GINES CARRASCOSO

Creo que fueron unos segundos, pero bien podían haber sido varias horas. Abrí los ojos lentamente, y me incorporé con un terrible dolor en la espalda. Poco a poco me recompuse y de nuevo fui consciente del peligro y de la fantástica escena que se representaba ante mí. En aquél preciso momento el cuerpo de Enrico, aparentemente sin vida, y envuelto en una gran viscosidad sanguinolenta, resbalaba por el altar, hasta quedarse inerte en el suelo, en una posición obscena. Enmudecida, apunto de volver a desmayarme, alcé la mirada y me reencontré con aquellos ojos encendidos y escrutadores, que me atravesaban hasta lo más recóndito.

En un acto reflejo, en una reacción provocada, seguramente, por un innato sentido de supervivencia, sentada sobre los peldaños, giré repentinamente y apoyando las manos y las rodillas intente avanzar hacia la salida. Creo que ni siquiera había subido tres escalones, cuando volví a sentir, aquél aliento, aquella respiración que me había sobresaltado en el apartamento. Me quedé exhausta, sin fuerzas, la cara contra el suelo. La presencia de aquella cosa, de aquel ser vampírico, era cada vez más evidente justo a mi espalda. En un último intento por luchar, por escapar, en un último alarde de ridícula desesperación, agarré el crucifijo que llevaba en el cuello desde que era una niña, y lo expuse ante la sombra encapuchada que se alzaba ante mi.

Durante unos segundos, estuve así, agarrada al crucifijo, agarrada a la esperanza, de que podía escapar. Por un momento, volví a creer en la vieja parafernalia mata-vampiros. Noté que retrocedía, o al menos que no avanzaba. Pero él sólo me observaba, ahí, parado a dos metros de mí. Entendí entonces que mi pequeño crucifijo había terminado su trabajo y aproveché la confusión del momento para levantarme, y esta vez sí, correr con todas mis fuerzas hacia la salida. Subí tan rápido como pude hacía el débil destello de luz que entraba por la trampilla en el suelo del templo. Pero por más que corría menos parecía avanzar. Era como en los sueños, cuando tratas de huir de algo y ni siquiera te mueves. Aún así, conseguí salir al pasillo central, y avanzar hacia el portón por las centenarias baldosas. Volvió la esperanza, volví a confiar en escapar. Pero pronto, me invadió aquella maldita sensación de dejadez, de ausencia de voluntad. Exhausta, caí de rodillas justo unos metros antes de alcanzar la puerta.

¡Socorro! – me oí murmurar – ¡ayúdenme !

A punto de sucumbir, grité desde lo más profundo, pero mi voz se perdió entre las fauces de aquella criatura que se aferraba inmisericorde a mi cuello. Bocanadas de aire se agolpaban en la garganta y se abalanzaban hacia aquella fuerza succionadora que lo absorbía todo a través del tajo abierto bajo la mandíbula. Un silbido siseante, siguió a mis ruegos, al tiempo que aquél ser me alzaba hasta prácticamente la bóveda del techo. De pronto me soltó y caí en un tremendo golpe contra el suelo que me dejó maltrecha y dolorida junto a los bancos de la entrada.

Aquel ser maravilloso, infernal, innatural, seguía asido a mi cuello por el que se me iba a borbotones la sangre, la vida. Pensé que tal vez fuera cierto aquello de que en los últimos momentos,  tu vida pasa en imágenes. Retazos de inconexos recuerdos, me golpeaban literalmente en el cerebro. Enrico hablándome, Venecia alejándose, Alberto besándome… Notaba como la tensión en los músculos era tal, que empecé a vomitar, y a punto del colapso, mi sistema nervioso chisporroteaba como si fuese a estallarme dentro. Después, creo que un segundo antes de desfallecer, escuché como mis huesos crujían en una incomprensible metamorfosis. Más tarde, nada.

La soledad de los canales flota suspendida entre las callejas del viejo barrio judío. Junto al mercado, oculta entre las sombras una mirada furtiva escruta vigilante. Habita un alma ancestral, un castigo primitivo, penitencia de siglos que puede sentir como arañazos en lo profundo de su conciencia. Le atemoriza, le consume. Noche tras noche, busca un alma con la que aplacar la sed, y a veces en la soledad de su tormento, recuerda y cuando recuerda sufre y quisiera escapar, de esta maldición que no buscaba, que le fue entregada, y con la que ha de vivir, o quizás seguir muriendo, hasta el fin de lo tiempos.

A veces… en la soledad de su tormento, escucha una voz que se repite y que le habla, que le ordena y que la llama por su nombre, Elisa.

FIN

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