QUISPIAM

Capítulo 10

El ruido ensordecedor del despertador nos sacó del mundo de los sueños mucho antes de lo que nos hubiera gustado a ambos. La pasada noche la habíamos alargado demasiado y ahora estábamos pagando las consecuencias aunque yo, personalmente, no me arrepentía de haberlo hecho. Cada vez me sentía más unido a mi mujer, cada vez disfrutábamos más de aquellos juegos donde podía pasar cualquier cosa y, lo mejor, que teníamos por delante un mundo de posibilidades sin fin para alargar aquellas situaciones tan excitantes.

Poco a poco nuestros cuerpos desnudos empezaron a moverse y separarse el uno del otro, evidenciando las secuelas de aquella larga noche de pasión. Teníamos que ponernos las pilas para no llegar tarde y perder el tren que daba inicio a nuestras cortas vacaciones. Sara fue al baño mientras yo preparaba el desayuno, algo copioso para reponer las fuerzas perdidas por la noche.

Cuando mi mujer salió del baño reparador, aun con su cuerpo y pelo mojado, le di un beso rápido para meterme yo en la ducha. No quería estar mucho tiempo en esas condiciones con ella o seguro que perdíamos el tren. El agua tibia recorriendo mi cuerpo me sentó a las mil maravillas y me quitó el cansancio acumulado, al menos momentáneamente, ya tendría tiempo de recuperar algo de sueño durante el viaje.

Cuando salí, ya vestido, Sara ya estaba también vestida, había hecho la cama y me esperaba para salir a la estación. Aquel día se había levantado algo frío y nublado y Sara había optado por unos tejanos ajustados, una camiseta ceñida,  unas botas altas y, como siempre, su cabello recogido en una coleta. Aunque no enseñaba nada aquella ropa le sentaba espectacular y mostraba sin ambages el fenomenal cuerpo de mi mujer.

Sara sonrió al ver mi cara, satisfecha sabiendo que era de mi agrado, no necesitaba palabras para saber que había conseguido su objetivo. Cargamos las maletas entre los dos de camino al coche y de allí a la estación donde cogeríamos el tren  que nos llevaría a Sevilla.

A aquellas horas de la mañana y al ser festivo apenas había tráfico y llegamos con tiempo de sobra a la estación. Tuvimos que esperar un rato a la llegada de nuestro tren que llegó con puntualidad británica, por suerte para nosotros porque, un poco más, y nos quedamos dormidos allí mismo. Aunque no íbamos a tardar mucho más en hacerlo ya que, fue subir al tren y guardar nuestras maletas y en cuanto nos sentamos, a ambos nos embargó un sopor profundo que nos hizo caer dormidos al poco de salir.

El viaje se nos hizo corto ya que la mayor parte lo hicimos dormidos. Yo me desperté antes de llegar y, cuando lo hice, contemplé el rostro dormido de mi mujer que descansaba apoyada su cabeza sobre mi hombro. Aquella paz, aquella aparente inocencia… no pude evitar acariciar su mejilla cosa que hizo que abriera sus ojos y me mirase con aquella mirada suya que me desarbolaba. Cómo no estar enamorado de aquella mujer…

No tardamos en llegar a la estación de Sevilla, poniéndonos de nuevo las pilas para cargar con las maletas e ir en busca de un taxi que nos llevara a nuestro hotel. Cuando salimos a la calle nos encontramos con un panorama bien distinto al de nuestra ciudad, un sol radiante y una temperatura agradable que presagiaba que en unas horas haría hasta calor.

El trayecto en taxi fue breve y enseguida estábamos ante la puerta del hotel. Nos registramos y poco después ya estábamos de camino a la que iba a ser nuestra habitación para los próximos días. Todo estaba saliendo de diez… buen tiempo, hotel sin sorpresas inesperadas, estábamos más cerca del centro de lo que me imaginaba y, sobre todo, un panorama inmejorable por delante en cuanto a mi mujer.

Fue empezar a deshacer las maletas y ver una serie de vestidos, faldas y toda clase de prendas que delataban que Sara pensaba cumplir aquello que me había adelantado, probar sus límites en aquella ciudad bien lejos de conocidos. Ya para empezar, viendo el tiempo imperante, cambió la ropa que llevaba por una falda bastante escueta, un top de tirantes que dejaba al descubierto su vientre y unos zapatos planos, única cortesía en pos de la comodidad ya que ese día pensábamos hacer turismo e íbamos a andar bastante.

Yo me quedé embobado viéndola, como no podía ser menos, y ella empezó a hacer poses para que pudiera contemplarla bien desde todos los ángulos.

-Joder Sara. Ten claro que hoy vas a ser el centro de todas las miradas allá donde vayas -le dije sinceramente.

-Esa es mi intención. Ya te dije que quería ver donde estaban mis límites y qué mejor que aquí donde nadie nos conoce- la veía muy segura de sí misma.

Me cambié rápidamente para aprovechar bien el día y comprobar de primera mano cómo mi mujer deslumbraba a todo ser viviente que se cruzara. Sara, por si acaso, cogió una ligera rebeca por si volvíamos tarde al hotel y refrescaba el tiempo aunque no se la puso, quería empezar el espectáculo ya allí en el hotel.

Y vaya si lo hizo. Desfiló por todo el hall del hotel ante la atenta mirada de todos los hombres allí presentes, yo el primero, moviendo sus caderas más de lo normal con el afán de provocar aún más y dirigiéndose al mostrador de recepción. Allí el pobre chico tuvo que atender las preguntas de mi mujer mientras ella se apoyaba en el mostrador, con sus brazos cruzados bajo su pecho elevándolo aún más y casi plantando sus tetas en su cara.

Qué mal rato pasó el pobre. Al fin, cuando mi mujer consideró que ya tenía bastante, volvió conmigo que la miraba asombrado. Menudo cambio que había experimentado Sara en pocos días. Eso sí, se notaba que aún se estaba acostumbrando a esas sensaciones nuevas por el hecho que volvía con su rostro totalmente ruborizado y le temblaba levemente el cuerpo fruto de los nervios.

Salimos a la calle abrazados por la cintura, tranquilizándola así con mi presencia, mientras ella me iba contando todo lo que había sentido al notar las miradas clavadas en ella. Aunque se notaban los nervios pasados y algo de vergüenza, me quedó claro que le había encantado sentir como la desnudaban con la vista y, sobre todo, el apuro del recepcionista que no sabía dónde posar sus ojos para deleite de ella.

El resto del día fue algo similar. Allá por donde fuéramos Sara iba exhibiendo su cuerpo, llamando la atención de todo el mundo y eso que, siendo vacaciones y día caluroso, no faltaban mujeres exuberantes por doquier y ligeras de ropa. Pero Sara era especial, allí se sentía liberada y libre de prejuicios y estaba dando rienda suelta a su sensualidad reprimida hasta ahora, emanando erotismo por los cuatro costados. Y yo encantado de la vida.

Y no era para menos, ya que aparte de estar disfrutando de la liberación de Sara, podía disfrutar con su beneplácito de las mujeres que por allí desfilaban. Ella misma me animaba a mirar a una u otra, comentando los atributos que más llamaban su atención y, claro, yo más feliz que nadie en el mundo acompañado por el amor de mi vida mientras repasábamos al resto de mujeres que nos encontrábamos por delante.

Creo que aquel día, si no nos recorrimos toda Sevilla a pie, poco nos faltó. A última hora de la tarde, ya cansados, Sara sugirió volver al hotel y comer en un restaurante que había justo al lado para recogernos pronto. Entre el madrugón, el poco dormir de la noche anterior y la pateada de ese día, estábamos hechos polvo. Yo acepté encantado y caminamos de vuelta al hotel.

Allí nos cambiamos la ropa sudada por la caminata y el intenso calor que había hecho ese día. Una vez más, Sara me sorprendió con su atrevimiento al ponerse un vestido de tirantes bastante corto que mostraba generosamente sus muslos. Yo alucinaba viéndola vestida de aquella guisa. Sara avanzaba a pasos agigantados en su proceso de desinhibición.

Salimos abrazados camino del restaurante y, tal como había pasado por la mañana, Sara se contoneó todo lo que pudo acaparando la atención de todos los hombres que nos encontramos en nuestro trayecto. Y en el restaurante la cosa no fue diferente.

Durante la cena Sara se levantó varias veces al baño con la excusa de provocar aquellas miradas que tanto le encantaba recibir para luego comentar entre los dos lo que había sentido ella al ser objeto de aquellas miradas lascivas y yo al ver como desnudaban con la vista a mi mujer. Y claro, todo aquello no hacía más que calentar la temperatura de nuestros cuerpos que ya estaban al límite.

Por suerte, Sara no quiso forzar más que, para ser el primer día, ya era más de lo que me habría esperado. Volvimos con prisas al hotel, con ganas de desquitarnos de aquella calentura que nos llevaba acompañando todo el día, deseando repetir otra sesión de sexo desenfrenado a los que nos estábamos acostumbrando últimamente.

Fue cerrar la puerta de la habitación y ya nuestras bocas se unieron en un beso que delataba la enorme excitación que nos embargaba. Nuestras manos recorrían cada milímetro del cuerpo del otro descubriendo y provocando nuevas cotas de pasión entre los dos.

Sara me fue guiando hasta llegar al filo de la cama donde me empujó para colocarse sobre mí, sentándose a horcajadas sobre el bulto de mi pantalón que frotaba contra su entrepierna, que notaba húmeda a través de las ropas que aún llevábamos puestas.

Aunque no por mucho tiempo. Sara se separó levemente para quitarse por su cabeza el vestido momento que yo aproveché para bajarme el pantalón y el bóxer. Mi mujer miró golosa mi miembro que palpitaba anticipando lo que iba a venir y su mirada era puro vicio. Con su mano asió mi polla y empezó a pajearme a buen ritmo mientras yo acababa de desnudarme quitándome la camisa que llevaba. Fue entonces cuando me di cuenta que la cortina no estaba echada.

-Sara, la cortina -la avisé.

Al sentir mis palabras paró levemente de agitar su mano y se quedó mirando la cortina y la ventana de la habitación. Al otro lado de la calle, a una buena distancia, había un bloque de pisos donde se veían luces encendidas y se insinuaban figuras al otro lado de las ventanas. Nosotros teníamos las luces encendidas, las cortinas descorridas y, aunque estábamos lejos, algún afortunado mirón podía darse cuenta de lo que hacíamos y darse un festín a nuestra costa.

Ella se levantó y se encaminó a la ventana donde, para mi sorpresa y desconcierto, acabó de descorrer del todo la cortina mostrándose tal como estaba, o sea, solo en braguitas. Miré rápidamente al bloque buscando si alguien se había percatado de aquello pero no me pareció ver a nadie observándonos pero, aun así, la excitación iba en aumento.

Y más lo hizo cuando, no teniendo bastante, bajó sus manos a sus caderas y se deshizo de sus braguitas, quedándose completamente desnuda. Entonces se dio la vuelta, volviendo a la cama donde yo la esperaba completamente desnudo y con una cara que expresaba la enorme excitación que sentía y el asombro mayúsculo por la conducta de mi mujer.

Sara se arrodilló en la cama y con su boca buscó mi polla que engulló con avidez dando la espalda a la ventana. Yo no dejaba de mirar por la ventana, buscando algún mirón y no encontrándolo, pero solo de imaginar lo que se debía ver desde allí me ponía malo. Mi mujer, completamente desnuda, mostrando sin pudor sus nalgas y su sexo, balanceando su cuerpo al compás de las subidas y bajadas de su boca sobre el tronco de mi polla.

Mientras ella seguía chupando mi mano buscó su culo, acariciando su suave piel y, para darle aún más morbo a la situación, abriendo sus nalgas para ofrecer una mejor visión al inexistente voyeur.  Aquello ya fue demasiado para Sara que, no pudiendo aguantar más, se subió a horcajadas sobre mi endurecido miembro para, sin más dilación, clavársela hasta el fondo.

Sara empezó a moverse de forma salvaje, follándome de una forma brutal, mientras yo no daba abasto en no perderme detalle de nada. Mis ojos se iban desde la ventana, donde seguían buscando un infructuoso mirón, al cuerpo de mi mujer que se movía a un ritmo endiablado sobre mi verga.

-Joder, Sara alguien acaba de salir al balcón -le mentí- y creo que está mirando hacia aquí.

Ella gimió aún más y arqueó más su cuerpo, como si quisiera mostrarse mejor ante el mirón imaginario.

-Seguro que está mirando, Sara… debe de estar viendo tu cuerpo desnudo, subiendo y bajando como una posesa sobre mi polla, viendo agitarse tus tetas y disfrutando con tu culo maravilloso y con esa cara de vicio que pones cada vez que te clavas en mí…

Ahora sí estaba seguro que gemía más que antes y se movía con mayor rapidez y mayor profundidad, llevándome al límite y acercándose al suyo.

-Se mueve, Sara…o al menos lo hace su brazo… joder, Sara…. Se está masturbando viéndote follar conmigo…

Aquello ya fue demasiado para ella que, con un largo gemido agonizante, se corrió de una forma brutal provocando mi clímax al mismo instante.

Sara se salió de mí y se tumbó a mi lado, totalmente cansada pero completamente satisfecha, ladeando su cabeza y mirando hacia la ventana.

-No veo a nadie -dijo. ¿Parecía decepcionada?

-Me ha parecido una buena manera de provocarte -le dije bromeando.

-Serás malo -me dijo golpeándome en mi vientre- anda, levántate y echa la cortina que ya se ha acabado el espectáculo por hoy -me pidió.

Me levanté como estaba, desnudo y aun medio empalmado, yendo a la ventana y echando un  último vistazo al bloque de enfrente, no encontrando a nadie. Cerré la cortina y volví a la cama.

-¿Te hubiera gustado que hubiera alguien mirando? -le pregunté.

-No sabría decirte. Antes, en plena faena, me hubiera encantado aunque ya lo habrás notado. Pero ahora, en frío, no sé cómo se sido capaz de hacer algo así…

-Bueno, de eso se trataba ¿no? Probar tus límites, cosas nuevas…

-Sí pero a veces me sorprendo a mí misma con la velocidad a que va todo. ¿Te has dado cuenta de la ropa que me he puesto hoy, cómo la he lucido ante todos esos hombres y cómo he disfrutado con ello? A veces me da miedo que pueda llegar a perder los papeles con todo esto…

-¿Miedo por qué? -sentía curiosidad por su respuesta ya que yo también me había visto asaltado por esas dudas, por no saber hasta dónde podía llevarnos toda esa situación.

-Es como si mi cuerpo quisiera ir siempre un paso más allá. Hoy mismo, con ese vestido y en el restaurante. En la mesa que había detrás de ti había dos hombres que no me quitaban ojo de encima y de los cuales no te he dicho nada. No apartaban sus ojos de mis piernas y me encantaba sentir su mirada pero ¿sabes qué me ha pedido el cuerpo hacer y me ha costado reprimirme?

-¿El qué? -pregunté entre curioso y asustado por su respuesta.

-Cruzar las piernas de forma lenta, abriendo levemente las piernas, dejándoles intuir mi ropa interior y calentarlos aún más… -me dijo medio avergonzada.

Yo me quedé boquiabierto ante su respuesta.

-¿Estas enfadado? -preguntó ansiosa.

-No… es que me has cogido por sorpresa, no me esperaba algo así. Lo importante es que has conseguido controlarte, cariño. Y además, aunque lo hubieras hecho, tampoco hubiera pasado nada.

-¿En serio? -preguntó algo aliviada por mi respuesta.

-Tampoco lo veo tan grave. Solo hubieran visto tus braguitas y con un poco de suerte. Si se hubiera asomado alguien ahí enfrente te aseguro que hubiera visto algo más que eso…

-También es verdad. Pero para que veas como funciona mi cuerpo ante ese tipo de situaciones… por eso te digo que temo perder el control.

-Tú no te preocupes y haz lo que te apetezca. Yo creo que por enseñar no pasa nada, me excita ver cómo te miran aunque creo que ya lo sabes a estas alturas… otra cosa seria tocar…

-Ya… eso ya sería peligroso…

-Por cierto, no me contaste al final si pasó algo ayer con Roberto… como ibas con ganas de dejarle un buen sabor de boca…

-Ufff…. Calla, calla que no veas cómo se puso el tío… nos llamó por separado a las dos a su despacho y se debió quedar bien a gusto. No sé qué haría con Daniela pero conmigo… me pegó un buen repaso. Los otros días tenía claro su objetivo pero, ayer, su mirada no daba abasto yendo de mis tetas a mis muslos y viceversa.

-Menudo tío…

-Ya ves… sino fuera porque es mi jefe y necesito su aprobación para el ascenso…

-Sí pero lo disfrutas -le dije convencido.

-Es algo contradictorio. Mi mente me pide que le suelte un guantazo por cerdo pero mi cuerpo va por libre. Que realce mi pecho, que abra mis piernas, que suba algo más la falda… cosas así. Y sí, al final siempre acabó disfrutando de esos encuentros. Porque él es un cerdo, sí, pero siempre acabo con una sensación de triunfo, de tener poder sobre él, de tenerlo en mis manos… no sé si lo puedes entender…

-Creo que sí… te sientes poderosa ¿no?

-Sí, eso es.

-¿Y conmigo también te sientes así?

-Contigo es diferente. Es más de igual a igual, nadie domina al otro. Los dos jugamos a lo mismo y lo disfrutamos por igual. Bueno, o eso creía…

-¿Qué quieres decir? -no entendía a qué se refería.

-¿No tienes nada que contarme? -me preguntó cogiéndome completamente descolocado.

-Pues ahora mismo no caigo…

-Esta mañana me ha escrito Judith y me ha preguntado a que hora te pasaste ayer. Que cuando vino del gimnasio a las siete no vio la ropa ni la llave estaba en el buzón pero luego, cuando bajó a tirar la basura a las diez de la noche, encontró la llave dentro. Así que, evidentemente, debiste pasarte después de  las siete y antes de las diez que fue cuando llegaste a casa… y Judith parecía bastante apurada preguntándome por la hora, así que ya me dirás qué pasó para no contarme la verdad…

Mierda. La había cagado con el tema de la llave y al final me habían descubierto pero bien. Sara me miraba seria esperando mi respuesta y decidí contarle la verdad, pasara lo que pasara.

-Creo que mejor que te dé una explicación será que lo veas con tus propios ojos…

Me levanté, cogí el móvil, busqué el vídeo y, mientras tragaba saliva no sabiendo cómo iba a acabar aquello, le di al inicio.

Sara, sujetando el móvil con sus dos manos, no daba crédito a lo que veía en la pantalla. Yo no perdía detalle de su expresión para saber cuál iba a ser su reacción pero, a medida que transcurría el tiempo, me fui tranquilizando algo.

Sus ojos brillaban a causa de la excitación que le provocaba lo que veía en la pantalla, sus pezones se alzaban majestuosos y su sexo, por donde aún quedaban restos de nuestras corridas anteriores, volvía a humedecerse a marchas forzadas. Estaba claro que le gustaba lo que veía.

Dudaba si lanzarme o no, temeroso de romper el hechizo en que se encontraba Sara, pero al final me decidí y posé mi mano sobre su muslo, acariciándolo suavemente. Ella dio un respingo al notar el contacto, apartó momentáneamente la vista del móvil para mirarme y, para mi sorpresa, abrió aún más sus piernas antes de volver a fijar la vista en la pantalla.

Estaba claro que es lo que quería. Mientras mi mano seguía acariciándola, ahora con mayores intenciones, mi boca empezó a besar su otro muslo ascendiendo sin pausa en busca de su sexo cuyo calor y humedad notaba ya cerca. Por el sonido de la grabación, Sara había vuelto a iniciar el vídeo para volver a verlo. Eso eran buenas noticias, al menos para mí.

Mi boca llegó a su entrepierna, apoderándose mis labios de los suyos que los esperaban totalmente abiertos y ansiosos de recibir cariño. Los primeros gemidos se escaparon de la garganta de Sara que, sujetando ahora el móvil con una mano, con la otra acariciaba su pecho y pellizcaba su pezón, buscando un mayor placer.

Si eso era lo que quería… mi lengua buscó su clítoris, lamiéndolo y pellizcándolo con ella, mientras colaba en su interior dos dedos con excesiva facilidad, empezando a follarla con ellos dándole el placer que ella requería en esos momentos. Sus gemidos continuados y su cuerpo agitándose por el placer delataban que estaba haciendo un buen trabajo.

Aun así, seguía pendiente de la pantalla. No quería ni pensar en qué estaría pensando mientras devoraba su sexo. Colé un tercer dedo en su interior y aquello ya fue demasiado para ella que, con un pequeño grito y su cuerpo arqueándose, se corrió de forma copiosa sobre mi rostro famélico que continuó lamiendo para alargar aún más su dulce agonía.

Cuando salí de entre sus piernas, besando cada poro de su piel, ascendiendo hasta llegar a su rostro que besé con cariño, haciéndole probar sin objeción alguna sus propios fluidos, comprobé que había dejado caer el móvil sobre el colchón. Seguimos besándonos mientras buscaba con la mirada la pantalla del móvil, viendo que el vídeo estaba parado.

Sentí curiosidad por ver en qué parte había detenido el vídeo Sara, qué era lo que le había gustado tanto como para parar la reproducción en aquella parte. Alargué la mano y cogí el móvil mientras seguía besándola y entonces vi que era lo que tanto le había gustado. El vídeo estaba detenido justo en un fotograma donde se veía perfectamente la polla de Rubén fuera del coño de Judith y listo para descargar su semen sobre la espalda de su amiga, un fotograma donde se veía perfectamente el tamaño demencial de su miembro.

Dejé el móvil de nuevo en el colchón  y seguí dándole mimos a mi mujer, mientras ella se recuperaba y mi mente daba vueltas a todo aquello. Sara se recobró enseguida y volvió a buscar el teléfono, poniéndolo en marcha de nuevo y viendo por tercera vez la grabación pero ahora conmigo al lado.

-Veo que te ha gustado -le dije a Sara.

-Qué fuerte, Carlos… no me puedo creer que los grabaras follando… -no vi reproche en sus palabras, solo constataba el hecho que me hubiera atrevido a hacer algo así.

-Yo tampoco. Fue algo superior a mí… verlos y supe que tenía que inmortalizar ese momento -le dije sinceramente- ¿Estás enfadada?

-No, qué va. Creo que hubiera hecho lo mismo… bueno, quizás no… me parece que en tu lugar yo tendría las manos ocupadas en algo más… ¿de verdad que no te pajeaste viéndolos? Yo no sé si habría sido capaz de contenerme…

-¿En serio? -no me podía creer que Sara pensara eso de verdad- bastante miedo tenía que me pillaran como para sacármela allí en medio del pasillo…

-Ya, lo entiendo. ¿Y ahora qué le digo a Judith? -me preguntó de sopetón.

-¿Decirle qué?

-Pues lo de la hora. Ha sido bastante insistente con el tema…

-Pues repítele lo que ya le habías dicho, que me pasé antes de que llegara ella…

-No creo que se lo trague… Se me ocurre una idea -dijo mirándome divertida.

Cogió mi móvil, abrió el whatsapp  y empezó a escribirle a Judith. Cuando acabó, me enseñó lo escrito y no daba crédito a lo que había hecho.

-Mira, que esto quede entre tú y yo, pero me he pasado por tu casa después de las siete. Le he mentido a Sara para no contarle lo que me he encontrado allí, no quería que se enfadara conmigo. Siento haber entrado así pero pensaba que no había nadie en casa…

-Tú estás loca Sara… ya verás qué cabreo se va a pillar tu amiga…

Enseguida sonó el teléfono y Sara se apresuró en mirar la respuesta de su amiga.

-Ya me imaginaba algo… y dime ¿te gustó lo que viste?

Sara empezó a reírse mientras yo flipaba viendo su respuesta.

-Menudo cabreo tiene jajaja -dijo mientras reía y escribía su respuesta.

-¿Tú qué crees? -enseguida otro pitido y otro mensaje.

-Que te encantó y que eso era lo que te daba miedo que Sara descubriera ¿me equivoco?

-Ni un ápice -contestó Sara- ¿Entonces me guardarás el secreto? -continuó escribiéndola.

-Por supuesto -contestó ella enseguida- pero quiero algo a cambio de mi silencio.

Ahora fuimos los dos los que nos quedamos a cuadros, ninguno de los dos nos esperábamos esa respuesta.

-¿Qué quieres? -preguntó Sara.

-Tú me has visto desnuda. Lo justo sería que yo también te viera, así que mándame una foto tuya desnudo y seré una tumba.

Yo miré aturdido a Sara, nunca hubiera imaginado que aquello acabara con esa petición y había que parar aquello ya. Pero para mi sorpresa y consternación, mi mujer parecía estar planteándose seriamente su petición.

-¿No estarás pensando en aceptar?

-No, qué va -dijo poco convincente- pero tampoco lo veo algo malo, cariño. Al fin y al cabo tiene razón. Tú la has visto desnuda y ella lo sabe…

-No  me puedo creer que te estés planteando seriamente enviar una foto de tu marido desnudo a tu mejor amiga… -dije atónito.

-Vamos, no te enfades… si solo es un juego… lo mismo hasta se masturba viéndote y todo jajaja.

-¿Ah sí? Pásame el móvil -le dije todo serio- si quieres jugar, pues juguemos.

Me pasó el móvil no creyéndose que lo dijera en serio pero cuando vio mi expresión decidida algo cambió en ella y se tumbó en la cama, a mi lado y dándome la espalda.

-¿Qué haces? -le dije no entendiendo nada.

-Se supone que yo no debo saber nada así que aparentar dormir mientras tú te haces la foto… ah y acaríciate un poco para ponerla a tono… que cuando vea esa polla lo haga en plenitud de condiciones -dijo volviéndose a estirar y aparentar dormir.

Era increíble. Encima la foto tenía que ser empalmado. Pues si eso es lo que quería… me la sacudí un par de veces, tampoco necesitaba mucho más. Solo de pensar que en breves instantes mi cuerpo iba a ser contemplado desnudo por Judith era estímulo más que suficiente.

Aun así, cuando cogí el móvil para hacer la foto, quise castigar un poco a Sara por su atrevimiento. ¿No quería exhibirme? Pues ella también lo iba a hacer. Coloqué el móvil de tal manera que, al hacer la foto, se viera perfectamente mi cuerpo desnudo con mi polla totalmente empalmada y a mi lado, de espaldas y desnuda completamente, el cuerpo de Sara.

Hice la foto, la revisé para ver si había quedado bien y le di a enviar.

-¿Ya está? -preguntó Sara girándose.

-Ya la he enviado -dije pasándole el móvil.

-Pero si también me has sacado a mí… -dijo entre enfadada, avergonzada y a la vez excitada.

-Es lo justo. Yo he visto a su pareja desnudo así que también ella se merecía ver a la mía desnuda… quién sabe, hasta quizás le enseñe la foto a Rubén…

La conversación se acabó ahí. Se abalanzó sobre mí besándome con salvajismo, mientras su cuerpo luchaba por situarse encima del mío pero esta vez no se iba a salir con la suya. Le di la vuelta usando toda mi fuerza, colocándola a cuatro patas tal como estaba Judith en el vídeo y la empalé sin remisión, follándola sin darle tregua alguna.

No tenía ninguna duda que Sara, con la cabeza hundida en la almohada, debía estar recordando el vídeo e intentando emular lo que allí sucedía. Hasta me atrevería a jurar que debía estar pensando que era la polla de Rubén la que la taladraba, salvando las distancias claro. Tampoco era algo que me importara en ese momento, ya que yo también me estaba imaginando que la que tenía a mi entera disposición y haciéndola gozar como nunca era a Judith.

No tardamos en corrernos los dos a los pocos minutos, tal fue la intensidad del polvo. Abrazados de nuevo, recuperándonos del esfuerzo, sonó de nuevo el teléfono. Era Judith.

-Gracias guapo. Puedes estar tranquilo que tu secreto está a salvo… por cierto, menudo orgasmo acabo de alcanzar gracias a ti…

Los dos vimos el mensaje y empezamos a reírnos al unísono. Si ella supiera el que habíamos conseguido gracias a ella…

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