ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Cada tarde se paseaba, con su pantalón impoluto y la camisa planchada; en la mano derecha su bastón de ébano con puño de plata; sobre la cabeza un sombrero de Panamá, y en el caminar la elegancia de los que no le temen al futuro ni reniegan del pasado.

A su paso callaban los corrillos de adolescentes y los mendigos escondían la mano y bajaban la vista.

Su mirada, poderosa y segura, no dejaba imaginar un pasado de estrecheces, sufrimientos y sacrificios. Nadie diría que tras aquellos labios sexagenarios, cerrados al chisme y la calumnia, y abiertos al piropo y la cortesía, hubiera un pasado de lamentos, de disputas y bronca.

Llegaba siempre a la misma hora, a ocupar la misma mesa, que la costumbre mantenía reservada para él en el “Nuevo Café”, que gobernaba la “Gran Plaza”, donde confluían todas las calles de la ciudad.

Los camareros, que estaban seguros de su llegada, como se sabe que todo día acaba y que el reloj camina siempre hacia delante, cargaban la botella de vino tinto y el vaso chato en la bandeja y, con toda la elegancia de la que eran capaces, servían el líquido rojo a aquel completo desconocido, que era su cliente más fiel.

El caballero cruzaba las piernas, dejando asomar entre ellas la plata de su bastón, antes de probar el vino que embriagaba cada tarde sus recuerdos, aquietándolos, suavizándolos, dándoles el tiempo para llegar y marcharse, a la vez que se permitía mirarlo todo desde lejos, con la distancia que da saberse capaz, digno y diferente.

Con el segundo vaso aparecía un plato con un poco de queso, con el tercero unas lonchas de jamón, y al cuarto unas anchoas con alcachofas y aceitunas, al tiempo que el cielo perdía el anaranjado del ocaso y se vestía de luces blancas, artificiales y tenues, que trataban de robarle el negro a la noche.

Era el momento de los jóvenes, de los tragos sin amargura y las conversaciones banales; el momento de los turistas, de la comida viajando en las bandejas, callando bocas que no saben del hambre. Era el momento de marchar, y aquel al que nadie conocía se levantaba dejando siempre un culín de vino en su vaso y una propina generosa sobre la mesa.

Se alejaba calle arriba, dejando siempre un halo misterioso y perturbador a su paso, caminando como si la calle fuese suya; abriéndose paso entre los pobladores de la noche con la elegancia de los que conocen todas las conciencias y han andado todos los caminos…

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com

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