VÍCTOR HERRERO

Miró hacia La Tierra sintiéndose horrorizado y culpable, pero no por ello podía dejar de percibir el amor pausado que irradiaba por todas partes, que palpaba cada poro de su piel; como si fuera una verdad incontestable y absoluta. ¡Era tan extraño! Respirar esa mezcla de vergüenza, de insatisfacción, de pena… y a la vez notar la paz que lo inundaba todo. Estaba muerto. No sabía exactamente dónde. ¡Cómo describir aquel lugar! ¿Era el cielo, el infierno o era otra cosa? Por alguna extraña razón eso no le importaba demasiado. Sus ojos solo querían detenerse a mirar el planeta. Sentía que observaba desde una superficie elevada, y que ya no era su hogar, a pesar de que no parecía muy distinto. Al final los peores pronósticos se habían hecho realidad. La contaminación y las guerras habían acabado con los humanos. Volvió a inclinarse para volver a ver una vez esa roca, que ahora le parecía inerte y fría. No pudo evitar preguntarse: “¿De verdad era tan difícil no llegar a este final?”

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