ESRUZA

Se encontraba tendida en un camastro viejo, sin sábanas, sólo un viejo cobertor la cubría. Sobre un cajón, que servía de mesita de noche, había una jarra con agua, un platito con un pan reseco y una vela que cintilaba en el lóbrego cuartucho. La fiebre la hacía delirar y vivía sola. Pero, unas vecinas piadosas acercaban paños mojados a sus labios resecos y en su frente, para bajar la fiebre.

Los rayos de la luna penetraban por una pequeña ventana cubierta por una cortina floreada, que en un tiempo podía haber sido bonita, esto hacía menos obscuro el lugar, la luz mortecina de la vela no daba mucha luz y hacía aún más triste la escena.

Rosita, una de las vecinas dijo:

— ¡Hay que llamar al doctor, la fiebre no le baja a esta pobre infeliz!  -para sus adentros dijo- yo creo que no pasa la noche, no sabemos si tiene familia para avisarles.

El médico del pueblo llegó apresurado; todavía era uno de esos pueblos donde el médico acudía a la visita. Después de examinarla, extendió la receta y se la dio a otra de las vecinas para que la surtiera en la farmacia y les dijo:

— Esta mujer no ha comido en varios días y su corazón está muy débil, no creo que pase la noche.

Ella, a ratos, escuchaba lo que decían y pensaba que no iba a morir, que era fuerte, que todavía tenía muchas cosas que hacer; la primera, salir de esa pocilga, no recordaba cómo había llegado a esa situación. Había sido una mujer emprendedora, trabajadora y responsable ¿Qué era lo que había pasado?, no lo recordaba. La fiebre no cedía y, cuando deliraba, balbuceaba cosas que las vecinas no entendían.

La vela estaba a punto de extinguirse, y Rosita pensó que era mejor traer más, tal vez tendrían que velarla, ella moriría esa noche.

El médico volvió a examinarla, y notó que ya no tenía pulso. — Dijo a las piadosas vecinas: — Ya no hay nada que hacer.

En ese momento, ella despertó, y vio que se encontraba en su cómoda cama, en su habitación, vio su escritorio en una esquina y sobre el mismo su laptop, su ropa bien acomodada para salir a su trabajo; tenía techo, comida y vestido, aunque, ciertamente estaba sola. Su familia estaba lejos de ella, afectiva y físicamente. ¿Era a causa de ella? o de su familia, no se lo podía responder, pero sabía que tenía que hacer algo, no sabía qué, para acercarse a ellos. Nunca había sido una familia unida y no entendía las razones. El día empezaba a despuntar, se incorporó y se dirigió a la cocina para servirse un café y empezó a meditar, a tratar de encontrar una solución. La pesadilla era recurrente, algo en su subconsciente la hacía repetitiva.

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