Mª CARMEN MÚRTULA

Esta tarde, cuando esperaba el ascensor para subir a mi piso, he coincidido con una joven que llevaba un niño de la mano. Este era algo extraño. Tenía una mirada fija, vidriada, como el que mira sin ver, una cara sin expresión, como el que vive ajeno a lo que le rodea, un cuello corto y ancho, en fin, todo él desproporcionado físicamente además de moverse muy torpemente, inseguro, como un niño recién entrenado en su capacidad motriz. Aunque parecía ya mayorcito, no sé señalar la edad que podría tener.

Ella le metió en la boca el panecillo que llevaba en la mano y le dijo, al tiempo que le empujaba la barrita para que sintiera el contacto en la lengua y en los dientes:

—¡Come! ¡Muerde!

Y él, como obedeciendo mecánicamente, cortó el blando bocado con los dientes y comenzó a masticar, lenta, muy lentamente, con expresión boba y ojos sin vida.

Llegó el ascensor y los dejé pasar. El niño fue arrastrado por ella y casi se cae, pues no controló el pequeño espacio que separaba el suelo del ascensor, y no levantó suficientemente los pies.

—Siempre le pasa lo mismo. Es lento para aprender.

—¿A qué piso van? —dije azorada, intentando aparentar norma­lidad, tratando de ignorar al niño.

—Como usted, al 8º. Somos vecinas.

—¡Oh! —exclamé mientras apretaba el botón—. Es primera vez que nos vemos ¿verdad?

—Sí, y ya va siendo hora de que nos conozcamos. ¿No le pa­rece? No está bien que viviendo pared por pared nos crucemos en el camino como extrañas.

—Tiene razón.

Estaba incómoda. No sabía cómo continuar la conversación.

¡Qué lento subía el ascensor!

Ella me pregunto:

—¿Tiene algo urgente que hacer? ¿Por qué no viene a tomar un refresco ahora y así charlamos un rato?

—Yo… bueno… la verdad —continué resuelta— no tengo mucho de preparar mañana y sí es interesante conocer mis vecinos.

—Muy bien, cuando esté lista, venga. La espero. Yo vivo en el 8º B.

—De acuerdo.

Ambas nos quedamos calladas.

Yo no quería mirar al niño, pero sentía que éste me estaba obser­vando sin verme, con la boca abierta, llena del último bocado.

—¡Mastica! —le dijo dándole una palmadita en la mandíbula. Y continuó dirigiéndose a mí—. Siempre se queda así de ensimisma­do ante algo nuevo. Es como si le sorprendiera lo diferente, lo distinto de lo que hasta ahora tiene aprendido.

Le respondí con una mueca que quiso ser una sonrisa. En este caso me parecía que cualquier palabra podía ser inadecuada.

El niño seguía nuestra conversación con los ojos vacuos, buscando la dirección de los sonidos.

—¿Dónde está el niño? —le pregunté cuando, más tarde, ya en su piso, me estaba sirviendo un zumo de naranja.

—Con su madre.

—¿Su madre?… Yo creía…

—Que era mi hijo —Era más afirmación que pregunta—. Como si lo fuera. Yo lo he criado, pero es hijo de la vecina del 8º A.

—¡Oh!

—Sí, será mejor que le cuente la historia desde el principio para que todo sea más sencillo.

—Estupendo. Me encanta conocer la historia de gente.

—Pues bien, la madre del niño se llama María. Ella y yo somos amigas desde la infancia. Cuando terminamos la secundaria, ambas decidimos estudiar periodismo. En el último curso teníamos mucho trabajo práctico que intentábamos hacer juntas. Varios días a la semana la dedicábamos a buscar aquí y allá noticias que nos lanzara hacia un soñado futuro.

Un día apareció por la redacción un joven con la carrera de abogado recién terminada. Se llamaba Antonio, bueno, los amigos le conocían por Toni. Tenía un asunto interesan­te entre manos y nos ofrecía la exclusiva. El redactor jefe le presentó a María y juntos estuvieron trabajando durante un par de días en ello. A partir de aquella ocasión, se hizo habitual verlo entrar y buscar a María para compartir con ella cualquier asunto más o menos interesante. Ni que decir tiene que, de una simple relación profesional, surgió una empatía tal que les llevó a un compartir la vida.

Por entonces, el sector periodista sufrió una crisis muy fuerte en el ámbito económico. Muchos diarios tuvieron que cerrar y otros redujeron la plantilla de personal, por lo que los más novatos y novatas, nos quedamos sin empleo. Como no teníamos muchas ofertas, nos aventuramos a probar suerte en el mundo de la radio.

Las tertulias informativas, bien podían ser transmitidas por expertos periodistas, y allá fuimos nosotras, a ponernos di­rectamente ante el ciudadano que espera puntual la noti­cia de lo cotidiano, tanto locales como más allá de nuestras fronteras. De entonces a ahora la radio ha progresado mu­chísimo, es uno de los medios de comunicación más serios. Nosotros formamos un equipo muy empeñado en ofrecer calidad informativa, no sólo por la inmediatez sino porque hemos creado unas voces que se presentan con rigor objeti­vo, libertad y realismo. Es verdad que es un trabajo agotador si se busca calidad, pero creo que las ocho personas que for­mamos el equipo, estamos entusiasmadas por el buen hacer y servir a los oyentes que siguen confiando en nosotros.

Al año de estar trabajando en la radio, me casé con Santiago y nos vinimos a vivir aquí donde ya vivía él. Cuando María y Toni contrajeron matrimonio, nosotros ya teníamos una niñita de año y medio. Ellos se mudaron al 8º A y juntas volvimos a marchar cada mañana al trabajo. Toni estaba, por aquellas fechas, preparando unas oposiciones ju­diciales y se pasaba largas horas del día entre bibliotecas y la audiencia. Al cabo de unos meses recibimos dos buenas noticias, él aprobó las oposiciones y ella esperaba un bebé. El tiempo transcurría sin novedad. Un día, faltaban sólo dos meses para salir de cuentas del embarazo, María me comuni­có que Toni estaba haciendo una investigación muy delicada sobre el tráfico de drogas en nuestro país. El asunto era muy serio, pues se sospechaba que había implicada gente de altos cargos, por ello había que llevarlo con mucho sigilo. Con este motivo, dado que el centro de las sospechas se encontraba en el norte del país, comenzó a ausentarse de la ciudad. Durante ese tiempo, María compensaba sus ausen­cias comunicándome su relación con su bebé. Fue entonces cuando descubrí una nueva faceta de su interioridad. ¡Qué mujer más tierna y profunda!

‘Lo sé tan mío —me decía—, que llena todos los confi­nes de mi existencia. No sólo lo llevo en mi cuerpo, sino en mi corazón y en mi mente. Me siento portadora de algo tan grande que estaría todo el día absorbida por su presencia. Sólo el pensarlo me estremece. Desde que lo sentí en mí por primera vez, mi vida tiene un único motivo acogerle y darle vida. ¿No te pasó a tí lo mismo?

‘No sé —le respondí—. Quizás yo sea menos sensible… más prosaica… nunca se me ocurrió pensar así esta realidad. Por supuesto que es hermoso, pero creo que tú lo vives con un entusiasmo distinto y más bonito.

‘Pues yo —me confesaba con gran emoción—, le he creado un precioso lugar en mi interior y le nutro con lo mejor de mi vida. Cuando encuentro algo hermoso, trato de transmitírselo a través de ese alimento misterioso con que le voy haciendo crecer dentro de mí. En el silencio de las noches, le cuento lo bonita que es la vida, lo hermosa que es la naturaleza, lo bello que es el mar y lo deseosa que estoy de que contemple todo esto con sus propios ojitos.

Y así me iba comunicando sus vivencias de ser madre.

‘Estos días en los que falta Toni —prosiguió en otra ocasión—, los vuelco más en atenciones hacia mi bebé. Le pongo música suave y melodiosa mientras estoy traji­nando por la casa y cuando reposo, lo arrullo en la mece­dora y le digo palabras tiernas llenas de deseos de estre­charle con mis brazos. Estoy ansiosa por oírle, ver cómo se llena la casa con sus llantos y sus gorgojos infantiles, sentir su vida fuera de mí, comentar con Toni su creci­miento cotidiano. Sueño con la deliciosa experiencia de poder juntos compartir nuestra paternidad. La casa será otra cuando nazca.

Los meses iban pasando. Una noche en la que Toni ha­bía regresado de uno de sus viajes de incógnito, cenamos los cuatro aquí en casa. Recuerdo que la conversación terminó centrándose en su profesión. Santiago le preguntó:

‘¿De verdad crees que el juez es libre ante las presiones políticas?

‘Sin duda que el ejercicio de la jurisdicción tiene ese ries­go, que muchas veces resulta una losa aplastante. Por una parte, como cualquier ciudadano, él tiene el derecho a un pensamiento político del color que juzgue más de acuerdo con su modo de enfocar la vida, pero el peligro está cuando el poder político quiere

manipularle y coacciona su libertad ante su propia decisión.

‘El juez que regresa a la judicatura, después de haber ejer­cido un puesto político, ¿no puede parecer sospechosa su parcialidad? —le pregunté.

‘Puede ser, pero de lo que se trata es de defender la inde­pendencia judicial. El juez jamás puede resolver una cues­tión política, su tarea es el caso jurídico, y las respuestas políticas nada tienen que ver con una responsabilidad penal.

De pronto María nos interrumpió.

  ‘Creo que me ha llegado la hora… lo presiento… tengo unas fuertes molestias…

Toni saltó de la silla como si se hubiera sentado en el fuego y corrió hacia ella.

‘No te preocupes vida mía. Relájate. Ahora mismo nos vamos a la clínica. Precisamente he tenido que dejar el co­che fuera, porque la puerta del garaje no funcionaba —le iba comentando mientras le ayudaba a ponerse en camino—. Mira por dónde, esto nos va a ahorrar unos minutos. ¡Con las pestes que he echado por este inconveniente de no poder guardar el coche!

‘Tengo que ir a coger el maletín —advirtió María.

‘Sin problemas. Id llamando al ascensor que nosotros nos ocupamos de lo demás.

‘Gracias, pero no hace falta que os molestéis —comentó Toni—. Mañana tenéis que madrugar y ya es muy tarde.

‘Tú ayuda a tu mujer y no te preocupes de nada más —le ordené.

‘Ana, he dejado el maletín en el dormitorio al pie de la cama.

‘Tranquila, deja todo en mis manos. Ahora mismo os se­guimos.

Mientras recogía el maletín. Santiago fue a ver si nuestra hi­jita estaba dormida. No tardaríamos mucho —pensaba—. En cuanto la ingresaran nos volveríamos. Pero quizás convendría que alguien se quedara con el primerizo y nervioso padre.

Estábamos a punto de salir de casa cuando un ruido espantoso interrumpió mis pensamientos. Santi y yo nos miramos. Casi adivinamos lo ocurrido. ¿Había sido una ex­plosión? Salimos disparados. Parecía que el ascensor se re­sistía a llegar a la planta baja. Llegamos. Había fragmentos del coche esparcidos por toda la calle. Los trozos de vidrio en el suelo, parecía como si hubiera caído una espesa grani­zada. Alguien estaba cubriendo uno de los cuerpos con una manta y un poco más allá, en la misma acera, había un grupo de gente hacia donde nos dirigimos. Vi a Marta arrodillada, tratando de sacar al niño de entre las piernas de la madre inconsciente. Al parecer, con el golpe expulsó al bebé.

Casi al mismo tiempo llegaban un coche de policías y una ambulancia. Los agentes mandaron a los vecinos que nos retiráramos. Marta se presentó como enfermera y pidió que le ayudaran a terminar su trabajo. En cuanto el parto estuvo en condiciones, trasladaron a la madre y al marido, junto con Marta y el bebé al sanatorio.

Al día siguiente, en cuanto dejé a mi hijita en la guarde­ría, me acerqué al hospital. Yo había informado a la radio de lo ocurrido, en cuanto desapareció la ambulancia y la policía. Por lo pronto pedí aquella mañana libre.

Del resultado de aquel desastre, perdimos a Toni, María está en una silla de ruedas paralizada desde la cintura. Y el niño ya lo has visto. El golpe le dañó el cerebro. Todo esto fruto de la implicación corruptiva de algunos políticos en la delincuencia organizada del país, tras los cuales andaba Toni en aquel momento.

Bebió un sorbo y continuó.

—Ya han pasado casi ocho años y María, poco a poco se va haciendo más cargo de su situación. Ahora formamos una sola familia. Hemos abierto una puerta que comunica las dos viviendas y se ha adaptado una habitación para que María pueda desde casa seguir trabajando. Para ello hemos instalado una emisora conectada con la central, y desde aquí participa en nuestras tertulias interviniendo con soltura, como si estu­viera presente en el estudio. También prepara algunos progra­mas y es nuestra mejor oyente crítica. Yo por mi parte, aunque siento haber perdido una compañera de calle, sigo en busca de la noticia más interesante. Es un trabajo que a veces resulta agotador, porque hay que patear mucho al mismo tiempo que no podemos perder el contacto con todas las unidades móvi­les de la ciudad para ponernos en movimiento hacia el menor indicio de algo que valga la pena investigar. Una llamada pue­de ser una información de primer orden y hay que saber estar alerta a ella. Por otra parte, si estás presenciando algo que te parece debe de ser transmitido a la emisora, te ves obligada a conectar e informar en directo, lo que supone que, por que­rer dar la noticia en el mismo instante, pierdes la perspectiva del conjunto, arriesgándote a ser parcial en tus percepciones. Este riesgo no se tiene cuando se trata de informar por medio de un artículo en el periódico, ya que se redacta después de haber sido testigo directo de todo el hecho y de haber con­sultado con otros sobre causas y efectos. Esta es la ventaja de la prensa, se tiene la oportunidad de recrearse en la noticia y de poder aportar tu análisis crítico después de haber reflexio­nado sobre el hecho. En la radio cubrimos esta limitación con las tertulias, que solemos prepararlas María y yo, con las noticias más relevantes de la jornada, pero la información en directo hay que contarla tal y como se está produciendo.

A continuación, pasamos a saludar a María. Estaba en una cabi­na radiofónica separada por una mampara de cristal de la habitación del niño que, de espaldas a nosotras, frente a la televisión, veía una película de dibujos animados. Ella escuchaba la radio con unos auricu­lares que se quitó cuando entramos. Me maravilló la naturalidad con que me recibió, sentada en su silla de inválida delante de una mesa llena de papeles donde hacía sus anotaciones y comentarios.

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