LADY VAN

Con su piel ajada por el paso de los años, y la mirada verde húmeda, mi abuela me cuenta su historia. La mamá de mi mamá fue la octava y última hija, bastarda al igual que los últimos cinco, en una sociedad donde no existía el divorcio. Con cinco años, sale de su casa de la mano de su hermano de seis, resbalando en sangre de su hermano mayor, hacia la casa de su vecina. No recuerda qué desencadenó el horror; solo recuerda que su padre esperó toda la noche afuera de la casa, espiando.

Recuerda que en la choza donde vivía por suerte los más chiquitos dormían en otra habitación. Que su hermano de seis la lleva de la mano a lo de Élida, después de oír tres o cuatro tiros al catre de hierro del cuarto contiguo. Que su padre mató a su hermano porque no quería que defendiera a su mamá. Le disparó mientras dormía, y a su mamá la tajeó toda con una navaja, y las cicatrices le duraron hasta que murió de vieja.

Recuerda que la gente del barrio estaba reunida en la vereda expectante, y un vecino que era boxeador sacó a la mamá de la choza en brazos. Un par de minutos después, entre cuchicheos de los vecinos que aguardaban el desenlace, se hizo el silencio, y se oyó el último tiro que dispararía su padre, en su propia sien.

-Mientras mi mamá estuvo internada yo me quedé en lo de Élida, me cuenta. Y me cuenta también cómo le dolía la mirada de desprecio de su hermanastra, hija legítima de su padre. -Pero por suerte las dos heredamos el mismo defecto en la cadera de papá, ¿qué más legitimidad que esa?- Me dice. Y me quedo pensando en todo lo que no me dice, o lo que adivino en su mirada antigua.

Porque esta mujer, metida a la fuerza en ese cuerpito pequeño, con cinco años cocinaba para todos sus hermanos antes de ir al colegio, una vez que su mamá se recuperó y salía a trabajar todo el día. A ella le gustaba estudiar, y quería seguir estudiando, pero su mamá necesitaba que ella saliera a trabajar cuando terminara el colegio. Y yo la recuerdo en la Universidad para adultos mayores, hace algunos años, estudiando abogacía y letras.

Así que terminó sexto grado y entró a trabajar a los catorce años en la fábrica de alfajores de la ciudad, quince horas diarias almorzando un sanguchito mientras seguía produciendo.

“La renguita” la llamaban en el barrio por su caminar. Con su metro cuarenta, sus cuarenta quilitos y la cinturita de avispa que aún conserva. Y así lo conoció a Oscar, el guarda del tranvía que tomaba para volver a su casa; un día él se animó a pedir permiso para acompañarla hasta la esquina, alertado por su amigo de que ella ya andaba de novia con Ángel. -¡Qué lo tiró, y yo esperando porque parecía menor de edad!- Pensó él engañado por su menudita figura.

Oscar, con la mirada dulce y la paciencia infinita.

Oscar, con la sonrisa sincera y la palabra justa.

-Cuatro años y medio lo hice esperar- me dice mi abuela- hasta que fue al médico y volvió diciéndome que le aconsejó que nos casáramos urgente. Y bromea diciendo que seguramente él también era virgen porque “al momento” ninguno sabía nada. Es que ella estaba muy enamorada, pero no quería ni que la tocaran. Tenía pánico de quedar embarazada. Y más antes del matrimonio.

Ella tuvo miedo, pero después se enojó mucho con el médico que le dijo que con su cadera no podría quedar embarazada, o en el mejor de los casos quedaría postrada o en silla de ruedas. Hoy tiene tres hijos, seis nietos, y va a clases de natación.

Y mientras trabajaban de sol a sol, horas extras y feriados, aportando más de la mitad de sus sueldos a sus humildes familias, ladrillo a ladrillo levantaron su hogar. Y seis años después de casarse, nació su primer hijo, y seis años después, la segunda, y luego de otros seis, la tercera. Esperaron porque estaban haciendo la casa y trabajaban mucho. A los veinticinco años de casados se casaron nuevamente en sus bodas de plata, y a los cincuenta por tercera vez reafirmaron su amor en la misma iglesia que la primera vez. Es el día de hoy que no he vuelto a ver un amor como ése.

Esta tarde me cuenta, mate de por medio, que la familia que armó con Oscar es lo más precioso que tiene. Me lo repite cada vez que puede, así como también me repite que me ama. Hace dos años que su corazón está incompleto porque no está Oscar. -Y ése vacío no me lo llena nada ni nadie, me dice. Y hace dos años que la veo con sus ojos verdes, antes chispeantes, ahora húmedos. Porque Oscar… Oscar es una historia aparte.

ladyvanblog.wordpress.com

2 comentarios sobre “Historias (1)

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