SIX

Con cada uno que desabrochaba, la chaqueta se abría cediendo a la presión que ejercían sus pechos, como si estos buscaran la forma de escapar de allí dentro.

Miraba a Ana de reojo, agarrado al volante para no perder el control y saltar hacía ella. En un principio me asusté, debajo de la chaqueta no se le veía ninguna prenda de ropa, Al desabrochar los primeros botones no parecía que llevara nada, solo se veía un tremendo canalillo muy alto, resultado de la presión que ejercía una teta contra la otra.

“Sería posible que no llevara nada debajo??” Pensé desesperado, sintiendo como un calor que procedía de mi polla lo calentaba todo.

Pero con el siguiente botón, asomó el perfil blanco de una blusa que, sinceramente, no escondía mucho.

Giré mi cabeza hacía ella asombrado, Ana venía a por todas. Aquella blusa solo asomaba tres botones, y el más alto quedaba milímetros más arriba donde su sujetador unía sus pechos.

Gran parte de sus tetas quedaban a la vista, aplastadas la una a la otra, probablemente llevaría uno de esos sujetadores que unen y levantan los pechos.

Era un escote tremendo y muy atrevido, haciendo que sus tetas parecieran más grandes y exageradas de lo que ya lo eran.

Más abajo, cuando desabrochó el último botón, la chaquetilla se abrió cediendo a la presión que ejercía su cuerpo sentado, mostrando una falda corta pero muy alta, que le llegaba hasta el ombligo, muy sexy.

“Joooder”.

No podía apartar los ojos de ella. A que había venido Ana?? Y que intenciones traía?? Estaba embobado con sus tetas.

Esta vez, Ana no se dio cuenta de que babeaba mirándola, porque estaba concentrada en abrocharse el cinturón.

Primero se giró hacía la derecha, y tiró del cinturón hacía adelante, haciendo que sus tetas se aplastaran una contra la otra como dos globos hinchados y a punto de explotar. Y luego se giró hacia donde estaba yo, agachándose ligeramente para buscar el enganche del cinturón en el asiento, ofreciéndome un espectáculo único mientras movía sus brazos para acertar a engancharlo. Sus tetas empezaron a mecerse y bambolearse de un lado a otro, empujadas y aplastadas entre sus brazos, mientras sus manos enganchaban la hebilla.

Mi polla empezó a crecer mientras no me perdía un detalle.

Mi cabeza empezó a fantasear con aquellas tetas, sabía cómo eran, preciosas y redondas, las había disfrutado en una ocasión, con aquellos pezones que casi desaparecían mezclados con el tono de su piel, y solo los delataba un tono rosado más intenso en la puntita de estos cuando se excitaban y se ponían erectos y duros.

Se me hacía la boca agua al imaginármelos entre mis labios, jugando con mi lengua, y mordisqueándolos, y mi polla crecía con mi imaginación.

La tenía durísima.

Volvió a pillarme mirándola, yo no me había cortado un pelo, ya estaba caliente, y me daba igual, le miraba descaradamente a las tetas.

Ella abrió un poquito su boca, sorprendida, mirándome fijamente, y luego tiró de su blusa incorporándose, cerrando con las manos su chaqueta y cruzando los brazos por delante del pecho.

Pero era tarde, el aroma de Ana y tenerla a pocos centímetros de mí, después de haberle visto aquel tremendo escote, sus medias, los labios…

Había vuelto de golpe aquella obsesión que tenía reprimida desde hacía meses, sentía un calor agradable dentro de mí, que nacía desde abajo y lo invadía todo.

Ahora todo mi cuerpo necesitaba a Ana, llegó poco a poco, y al final lo invadió todo aquella obsesión por Ana que había llegado a reprimir, de golpe, lo inundó todo.

Necesitaba follármela de nuevo.

Sabía que era una locura, que la cagaría si intentaba algo. Probablemente mandaría a la mierda la entrevista que teníamos a escasos minutos ya. Y eso era cagarla de verdad. Mi cabeza iba a mil por hora, y principalmente todo lo que se me ocurría, venía del cerebro de abajo.

Tenía que calmarme, calmarme como fuera.

Me tengo por una persona capaz de controlar los sentimientos, pero me estaba costando toda mi fuerza de voluntad no lanzarme sobre Ana en aquel momento, suerte que estaba agarrado al volante, y mis manos lo apretaban como si lo quisiera arrancar del coche.

Trague saliva, mi cabeza me traicionaba. Empezó a traerme imágenes de aquel fin de semana, de aquellas tetas botando, de su tacto, su olor, y el calor que desprendían. Firmes y a la vez tan suaves y blandas, y como las estrujaba cuando follábamos en París.

“Joder!” pensé para mi. Mi polla me dolía dentro de los calzoncillos, notaba ese calor que nace en la punta, y te llena de nervios.

Mi cabeza viajaba una y otra vez hasta aquel fin de semana, trayéndome las imágenes y sensaciones más salvajes y morbosas de aquellos días como si hubieran pasado hace unos segundos.

Suspiré.

“Cálmate!” me dije a mi mismo mirando hacia adelante por encima del volante.

Ana se revolvió un poco en el asiento, y me miró.

-Vamos o qué?- Dijo con un tono un poco impertinente.

Eso fue lo que me despejó lo suficiente como para reaccionar. Ana se había traído consigo su modo de niña repelente, ese lado de ella que odiaba profundamente.

“Mejor, eso me ayudará a guardar las distancias.” Pensé.

-Si, vamos.- Dije bastante seco.

Me recoloqué en el asiento, intentando que no se notara la empalmada que llevaba entre las piernas. Por suerte, los slips me apretaban lo suficiente como para disimular bastante la tremenda erección, porque los pantalones eran demasiado finos para disimular nada, y el resto lo tapaba el volante.

Arranqué pensando en lo fría que se mostraba Ana, y lo cariñosa que podía ser.

Era como estar con dos personas distintas. Una me encantaba, y la otra era insoportable, la odiaba. La miré de reojo y estaba mirando por el cristal de su ventanilla. Como era posible que me calentara hasta el punto de volverme loco, y al segundo siguiente me pareciera distante y tan fría.

Ahora todo aquel calor se disipaba a una velocidad tremenda, mi polla había dejado de estar tan dura, y se escondía cada vez más adentro de mis calzoncillos.

No sé qué mierdas le pasaba a Ana conmigo, no había hecho nada para que se portara tan distante, por lo menos nada que yo recordase o de manera intencionada.

De hecho, siempre creí que al volver de Francia, nuestra relación, sería mucho más amable, sobre todo después de lo que compartimos. Pero Ana había levantado un muro de frialdad hacia mí, es cierto que ya no me insultaba, ni me trataba como antes de París, que siempre estábamos peleando, vale que ahora no habían peleas.

Pero es que no había nada. Solo trabajo, solo nos hablábamos por y para asuntos de trabajo, nada más.

Aquel viaje en coche se me empezó a hacer incomodo, no llevábamos ni cinco minutos, que ya me parecía llevar unas cuantas horas detrás del volante.

Por supuesto mi erección desapareció por completo, se fue tan pronto como vino, en cuanto empecé a comerme la cabeza.

Tenía a la tía más alucinante que había conocido sentada a mi lado, a escasos centímetros, y parecía que entre nosotros hubiera kilómetros.

No me la quitaba de la cabeza.

Tras lo de París estuve bastante obsesionado con Ana, me comí mucho la cabeza,

Ana fue como una droga, y a mí me habían quitado esa dosis de golpe, estuve unos días con mucho mono de ella. Pero lo superé. Me hice a la idea de que todo había sido un rollo de un fin de semana, y aunque me costó asumirlo, lo acepté.

Pero tenerla al lado, tan cerca y a solas por primera vez después de tanto tiempo, en un sitio tan cerrado como el coche, y llenándose todo de su aroma. Fue como traer de nuevo la sed, el hambre, y la necesidad que tenía de sentirla de nuevo mía.

Me estaba volviendo loco.

Mi cabeza iba a mil por hora, y revolucionada al máximo.

-Ana.- Me oí decir en voz alta sin saber por qué. -Se puede saber qué coño te pasa conmigo?

Podría decirse que se hizo un silencio entre los dos, pero ya estábamos en un silencio de esos que se pueden cortar y empaquetar.

Mi voz había sonado como un trueno en el coche, ni siquiera teníamos puesta la radio. Así que Ana se sobresaltó al oírme por primera vez desde que arrancamos.

La miré de reojo unos segundos, lo que me permitió la carretera.

Ella tomó aire, luego me miró.

-Tenías que decirle que viniéramos esta tarde a lo del cliente este, no?- Empezó a decirme bastante molesta. -Lo has hecho para marcarte un tanto en la empresa, o porque querías quedarte a solas conmigo y no sabías cómo?

Ana sonaba dura, directa, y enfadada, ni siquiera me di cuenta de lo prepotente y creido que sonó su comentario.

La miré otro segundo, y suspiré.

-Ana…
-Que!- Soltó furiosa como un resorte.
-Me importa una mierda el puto cliente, Marc, y su puta madre! Se puede saber que cojones te he hecho yo??- Dije cabreado agarrado al volante.

Ana me miró sorprendida, pero sin dejar su enfado a un lado, yo la mire otro segundo y volví a tomar aire.

-Que? Lo de París para ti no significó nada? -Empecé a soltar sin poder controlarme, ni siquiera la miraba, solo veía la carretera y todo lo que me pasaba por la cabeza salía por mi boca sin control alguno. -Que fue? Follamos y ya está? Fue eso? Joder, creí que seriamos amigos! por lo menos eso joder! Vale que en la empresa quieras guardar las distancias, no lo entiendo, pero lo respeto, pero ahora estamos a solas, joder! También me vas a tratar como a una puta mierda?? Dime que he hecho! Dime eso al menos joder!

Las palabras se descargaban de mi boca sin pasar por mi mente, sentí alivio al decirlas, me daba todo igual ya.

Tras decir todo aquello, en el coche pareció que se hizo el vacío, no escuchaba ni el ruido del motor. La miré de reojo otro segundo, y la vi mirándome con cara de circunstancias, luego miró hacia adelante.

No dijo nada, simplemente guardó silencio.

-Tú no me has hecho nada, Oscar.- Dijo al cabo de un rato sin apartar la mirada de la luna delantera. Parecía perdida en sus pensamientos.
-Entonces?- Pregunté ya harto de tonterías.
-No quiero tener esta conversación ahora, Oscar… Por favor.- Dijo mirándome con un tono cercano a la súplica.

La volví a mirar de reojo, y al final suspiré.

Ana me tenía harto, pero por alguna razón hacía que sintiera empatía, no me sentía bien atacándola. Era evidente que algo me atraía hacia ella, era como mirar al sol, que sabes que hace daño, pero algo te atrae y sigues mirando.

En el fondo me gustaba tenerla en el coche, allí, a mi lado, a solas, aunque fuera enfadada.

Ya no nos dijimos nada más, y llegamos a los cines.

Aparqué en el parking del mismo centro comercial, aprovechando que era gratuito.

Ana salió del coche para ponerse la chaqueta fuera, lo que me permitió mirarla y ver lo bien que le sentaba aquella falda negra. Era de esas altas, empezando más arriba de la cintura, casi por encima del ombligo, con unos botones y pliegues que imitaban un pequeño corsé, todo de color negro, para acabar unos dedos por debajo de sus nalgas.

Estaba tremenda, cualquiera diría que se había vestido para salir de fiesta, o mejor dicho, de caza. No sé por qué había elegido ese conjunto, quizás buscara impresionar al gerente que veníamos a ver.

Viniendo de Ana ya no me extrañaba nada.

El camino hasta los cines lo hicimos también en silencio, tiempo que aproveché para verle caminar, y ver mejor lo bien que le quedaba el conjunto, por lo que dejé que tomara la delantera, y caminara un par de pasos frente a mi.

Ana colocaba un pie justo en frente del otro, con pasos firmes y seguros, que hacían que su cintura fuera meciéndose, y su culo bailara de un lado a otro.

Aquella chaqueta a medio camino entre una gabardina y un vestido, le sentaba muy bien, parecía insinuarse, parecía echa a medida de su cuerpo.

Se le daba bien caminar así. Diría que lo tenía muy ensayado, porque le salía de manera natural. O quizás fuera yo, que la veía ya con deseo contenido y frustrado, y todo lo que ella hiciera me parecía una provocación continua.

Repasé mentalmente si lo llevábamos todo, el portátil, la presentación y más o menos todo lo que tenía que decir, pero me era imposible concentrarme, cada paso de Ana era un reclamo para mi subconsciente, y mis ojos se clavaban en su culo y sus piernas.

No podía dejar de admirarla mientras caminaba. Me iba diciendo a mi mismo “no la mires… no la mires… joder! No la mires… que es peor!”, Pero era como hablarle a un sordo, ni yo mismo me hacía caso.

En el ascensor, tres cuartas partes de lo mismo, o peor, porque Ana cruzó sus brazos y sus pechos se elevaron en aquel tremendo escote.

Mis ojos se clavaron en ellos, y quedé hipnotizado con el subir y bajar de su respiración. Ni siquiera me di cuenta de que no me cortaba un pelo en mirarla, mientras ella miraba al espejo haciéndose la disimulada.

El silencio se podía cortar en porciones entre nosotros.

Intantando tranquilizarme, miré a sus labios, con ese brillo que les daba un toque húmedo artificial. Me di cuenta que buscaba inconscientemente ese gesto que tanto echaba de menos, ese cuando Ana pellizca su labio inferior con los dientes y deja que se vayan escapando poco a poco, ese gesto que la delataba. Pero no hubo suerte.

De repente sus labios se abrieron, y sonó su voz como un trueno.

-Lo has traído todo?- Pregunto de golpe sacándome de mis pensamientos febriles.

La miré a los ojos, y sentí como si de golpe alguien me hubiera traído a la realidad estirando de mi pecho con fuerza.

-Si.- Dije seco y directo.

Hablaba mi orgullo, como siempre.

Había traído un portátil con el que enseñaríamos el borrador del proyecto al directivo con el que nos habíamos citado. Lo llevaba en un maletín en la mano, era todo lo necesario, eso, y que la batería aguantase, o que hubiera un enchufe cerca.

Ana sonrió. Y sus labios se torcieron en una mueca que me pareció preciosa, aun sabiendo que sonreía para si misma, y no por agradarme.

Llegamos por fin a los cines. Y el gerente del cine con el que nos habíamos citado, se retrasó. Nos habían llevado a una sala por unos pasillos que nada tenían que ver con el cine por donde habíamos entrado.

Nos acompañó uno de los chicos que trabajaban allí, que en cuanto vio a Ana, le dio un repaso de arriba abajo, y ya no dejó de buscarla de reojo mientras caminábamos.

Lo entendía, pobre muchacho, si supiera la trampa mortal que caminaba junto a él.

Las miradas fugaces de aquel chico me contagiaron. Yo iba observándolo, y cada vez que el lanzaba una de esas miraditas furtivas, yo también miraba a Ana, la repasaba de arriba abajo, recreándome en su escote, y viendo como se estremecían sus tetas con cada paso, y luego lo miraba a el, como si tuviera miedo de que me pillara mirándola el a mi.

Hasta que nos dejó a solas en una especie de sala de presentaciones, con una mesa de cristal ovalada bastante grande, y unas sillas diseñadas con metal y cuero negro.

Aquella sala estaba muy iluminada, con unos contrastes blancos y negros, llena de metal y cristal que le daban un toque muy modero y elegante.

Hasta que topé mis ojos de nuevo en Ana, que también miraba la sala por hacer algo, en un silencio que se nos hacía incomodo a los dos.

Volví a mirar sus tetas, como se hinchaban y deshinchaban con la respiración. Que mierdas me pasaba? Ese día no era capaz de mirar a Ana sin pensar en sexo.

Seguramente porque era la primera vez que pasaba tanto tiempo a solas con ella después de lo que pasó. Teniendo en cuenta que desde lo ocurrido, no había vuelto a follar con nadie… Estaba hambriento, necesitaba sexo, y ella era puro morbo y deseo. Una combinación explosiva para mi.

Pero era ese tipo de hambre que no reconoces hasta que te ponen la comida delante, y sientes que necesitas comer.

Estábamos a uno o dos pasos el uno del otro, pero podía apreciar su perfume, ese olor que no ayudaba a calmarme.

Estaba nervioso, mi cuerpo fabricaba un calor agradable desde dentro que me encendía, y sentía la necesidad de saltar hacía ella y besarla. Tenía que estar reprimiéndome continuamente o haría una tontería que seguramente pagaría muy caro.

No era el momento.

Ana sacó un espejito de su chaqueta, y se miró para asegurarse de que estaba perfecta. Luego clavó sus ojos en mí.

-Lo tienes todo preparado?- Me preguntó Ana mientras empezó a desabrochar los botones de su chaqueta.

Lo que me faltaba pensé, casi ni la había escuchado, solo me fijé en sus dedos, cogiendo un botón tras otro, y pasándolo por el ojal para liberar su pecho y sus curvas, Mostrando cada vez un escote aun más exagerado.

-Eeh? Si, Si.- Dije intentando concentrarme.

Alcé el maletín y saqué el portátil, dejándolo sobre la mesa, luego me senté en una silla, y lo encendí para intentar estar entretenido y dejar de mirar a Ana.

Fue inútil, porque cuando me giré hacia ella para enseñarle que ya estaba todo preparado, Ana se estaba quitando la chaqueta, con ese gesto típico de sacar pecho cuando apartas la chaqueta de los hombros.

Ufff… Sus dos tetas luchaban por salir disparadas hacía adelante, y sentado, me quedaban ahora a la altura casi de la cara, me quedé embobado.

Jugó con sus hombros y sacó sus brazos por las mangas, lo que hizo que sus tetas se movieran de un lado a otro estrujándose en su escote de manera exagerada.

Pero Ana o se hacía la tonta o no se dio cuenta de nada, ya que miraba hacía otra de las sillas con la intención de colgar su chaqueta y sentarse a mi lado.

La miré, estaba seguro de que no había venido así por casualidad, estaba buscando guerra.

Joder…

Ella seguía a lo suyo, dejó la chaqueta en el respaldo de una de las sillas, y la separó de la mesa, sin darse cuenta de que con ese gesto se inclinó lo suficiente como para dejarme ver aun mejor su canalillo, que quedaba justo a la altura de mis ojos.

Estaba inmóvil, mirándola descaradamente, mientras veía como esa preciosa parte de sus pechos, el canalillo donde se juntaban sus tetas, se bamboleaba de un lado a otro por el esfuerzo.

Mi imaginación voló disparada, me imaginé hundiendo mi cara entre aquellos pechos, sintiendo su calor, y dejándome inundar por su aroma.

Mi polla empezó a crecer de nuevo, ofreciéndome un calor que inundaba todo mi cuerpo.

No se que me pasaba ese día, pero estaba tremendamente caliente, y tener a Ana tan cerca no ayudaba nada a calmarme. Era una tortura.

Ana me miró, y me pillo mirándola, pero no hizo nada, ni siquiera me soltó una bordería ni nada, solo dio un par de pasos sobre aquellos tacones para rodear la silla y sentarse. Lo hizo despacio, arqueando su espalda y echando su culo hacía atrás de manera muy exagerada, me quedé mirándola alucinado. Estaba insinuándose? Jugaba conmigo?

Luego cruzó las piernas, también como si supiera que no le quitaba el ojo de encima, no perdía un detalle, intentando descubrir lo que escondía bajo aquella faldita, pero no tuve suerte. Luego Ana, alzó sus ojos y me miró.

Nos quedamos mirando en silencio, sabía que me había pillado, de hecho ni me escondí mirándola, fue como si quisiera que supiera que la miraba. Pero no supe interpretar ni su mirada ni su silencio.

E hizo un gesto con los ojos mirando al portátil en la mesa, como si me dijera que se había acabado el espectáculo, y que me dedicara a lo mío.

Aun así, me resistí unos segundos antes de rendirme, repasándola de nuevo de arriba abajo, recreándome en su cuerpo, en sus muslos, y su tremendo escote.

Luego me giré como un buen chico y puse mis manos sobre la mesa para usar el portátil, sin saber muy bien para qué.

-Si que tarda.- Sonó la voz de Ana en la sala.

Miré mi reloj y luego a Ana.

-Si, Joder… Y nosotros corriendo.- Me quejé.

Ana sonrió con desdén.

-Enséñame el borrador mientras…- Dijo inclinándose y acercándose a mí.

La miré de reojo, Ana arrastraó un poco la silla, haciendo que sus tetas botaran y vibraran acercandolas más a mi, hasta que quedó pegada a mí.

Lo que faltaba.

-Qué es esto?- Me dijo señalando una pestaña.

Empecé a explicarle, pero me daba igual lo que preguntaba, solo sentía su pierna casi pegada a la mía, y el roce de su brazo cuando lo alzaba para señalar la pantalla. Ana me desconcentraba, y me ponía los pelos de punta con el roce de su cuerpo, y el suave tono de su voz.

-Así que desde aquí vas a la cartelera, y aquí compras las entradas?- Me dijo señalando al portátil.

-Eh? Si, si… es esto, mira.- Le dije distraído delatándome.
-Oscar, quieres estar por esto? Nos jugamos mucho.- Me regañó con aire desenfadado.

La miré de arriba abajo, me tenía atontado.

-No puedo, con esas tetas tan cerca…- Le dije cansado de ocultarme y mentir.

La miré de arriba abajo otra vez, de reojo.

Me había cansado de tonterías, si Anita venía con ganas de guerra, yo no iba a estar haciendo el tonto y mirando para otro lado, y menos con la empalmada que ya llevaba.

Ana se sorprendió con mi respuesta, se me quedó mirando un poco boquiabierta, y de repente le pillé un ligero movimiento de sus ojos hacía mi paquete. Fue un ir y venir disimulado, pero lo vi claramente.

Se me notaba el bulto, inevitable dada la tensión sexual que Ana provocaba en mí.

-Joder! Tío! En serio??- Preguntó incrédula regañándome.

Me encogí de hombros.

-Que? Tu te has visto?? Crees que soy de piedra?? No me vengas ahora con remilgos que llevas todo el rato haciéndote la tontita con ese escote para arriba y para abajo… – Le dije sin reparos.

“A la mierda!!” Pensé, no sería yo el que se cortara disimulando!

-Oscar, contrólate! Estas tonto?- Me dijo mirando hacía la puerta como si hubiera dicho la tontería más grande del mundo.

Suspiré por no mandarla a la mierda.

-Que? Mira como me has puesto! Quieres que te mienta?- Le dije cogiéndome el paquete.
-Estas enfermo.- Me soltó.

Pero no me lo dijo a malas, sino como si me diera por imposible.

-Como si no lo supieras…- Solté cansado ya de jueguecitos.

Ana se echó hacía atrás en su silla, y yo estuve a punto de ponerle una mano en el muslo para acariciarla, envalentonado por la calentura que llevaba encima. Pero justo en ese momento se escuchó la puerta de aquella sala y nos giramos.

Continuará…

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