algo, pero ella recalcó:

—“No, por favor, no digas nada; -y continuó – para mí fue una explosión de sentimientos nuevos, esperados no de cualquiera, sólo de ti, desconocidos, que hicieron de mi otra mujer. Durante ese tiempo me diste caricias de ternura evadida, porque sabías que no permanecerías, te escapabas sutilmente, como el viento. Después, sólo quedaron laceraciones profundas, inquietantes, que todavía lastiman mi ser, que hierven mi sangre. A veces, en algunas noches, siento aún tu presencia y mi cuerpo se quiebra, se rompe en mil pedazos como un cristal. Mis pensamientos y mis sensaciones afloran inevitablemente; e imagino tu rostro difuminado, sonriendo feliz, y algunas veces cansado, hastiado de todo, por el paso del tiempo. Pero, sólo existe el silencio, la soledad; pensamientos que vienen por las noches a inquietar mi corazón lastimado por la ausencia. Y me pregunto si habría amor de tu parte, pero que no podías dar, o sólo la satisfacción de romper un cuerpo anhelante de dar todo ese amor, nunca lo sabré; y a veces quisiera saberlo, pero ya no importa, realmente. Otros afectos han pasado por mi vida, pero sin dejar huella alguna, y éso hace la diferencia. Pero, quiero decirte, y es la razón principal de que estemos aquí, -aunque, tal vez no sea importante para ti- que te exonero de toda culpa, si es que existe culpa alguna, aunque no pueda hacerlo conmigo, porque yo sabía que no podías entregar sentimientos que ya no eran tuyos, y hago esto para sentirme en paz, mis sentimientos son sólo míos, los tuyos, tal vez nunca existieron. Mi adiós es de frente hacia fuera, porque dentro de mí, nunca podré decir adiós”.

Elisa guardó silencio unos instantes, había dicho todo lo que quería decir sin que él la interrumpiera y sin que se le quebrara la voz; no esperaba respuestas y, antes de que él intentara decir algo que pudiera ser hiriente, solo le dijo:

– “Gracias por haber venido, quería desahogarme, que supieras todo lo que te acabo de decir, sin intención alguna de lastimarte, sólo cerrar un ciclo doloroso, pendiente en mi vida”.

Elisa se levantó lentamente, tomo su bolso, dio media vuelta, y se fue para perderse en el tiempo.

 

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