LOLA BARNON

Fin de semana

1

Había pasado casi un mes desde que Jorge había entrado en nuestras vidas. Todas las semanas habíamos follado varios días. Unas veces solos y otras con Nico delante o participando en nuestra fiesta.

Ya no me cortaba nada y hablaba tranquilamente con mi chico de él, lo que además, le provocaba una excitación enorme, aunque debo admitir que de vez en cuando notaba que él evitaba seguir hablando de ello. Entonces yo lo abrazaba. ¿Estaría empezando a sentirse inseguro? Y si era así, ¿por qué no me decía nada? Lo achaqué a que sería normal en las parejas que desarrollaban su vida sexual de esa manera. Reconozco que no le di demasiada importancia.

Dos días atrás, el miércoles, Jorge me había descubierto otra zona erógena mía hasta ahora desconocida. Mi ano. Bueno, no era tanto, pero la verdad que había estado ahí, desaprovechado y tan solo como complemento. Pero Jorge, en el tercer polvo de ese día —se fue a eso de las doce de la noche—, después de hacerlo con mi clítoris, empezó a lamérmelo con maestría delante de mi novio.

No puedo calificarlo de otra forma. Fue un orgasmo fantástico y embriagador. Las terminales nerviosas que allí se agolpaban soltaron fuegos artificiales cuando notaron la lengua de Jorge entrar y salir, lamer, chupar, introducir los dedos… Llegué al orgasmo sin darme apenas cuenta. Fue muy intenso, más profundo, más interior, pero recorrió todo mi cuerpo como un calambrazo. Me encantó.

En compensación, le volví a comer la polla dejándose que se corriera en mi cara y mis tetas. Se había convertido en una costumbre que me empezaba a gustar mucho. Incluso mi novio, uno de los días también lo hizo, pero a él no le lamí después la polla. Sencillamente, y no lo hice aposta, se me pasó.

Jorge era un amante excepcional. Mejor que mi chico, la verdad. Y notaba que, incluso cuando estábamos los tres, yo me inclinaba a satisfacer a mi muñeco antes que a Nico. Supongo que él lo notaría también, pero no me decía nada, a pesar de que, admito, vislumbraba cierta rigidez y penumbra en él. Pero no podía evitarlo. Los ojos, las manos, la boca, se me iban al pene y a los huevos de Jorge sin remedio. Era una atracción brutal y alocada la que sentía cuando estaba con él.

Nico y yo, a esas alturas, seguíamos follando bastante más que antes, y con excelente humor. Pero Jorge empezó a venir también algún día del fin de semana. Un sábado de los que Nico tenía timba de póker hasta las tantas con los amigos de la urbanización, estuvimos mientras tanto follando Jorge y yo sin sin parar, de tal forma que cuando regresó Nico, a eso de la una y media, aún seguíamos en el dormitorio. Pero esta vez no bajé. Seguí cabalgando a Jorge, mientras mi chico, que posiblemente había bebido alguna copa de más, se quedaba a dormir en el dormitorio de al lado.

Estoy segura de que me oyó gemir y disfrutar con las penetraciones de Jorge. Esa noche, quizá por el hecho de saber que Nico estaba en el dormitorio de al lado, escuchándome follar, me puse aún más cachonda y no tuve reparos en mostrar mi disfrute y goce sin limitaciones ni tapujos.

Jorge se quedó a dormir ese día conmigo. Y el domingo por la mañana, mientras estábamos desayunando, apareció mi novio, con cara seria. Entendí que de resaca.

—Hola… —dijo mientras abría la nevera y bebía agua fresca.

—¿Resaca? —le pregunté yo divertida.

—Un poco… —me contestó evitando mi mirada—. Ayer Luis nos dio a probar una nueva ginebra que está de moda, y me tomé tres o cuatro gintonics

—No me extraña. Yo si bebo eso me caigo muerto… —comentó Jorge.

—Yo no te dejo beber eso, cielo —le dije besándolo en la boca y recostándome en él—. ¿Has dormido bien, cari? —me dirigí ahora a mi novio, sin poder evitar una pequeña carcajada, mientras miraba a Jorge que lo disimulaba más que yo, pero hacía también esfuerzos por no reírse.

—Mamen… —me reprendió con la mirada Jorge.

La razón de nuestra diversión era que cuando notamos que subía Nico por las escalera, yo estaba a gatas en la cama dejando que Jorge me lamiera el culo y el coño y no me apeteció abrirle la puerta y detener el placer que me sobrevenía en ese momento. Era el segundo polvo y por nada del mundo lo hubiera detenido. Luego me la metió y fue cuando empecé a gemir como una posesa, escuchándome sin duda, Nico. Y seguidamente, una vez que me corrí, me tumbé en la cama, boca arriba, para chuparle la polla y los huevos a Jorge hasta que se él también se corrió encima de mí, soltando un ronco susurro de placer a la vez que una buena descarga de semen.

Él me trajo unas toallitas para limpiarme, pero decidí ir a ver cómo estaba Nico con toda la lefa de mi amante salpicando mis tetas y mi vientre. Jorge era partidario de no martirizarlo tanto e intentó detenerme, pero yo, más perversa y malévola que él, abrí la puerta y me dirigí hacia el dormitorio de invitados, mientras le tiraba un beso desde el quicio de la puerta a mi muñeco.

Entré directamente, desnuda y llena de semen al cuarto donde descansaba mi chico.

—¿Estás bien? ¿Duermes? —le pregunté.

Pero Nico, o bien se hizo el dormido, o lo estaba. Sin duda, había bebido algo más de lo debido.

Me volví a aguantar la risa volviéndome a mi dormitorio.

—¿De qué te ríes?

Miré a Jorge preguntándole con la mirada si se lo contaba. Se encogió de hombros, por lo que se lo solté todo y ya no pude evitar la carcajada. Jorge, aunque también apuntó una sonrisa, fue mucho más comedido y torció la cara para disimular. Mi chico tardó en sonreír, pero a pesar de todo, lo hizo. Volví a notar de nuevo cierta pesadumbre en él, pero como volvió a estirar una sonrisa, no le di mayor importancia. Pensé que era normal hasta que ambos nos acostumbráramos por completo a esta forma de sexualidad

La conversación me puso cachonda, era inevitable, teniendo además a mi lado a Jorge con un pantalón corto únicamente. Nico nos observaba a ambos con cara extrañada, sin saber muy bien a qué atenerse.

—Pobre, me da pena… ¿Me dejas que se la chupe? —le dije a Jorge con un mohín pícaro—. Mira el paquete de su pijama. —Volví a reírme.

—No seas tan mala… —me dijo Jorge empujándome muy ligeramente por los hombros para acercarme a mi chico.

—¿Quieres? —le dije a Nico.

—Sí… claro. —Noté su contestación algo indecisa; pensé que era porque estaba a medio camino de excitado y avergonzado por mi naturalidad con Jorge.

—Siéntate en la encimera —dije palmeando el lugar más cercano a mí, mientras me despojaba de la camiseta del pijama, tirándole sin preocuparme dónde caía, dejando mis tetas al aire.

Mi chico se subió dócil y con rapidez. En ese momento me di cuenta de que la excitación había vencido a esa especie de molestia que parecía poseerle. Sonreí para mí. De nuevo, elucubré que en cuanto los dos llegáramos al mismo punto de la aventura sexual que habíamos iniciado, él volvería a estar totalmente feliz y alegre.

—Si no te bajas los pantalones me va a ser difícil…—solté de nuevo una risita.

—Claro… disculpa. —Se levantó de nuevo, se quitó la ropa con rapidez, y desnudo subió a donde yo le decía. Tenía la polla totalmente estirada apuntándome directamente.

—Creo que me va a costar poco… —Me volví a reír mirando a Jorge. —El gesto de Nico, otra vez, denotaba una incomodidad sombría.

Decidí dejar de cachondearme y esmerarme en lo que iba a hacer. Me incliné y se le empecé a chupar. Tal y como yo pensaba, mi chico no tardó en empezar a sentir los primeros síntomas del orgasmo. En efecto, no más de dos minutos después, Nico eyaculaba una buena cantidad de semen al que ayudé haciéndole los movimientos de la paja mientras salía su esperma. Esta vez sí me calló parte en mi cuerpo, sobre todo en el pecho y algo en la garganta.

—¿Ves? Muy poco tiempo. —Le di un sonoro piquito en los labios

Todavía manchada, cogí de la mano a Jorge.

—Y ahora corazón, vamos a que me eches un buen polvo. —Habíamos dado un par de pasos y me acordé de Nico— ¿Quieres subir? —le dije girando la cara hacia él que seguía limpiándose el semen que le había goteado.

Él se quedó un momento quieto. Sentí su mirada extraña, pero al momento, recompuso el gesto y nos siguió.

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