Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Hoy he coincidido con el director del colegio a la hora de la comida y aprovechando que estaba solo me he acercado a su mesa con mi bandeja.

¡Qué sorpresa verte!

—Hola, me alegro de encontrarte. Como ahora me he que­dado solo en casa, he decidido acercarme por aquí para comer.

Sí, ya me enteré de la boda de tu hijo pequeño.

—Así es, se casó el sábado y marchó a vivir al otro extremo de la ciudad. Ahora tengo que plantearme la vida en solitario y presiento que en lo sucesivo me convendrá tomar esta alternativa más de una vez. Pero… siéntate y charlaremos mientras comemos. ¿Te parece?

Pues claro. A mí también me gusta comer aquí y vengo muy a menudo. ¿Vives muy lejos?

—Pues verás, en coche sólo tardo quince minutos en llegar a casa, pero como esta tarde tengo que volver al colegio y no me había preparado nada, he optado por no desplazarme.

Ya veo. ¿Cuántos hijos tienes?

—Tengo tres, un chico y una chica que viven actualmente en Brasil, y este que, aunque está en la ciudad, se ha trasladado a otro barrio al casarse, así que me he quedado solo.

¿Hace mucho que murió tu esposa?

—No, solo tres meses.

¡Cuánto lo siento!

—Gracias. La verdad es que fueron muy duro sus últimos meses, pues ella era el alma del colegio y me costó mucho su en­fermedad. Aún no me hago a su ausencia.

¿Cómo empezaron el colegio?

—Fue un proyecto social del Banco de mi suegro. Comenza­ron por rehabilitar el barrio, que era uno de los más pobres de la ciudad, convirtiendo para aquellos menesterosos las chabolas en casas, sencillas pero dignas. Construyeron varios locales públicos y entre ellos también una escuela para los niños del barrio. De todo esto ya hace casi 37 años, y nosotros, que habíamos acabado ese curso la carrera superior de educación, se nos solicitó para llevar la parte pedagógica del colegio.

¡Qué interesante!

—Cuando comenzamos, este barrio estaba en los límites de la ciudad, la mayoría de las familias eran forasteras, emi­grantes de otros países, colectivos de realidades campesinas o simplemente personas que al aterrizar en esta ciudad y verse anquilosadas en un callejón sin futuro, habían perdido toda su autoestima social, vivían en situaciones de exclusión, con gran­des privaciones de todo orden, donde sobresalía la precariedad de los empleos, la ausencia de oportunidades y donde los re­cursos económicos eran escasos. En fin, esto era meternos en un ambiente de personas socialmente consideradas excluidas. El problema de la marginación, la discriminación, la violencia, eran los factores dominantes.

Y entonces comenzasteis esto para cambiarlo.

—Así fue, somos testigos directos de haber sido parte de los agentes de cambio de esta gente. La transformación social ha sido posible gracias a la educación recibida en nuestro centro entre otros factores.

Si, yo veo que el barrio ya no es marginal

—Así es. Fue una idea brillante y aquí nos vinimos. Con la ilusión e intrepidez de los novatos, presentamos una propues­ta pedagógica donde nuestro último objetivo era hacer personas dignas, cultas y responsables de aquella gente sencilla e ignorante. Tuve la suerte de tener por esposa una fuera de serie que, siempre fue el alma de este proyecto educativo.

Supongo que en todos estos años habéis trabajado mucho.

—Pues sí, como te decía, comenzamos con una pequeña es­cuelita a la que llamamos “La siembra”, porque este era nues­tro propósito, sembrar educación en esa gente tan necesitada de todo. Y con sólo cuatro aulas, dos de niñas y dos de niños, a dos niveles cada una, nos lanzamos a esta maravillosa aventura. El colegio era sólo un bloque de dos alturas, en el centro de la planta baja estaba la dirección y secretaría y en el piso superior, separaba las dos aulas una biblioteca que era a su vez la sala de profesores, de reuniones… en fin, lo que ahora llamaríamos sala multiusos. En el exterior, rodeando el edificio había un jardín y un patio de recreo que hacía a su vez de campo de deportes, Esto era todo.

Tenía un gran terreno para ser lo que es ahora ¿no?

—Sí, era un espacio hermoso, pero se le ha ido añadiendo al­gunas parcelas más y poco a poco ha llegado a convertirse en un buen centro educativo; gracias no sólo a subvenciones exteriores, sino que también va mejorando con el esfuerzo de los socios, que son todos los antiguos alumnos que se comprometen con una cuota anual según sus posibilidades y generosidad.

¿Cómo es eso?

—Pues es una forma de colaborar muy interesante. Fue idea de la primera promoción que terminó, cuando ya el centro cubría la enseñanza hasta los catorce años. Como todos los alumnos son del barrio, se sentían muy vinculados a su colegio, y cuando fueron profesionales, pensaron en formar la asociación de antiguos alum­nos con el fin ayudar a mejorar la calidad de las instalaciones en be­neficio de las nuevas generaciones, que sin duda eran sus propios hijos. Ni que decir tiene que todas las sucesivas promociones están siendo fieles a esta demanda y cada uno mantiene el compromiso. Con todo esto hemos podido levantar nuevos pabellones de aulas, el polideportivo y se ha construido el salón de actos.

Supongo que también el barrio ha cambiado ¿verdad?

—Por supuesto. Hoy ha dejado de ser un barrio marginal, gracias al intento de mejorar el nivel cultural de sus gentes. Han aprendido a vivir con dignidad, estableciendo un proceso desde la simple supervivencia hasta la adquisición de unos conocimien­tos que les dignifica, una cultura que ha desarrollado en ellos la capacidad de poder tomar sus propias decisiones haciéndolos libres y responsables para ir forjando su futuro.

¡Qué interesante!

—Sí que lo es. Esto que hoy ves, es el resultado de nuestro empeño por ir transformando la sociedad mediante una educa­ción basada en la dignidad de la persona y en el desarrollo ple­no de sus capacidades. Y cuando han sido adultos, ellos mismos han luchado por abrirse camino y mejorar sus condiciones de vida, defendiendo sus propios derechos, llamando a las puertas oportunas, valiéndose de los contactos que poco a poco han ido creándose y emprendiendo el camino de su propio destino.

Esto es buen fruto para vosotros.

—Así es. Siempre hemos procurado dar prioridad en cada alum­no al desarrollo de todo su potencial humano. Cada uno está llama­do a ir creciendo tanto física como intelectualmente al ritmo de sus capacidades personales y con ello vamos favoreciendo el progreso de una ciudadanía marcada por la autonomía y la responsabilidad.

Yo veo que tú eres satisfecho de lo logrado.

—Mucho. El resultado es fruto del esfuerzo y de la buena vo­luntad de todo el colectivo educativo, que año tras año ha sabido ser fiel a la responsabilidad de ir asumiendo el compromiso de ser agente de cambio. Y este empeño se ha visto recompensado al ver cómo el entorno ha ido poco a poco dejando de ser el ba­rrio de la periferia de la ciudad, donde empezamos nuestra tarea educativa hace ya más de treinta años.

Este es un trabajar bonito.

—Ya lo creo. No te puedes imaginar lo que era cuando em­pezamos aquí. Las gentes no tenían ni las mínimas nociones de higiene ni de interés por salir de la indigencia, y ahora puedes ver que el sector goza de una posición digna. Además, se ha creado un ambiente de amistad entre ellos muy bonita. No es un con­glomerado de individuos independientes y anónimos, sino que forman un grupo de personas y familias que se relacionan entre sí, llegando a crear lazos de empatía más o menos fraterna donde se saben escuchados y pueden con libertad expresar sus intereses e inquietudes. En fin, un grupo humano que organiza su vida planeando juntos, buscando la realización de sus sueños por un futuro mejor, sabiendo que nadie es indiferente a la suerte del otro, que todos tienen interés porque salga bien lo colectivo.

¡Qué bien!

—Y esto se debe a que los adultos son todos profesionales bien cualificados, que han sabido prosperar caminando hacia el puesto que le corresponde en la sociedad, por los conocimientos adquiridos a lo largo de sus años de estudio.

Esto si es interesante.

—Desde luego, yo creo firmemente que, con nuestro enfo­que socioeducativo, estamos colaborando a la transformación social. Hemos ido rotulando caminos nuevos, comprometién­donos en el desarrollo de una ciudadanía corresponsable, por medio de una educación innovadora y democrática. Todo esto encarnado en profesores con sólida formación pedagógica, que trabajan por una enseñanza de calidad promoviendo los valores del estudio, la investigación, la participación y la integridad.

¿Cómo os relacionáis con otras gentes que no son del barrio?

—Mira, hay que partir del principio de que sólo se puede influir en los otros en la medida que vivimos el sentido de pertenencia a una comunidad y nos implicamos en su crecimiento y desarrollo. Para que haya una relación fluida, hay que saber respetar las diferencias, acep­tando el derecho a ser únicos y diferentes a la vez que nos sabemos iguales y complementarios. Sólo desde ahí, estaremos preparados para abrirnos a un círculo más amplio como la ciudad y la nación.

¿Es esto democracia?

—Pues… verás. Para mí, un país que presume de regirse por un gobierno democrático necesita ir creando unidades menores en las cuales la soberanía popular pueda ejercitarse. La sociedad civil ha de ir acercando las distancias que separa a los políticos de la población y de los problemas del día a día.

Entonces, ¿el elegir por tu voto al líder no basta?

—Según mi modo de ver la democracia, no. Tú misma eres testigo de cómo se aprende la participación en el colegio, toman­do responsabilidades y decisiones personal y comunitariamente. Esto les va enseñando a desenvolverse en un colectivo plural que más tarde trasladarán a la comunidad de vecinos, barrio, ciudad y nación. Como has leído en nuestro programa pedagógico, consi­deramos la participación como uno de nuestros pilares educativos, porque es esencial para ir aprendiendo a tomar decisiones respon­sablemente dentro del colectivo social donde nos movemos.

Si, a mi gusta mucho el programa pedagógico que tenéis.

—Siempre hemos intentado ir actualizando el programa, pen­sando en lo que es mejor, para ir marcando cambios innovadores que afectan a las condiciones vitales de las personas y al desa­rrollo de su cultura, partiendo de metodologías innovadoras que fortalezcan el pensamiento crítico y la capacidad creativa. ¡Oh, que qué tarde que es! —dijo al tiempo que miraba el reloj y se levan­taba—. Perdona, pero, he de marcharme ya.

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

Un comentario sobre “Rotulando caminos

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