QUISPIAM

Capítulo 11

La luz que entraba por la ventana me despertó al día siguiente. Había dormido como un tronco después del agitado día que habíamos tenido. Me removí en la cama buscando a Sara pero no la encontré. El ruido del agua en el baño me indicó que estaba en la ducha y volví a estirarme en la cama, vagueando un poco que para eso estaba de vacaciones.

Poco a poco mi mente fue despertándose y vinieron a mi mente flashes de todo lo sucedido el día anterior. Sara cada día me sorprendía más y, por lo que me había dicho, a ella también. No acababa de creerme que aquella mujer que se había exhibido por Sevilla con aquella ropa tan escueta era mi mujer, la que hasta hacía unas semanas iba siempre ocultando su cuerpo, como si se avergonzara de él.

Entonces me vino a la cabeza todo lo sucedido con el vídeo de Judith y la barbaridad que habíamos hecho. Ahora, en frío, tenía serias dudas si aquello había sido una buena idea y si no nos habríamos dejado llevar por la excitación y traspasado una línea de difícil retorno.

Cogí el móvil y miré si había recibido algo mientras dormía. Para mi alivio no había nada. Me quedé un rato mirando la foto que le habíamos enviado no dando crédito a que hubiéramos sido capaces de hacer algo semejante. Mi cuerpo desnudo y con la polla dura como una roca y a mi lado, Sara desnuda aparentando dormir, pudiéndose apreciar su bello cuerpo y, ampliando debidamente la imagen, el principio de sus labios vaginales.

Joder, como alguien más viera esa imagen… ¿Sería capaz de hacer algo así Judith? Quería creer que no. No creía que a Rubén le hiciera mucha gracia que la chica que le gustaba tuviera una foto en bolas del marido de una amiga pero aun así…

El agua dejó de caer en el baño y al poco entró en el dormitorio Sara, desnuda todavía, mientras con una toalla iba secándose el pelo. Ver las gotas de agua correr por su cuerpo escultural provocó que mi miembro cobrara vida de nuevo, no lo podía evitar. Sara sonrió pícaramente al ver mi reacción pero no quiso darme a pie a más.

-Anda, date una ducha que mira qué hora es. A ver si aprovechamos el día tan bueno que hace hoy -dijo descorriendo las cortinas sin importarle estar completamente desnuda.

Me levanté, desnudo como estaba y con la polla tiesa, encaminándome a la ducha donde esperaba que el agua fría hiciera bajar la tremenda calentura que empezaba a tener. Aunque Sara no me lo iba a poner fácil, claro está.

Acababa de meterme en la ducha cuando se abrió la mampara y apareció mi mujer con el móvil en la mano para seguidamente empezar a hacerme fotos.

-¿Qué haces? -pregunté intentando cubrirme no sabiendo que pretendía con aquello.

-Tranquilo y no te tapes. Después de ver la foto de anoche me apetecía tener algunas fotos de mi maridito en plan sexy para consumo personal -dijo mordiéndose el labio de forma lasciva.

-¿Seguro que no es para enviárselas a nadie? -dije sin saber muy bien si confiar en ella.

-Claro, luego te dejaré que me hagas unas a mí. Si te apetece claro…

Decidí confiar en ella y aparté la mano, mostrando de nuevo mi cuerpo desnudo y, sobre todo, mi verga enhiesta de nuevo. Volvió a disparar la cámara varias veces inmortalizando el momento mientras yo me lucía para deleite suyo.

-Joder, qué bueno estás cielo… porque ya me he duchado que si no….

-¿No eras tú la que me metía prisa por salir temprano a hacer turismo? -le dije aunque deseaba que se metiera dentro y bajar mi calentura con un buen polvo bajo el agua.

-Tienes razón -dijo cerrando la mampara y dejándome con las ganas. ¿Por qué tenía que haber abierto la boca?

Acabé de ducharme mientras sentía a Sara trastear por la habitación, supuse que vistiéndose, y ya me moría de ganas de ver qué ropa había escogido para ese día.

Salí igual que ella, desnudo y secándome el pelo, con el agua resbalando por mi cuerpo. La imagen de mi mujer con un vestido súper escueto y con un escote de vértigo me impactaron y, más, cuando se dio la vuelta mostrando su espalda abierta delatando que no llevaba sujetador debajo.

Otra vez mi polla se hinchó al ver semejante espectáculo no dándome cuenta que Sara volvía a disparar la cámara de su móvil.

-Joder, Sara. ¿Piensas salir así? -pregunté estupefacto.

-Claro. ¿No te gusta? -preguntó inocentemente sabiendo mi respuesta.

-Tú que crees… -le dije señalando mi erección- es que como decías que querías ir poco a poco…

-Ya lo sé, pero después de lo de ayer y lo cómoda que me sentí me apetecía dar un paso más, para probar sensaciones nuevas. ¿Te molesta? Si quieres puedo cambiarme…

-No, si a mí no me molesta… bueno, un poco sí… la verdad es que vestida así creo que voy a acabar con dolor de huevos hoy…

-Jajaja pobrecillo -me dijo- anda, déjame que te ayude con eso -dijo agarrando con su mano mi polla.

Recorrió con ella toda la largura de mi miembro con suavidad, endureciéndola aún más si eso era posible, guiándome mientras lo hacía hasta el borde de la cama donde se sentó ella, quedando así su boca casi a la altura de mi verga. Cerré los ojos sabiendo lo que se avecina.

Enseguida noté sus labios lamiendo mi glande, su lengua recorriendo el tronco de mi miembro, su boca jugando con mis testículos, hasta que al fin sentí como su boca empezaba a tragar toda la largura de mi polla hasta donde era capaz, haciéndome ver las estrellas del placer que me estaba dando con su boca.

Posé mis manos sobre su cabeza, en principio acariciándola, pero la enorme excitación que mi mujer me provocaba y todas aquellas cosas nuevas que estábamos experimentando, me llevaron a ir un paso más allá y probar algo que hasta ese momento nunca habíamos hecho.

Mis manos aferraron su cabeza a la vez que ahora era mi pelvis la que empezó a moverse penetrando su boca, clavándole mi polla en su garganta traspasando el límite que ella hasta ese día había sido capaz de tragar. Mis ojos no perdían de vista su reacción, buscando rechazo a lo que estaba haciendo. Pero todo lo contrario, después de la sorpresa inicial enseguida empezó a disfrutar que le estuviera follando la boca y su mano se perdió bajo el escueto vestido buscando acariciarse mientras era usada por mí.

Viendo su reacción intensifiqué mis movimientos, follándola a mayor ritmo provocando gemidos ahogados por mi polla y que ella misma acelerara sus caricias a su sexo. La imagen de mi mujer con el rostro desencajado por el placer mientras la follaba la boca y ella se masturbaba de forma frenética, mientras regueros de saliva colgaban de sus labios cayendo al generoso escote de aquel vestido…

Fueron demasiados estímulos y no pude aguantar más, iba a estallar y la avisé antes de que fuera demasiado tarde y ella, rauda, deslizó los tirantes del vestido que cayeron mostrando sus preciosas tetas a las que apunté y empecé a disparar los chorros de semen que a duras penas había conseguido contener. A la vez que la bañaba con mi leche noté su cuerpo agitarse, delatando que ella también se había corrido fruto del quehacer de sus dedos.

Volví a acariciar su cabeza pero ahora con cariño, agradeciéndola el placer que me había regalado, y ella me miró sonriente y satisfecha.

-Mira cómo me has puesto -dijo sin reproche alguno- voy a lavarme de nuevo -dijo yendo hacía el baño.

Me giré para ver cómo Sara se encaminaba al baño, dando gracias a dios por tener una mujer como aquella. Me apresuré a vestirme antes que saliera Sara y me regañara por salir tarde a volver a recorrer las calles de Sevilla. Ella no tardó en hacerlo y con sus braguitas en la mano, la corrida sufrida la había obligado a quitárselas a los pocos minutos de habérselas puesto.

Y allí, delante de mí, cogió unas nuevas y se las fue subiendo por sus muslos, de forma lenta a sabiendas que estaba yo mirando, provocándome y a duras penas conteniéndome, hasta acabar por colocárselas para mi alivio que ya volvía a estar totalmente erecto.

-Me vas a matar -le dije sabiendo que lo había hecho aposta.

Ella solo rio y empezó a recoger sus cosas para salir de una vez a hacer turismo como habíamos planeado. Bajamos al hall e, igual que el día anterior, fue Sara la que se aproximó al mostrador a dejar la llave y provocar al incauto hombre que sufrió o gozó, según se mire, de los encantos de mi mujer.

Cuando volvió junto a mí, lo hizo risueña y algo menos ruborizada que el día anterior. Sara se estaba acostumbrando a esa clase de situaciones y cada vez le daba menos vergüenza exhibirse de aquella manera, al menos allí, a kilómetros de nuestro hogar.

Fuera nos esperaba otro día radiante, soleado y con una agradable temperatura que presagiaba calor a horas más avanzadas. Desayunamos en una cafetería de camino a nuestro primer destino siendo objeto, tanto allí como de camino, del escrutinio de todo hombre con el que nos topábamos. Y no era para menos ya que Sara estaba espectacular.

Ella disfrutaba siendo objeto de tales atenciones y yo, orgulloso de ir cogido de la mano de tal belleza y de ser el objeto de las envidias de todos esos admiradores. Toda la jornada transcurrió igual, nosotros disfrutando descubriendo las maravillas de aquella ciudad y, a la vez, de los efectos que causaba Sara allá por donde pasaba.

Como el día anterior, tanto trajín de ir de un lado para otro nos dejó agotados y decidimos volver al hotel a refrescarnos y cenar en el mismo restaurante que la noche anterior con la salvedad que esa noche, algo más frescos que la anterior, cerraríamos la noche tomando algo en un pub musical que también había cerca de nuestro hospedaje y que nos habían recomendado en el mismo hotel.

Sara volvió a ponerse deslumbrante para la cena y posterior salida, con un vestido negro que se ajustaba a sus excelsas formas, de escote generoso y bastante corto y, aunque éste iba cerrado por la espalda, decidió prescindir también del sujetador. Estaba claro que mi mujer iba con la clara intención de provocar y yo no sabía ya si alegrarme o temer aquello.

En el restaurante ya quedaron claras sus intenciones cuando buscó la misma mesa que la pasada noche, volviendo a ser atendidos por el mismo camarero que no daba abasto en atendernos e intentar fisgar por el escote de Sara para regocijo de ella. Al menos, detrás nuestra, la mesa estaba ocupada por un grupo de chicas lo cual evitaba la tentación para que Sara decidiera probar qué se sentía al mostrarse abierta de piernas como había tenido tentación de hacer la otra noche.

Cuando acabamos con la cena, tal como teníamos previsto, nos encaminamos al pub musical a tomar una copa antes de volver al hotel. Con lo que no habíamos contado era en que, siendo viernes y festivo, el sitio estaba lleno hasta la bandera. Por un momento tuvimos la tentación de darnos la vuelta ya que a los dos esos ambientes tan cargados no nos gustaban demasiado.

Pero al final decidimos entrar y probar un poco de la noche sevillana, total solo íbamos a tomar una copa y no pensábamos estar mucho rato. Pero claro, una cosa es lo que tienes pensado hacer y luego lo que acaba sucediendo. Para empezar, tardamos una eternidad en alcanzar la barra y otra en ser atendidos. Para entonces, estábamos los dos embutidos contra un lateral de la barra y sin saber muy bien cómo salir de allí.

Y lo peor, o lo mejor según quién lo mire, era que Sara atraía el foco de muchos de los hombres que por allí deambulaban y, claro, ella disfrutaba enormemente al sentirse deseada. Pero con lo que no contó fue con que, al no tener ninguno de los dos libertad de movimientos, iba a ser objeto de todo tipo de roces, algunos involuntarios y otros no tanto.

-Carlos -dijo inclinándose para hablarme cerca del oído a causa de la música alta- me acaban de tocar el culo -me confesó la primera vez.

Yo estiré el cuello buscando al autor pero era imposible saberlo. Todos parecían ir a lo suyo, estábamos apretujados junto a la barra y supuse y quise creer que había sido fruto de la estrechez que reinaba en la zona. Es que era casi imposible moverse sin tocar a alguien.

-No lo habrá hecho a posta. Estamos como en una lata de sardinas -le dije bromeando.

-Si tú lo dices -me dijo ella. No me pareció molesta por el hecho que le hubieran tocado el culo, creo que fue más por informarme que por quejarse.

Aun así, nos lo estábamos pasando bien. Conversábamos hablándonos al oído sobre el ambiente del lugar, de la gente que por allí había, que si la miraba tal tío o me miraba cuál tía… sí, porque yo también tenía mis pretendientas aunque no eran tan atrevidas como los suyos… al menos de momento.

Pedimos una segunda copa y compartimos confidencias mientras la noche avanzaba y parecía que el local aligeraba un poco su carga de gente para alivio nuestro. Fue en ese momento cuando volvió a alertarme de otro tocón.

-Otra vez, Carlos. Me están tocando el culo de nuevo -dijo entre divertida, avergonzada y a la vez excitada.

Vi detrás de ella a un grupo de chicos que esperaban que les atendieran pero no parecían estar pendientes de mi mujer.

-¿Estas segura? -le pregunté- no parece que lo hagan a propósito…

-Segura como que la mano sigue apoyada en mi culo…

Volví a mirar y ahora sí que me pareció ver a uno de los chicos, el que estaba junto a Sara, apartando su mirada de la mía lo que me pareció sospechoso. Su mano era imposible verla debido a la posición en que estaban y a lo apretujado del ambiente.

-Si te molesta dímelo y le digo algo -le dije con decisión. Una cosa era mirar y otra era meterle mano a mi mujer.

-No hace falta -me dijo tranquilizándome- ya la ha apartado.

-Si quieres nos vamos ya, cielo -le dije por si se sentía incómoda con tanto tocamiento.

-Quedémonos un rato más -me pidió- de verdad, que no me ha molestado y estoy muy a gusto aquí contigo -dijo inclinándose y dándome un beso en los labios.

Cuando acabamos con el beso vi a su espalda que seguía allí el grupo de chicos, ya con sus bebidas en la mano, y que el que supuestamente creía que había tocado el culo de mi mujer ahora nos miraba sin disimulo.

-¿Seguro que estás bien? -volví a preguntarle.

-Mejor que nunca -me contestó acariciando mi muslo hasta casi rozar mi entrepierna- ya verás cuando lleguemos al hotel… -aquella promesa hizo que se me pusiera dura de nuevo ante la perspectiva de otra sesión de sexo con mi mujer.

Seguimos un rato más en aquel local, quizás media hora más, el tiempo de pedir una tercera copa y seguir con nuestras confidencias mientras el local, poco a poco, iba perdiendo gente aunque seguía bastante concurrido. Eso sí, los chicos aquellos, a pesar de disponer de más espacio, no se apartaban de nosotros.

Eso me ponía nervioso y le pregunté varias veces a Sara si la habían vuelto a molestar, cosa que ella me negó rotundamente para mi alivio. Ella, viendo mi nerviosismo, me propuso irnos de vuelta al hotel y yo acepté encantado su propuesta. Primero por alejarme de aquellos chicos que, no sabía por qué, no acababan de gustarme y, segundo, por volver a disfrutar con Sara de otro polvo antológico.

Nuestra salida del local fue más llevadera que nuestra entrada y pronto estábamos en la calle camino del hotel, que estaba a un par de manzanas de donde nos encontrábamos. Pero Sara por lo visto no podía aguantar tanto y, ante mi sorpresa, se abalanzó sobre mí besándome con una pasión inusitada, empujándome contra la entrada de un callejón.

Yo no sabía a qué venían esas prisas estando el hotel tan cerca pero no quería defraudar a mi mujer y, si a ella le apetecía besarme así en medio de la calle, pues no iba a ser yo el que la rechazara. Así que devolví el beso con igual pasión mientras mis manos recorrían su espalda hasta alcanzar su culo, a la vez que Sara seguía empujándome adentrándonos en el callejón.

Cuando quise darme cuenta, estaba apoyado contra la pared del callejón detrás de unos contenedores, devorando la boca de mi mujer mientras ella se afanaba en acariciar mi hombría que estaba a punto de explotar. No sabía que pasaba por la cabeza de Sara para encontrarse en aquel estado de excitación pero tampoco tenía ni fuerzas ni tiempo para averiguar el motivo.

Enseguida noté como sus manos pugnaban por sacar mi miembro del pantalón ante mi estupefacción, nunca habíamos hecho una cosa así y me pareció que aquello iba demasiado lejos pero, de nuevo, no pude negarme ya que ella consiguió su objetivo y al instante su mano recorrió mi miembro provocando escalofríos de puro placer.

Tenía sentimientos encontrados ante lo que estaba pasando. Por un lado, me parecía que aquello no estaba bien y que estábamos llevando demasiado lejos aquello de probar cosas nuevas y experimentar fuera de nuestro hogar. Pero por el otro, todo aquello era tan excitante y morboso… y también me podía la curiosidad por saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar Sara aquella noche. Pronto lo iba a descubrir.

Sara siguió masturbándome con una mano mientras con la otra deslizaba el tirante de su vestido, liberando uno de sus pechos y acercándolo a mi boca, que lo hizo suyo lamiendo, chupando y mordiendo haciéndola arrancar los primeros gemidos de placer.

Una de mis manos se apoderó de su culo mientras la otra ascendió por su muslo buscando su sexo, recibiendo su ayuda en forma de abrir sus piernas para dejarme el paso franco. Cuando alcancé su braguita la encontré empapada y pegada a sus labios, costándome lo mío colar mi mano entre la tela para acariciar directamente su sexo. Aquello ya fue demasiado para ella.

-Fóllame -me susurró totalmente entregada.

-¿Cómo? -pregunté no seguro de haberla escuchado bien y parando con mis tocamientos.

-He dicho que me folles de una puta vez -casi me gritó.

Seguía sin entender que es lo que le estaba pasando a mi mujer pero aquellas palabras acabaron por encenderme aún más y volteé a Sara, quedando ahora ella pegada a la pared del callejón. Como la pareja bien compenetrada que éramos, mientras yo hacía deslizar mis pantalones hacia mis tobillos ella se desprendía de sus braguitas.

Ya totalmente dispuestos, Sara alzó su pierna apoyándola en mi cadera mientras con mi mano encaraba mi polla contra su vagina. Un solo golpe y entró toda hasta el fondo, soltando ambos un grito de placer y de liberación.

Al instante empecé a bombear con todo lo que tenía para follarla como ella misma me había pedido, teniendo que acallar sus gritos con mis labios para no llamar la atención de cualquiera que pasara por allí cerca. Al fin y al cabo, estábamos relativamente cerca de una arteria principal de una gran ciudad como era Sevilla y no podía faltar quien se sintiera atraído por los alaridos que soltaba mi mujer por su boca.

El callejón resonaba con el ruido de nuestros cuerpos chocando y los gemidos ahogados por nuestros labios. Mi mete-saca feroz nos llevaba inexorablemente al orgasmo que ambos estábamos deseando alcanzar. Fue Sara la primera en alcanzarlo, cosa normal teniendo en cuenta el grado de excitación en el que se encontraba.

Con un quejido que salió del fondo de su garganta que ahogué como pude y su cuerpo agitándose al son de los estertores que su sexo enviaba a todo su cuerpo, se corrió de una forma pocas veces vista por mí, quedando casi desfallecida entre mis brazos que la apresaron contra la pared. Yo aún no me había corrido, me quedaba poco para hacerlo y, mientras sostenía el cuerpo casi inerte de mi mujer, seguí embistiendo contra su coño rezumante de fluidos hasta alcanzar mi orgasmo, rellenando su vagina con mi leche.

Ahora fui yo el que se dejó caer sobre ella, apoyando mi cabeza sobre su hombro, tratando de recuperarme del tremendo esfuerzo realizado, del que no me arrepentía, a pesar de los riesgos corridos. Poco a poco fuimos normalizando nuestra respiración y a darnos cuenta de nuestra situación.

Estábamos los dos medio desnudos, en un callejón en medio de la ciudad de Sevilla y aun con nuestros sexos unidos. Nos separamos y empezamos a vestirnos rápidamente queriendo volver cuanto antes al hotel. Emprendimos el camino en silencio, no era el momento de hablar, ya lo haríamos cuando llegáramos a nuestra habitación.

No tardamos en llegar allí, previo paso por recepción a recoger la llave, cosa que esta vez hice yo ya que al parecer Sara ya había tenido bastante de juegos por ese día. Me sentía algo incómodo con aquel silencio que duraba desde nuestro encuentro en el callejón y tenía prisa por llegar a la habitación y averiguar la causa de su calentura y el repentino silencio que ahora la embargaba.

Una vez dentro, Sara empezó a desvestirse  quedando solo con sus braguitas que se veían a todas luces empapadas por la combinación de nuestros fluidos. Yo la miraba, esperando que dijera algo, pero no parecía tener intención de hacerlo. Me senté en la cama y ella hizo lo propio.

-¿Estás bien? -le pregunté preocupado- no has dicho nada en todo el camino…

-Sí, tranquilo. Solo estoy cansada -era evidente que no me decía la verdad y decidí presionarla un poco más.

-Sara, por favor… dime qué te pasa… sabes que puedes confiar en mí -le dije tratando de tranquilizarla y animarla a abrirse a mí.

-Es que…-no pudo acabar la frase ya que empezó a llorar.

Rápidamente me senté a su lado y la abracé, tratando de consolarla y aliviar su llanto. No sabía a qué venía todo aquello pero no quise forzar más la cosa y dejar que hablara cuando estuviera algo más calmada. Poco a poco su llanto se fue espaciando hasta casi cesar.

-Tengo que confesarte una cosa y temo que te enfades conmigo -me dijo hipando.

-Te prometo que no lo haré, cariño -le dije animándola a seguir hablando.

-Es que antes, cuando me preguntaste en el pub por si me estaban tocando para llamarles la atención, te mentí… -me confesó.

Yo me quedé atónito y sin saber qué decir, aquello no me lo esperaba pero debía contenerme para no empeorar la cosa.

-¿Por qué lo hiciste?

-No quería que te metieras en problemas por una tontería, solo había habido un poco de contacto que podía ser algo involuntario…

-Ya veo. Pero no creo que eso sea motivo para sentirte así… -dije metiendo el dedo en la llaga.

-No… la cosa es que los tocamientos fueron a más. Viendo que ni me apartaba ni protestaba aquella mano se fue haciendo más atrevida y ya palpaba mi culo sin tapujo alguno -me dijo escudriñando mi expresión. Puse mi mejor cara de póquer para que no se viera el cabreo que empezaba a recorrer mi cuerpo.

-Y seguiste sin decirme nada… ¿para evitar problemas o había alguna otra razón? -volví a indagar.

-Una era esa, evidentemente. Pero la otra, la que me da vergüenza confesarte… -dijo apurada.

-Que te gustaba lo que estabas sintiendo ¿no? -la ayudé recordando la conversación que habíamos mantenido la otra noche.

-Sí -dijo avergonzada- por eso estaba tan caliente cuando salimos de allí y no pude esperar a llegar al hotel, necesitaba ser follada ya -me confesó. Las lágrimas habían desaparecido y el rubor volvía a sus mejillas recordando lo sucedido – ¿Estás enfadado?

-¿Tú qué crees? -dije aparentando tranquilidad- creo que fuimos claros cuando dijimos que nada de tocar, que solo mirar. Has cruzado ese límite, Sara. Todo esto va muy rápido y empiezo a temer que estés empezando a perder el control. Cada vez vas un paso más allá, como si no tuvieras freno y no sé hasta dónde eres capaz de llegar.

-Lo sé, yo también me he dado cuenta de eso. Pero creo que ese límite lo he traspasado por estar aquí. En casa, al estar rodeada de conocidos, me contengo más. Allí no creo que fuera capaz de hacer algo así. Aquí estoy más desinhibida y, además, al estar tú a mi lado me siento más segura para explorar esa faceta mía que desconocía…

¿Qué responder a eso? Por un lado me sentía halagado por el hecho que confiara en mí para auto conocerse y se sintiera protegida con mi presencia. Pero por el otro, me seguía doliendo que hubiera traspasado aquel límite con aquella aparente facilidad.

-Te agradezco la confianza, cielo. Me encanta lo que estamos haciendo pero debemos tener unos límites claros sino esto se nos va a acabar escapando de las manos y a saber cómo va a acabar.

-Lo sé, Carlos. Soy consciente de ello y pondré todo de mi parte para que esto no se vuelva a repetir. Pero no quiero que sigas enfadado conmigo, todo esto sin ti a mi lado no tiene sentido… -dijo apenada de nuevo.

-No estoy enfadado, Sara. Entiendo que a veces la cosa se puede escapar de nuestras manos como ha pasado hoy y eso es lo que tenemos que procurar evitar. Aunque debo reconocer que lo del callejón ha sido la ostia -dije sonriéndole para demostrarle que no estaba enfadado con ella.

-¿A qué sí? Joder, hemos follado en medio de la calle -dijo riéndose.

-Y menudas corridas jajaja.

-Te quiero con locura -dijo Sara dejándose caer sobre mi pecho. Yo acaricié su cabeza hasta que, al poco, noté su respiración acompasada que me hizo darme cuenta que se había quedado dormida.

La aparté con cuidado y tapé su cuerpo con la sábana, me levanté para desvestirme para acostarme yo también y entonces me acordé de mirar el móvil por si había llegado algún mensaje nuevo. Había varios pero, entre ellos, destacaban los dos que me había enviado Judith.

El primero era una foto de ella, completamente desnuda, y con sus manos abriendo su sexo depilado que se veía claramente húmedo. El segundo, un mensaje de texto.

-No he podido evitar volver a correrme viendo la foto que me enviaste.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sabía que aquello había sido una mala idea y esa foto confirmaba mis temores. Las acciones de Sara iban a suponer un antes y un después en mi relación con Judith y no creía que para bien. ¿Sería yo capaz de mostrarme fuerte o acabaría también cruzando los límites como había hecho Sara? No estaba seguro de conseguirlo.

Más que nada porque, viendo aquella foto, se me había puesto dura de nuevo y un deseo irrefrenable de masturbarme recorrió mi mente y mi cuerpo. No es lo mismo, me dije. Ella no me va a tocar ni yo a ella, solo es en mi imaginación. Así me auto convencí para meterme en el baño con móvil en mano y masturbarme hasta correrme viendo la imagen desnuda de la amiga de mi mujer.

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