ISA HDEZ

Rosa estaba tan convencida de su amor por Mario, que no dudaba de que algún día pudiera fallarle en nada relativo a la confianza que había depositado en él. Se habían casado hacía dos años, y estaban esperando su primer hijo, ilusionados como casi todos los padres primerizos. Mario se desvivía por su amada Rosa y nada presagiaba que pudiera alterarse en esa convivencia feliz. Una tarde tomaban el té con María, la prima de Rosa que vino a visitarla y a traerle unos patucos que le había hecho para el futuro bebé. Mario y María habían sido compañeros de facultad, y tenían amistad desde antes de conocer a Rosa. La visita hizo revivir a Mario ese tiempo feliz de flirteo en las aulas y cruzó la mirada con María penetrando ambos sus pupilas como flechas clavadas en el corazón, todo ello en un descuido de Rosa que no se percató. Ello hizo que en la despedida Mario emitiera señales y quedara para verse con María en otro lugar. Así lo hicieron y, en la noche a la orilla del mar con la luna reflejada en sus caras, Mario le declaró su amor a María. Allí mismo, sobre la arena, consumaron la pasión albergada en sus adentros, que dormía de tiempos atrás, revolcándose como dos locos, despertando los deseos ardorosos del amor. Ello propició la separación de Mario y Rosa, y benefició de forma inesperada la unión con María. Improvisada sorpresa del amor.

© Isa Hdez.

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