QUISPIAM

Capítulo 6

El domingo me desperté casi a mediodía. La noche había sido intensa. Habíamos vuelto a follar en la ducha y después otra vez en la cama, éste último polvo algo más relajado ya que no estábamos ambos para muchos trotes.

Un leve movimiento de la cama, me hizo girar y contemplé como a mi lado, completamente desnuda, todavía dormía mi mujer. Un ramalazo de amor infinito me recorrió el cuerpo entero. Todo lo que estábamos viviendo Sara y yo los últimos días nos estaba uniendo aún más, si eso era posible.

Me levanté de la cama sin hacer **ido, intentando no despertarla, y me fui al salón cogiendo por el camino el bóxer que me había quitado Sara anoche, única prenda que iba a ponerme.

Desayuné copiosamente y me senté a leer un rato mientras esperaba que mi mujer se despertara. No tardó mucho en hacerlo, viniendo en mi busca ataviada únicamente con unas braguitas y aun con cara de sueño.

-Bueno días cielo -dijo sentándose a mi lado y dándome un pico de buenos días.

-Hola cielo. ¿Qué tal has dormido?

-Como un tronco aunque no me extraña. Después de la juerga que nos metimos anoche…-dijo abrazándose a mi melosa.

-Ya, la verdad es que hacía tiempo que no teníamos una noche así… ¿Tienes hambre?

-Estoy famélica…

-Dame un momento y te preparo algo para recuperar fuerzas -me ofrecí levantándome y yendo hacia la cocina.

Al poco estaba Sara bebiéndose su habitual café matutino y engullendo tostadas con mermelada como si hiciera años que no comía nada.

-Ya veo que estás hambrienta jajaja. Oye Sara ¿esta tarde te apetece hacer algo o nos quedamos en casa viendo alguna película?

-Nada de salir, Carlos. Ya tuve bastante ayer. Además, tengo que guardar toda la ropa que compramos ayer y me gustaría empezar a perfilar el informe que nos ha pedido Roberto, así voy ganando tiempo -dijo mientras seguía devorando el desayuno.

Yo no dije nada aunque por mi mente pasaban las palabras que había oído en labios de aquel sujeto y sabiendo que aquello formaba parte de su estratagema para follarse a Daniela. Otra vez me asaltaron las dudas, si contárselo o no, pero finalmente decidí seguir esperando a ver como evolucionaban las cosas mientras me las ingeniaba para intentar buscar información para cambiar el parecer de Roberto.

¿Cómo lo haría? Ni idea. Pero algo se me ocurriría y, quién sabe, quizás el destino me echaba una mano y no habría necesidad de hacer ninguna estupidez.

-Voy a darme una ducha -dijo Sara levantándose del sofá y haciéndome volver a la realidad.

-Claro, ves. Mientras yo aprovecharé para recoger todo esto.

Ella se fue a la ducha y yo a la cocina a fregar los restos del desayuno tardío. En eso estaba cuando sonó el móvil pero no el mío, era el de Sara. Cuando lo cogí vi que la que llamaba era Judith y, como sabía que Sara no se iba a molestar por coger su teléfono, descolgué.

-Hola Judith, soy Carlos.

-Hola Carlos, ¿tienes por ahí cerca a Sara? me dijo que la llamara para quedar para mañana.

-Ya lo sé pero ahora mismo está en la ducha y no se puede poner. Ya le diré que te llame luego, cuando salga.

-Ok, perfecto. Por cierto, Carlos, muchas gracias por convencer a Sara para que viniera al gimnasio conmigo. Llevaba tiempo insistiéndola para que me acompañara así que imagina mi sorpresa cuando ayer me dice que sí.

-Bueno, yo la verdad es que no le dije nada del otro mundo. Al fin y al cabo Sara es libre de hacer lo que quiera y solo le di mi opinión. Supongo que le debía apetecer hacerlo y ya está.

-Ya, puede ser. Ayer la encontré cambiada ¿sabes? No parecía la misma.

-¿Qué quieres decir? -le pregunté curioso por saber a qué se refería.

-No sé cómo explicarlo, Carlos. Sara siempre ha sido una chica tímida pero ayer, no sé, es como si una parte de ella que nunca había visto quisiera salir a la luz. Ayer, en las tiendas, era como ver a dos Saras luchando por imponerse la una sobre la otra.

-¿Y eso? -la animé a continuar.

-Ayer fue la primera vez que la vi mostrar interés por ropa que, hace unas semanas, ni se hubiera atrevido ni a mirar. Y ayer parecía debatirse entre si comprarla o no. Algo chocante, la verdad.

-¿Y si te digo que por la tarde la acompañé y se compró esa ropa que no se atrevió a hacerlo por la mañana?

-¡Pero qué me dices! ¿En serio? Joder con Sarita, se nos está desmadrando la tía jajaja.

-Supongo que algo así, sí.

-Oye y ¿en casa también se ha soltado? -me preguntó de sopetón.

-No sé qué quieres decir…

-Ummm eso me parece que es un sí jajaja.

Joder con la tía. Si lo llego a saber no le cojo el teléfono.

-Por cierto, que ya me dijo Sara que tú también ibas a venir al gimnasio con nosotras. Me dijo algo de unas mallas ajustadas y unos culos que querías ver… -la tía seguía teniendo ganas de meterse conmigo.

-Está claro que la próxima vez que hable lo tendré que hacer con un abogado delante…

-Jajaja… estaría bien que lo hicieras Carlos pero no te enfades, ¿vale? Que solo tenía ganas de meterme un poco contigo, ya hace tiempo que no nos vemos. Me da la sensación a veces que intentas evitarme…

-No es eso, es que…

-¿Acaso te sientes culpable por lo que pasó? No lo hagas. Ya te dije en su momento que lo entendía. Joder, si solo había que veros…aunque sigo creyendo que te equivocaste al no contarle nada a Sara de lo nuestro…

-Puede ser pero ¿tú crees que si le hubiera contado que tú y yo estábamos tonteando ella hubiera accedido a salir conmigo?

-Supongo que no. Pero después podías habérselo dicho, no creo que le hubiera importado…

-Quizás, ¿pero para qué sacar eso a relucir después de tantos años?

-Aun así… no sé, tú sabrás lo que te haces. Por mi parte puedes estar tranquilo que mantendré mi promesa y no le diré nada, a pesar que sigo creyendo que te equivocas.

-¿Con quién hablas, cariño? -me preguntó Sara entrando en el salón envuelta en una toalla y secándose el pelo.

-Con Judith -le dije alargándole el móvil- quería saber si mañana, cuando vayamos al gimnasio, debía ponerse bragas o no debajo de las mallas, ya sabes, como agradecimiento por convencerte por lo del gimnasio… -le dije guiñándole el ojo pícaramente.

-¿Ah sí? ¿Y se puede saber que le has respondido? -preguntó siguiendo la broma.

-Sin bragas, por supuesto -le dije yéndome a la habitación.

Sara empezó a reírse mientras me pareció oír por el móvil la voz de Judith que decía “será guarro”. No había contado con que ella lo oiría pero parecía que se lo había tomado a guasa por los comentarios divertidos que empezaron a intercambiarse las dos.

Me metí en la ducha sintiendo de fondo el sonido de sus voces, abrí el agua y me relajé sintiendo el agua correr sobre mi cuerpo desnudo. ¿Tendría razón Judith y debería habérselo contado a Sara? Tenía mis dudas. Ella era su mejor amiga y estaba convencido que, si le hubiera contado que acababa de cortar con Judith, Sara no hubiera querido saber nada de mí y lo nuestro habría acabado antes de empezar.

Aunque ella lo veía de forma distinta. Quizás, ahora, con tantos años a nuestras espaldas, quizás si sería un buen momento para contarle algo que tampoco creía que tuviera tanta importancia. Al fin y al cabo, ni siquiera llegamos a acostarnos los dos.

Más de media hora después, salí de la ducha y aun se sentían sus voces hablando por teléfono. Me vestí y me tumbé en la cama, trasteando con mi móvil y dándole algo de privacidad a mi mujer, que seguramente estaría siendo interrogada por su amiga respecto a lo de la ropa del día anterior y los cambios que se estaban produciendo en ella y que Judith ya había percibido.

Tan concentrado estaba en mis pensamientos que ni me enteré de cuándo habían acabado de hablar y cuánto rato llevaba ella mirándome desde la puerta. Cuando me di cuenta, ella se sentó en la cama a mi lado mirándome de forma esc**tadora.

-Estás muy pensativo hoy -me dijo.

-Quizás. Tengo muchas cosas en la cabeza -le dije tirando balones fuera.

-¿Te preocupa lo de ayer? -me preguntó cogiéndome por sorpresa, ya que no sabía a qué se refería.

-No sé a qué te refieres -le dije sinceramente.

-A utilizar a Roberto en nuestro juego -me dijo. Parecía realmente preocupada porque aquello me hubiera molestado.

-Ah eso -le dije sonriendo- no te preocupes por eso que no me molestó en absoluto. Era parte del juego como lo son mis comentarios sobre el trasero firme y duro de tu amiga… -dije para quitarle importancia al asunto.

-Mira que llegas a ser tonto… -me dijo dándome un leve empujón- y yo que empezaba a pensar que estabas molesto por eso…

-Cielo, sé que tú me quieres y yo confío en ti. Sé que eres incapaz de hacer algo que me haga daño como tú sabes que yo tampoco te lo haría. Todo lo demás son juegos inocentes que, si sirven para follar como animales, pues bienvenidos sean.

-Me alegro que pienses así, me has quitado un peso de encima. Y anda que ya te vale contarle a Judith lo de la ropa de ayer… menudo tercer grado me ha impuesto…

-Ya… quizás no debería haberle dicho nada.

-No sé lo que le habrás dicho pero ha insistido mucho en saber si “mi liberación”, palabras textuales de ella, nos ha afectado a nuestra vida sexual -dijo mimosa.

-Si que es curiosa tu amiga… ¿y tú que le has dicho? -pregunté interesado por saber su respuesta.

-Pues la verdad, que follábamos como nunca -me dijo- que anoche lo hicimos tres veces y que me corrí no sé cuántas veces…

No estaba seguro si aquello era verdad o no pero a mi polla poco le importó para crecer bajo la ropa oyendo lo relatado a su amiga. Sara se relamió, satisfecha, supongo que aquello era lo que se había propuesto.

-Veo que a nuestro amiguito le gusta mi sinceridad con mi amiga… o acaso recuerda el buen rato que pasó anoche… -su mano ya acariciaba mi verga por encima de la tela, acabando de endurecerla.

-Joder, Sara… como sigas así… me estás matando a polvos…

-¿Hay alguna forma más bella de morir? -dijo divertida.

Aún llevaba la toalla anudada a su cuerpo. La dejó caer quedando desnuda de nuevo ante mí y consiguiendo su objetivo de poner mi polla como una roca. Desabrochó el pantalón y pugnó por sacar mi miembro de su interior, consiguiéndolo con un poco de esfuerzo. Continuó acariciándola pero ahora sin ropa de por medio.

Alargué mi mano para tocarla pero ella la apartó.

-Déjame a mí -me susurró y yo, evidentemente, obedecí.

Sara se subió a horcajadas sobre mí y se inclinó para besarme, quedando mi polla atrapada entre nuestros dos cuerpos, palpitando al notar la piel de su vientre, el escaso vello de su pubis y el calor que emanaba de su sexo.

Entonces me di cuenta que tenía la cortina descorrida, la había abierto para que entrara el aire primaveral y ventilara la habitación del olor a sexo y sudor de la noche.

-Sara, la cortina -le dije. Ella siempre había sido muy pudorosa para eso, le daba cosa que la pudiera ver desde los bloques cercanos, cosa posible ya que la calle era estrecha y la distancia entre ellos no era muy grande. Por eso en casa, las cortinas siempre estaban echadas.

Pero Sara pareció no escucharme ya que siguió besándome y sus caderas oscilando, haciendo rozar nuestros sexos. Su mirada turbia delataba la enorme excitación que sentía en su interior y estaba como ida, totalmente entregada a la lujuria.

Le había prometido no forzarla y respetar sus tiempos y no estaba muy seguro de si estaba preparada para dar aquel paso. Temía que, una vez pasado el momento de excitación, se diera cuenta de lo hecho y le entraran los remordimientos, echando a perder los avances hechos en tan poco tiempo.

-La cortina -volví a decirle. Ahora sí pareció darse cuenta de lo que le había dicho y giró su cara hacía la ventana semiabierta, enrojeciéndose al instante sus mejillas. Se levantó rápidamente, cerrando la ventana y echando la cortina.

-Dios qué vergüenza -dijo mirando por un resquicio al bloque de enfrente- ¿Te imaginas que me hubiera visto alguien?- preguntó nerviosa.

-Tranquila, Sara. Es domingo y, los que no estén durmiendo todavía, se habrán ido por ahí. ¿No ves las persiana echadas en su mayoría? -intenté tranquilizarla.

-Eso espero -dijo dándose la vuelta- ¿Qué haces? -dijo al ver como intentaba guardarme la polla de nuevo en el pantalón.

-Pensaba que después de esto…

-¿Qué se me había pasado el calentón? Nada de eso, guapetón. Así que deja eso fuera que tu mujercita aún no ha acabado de jugar con ella -dijo acercándose a la cama de forma sensual.

Volví a obedecerla, por supuesto. Ella recuperó la postura que tenía antes de la inter**pción, volviendo a besarme y a frotar su cuerpo contra el mío, recuperando en segundos la rigidez de mi miembro. En cuanto la notó totalmente dura, se alzó levemente para encajarla en la entrada de su vagina y se dejó caer empalándose completamente con ella.

-Joder, qué gusto Carlos… -dijo suspirando de placer.

Inició un lento vaivén sobre mi miembro, pudiendo sentir cada centímetro de su estrecha vagina, deleitándome con el suave balanceo de sus pechos y disf**tando con la expresión de su rostro donde se reflejaba la enorme calentura que ardía en su interior y que no había disminuido ni un ápice tras el suceso de la cortina.

-Así que te gustaría que mañana Judith no llevara bragas eh… con esas mallas tan ajustaditas… seguro que se le marca su coñito… ¿Eso es lo que te gustaría? -dijo incrementando la velocidad de sus movimientos sobre mí.

Sara volvía a jugar, metiendo de nuevo a su amiga en nuestro encuentro sexual.

-Claro que me gustaría, cariño. Sudada y con esas mallas… seguro que se le marca todo… hasta sus labios podré distinguir a través de ellas…

-Sí… y a ella le encantará enseñártelo, con lo guarra que es y las ganas que te tiene… -ahora ya botaba de forma intensa sobre mi enhiesto miembro.

¿Las ganas que me tiene? ¿De qué estaba hablando Sara?

-¿Y a ti? ¿Te gustaría que ella se exhibiera ante tu marido? -dije intentando alargar las manos para alcanzar sus tetas pero fui rápidamente rechazado.

-Las manos quietas, déjame a mí…y sí, me encantaría ver como lo hace… no más de pensarlo me pongo a mil…

Ahora ya me cabalgaba de forma convulsiva, haciéndome estremecer de placer mientras miraba, asombrado, como ella se entregaba más y más y daba rienda suelta a las imágenes sexuales que pasaban por su cabeza.

-Me encantaría ver como se deshace de sus mallas, enseñándote su coñito depilado y sudoroso… yo misma llevaría tu mano para que pudieras tocarlo y sentir lo caliente que la pones…

Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo pero no dije nada, dejando que ella exteriorizara todo su deseo y sus fantasías más recónditas.

-El tiempo que lleva deseando eso… sentir tus dedos recorrer su sexo… pero no se iba a conformar con eso… seguro que querría más y yo encantada de dárselo… empujaría tus hombros hasta que tu cabeza quedara delante de sus coñito húmedo y enterraría tu cara en él, para que la hicieras disf**tar como la zorra que es…

-¿Y no te importaría el verme comerle el coño a tu amiga? ¿No tendrías celos? -le pregunté curioso y sorprendido por su relato.

-Me encantaría… te miraría mientras me masturbaba, viendo cómo la haces correr y corriéndome yo a mi vez, viendo su cara descompuesta por los labios de mi marido y sabiendo lo que ha perdido… envidiándome por mi suerte… joder, sí…

Y se corrió de forma escandalosa, como solía hacer los últimos días donde exteriorizaba más su placer, sintiendo su cuerpo agitarse sobre el mío y provocando, irremisiblemente, que me corriera yo a mí vez llenando su orificio con mi leche. Sara se dejó caer sobre mí, descansando, poniéndole yo mis brazos a su alrededor, abrazándola, tocándola por primera vez desde que habíamos empezado aquel extraño encuentro.

Aun no entendía muy bien que puñetas había pasado allí pero, si una cosa estaba clara, era que aquella fantasía que me había narrado mi mujer la había encendido como pocas veces la había visto. A parte, claro está, de los comentarios vertidos sobre Judith diciéndome que me deseaba, que la envidiaba a ella y lo que ella había perdido. ¿Acaso sabía algo de lo nuestro?

-Qué a gusto me he quedado -dijo Sara quitándose de encima de mí- ¿Estás bien? -dijo girándose hacía mí.

-Sorprendido sobretodo -dije mirándola yo a mi vez.

-Ya, supongo que ha sido un poco fuerte. Ni yo sabía qué me pasaba, me he dejado llevar… -dijo algo avergonzada.

-Eso está bien, cariño pero ha sido chocante, la verdad.

-Me imagino que al acabar de hablar con ella y conociendo vuestra historia… una cosa ha llevado a la otra… -dijo observando mi reacción que no tardó en producirse.

-Espera, ¿tú sabías lo que había pasado entre nosotros dos? -pregunté atónito.

-Claro -dijo divertida- me enteré tiempo después por una amiga en común que sabía toda la historia, aunque sigo sin entender porque nunca me dijiste nada.

-Pues porque me gustabas un montón, Sara… si hubiera intentado algo contigo justo después de haber estado con ella ¿hubiera tenido alguna oportunidad?

-Ni la más mínima… así que me alegro que lo hicieras -dijo abrazándose a mí- pero ahora quiero que seas sincero conmigo, Carlos. ¿Te acostaste con ella? -preguntó levantando su rostro para poder observar si era totalmente sincero.

-Nunca. Estábamos en esa fase de tonteo antes de empezar a salir en serio, ya sabes, besos, caricias y poco más -le dije siendo completamente franco.

-Te creo –dijo- aunque ahora entiendo la f**stración que siente cada vez que le habló de ti a ella… sobre todo cuando lo hacemos de sexo. La pobre se debe morir de envidia al saber lo que se ha perdido…

-¿Hablas con ella de lo que hacemos en la cama? -le pregunté asombrado. Mi mujer era una caja de sorpresas.

-Claro, es mi mejor amiga y, además, ella también me cuenta sus amoríos así que me parece que es justo ¿no? -dijo como si fuera lo más normal del mundo.

-Si tú lo dices… ¿y no te parece un poco c**el hablarle de esas cosas sabiendo lo que había pasado entre nosotros y sabiendo lo que le jode? -le pregunté no comprendiendo sus motivos.

-Qué va. Una cosa es que sea mi amiga y otra que sea tonta. Como si no me diera cuenta de cómo te mira… así que esa es mi pequeña venganza por desear a mi marido -dijo cariñosa de nuevo.

No entendía nada. Según Sara, Judith seguía deseándome aunque yo no me hubiera dado cuenta de nada, y ella la hacía sufrir contándole nuestras hazañas sexuales. Pero luego estaba lo que había sucedido unos momentos antes, en que mi mujer fantaseaba con que le comía el coño a su amiga, lo que en teoría debería matarla de celos pero no había sido así.

-¿En qué piensas? -me preguntó Sara.

-¿Sinceramente? En que no entiendo nada. Sabes que tu amiga me desea y te jode que sea así, por eso la martirizas hablándole maravillas de mí. Pero luego, montas un numerito donde fantaseas en que me incitas a devorarle el coño a Judith mientras tú miras y te masturbas viéndonos. ¿Le encuentras alguna lógica?

-Viéndolo así… parece raro, sí. Pero es solo una fantasía… tampoco le des más vueltas…

-Bueno, ¿no dicen que las fantasías son un reflejo del subconsciente? A lo mejor, en el fondo de tu mente, te gustaría compartirme con tu amiga… -le dije en broma. Bueno, quizás no tanto.

-Ummm… puede ser. Es innegable que me he excitado pensando en vosotros dos juntos… pero, según esa teoría tuya… ¿eso quiere decir que a ti te pone que Roberto me meta mano y me coma las tetas? -preguntó dejándome fuera de juego.

-Vale, mejor lo dejamos en una fantasía -le respondí con una carcajada a la que ella se unió enseguida.

-Mejor que sí.

Nos aseamos, comimos algo ligero y pasamos una tarde tranquila, yo viendo la tele y buscando cosas de interés para nuestro próximo viaje a Sevilla y ella, ocupada en el despacho con el informe que preparaba para Roberto. Por la noche, cenamos y, mientras preparábamos las cosas para la mañana siguiente, no pude evitar fijarme en la ropa que Sara disponía para ir al trabajo.

Era una combinación entre sus dos estilos. Falda de siempre hasta la rodilla pero la blusa era de las nuevas, de tela fina aunque sin transparentar nada y con un escote bastante más atrevido que lo que ella estaba acostumbrada a llevar al trabajo. ¿De verdad iba a llevar mañana esa blusa para ir a trabajar?

Sara captó mi mirada y me sonrió traviesa. Cogió la blusa y se la puso por delante, mostrándome como le quedaría.

-¿Qué dices, Carlos? ¿Crees que le gustarán a Roberto las vistas?

Si lo hizo para provocarme, lo consiguió. Mi polla se puso dura al instante. Ella lo notó, cómo para no hacerlo.

-Al final voy a pensar que sí te pone ver a Roberto aprovechándose de tu mujercita…

Ya no hubo más palabras entre los dos, solo gemidos y golpes de caderas mientras dábamos rienda suelta, de nuevo, a nuestras más bajas pasiones.

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