TANATOS12

Capítulo 49

Si el sentimiento de culpa no me había asaltado con mi primer orgasmo sí lo hizo con el segundo: Con las bragas de María en mi nariz, mi camiseta del pijama apartada y mi pantalón medio bajado, contemplaba el estropicio de mi semen impregnando mi vello púbico. Una paja casi compulsiva recordando las diferentes imágenes: María arrodillada chupándosela a Álvaro… María a cuatro patas recibiendo las embestidas de Guille mientras se la chupaba a Álvaro… María enculada por aquel crío… No había acabado de eyacular cuando ya me preguntaba a mí mismo qué clase de mente enferma podía masturbarse así, con las bragas de su novia sobre la cara, mientras recuerda eso.

A duras penas llegué al cuarto de baño sin mancharme. Tras asearme en el lavabo me duché, lo que suponía, tras la ducha de María, la limpieza del último resquicio en nuestras pieles de lo sucedido.

Una vez en la ducha, lloré.

No fue un llanto compungido, fue un llorar extrañamente tranquilo, y de impotencia, de rabia, de no poder controlarlo, de no poder controlarme. Me caían las lágrimas y se fundían con el agua de la ducha mientras me castigaba por haber llegado hasta allí, pero, sobre todo, por no querer, por no poder parar.

Es que no había solución. Yo ya no podría tener sexo normal nunca más. Por mucho que me plantease amparar, apoyar a María, sabía que, en el fondo, quería que volviera a suceder. Por mucho que me doliera, sobre todo, cómo se la habían follado entre los dos, cómo se había dejado penetrar analmente por Álvaro, me excitaba recordarlo… y mi mente ya casi maquinaba para conseguir volver a vivirlo.

Tras volver a colocar la ropa interior de María en su abrigo, fui al dormitorio a por ropa de deporte, estaba decidido a salir, no sabía si a correr, teniendo en cuenta mi estado, pero sí necesitaba al menos caminar al aire libre. Creía que María dormía, pero, nada más entrar en la habitación, me pidió que le trajera el móvil. Otra vez aquella voz neutra, fría, que me dejaba aun más frío a mí.

Dejé su móvil en su mesilla y no cruzamos palabra. Me vestí en el salón, salí a la calle y en seguida descarté correr y caminé a paso rápido. Pronto comencé a recordar lo vivido en casa de Álvaro e… irremediablemente… me empalmaba… me excitaba… mientras paseaba… y me avergonzaba de mí mismo. Intentaba pensar en un “y ahora qué”, pero daba por hecho que hasta que no hablase con María no podría concretar nada. Tras lo de Edu, me había dicho que no quería saber nada de él, ni del juego, pero, ahora, después de aquella locura con aquellos niñatos, después de cuatro meses auto engañándose con que yo sí le excitaba… estaba convencido de que María habría concluido por fin algo diferente, algo real, algo tajante.

¿Dejarme? Ya no descartaba nada.

Intentaba no pensar en nada sexual mientras caminaba. Me seguía fustigando por hacerlo. Cómo era posible sopesar que María me dejara, pero, a la vez, que mi mente recordase e imaginase todo lo sexual de lo vivido la noche anterior. Pero no podía evitarlo. Y, quizás por primera vez en mi vida, pude alegrarme de mi deficiente miembro, pues, con una polla normal, teniendo en cuenta lo fino de mi corto pantalón de deporte, se notaría mi casi perpetua erección durante la caminata. Mi mente no solo iba a recordar los momentos más duros, más sexualmente duros, si no a imaginar todo lo que podría haber pasado en todas aquellas horas en las que yo no había estado presente. Lo peor era que después de ver su cara desencajada de placer mientras montaba a Álvaro dándole la espalda… después de ver cómo le devoraba la polla a Álvaro mientras Guille la embestía desde atrás… podría haber sido capaz de todo. ¿Y Sofía? Nunca habíamos hablado de ningún tipo de interacción con ninguna mujer, tampoco me pegaba en María, pero… ¿acaso era la misma María?

Aparte de eso estaba lo de dejarse penetrar analmente por Álvaro… Lo del sexo anal con María no es que hubiera sido un tema tabú, pero nunca nos había ocupado mucho tiempo. Era algo que ella nunca lo había hecho con nadie y que, seguramente estaba reservado a que lo hiciera conmigo alguna vez. Mientras pensaba en eso recordaba cuando Edu me había recriminado no haber hecho apenas nada con María, ni sexo anal… ni aquello de que me masturbase con sus pechos… Quizás eran cosas que yo pensaba que María haría conmigo cuando tocase, y, de golpe veía como eran cosas que había hecho con ellos por primera vez.

No dejaba de mojar mi calzoncillo, en aquel paseo, mientras me preguntaba si finalmente la habría enculado hasta el final… si le habría arrancado así algún orgasmo… y, junto con la excitación, también sentía cierta indignación con María, pues volvía a pensar si de verdad había sido necesaria esa entrega… eso de follar tantísimas horas… eso de dejarse follar por los dos a la vez… eso de dejarse dar por el culo… Me preguntaba otra vez si de verdad tan necesitada estaba… Pues, lo de Edu, habiendo visto sus nervios… su intimidación, casi su admiración… podría entenderse mejor su entrega a él, pero lo hecho con aquellos niñatos era un follar por follar, un desahogo, un aprovechar fuera lo que no podría vivir en casa… De golpe me vi recordando aquello de Víctor, aquello de que María había tanteado a Edu para repetir, ¿y si hubiera sido cierto? ¿Y si tras el rechazo de Edu no le hubiera quedado otro remedio que explotar la vía de Álvaro como consolación? Como consolación entre gigantescas comillas.

Volví a casa y comí. Solo. No quise despertarla. Me tumbé en el sofá después y conseguí dormir. De hecho dormí con mayor profundidad que durante la mañana. Me despertó el ruido de la ducha; María se volvía a duchar, pasaban ya de las siete de la tarde. Un rato más tarde apareció ella en el salón, en zapatos, vaqueros y un jersey rosa grueso. Seguía sin decirme nada. Se puso el abrigo y entonces notó en sus manos lo que había en los bolsillos. No parecía acordarse. Y se fue entonces al dormitorio, a echar a lavar o a guardar según qué cosas.

Volvió a pasar entonces por el salón y simplemente me dijo que se iba a tomar algo con Paula. “¿A contarle lo bien que te han follado?” pensé.

De nuevo, en la soledad del salón, comencé a pensar, y la idea de que ella me dejara cobraba más fuerza. De hecho, más sensato que que quedara con Paula para contarle su disfrute sexual, era pedirle consejo sobre qué hacer con su relación. Comencé a preocuparme seriamente.

Me levanté del sofá, más con la intención de distraerme y no martirizarme con aquella cábala, pero acabé revisando qué había hecho con la ropa interior de su abrigo. Efectivamente había echado las bragas y la camisa a lavar y había guardado la falda, el liguero y las medias. Tentado, enfermizamente tentado, estuve de hacerme otra paja con aquellas bragas, antes de que fueran lavadas.

Volví al salón y María me había escrito. Iluso de mí pensé que me escribiría diciéndome si quería ir a cenar fuera con ella. Al fin y al cabo era sábado por la noche, pero lo que me decía era que cenaría con Paula, y que, si tenía hambre, que fuera cenando, que no la esperase.

Que no la esperase, otra vez, como por la mañana, y yo me preguntaba si era justo aquel martirio. Si la que se había excedido no era ella, si no era ella la que tendría que dar todas las explicaciones. Me preguntaba por qué el asustado tenía que ser yo. Por más vueltas que le daba no sabía quién tenía que pedir perdón a quién, quién tenía que rendir cuentas a quién.

María volvió sobre las once de la noche y yo ya estaba metido en la cama. Demasiadas emociones, demasiado estrés y quizás demasiado miedo. Quería preguntarle “y ahora qué”, pero no estaba seguro de atreverme.

Entró en el dormitorio e hizo algo que me dolió…

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