Mª CARMEN MÚRTULA

 

Esta tarde, he estado hablando con Josefa, la mujer que atiende y cuida a Juan. Ella me ha contado la historia de la familia.

—¿Hace mucho tiempo que está trabajando aquí?

—Bueno, si se refiere a la materialidad de esta vivienda, vi­nimos hace unos diez años, pero a D. Juan lo he tenido en mis brazos el mismo día de su nacimiento.

—¿Sí? ¡Cuénteme! ¡Me encantan las historias de familia!

—Esta no es del todo muy agradable. Aunque, ¿acaso hay una historia humana realmente sin problemas? Si está interesada en saber la historia de la familia, nadie mejor que yo para contársela, ya que fui a servir a aquella casa como regalo de la abuela en la boda de la madre de D. Juan.

—¿Sí?

—Sí, así fue. Mi padre era el administrador de “Mi huer­ta” la finca mayor de las propiedades de la familia, y cuando se casó el señorito, el padre de D. Juan, su madre le dijo a la mía que quería que yo fuera como doncella a servir a la nueva señora. Y allí me fui. Yo tenía dieciocho años cuando comencé. Bueno, todo esto es para decirle que cuando nació el primogénito, Carlos, yo ya estaba con ellos y por supuesto cuando nació el segundo que fue D. Juan.

—¿No hay más hermanos?

—Hubo una niña, la tercera, pero murió de una menin­gitis a los cuatro años. La señora lo sintió tanto, que decidió cambiar completamente de vida y dedicarse con exclusivi­dad a la atención de sus dos hijos.

—¿Antes no lo hacía?

—Era joven. Pienso que demasiado joven. Y ese aconteci­miento le hizo madurar. Fue la muerte de aquella preciosa niña lo que la hizo sentar cabeza y despertó en ella la responsabili­dad materna. A partir de aquel momento, los niños siempre la encontraban en casa cuando volvían del colegio y si por asun­tos profesionales de su marido tenía que ausentarse, yo era la que los atendía, con estrictas instrucciones de la madre.

—¿Era muy severa?

—Era muy exigente en llevar orden y disciplina. Nunca me hubiera perdonado, que a la vuelta de una de sus ausen­cias los niños hubieran aflojado en el esfuerzo de su dedica­ción educativa.

Hizo una pausa para beber y prosiguió:

—Con el curso del tiempo, los dos hermanos iban cre­ciendo bajo la mirada de la madre, y a pesar de que ella pro­curaba tratarlos por igual, en cada uno se iba forjando una personalidad completamente distinta.

¡Qué interesante! ¿No se parecían?

—En el físico no había mucha diferencia, aun ahora se les ve los rasgos de familia, pero mientras Juan era un niño tra­vieso, alegre, inquieto, extrovertido y resultaba muchas veces agotador, Carlos, por lo contrario, era la tranquilidad andan­do. Era tímido, silencioso, muy introvertido, prefería pasar las horas delante de un libro interesante que corretear detrás de su hermano. Pero es verdad que a la hora de sentarse a es­tudiar los dos rendían por igual. Juan era el típico niño que disfruta y gasta todas sus energías en actividades dinámicas, pero también cogía al vuelo cuanto le enseñaban en el cole­gio. ¡Cómo disfrutaba cuando marchábamos a la finca de la abuela por las vacaciones de verano! En la ciudad había veces que parecía se le venía encima las paredes de la casa.

» Pero esta familia necesitó siempre de experiencias fuer­tes para cambiarles la vida, y fue en un verano cuando ocu­rrió algo que decidió el futuro de los dos muchachos.

    » Carlos tenía entonces veinte años y Juan dieciocho. Una mañana, cuando estaba ordeñando una vaca para preparar el desayuno, cosa que me gustaba hacer a mí personalmente, apareció por la puerta Marián, la hija de uno de los colonos fijos de la finca. Hacía mucho tiempo que no la veía y me sorprendió verla tan crecida. Se había hecho muy bonita y reflejaba la salud que disfrutan todas las mozas del campo. Estaba hecha una mujer. Aunque siempre me había parecido muy descarada y preten­ciosa, aquella mañana se mostró sinceramente insolente.

‘Vete diciendo a los viejos que se vayan haciendo a la idea de casarme con su hijo’ —me soltó con brusquedad.

‘¿De dónde sacas tantos humos?’ —le reproché.

‘De donde puedo —me contestó—. Quizás cambies de idea cuando te diga que estoy ‘preñá’ de uno de esos seño­ritos’.

‘¿Qué has hecho descarada? ¿Cómo se te ha ocurrido tentar a un inocente?’

‘Yo no tengo la culpa. Nos queremos y ese es el resultado de nuestros amores’

‘¿Tú? ¡Tú no quieres a nadie! —le dije asiéndole de los brazos—. Te has aprovechado de un niño para trepar alto’

‘¡Suéltame! Pero que conste que no es tan crío, pues ya sabe cómo amar a una mujer’

‘Y tú has sido su maestra ¿no?’

‘Seguramente’

‘¡Furcia! ¡Mala pécora! ¿Qué has hecho?’

‘¡Suéltame! ¡No vuelvas a tocarme! Además, que yo sepa eso es cosa de dos. ¿Por qué no le preguntas a él?’

» Ya imaginará lo furiosa que volví a la cocina. No daba pie con bola. Se me salió la leche, se quemaron las tostadas… ¡un desastre! Sólo estaba pendiente de cómo coger al toro por los cuernos y enterarme de todo. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que Juan…? -porque yo no dudaba quién había sido- Así que, en cuanto terminaron el desayuno, cogí de un empuño a Juan y me lo llevé casi a rastras hasta mi habitación. El chico se resistía, pero yo no le soltaba y le in­sistía en que no hiciera ningún escándalo pues lo que quería tratar con él era muy íntimo.

‘¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —me preguntó cuando estuvimos allí.

‘Eso quiero saber yo, qué ha pasado aquí’

‘¿Aquí dónde? ¡No entiendo nada! ¿Quieres explicarte?’

‘Si, eso voy a hacer —y armándome de valor le ataqué di­rectamente—. Mira Juan, yo sé que eres ya un hombre y que no te puedo tratar como hasta ahora lo he hecho. Tú sabes que te quiero como si fueras mi hijo y por eso me atrevo a hablarte como tal. Hay cosas que se tienen que resolver con urgencia, y aunque sea lo último que haga en mi vida lo voy a hacer’

‘¡Uf, qué trágica! ¡Anda, suéltalo ya!’

‘Quiero que me cuentes qué hay entre tú y esa Marián’

‘¡Ah! ¿Es eso? Mira Jose, a mí no me vengas con esos chismes, yo no tengo nada que decir. Eso es cosa de mi hermano’

‘¿De Carlos?’

‘Que yo sepa no tengo otro’

‘Pero si yo…’

‘¡Por supuesto! ¿Tú creías que era yo?… ¡Guau! ¡Qué gra­cia! ¡Es él! Él que se escabulle por las noches cuando todos estamos en la cama. Espera un rato y cuando se cree que yo duermo, va y se escapa, pero siempre lo oigo. Al principio lo seguía, pero me aburría, no podía hacer ningún ruido y todo estaba oscuro, así que decidí esperarle tranquilamente en mi cama ¡era más cómodo! Aunque tengo que confesarte que como tarda tanto la mayoría de las noches no me entero cuando regresa’

‘¿Hace mucho tiempo de todo esto?’

‘Bueno, empezó el verano pasado. Y durante este invier­no se han escrito algunas veces’

‘¿Escrito? ¿Y ella envía las cartas a casa?’

‘¡Por supuesto que no! Se las envía a la dirección de un compañero de la “Uni”. Por cierto, que se las cobra bien caro, pues el muy fresco le chantajea con apuntes y exámenes’

‘Y aparte de ese chico y tú, ¿lo sabe alguien más?’

‘Que yo sepa no. Pero es que él no sabe que yo estoy enterado de todo’

‘Pues me temo que esto ha llegado demasiado lejos y que dentro de poco lo va a saber todo el mundo’

‘¿Sí? ¿Vas a ser capaz de contarlo tú?’

‘Yo no. Ella’

‘¿Ella?’

‘Sí. Pero tú de esto ni una palabra. Cuando llegue la no­ticia hazte de nuevas ¿vale? Tú nada tienes que ver con este asunto. ¿Te has enterado?’

‘Está bien, como quieras. La verdad que es sólo cosa de ellos’

‘Por eso’

» A los pocos días la bomba explotó. Hubo reunión fami­liar y el resultado fue que Carlos se tendría que comprome­ter a casarse con ella y Juan marcharía interno a un colegio de curas. Aquellos tiempos eran así. Seguro que hoy se hu­biera resuelto el asunto de otra manera, pero entonces no había otro camino para un hombre con honra. ¡Bien lo tenía planeado aquella lagarta! Un embarazo era la puerta más segura para cambiar de posición social y entrar por la puerta grande hacia un brillante futuro. ¡Y fue a elegir al hombre más inocente de la tierra!

» Después de aquella boda, la vida volvió a cambiar. La madre se pasaba el día llorando su fracaso educativo y el padre tenía los nervios de punta, por nada explotaba, no era aquello el plan que él se había marcado para su primo­génito. Ninguno de los dos podía soportar la presencia de Marián, que no hacía más que arrastrar perezosamente su vientre cada día más voluminoso. Así que un día decidieron comprar un piso para la pareja. Sólo el buenazo de Car­los seguía ciego, engatusado por su mujer, como si fuera la más perfecta y encantadora de las esposas. Pero aquello no fue un buen remedio. En cuanto Marián se vio fuera de la vigilancia de sus suegros, empezó a exigir un derroche de lujos para ella y su bebé que, aunque la familia se lo podía permitir económicamente, no había por qué excederse con tanta insensatez propia de nuevos ricos. Recuerdo, la única vez que pisé aquella casa, cómo se respiraba opulencia por todos los rincones, pero como era ella la que disponía y no había sido educada en rica cuna, no sabía darle al dinero la distinción y elegancia a la que el señorito Carlos estaba acos­tumbrado. Yo no hacía más que mirar de reojo la expresión de mi señora queriendo conectar con sus sentimientos. ¡Si al menos se hubiera dejado aconsejar…! Pero ella no era de esa clase. Parecía que en su ambición y orgullo sólo buscaba la venganza de la posición social en la que había crecido. Lo que más me preocupaba era lo cínica y falsa que se mostra­ba ante él. Lo tenía tan hechizado que conseguía cualquier capricho sin ningún esfuerzo, y él, por mantener su afecto, era capaz de cualquier cosa. Ella era una mujer insaciable y déspota, que parecía vivir sólo para sí misma, ambicionando avaramente el dinero de su esposo. ¡Hasta se hacía llamar Dña. Mariana!

» Así fue transcurriendo el tiempo. No volvieron a tener más hijos, con el pretexto de no sé qué, pero para mí es una prueba más de su egoísmo, aquel primer intento tenía una meta muy clara y ya la había alcanzado. Su hija, que, por la misericordia de Dios, heredó la bondad de su padre, era el único consuelo de éste, pues con el tiempo, Carlos fue com­prendiendo de qué pasta estaba hecha su mujer. Aunque seguía amándola iba reconociendo sus defectos y soportán­dolos con paciencia de santo.

» Acabábamos de trasladarnos a vivir aquí D. Juan y yo, cuando un accidente de avión terminó con la vida de los pa­dres. Como Carlos era socio mayoritario, vicepresidente de la empresa alimenticia de la familia y prácticamente era la mano derecha de su padre, no tuvo problema en hacerse cargo de la economía familiar. A los pocos días del mortal accidente, fuimos convocados por el notario para informarnos del tes­tamento. Allí nos encontramos, además de la familia, unos cuantos, de los empleados, que de alguna manera también éra­mos beneficiarios. Casi todo el testamento iba dirigido a Car­los, pues dada la dedicación sacerdotal de D. Juan, nombraba administrador de todos sus bienes al primogénito, repartien­do las acciones de las propiedades entre ambos hermanos por igual. La finca llamada “Mi Huerta” con todos sus bene­ficios estaba puesta a nombre de su nieta Isabel y, puesto que su esposa no le sobrevivió, todo lo que estaba a su nombre, las otras cuatro fincas con las respectivas industrias alimenti­cias que se había ido creando a partir de ellas, pasaban a ser propiedad de los dos hijos, aunque existía una cláusula, para vender cualquiera de ellas tenían que estar de acuerdo los dos propietarios. También se acordó el señor de sus viejos y fieles servidores, que habíamos dedicado toda nuestra vida a traba­jar en sus propiedades, los diferentes administradores de las fincas, los distintos responsables del personal de las fábricas de conservas y lácteos, así como los jefes de la cadena de su­permercados, en fin, una docena de subalternos que también disfrutaríamos de algunas pequeñas participaciones vitalicias. Ahora que, en lo que respecta a la administración de esta casa, le puedo asegurar que bien poco se nota la riqueza, pues am­bos sabemos vivir con pocas necesidades y casi todo lo que pasa por las manos de D. Juan no termina en beneficio suyo.

» Aunque la vida ha llevado a los hermanos por distintos ca­minos, siempre han estado muy unidos y son los valores que mueven a D. Juan los que constituyen la filosofía de fondo de esa empresa familiar aun en tiempos de su padre. Él es el alma de esa industria. Los principios de justicia, equidad, apoyo solidario a to­dos los empleados… más que una empresa es una familia grande donde todos se sienten bien. Y aún más, la creación de nuevos puestos de trabajo les ha llevado a extenderse incluso fuera del país, no por afán de lucro, sino que para ellos es una manera de ayudar a los menos favorecidos dándoles una ocasión de ganarse el pan dignamente. Toda su filosofía comercial se basa en los principios de un comercio justo, fundamentado su producción en condiciones sociales que siempre tiene en cuenta el respeto a los derechos humanos, la igualdad de género y las retribuciones justas para los trabajadores, e incluso es bien sabida el cuidado que ponen por aplicar una producción ecológica, cultivando sus alimentos de forma natural, respetando los procesos de la natu­raleza y velando por el medio ambiente.

» Por lo demás, D. Carlos, en su vida familiar, siempre se ha visto supeditado al abuso y dominio de su ambiciosa esposa, la cual, aunque no consiguió refinarse, sí que disfru­taba luciendo los millones de su marido y nunca era capaz de privarse de nada. Hasta que un día decidió destruir la fachada matrimonial en la que siempre se habían refugiado.

¿De verdad? ¡Será posible! ¡Esto suena locura!

—No sé si está del todo cuerda, pero sí es cierto que trata de destruir a cuantos la quieren.

¿Y Qué pasó?

—Pues verá.

» Llevábamos aquí unos cinco años, cuando mi padre se jubiló. Le sustituyó en la administración de la finca un joven que trabajaba con él desde muy temprana edad y que siempre había demostrado ser un lince para llevar el negocio. Pero re­sultó ser tan codicioso como Marián. Al parecer eran amantes de toda la vida y él había consentido todo aquello mientras, como ella, se beneficiaba de ese fabuloso porvenir. D. Carlos lejos de sospechar, siempre había visto con buenos ojos que su esposa se ocupara de la finca de la hija de ambos, y más ahora que con un nuevo administrador se suponía que era más necesitada su presencia. Con este pretexto podían man­tener sus relaciones, siendo a los ojos de su marido simple asunto de negocios. Entre el personal de la finca se sabía toda la historia de aquellos dos cínicos, pero bien se cuidaban de que no llegara a oídos del señor.

» Una tarde se presentó en casa Isabel excitadísima, rogando a su tío que fuera sin demora a ayudar a su padre. Marcharon los dos enseguida y a las pocas horas regresaron con él. Aque­llo no era persona. Había perdido toda su dignidad. Llevaba varios días sin afeitarse, sin cambiarse de ropa, sin querer salir de la habitación de invitados, donde se había encerrado, ni para comer. Su hija lo había intentado todo para hacerle entrar en razón, pero viéndose sin más recursos decidió acudir a su tío.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Pues que alguien, que se firmaba un buen amigo, le ha­bía escrito una carta poniéndole al corriente de la infidelidad de su esposa, y la monstruosa mujer, al verse descubierta, le soltó sin piedad, con las palabras más humillantes que se le ocurrieron, todo el veneno que llevaba dentro, confir­mándole con toda crudeza la verdad de aquella situación. Fue tan grande el desconcierto de D. Carlos que se hundió en una gran depresión de la que no había medio de hacerle reaccionar. Se encerró en aquella habitación, dispuesto a es­perar que la muerte se lo llevara.

» D. Juan logró por fin traerlo a esta casa, y entre él y yo, con la ayuda profesional de Santiago, el psicólogo. tratamos con paciencia de ir recuperándolo. Nos costó mucho tiem­po, pero poco a poco conseguimos que fuera interesándose por la vida. Su hija lo llamaba por teléfono diariamente y los fines de semana lo pasaba con nosotros. Por entonces esta­ba estudiando económicas en la universidad y procurábamos que los asuntos familiares no le perjudicaran mucho. La aten­ción de su hija también fue una buena terapia, la ansiedad con que la esperaba y el placer de saborear durante su ausencia, el recuerdo de aquellos momentos vividos juntos, iban poco a poco curando su vacío interior. Realmente era ella el único rayo de ilusión que le iba despertando las ganas por seguir viviendo. ¡Me partía el alma verlo! ¿Cómo puede haber en el mundo mujeres que parecen han nacido para hacer el mal a los suyos?

» Enseguida que lo vio oportuno, aconsejado por Santia­go, D. Juan le propuso que le ayudase en la administración de la economía del proyecto del barrio, y como hombre de negocios que era, aquello no sólo le distrajo, sino que fue de gran beneficio para los planes de su hermano. Prácticamen­te estuvo tres años viviendo con nosotros. Poco a poco re­gresó a la empresa, sin aparecer por su casa. Pero como los tentáculos de aquella bruja no podían dejar de hacer daño, volvió a meterse en su vida para seguir atormentándolo.

—¡Esto es increíble!

—Así fue. Una tarde se presentó diciendo que venía a pedirle perdón, que ella también lo extrañaba y que se daba cuenta de lo estúpida que había sido al dejar deshecha una familia. Se disculpó diciendo que le había cogido en un mal momento y que no había sabido medir las consecuencias, pero que él también tenía que reconocer que la había dejado muy sola, hasta el punto de ignorarla ocupándose solo de sus negocios, por eso al verse provocada por otro que le mostraba el interés que él no le daba, fue débil y no pudo vencer la tentación. Le rogó que se dieran otra oportuni­dad, para intentarlo de nuevo. Con estos y otros engañosos argumentos, le pidió que abandonara todo y que se fueran los dos solos para reencontrarse de nuevo. Le propuso comen­zar una experiencia nueva, que se las prometía feliz, lejos de todo lo vivido. Y usando todas sus artimañas consiguió seducirle de nuevo, valiéndose de su astucia y cinismo. Le embaucó de tal manera que consiguió no sólo llevárselo a Brasil con la excusa de gestionar el negocio que tenían en aquellas tierras, sino que se llevaron todo el dinero que esta­ba administrando de estas pobres gentes.

—Pero… ¿cómo es posible? ¿No tenían ellos su propio dinero?

—Por supuesto que nunca han estado carentes de medios económicos, pero el caso es que el dinero desapareció con ellos. Estoy segura de que fue cosa de ella, pues D. Carlos es un hom­bre de una talla superior, que ha heredado de su padre un gran sentido de justicia. Ya le he comentado que todo ese imperio económico no es un medio de lucro, con ello pretenden no sólo ayudar a los demás proporcionando trabajo, sino que también llegan a colaborar en el remedio del hambre del tercer mundo, de ahí la delegación de la empresa en Brasil. Por eso le digo que la idea de sustraer ese dinero no podía salir de él, seguro que fue chantajeado por ella y le engañó para justificar esa acción. Como ella en el fondo, es una persona envidiosa, incapaz de consentir que los otros le puedan eclipsar, y celosa de la prosperidad de los demás, nunca le hizo gracia la labor sociolaboral de su esposo y su cuñado, por eso pienso que vio en aquel momento la oportu­nidad de fastidiar hundiendo económicamente el proyecto.

—¿Cómo lo hizo?

—¡Quién sabe cómo consiguió convencerle! Astucia incom­prensible de un alma ruin, arrogante y egoísta. Yo no sé lo que él ve en ella, pero sin duda que consigue de él cuanto se propo­ne. Es de esas personas falsas que son capaces de mantenerte la mirada con la más inocente de las sonrisas cuando por detrás te están dando una puñalada. Pero D. Carlos la quiere tanto que no dudó en darle otra oportunidad.

—También fue un mal pago para Uds. por querer ayudar.

—Es incomprensible, pero así fue.

¿Y ahora oigo que volvió?

—Bueno, el caso es que desaparecieron y no volvimos a saber de ellos hasta hace una semana.

¿Cómo fue?

—Pues verá. La única que tenía noticias de ellos era su hija, por medio de David, el hijo de D. Felipe el director del colegio, que cuando terminó sus estudios de ingeniero agrónomo marchó a aquel país para comenzar los planes de ayuda en Brasil abriendo una sucursal de nuestra empresa con las personas nativas.

» Cuando D. Carlos y su mujer marcharon a América D. Juan y su sobrina se hicieron cargo del patrimonio familiar. Aho­ra ella ya ha terminado sus estudios y participa en la empresa como directiva. Gracias a este control, han podido evitar un de­sastre económico, pues los padres se perdieron allá en el vicio.

¡Qué barbaridad!

—Pues sí. Cuando David se percató de la situación, in­formó a Isabel y esta volvió a recurrir a su tío para pedirle que le ayudara a sacarlos de aquella ruina humana en la que se encontraban. Sin pérdida de tiempo se trasladaron los dos allí y consiguieron traer al padre, pues su mujer se negó a volver, aunque quedó en fatales condiciones. D. Juan le ha encontrado una plaza en un sanatorio de desintoxicación y ayer mismo se lo llevaron. Confío en que no sea demasiado tarde. Supongo que estarán un par de días por allí hasta ver cómo reacciona al tratamiento.

Sí que tiene un final triste.

—¡Lo que puede hacer una mala mujer!

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

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