LAURA URCELAY

 

—Ahora le ha dado por decir que está muerto —dijo Herminia.

—Sería conveniente que viniera a terapia.

Herminia miró a la psicóloga, debía de tener la edad de su hija, pero los ojos de esta mujer radiaban serenidad.

—Entiendo, pero tendría que traerlo de los pelos y ya tiene veinte años.

Las lágrimas se le agolparon en las bolsas. La caja de pañuelos lijó la mesa cuando la psicóloga la empujó hacia ella.

—¿Vive alguien más en el domicilio?

—No desde que murió mi marido. Fue cuando empezó a hacer cosas raras, un año hizo el mes pasado. —Giró el anillo sobre su anular—. Yo pensaba que se le pasaría al acostumbrarse a vivir sin su abuelo. Se adoraban, sabe, a veces hasta me ponía celosa, ¡qué tontería!

—¿Puedo preguntar por los padres de Ernesto?

Herminia miró el ventanal a su izquierda; las cortinas venecianas filtraban luz y combatían cotillas. Aquel despacho resultaba aséptico con las paredes y el mobiliario crudo; un florero rojo sobre el armario era el único toque de color, pero estaba vacío. El olor a desinfectante le recordaba los meses de angustia en el hospital con la certeza de que perdía a su marido.

—Drogodependientes. Tenemos la custodia desde los dos años.

La psicóloga asintió, se inclinó hacia delante y dijo con voz esponjosa:

—Veo que eres su madre. Como todas las madres, y lo digo por experiencia, lo hacemos lo mejor que sabemos. ¿Está tomando medicación?

—El psiquiatra me dio una receta. —Buscó el papel en el bolso—. Como no lo quiere tomar se lo echo en el café, pero últimamente tengo problemas, dice que los muertos no necesitan comida. —Herminia posó sobre la mesa la cartera, las llaves, el móvil y un pañuelo de tela arrugado—. Vaya, será posible, no la encuentro.

—No te preocupes, Herminia, lo comprobaré más tarde en el historial. Lo que me gustaría saber ahora es qué has hecho para que coma.

—No lo he conseguido del todo, solo a veces, como cuando le dije que a los faraones egipcios los enterraban con comida para que no pasaran hambre en el más allá. Lo vi en un documental.

—Genial, Herminia, esto es lo que vas a hacer la próxima vez que te pregunte si está muerto…

***

De camino a casa paró en el supermercado. Iba a cocinar macarrones con nata, los favoritos de Ernesto; también compró natillas de chocolate, con lo goloso que era seguro que olvidaba un rato que estaba muerto.

La cola en la caja era larga. Miró el reloj de pulsera: las doce y media, llevaba fuera más de dos horas, temía que Ernesto ya se hubiera despertado. Al fin llegó su turno.

—El nieto está como una regadera —murmuraron tras ella—. El otro día salió al balcón desnudo. Primero la hija yonqui y ahora el nieto trastornado. A cualquier hora vamos a tener una desgracia en el barrio.

A Herminia se le incendió la cara. Era su vecina, Almudena, la de la boca que rezumaba abono. «No hay mejor desprecio que no hacer aprecio, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio», repitió para sí aquel refrán que le había enseñado su madre, llenó las bolsas y salió sin volver la cabeza.

***

Cuando llegó a la pista de fútbol tenía las piernas doloridas; no era fácil avanzar contra aquella ventolera que traía el olor a pescado de la fábrica. Dejó las bolsas sobre un banco y se sentó. Por más que limpiaran, aquella zona parecía siempre sucia, plásticos y papeles rodaban por el suelo. Llevaba medio siglo allí, sabía que lo más peligroso que podías encontrar era a Almudena con una boñiga preparada, pero si hacía un esfuerzo y miraba el lugar de forma objetiva, veía nada menos que un suburbio pegado a la autovía y comprendía el recelo de algunas personas por ese barrio. Parchazos de pintura rosa bañaban el bloque en forma de u; de los primeros pisos sobresalían unas terrazas ancladas al suelo por columnas ennegrecidas. Desde allí veía su balcón, un quinto de los que daban al patio interior; suspiró al comprobar que solo la ropa ondeaba en las cuerdas.

***

—¡Ernesto! Ya estoy en casa, hoy comemos macarrones con nata.

Dejó la compra sobre el fogón, bebió un vaso de agua y atravesó el pasillo. Golpeó la puerta de la guarida de su nieto tres veces, como no respondía, entró; apestaba como si tuviera el cadáver de una vaca en el armario. Al encender la luz lo vio boca abajo, desnudo sobre el colchón. Subió la persiana, abrió la ventana y empezó a recoger la ropa desperdigada por el suelo.

—Ernesto, es casi la una de la tarde.

El chico levantó medio cuerpo y se rascó la espalda con una contorsión que dejó al descubierto las costillas.

—Anoche no podía dormir, abuela, déjame un rato más.

Herminia se detuvo, sobre el escritorio había tres tarjetas cortadas por el lado de la fotografía: el carné de estudiante, el de conducir y el de identidad.

—¿Por qué? Dijiste que estabas cansado y te fuiste a las ocho a la cama. ¿Esto es lo que estuviste haciendo? Cuesta dinero renovarlos.

—No dejaba de pensar en ello. Todo es tan extraño. —Se miró las manos—. Yo soy tan extraño. Creo que estoy muerto.

Herminia había rezado para que se le pasara pronto, pero el extravío en su mirada le decía que aquello no pasaría solo, además, rezar no le había servido de nada con su hija.

—Si tú estás muerto, yo estoy muerta, y si los dos estamos muertos, ¿dónde estamos? ¿Por qué no está el abuelo con nosotros?

Como si una granada hubiera caído junto a su búnker y lo hubiese despertado, Ernesto centró los ojos en el rostro de su abuela. Mientras se ponía los calzoncillos preguntó:

—¿Qué hay de comer? Estoy muerto de hambre.

***

Lo había convencido para que visitara a la psicóloga, incluso se había duchado. Salieron del portal agarrados del brazo. En el centro del patio, un quinteto parloteaba con sus batas de flores y zapatillas de felpa, con sus moños tersos y lenguas afiladas.

—Mirad, ahí va el loco —dijo Almudena.

El coro entonó las frases que Herminia estaba harta de oír. «No hay mejor desprecio que no hacer aprecio, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio», se repitió, como siempre, aquel mantra que tampoco le había servido de nada. Apretó el brazo de su nieto y cambió la trayectoria hacia ellas, cuando vieron que se acercaban, la melodía cesó.

—Buenos días, vecinas, quería deciros que podéis estar tranquilas, si un día pasa una desgracia en este barrio, no será culpa de la locura, sino de la maldad, esa no tiene solución.

Herminia dio media vuelta, encarnada, temblorosa, satisfecha de que por fin, a sus sesenta y dos años, se atrevía a enfrentar los problemas. Ernesto la miró como si aquella, en vez de su abuela, fuera una heroína que había venido a salvarlo.

Se alejaron, dejando tras de sí un coro mudo.

https://lauraurcelay.wordpress.com/

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s