PABLO ROJAS

Mal encuentro

Tyfani era una chica normal que vivía en el barrio Cordón, Montevideo, Uruguay. Tuvo la suerte de salir de licencia en medio de Febrero, y sin bien sus ingresos no permitían grandes vacaciones, ir a Buenos Aries a conocer no era algo lejos de su alcance. Tomó un Buquebus en la mañana del jueves, y llegó al mediodía siendo recibida por una prima. El encuentro fue como se esperaban ambas, una charla de palabras cruzadas, unas tan rápidas como podían expresarlas, llevaban diez años sin saber nada una de la otra más que por breves mensajes de whatsapp. Con su prima fue hasta la casa de su tía donde pasaron la tarde. En la noche, Tyfani paró a dormir en la casa de quien la recibió, pero apenas en la mañana ambas ya estaban de pie para aprovechar el tiempo al máximo. Las horas fueron pasando a gran velocidad de lo emocionadas que estaban, y ni se dieron cuenta que el sol se había puesto. Era viernes, y tenían que disfrutarlo. Volvieron al departamento de la prima de Tyfani para arreglarse, probándose toda la ropa que tenían, intercambiándose prendas una con la otra hasta dar en la tecla de cómo salir. Después de dos horas de intensa batalla con la moda, partieron rumbo a la zona bailable de la Costanera. Visualizaron distintos lugares desde fuera tratando de escoger el mejor, vieron uno donde las personas en la entrada se veían adecuadas a su estilo. Al entrar, los típicos oldies conquistaron sus oídos haciéndolas sentirse cómodas. Llegaron a la barra y entre mojito y mojito, el alcohol fue creando su efecto inhibidor. En dos horas las chicas hacían algo que creían que era bailar, pero era más un conjunto de pasos sin forma con sonidos a risas ebrias. Entre canción y canción, dos muchachos las vieron, y a dúo fueron a buitrear, ya de acuerdo con respecto a quien atacar. A Tyfani se le acercó un moreno de anchas espaldas, con la mandíbula cuadrada y una camisa abierta de tres botones que permitía ver una cadena de oro. De su prima se encargó el amigo del moreno, un rubio oxigenado al estilo alemán, con la piel tan blanca como muñeca de porcelana. Todo comenzó como lo predecible, entre braile y franeleo, algún trago más otra cosa, la temperatura aumentó entre los cuatro. Tyfani, si bien estaba ebria, sabía que esa no era su ciudad, era la mejor oportunidad de hacer algo de que lo se arrepentiría en el Uruguay. El fuego de la pasión brotó más y más entre Tyfani y el moreno, quien casi ni había consumido alcohol, o al menos no lo suficiente como para derrotarlo. Él con discreción la tomó de la mano para emprender viaje fuera del baile. Al salir, caminaron algunas calles y llegaron a su auto, un modesto Chevrolet Corsa, pero suficiente para lo que acontecería. Entraron en los asientos traseros, y entre besos y caricias fogosas la acción comenzó, dentro del auto negro de vidrios polarizados y en la calle a oscuras. Tyfani estaba echa una leona salvaje. Después de la previa de besos furiosos entre ambos se arrebataron partes de sus ropas, y ni bien el moreno se abrió el cierre de su vaquero, ella no dudó en saborear el néctar. Comenzó a practicarle sexo oral fervientemente como si estuviera en un video porno, lo miraba a los ojos mientras continuaba lo hacía. Cuando ella sintió el momento en que su miembro actuaría, lo retiró para recibir los fluidos en su rostro con una amplia sonrisa. El moreno, a pesar de haber acabado, seguía con energías, así que la recostó sobre los asientos y la empotró con alma y energía.

A penas supo Tyfani como llegar el sábado en la mañana a lo de su prima. Tocó la puerta cerca de las 9:30, y tras una demora de siete minutos su prima le abrió. Era difícil saber cuál de las dos tenía más ojeras o estaba más devastada. Tras una sonrisa cómplice, no fue necesario darse detalles para entender. Cada una a la cama, y recién a las 15:00 se levantaron, se contaron sus anécdotas, de cómo el moreno empotró a Tyfani y cómo el Alemán atendió a su prima. Sábado a la noche, las vacaciones terminaron, Tyfani partió en el Buquebus con un dolor de cabeza de los dioses, pero satisfecha del cambio de aire. Domingo de madrugada, Tyfani tomó un taxi a su casa, y así terminaron sus vacaciones. Cuando se levantó en la mañana, el dolor de cabeza continuaba, no era raro, ya no tenía 16 años como antes y las borracheras se sienten más a su edad. Limpió su casa y dejó todo pronto para comenzar sus obligaciones el lunes al día siguiente pero cuando terminó, fue directo al baño a vomitar. Tyfani se fue a dormir después de un antiácido, se prometió no tomar tanto, pero cuando se levantó se dio cuenta de la verdad. No era necesariamente el alcohol lo que le pasó factura, tenía una gran alergia en su rostro desde debajo de su ojo derecho hasta el labio superior, jugando como un camino de hormigas. Un conjunto de pequeños globos rojos e hinchados que le picaban, pero al rascarse más ardían y hasta algunos segregaban un líquido extraño. Así no iba a trabajar, partió en un taxi al hospital. Cuando se bajó del vehículo paró a vomitar en la calle, no sabía si era lo debilitada que la dejó la reseca o los nervios por la alergia, pero de ninguna manera se dejaría ver así ante sus conocidos. Entró a un médico de puerta que la revisó, pero él se apartó de ella, y la miró con la seriedad de un juez tras resoplar un suspiro por sus fosas nasales.

—Necesito que seas sincera conmigo —pidió atentamente el doctor.

—Sí, claro —contestó aterrada ella, pensando que le echaría culpas por drogas.

— ¿Tuviste relaciones sin cuidarte? —Insinuó él.

Lo blanco del rostro de Tyfani superaba la bata del doctor, sus labios jugaron del mismo color al instante, le había bajado la presión.

—Tranquila —dijo el doctor al posar la mano en su hombro —. Dime qué pasó.

Tyfani contó con detalle sus vacaciones en Buenos Aires, y cuando ella terminó, el doctor dio sentencia.

—Tienes parásitos en el rostro, que seguramente te los contagió la persona con la cual estuviste. Esos casos los reconozco muy bien, porque ese parásito que tienes en el rostro y seguramente en tu interior, son pequeños gusanos casi inperceptibles a la vista, que se encuentran en los cadáveres. Tuviste sexo con un necrófilo. Ahora necesito que hagas la denuncia para quitarte culpas legales, la necrofilia está penada, y vas a tener que demostrar que él te infectó y que no la practicaste.

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