TANATOS12

Capítulo 50

Mientras yo trasteaba con el móvil ella cogió uno de sus pijamas de dos piezas, de chaqueta y pantalón de seda blanco, y se fue con él al cuarto de baño. Yo escuchaba como allí se desnudaba y se vestía y se lavaba los dientes y se secaba el pelo con el secador, cosa que hacía a veces cuando llegaba con frío. El hecho de que se desnudara y se vistiera allí me mató. ¿Por qué? ¿A cuento de qué? Intentaba hacer memoria, quizás alguna vez lo había hecho así, pero era realmente poco habitual.

Volvió al dormitorio y se metió en la cama. Yo me preguntaba cuántas palabras habíamos cruzado desde que había vuelto de casa de Álvaro. Aquello era demasiado. Demasiado doloroso aquel silencio, aquella incertidumbre. Estaba dispuesto a pedirle hablar, aun a riesgo de escuchar algo que no me gustase… cuando su móvil se iluminó.

—Quién me puede llamar a estas horas —musitó María, y yo, a su lado, pero lejísimos de ella, veía como no aparecía ningún nombre en la pantalla, si no un número de nueve cifras.

Mi novia acabó por responder.

—¿Sí? … No… no sé quién eres … Ahh… ya veo ya… Sí… no, ya… Sí… que Álvaro ha tardado en darte mi número.

María respondía seca, casi con arrogancia. Yo sabía, al noventa y nueve por ciento que era Guille.

—Sí… pues en la cama… … No, claro que no salgo. … Si… … No… te estoy diciendo que estoy en la cama… … Que estás borracho… me parece muy bien… —respondió con extrema desidia— No, no duermo sola, no. … ¿Qué? Pues con el que conoces. … Sí. Claro, vivo con él. Es mi novio, ya lo sabes…

Aquel chico le hablaba, y yo, incómodo, incómodo por la conversación, por su tono, de suficiencia, crecida, algo impostado.

—No, claro que no… —Se hizo un silencio especialmente largo, el chico le hablaba y ella no hacía ningún gesto, hasta que prosiguió— Ah, ¿qué quieres venir? Ya… a follarme, ¿no? —dijo eso y me quedé petrificado— No sé… un poco raro… decírmelo así, ¿no? … No… por mi novio no te preocupes, por él encantado. … Si te lo digo en serio, ya lo has visto— dijo aun más seca— Sí… claro… ya, ya… … Bueno… —Sí, sí… la ubicación… ya veré… Ay, eso ya no sé. Hay mucho jaleo, no te oigo. … … Sí, ahora mejor. … Bueno, pues eso… sí, ya veré, venga… … Sí, ya… chao, chao.

María colgó el teléfono.

—¿Era Guille? —pregunté.

—Sí —dijo posando el móvil en la mesilla.

—¿Y?

—¿Cómo que y? Ya lo habrás oído. Me preguntaba si salía esta noche, le he dicho que no, y me ha dicho de venir aquí a follarme.

Aquella palabra caía como un rayo sobre mí, como una corriente eléctrica, partiéndome por la mitad. ¿Cómo era posible que hablase así de algo… así? ¿Qué clase de sadismo era aquel?

—¿Y qué le has dicho?

—Le he dicho, o me ha preguntado, no sé, si estaba sola, y le he dicho que contigo. Sigue sin creerse que tú, como novio, quieras que me folle todo el mundo.

—Yo nunca he dicho que quiera que te folle todo el mundo.

—Pues ya me han follado tres, y tú encantado —dijo, saliendo de la cama, y dirigiéndose al armario.

No sé por qué pregunté aquello, fue lo primero que me salió. Yo quería contraatacar, demostrarle que no me podía cargar a mi con todo, pero seguramente no fuera la mejor manera de hacérselo saber:

—¿Y quién mejor?

—¿Que quién me folló mejor? —preguntó mientras rebuscaba en uno de sus cajones, como si tal cosa.

—Sí.

—¿De los tres?

—Sí.

—Pues… estos dos me follaron bien… pero Edu es Edu.

Cada frase suya tenía un peso terrible, pero yo intentaba mantenerme imperturbable.

—¿Ah sí? ¿Y Guille…? ¿Y la polla de Guille? Qué tal la polla de Guille quiero decir.

—La de Guille… pues… no como la de Álvaro, ni mucho menos como la de Edu… es… normal… una polla normal… de hombre.

Aquel “de hombre” era una puñalada, una venganza, para mí, fuera de lugar. Yo no entendía cómo habíamos empezado aquella absurda conversación ni a qué venía aquella actitud de ella. Me daba la sensación de que me quería cargar a mí con todo, de que se sentía mal porque ella sabía que se había descontrolado y me quería hacer a mí cargar con toda la culpa, para quitarse ella su responsabilidad. Era conocedor de su orgullo y sabía que aquella entrega a aquellos críos la había jodido y que, echarme a mí la culpa, era un salvavidas para su conciencia.

María rebuscaba en unas cajitas que tenía con joyas y se quitaba un pequeño colgante que había llevado a cenar con Paula.

—¿Entonces va a venir Guille ahora y te va a follar? —pregunté serio, utilizando aquella palabra que tanto me dolía, juntando Guille y venir a follar en la misma frase, pero yo siempre mantenía aquel poso de masoquismo.

—Es lo que quieres.

—No, es lo que quieres tú.

Se hizo un silencio mientras ella revisaba aquellas mínimas cajas y yo no sabía ni qué decir. Y, de nuevo, dije algo que llevaba dentro, sin medir nada las consecuencias de sacar ese tema:

—¿Y Edu? Creía que… bueno… que había cierta predilección por él.

—¿Tuya o mía?

—De los dos. —yo no dejaba de alucinar con la chulería con la que respondía y hablaba de aquellos temas, que siempre habían sido tabú, y de golpe, parecían banales.

—… Pues… mira… Precisamente me ha escrito esta tarde.

—¿Ah sí? ¿Y qué te ha dicho?

—Míralo si quieres. El pin es 1606.

El dieciséis de junio es nuestro aniversario, descubrir su contraseña así se me hizo extrañamente doloroso, me hacía pensar aun más en qué nos estábamos haciendo.

Cogí su móvil, tecleé esos números, entré en los chats. Era el último que le había escrito. Leí:

“El lunes va a estar Víctor. Ya sabes, vente pija”

—¿Y esto? —pregunté, impactado, pero sabiendo que aquello no era nuevo, y que ya me había dado explicaciones no del todo convincentes sobre ese tema.

—Pues eso… la verdad es que me pone un poco obedecerle esas chorradas. —confesó, matándome.

—¿Ah sí? —pregunté fingiendo curiosidad, cuando lo que sentía era dolor.

—Sí.

María cerró el cajón y se volvía a la cama. Las tetas se le marcaban a través del pijama. Tenía la cara seria, pero morbosa, guapa, sobria, intimidante. No entendía que me diera morbo en aquel contexto tan agresivo y tan chulesco… pero no lo podía evitar.

—¿Y por qué no repites con Edu? —pregunté.

—Porque está con Begoña.

—Ah, es por eso.

—No, no es por eso.

—Pues es lo que acabas de decir.

—No, solo he dicho que está con Begoña y que para qué voy a plantearme nada si tiene novia.

Aquel “plantearme”, en lugar de “plantearnos” no sabía si le había salido así sin querer o a propósito. Y yo no tenía parada en mi contraataque, en mi suicidio:

—Tiene novia y te da envidia. —dije mientras ella se metía en la cama.

—Satisfecha estará seguro —dijo hiriéndome. Castigándome otra vez, para mi injustamente.

—No creo que te diga que no a repetir. Aunque esté con Begoña.

—¿Tú crees? ¿Si quieres quedo con él el mismo lunes? Y tú encantado claro, de que me vuelvan a follar.

—Sí, por qué no. —dije forzando, pero tensísimo… sabiendo que yo no controlaba nada de aquella conversación. Y sin saber cuánto de aquello había de verdad y cuánto de venganza, de querer joderme.

—Sí… y con Víctor puedo quedar también… podemos quedar los tres. Edu, Víctor y yo, ¿no? Y tú también, claro, ¿o es que ya no quieres mirar?

—¿Me lo estás diciendo en serio? —pregunté temblando… haciéndome el distante, pero aterrorizado.

—Claro. Escríbele tú mismo. Ponle… ponle que sí, que me pongo la camisa rosa pija que le pone a Víctor… y… que podríamos quedar los cuatro el lunes para tomar algo.

Yo seguía con su móvil en la mano. Infartado. Sin poder creérmelo.

No sabía qué hacer. Seguía sin entender nada. Cuando por la parte superior de la pantalla vi que le entraba un mensaje proveniente de un número, tenía que ser Guille, que ponía: “¿En serio voy?”

Comencé a escribirle a Edu. Mis manos me temblaban… mis dedos me temblaban… Escribía, me equivocaba y borraba… tardé una eternidad en acabar. Tras escribirlo leí antes de enviarlo:

“Vale, me visto así, por cierto: ¿Quieres que quedemos Víctor, tú, Pablo y yo el lunes para tomar algo? “. Mientras lo leía miraba de reojo a una María que sacaba revistas de su mesilla, como si tal cosa, y maniobraba en su reloj despertador.

—¿Lo envío entonces?

—¿No te he dicho ya que sí?

Alucinado, sin poder creerme lo que estaba pasando. Sin poder entender cómo María pasaba de un extremo al otro en veinticuatro horas, envié ese mensaje a Edu.

Para colmo vi que Edu estaba en línea. Sentí pavor. Pero seguí fingiendo todo lo que no era.

—Te ha vuelto a escribir Guille. Que si en serio quieres que venga.

María no dijo nada. Y yo, como siempre, sin saber por qué, dije:

—¿Prefieres que venga Guille o lo de quedar con Edu el lunes?

—¿Me lo preguntas en serio? —dijo ella volviendo a llevar todo su cuerpo a la cama.

—Sí.

—Pues… creía que sabías de verdad cuanto me pone ese chico.

—Deduzco que te refieres a Edu.

María no respondió y yo no sabía si de verdad todo aquello iba en serio o era una tortura. No sabía si de verdad iba a darle la ubicación a Guille y en pocos minutos vendría a casa a follársela… No sabía si de verdad quedaríamos el lunes con Edu y con Víctor… No tenia ni idea de si todo era un gigantesco farol, un castigo, o de verdad María quería que a partir de aquel momento todo cambiase.

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