SIX

Al volver a la oficina, todo volvió a la normalidad de una manera extraña y acelerada.

Pasaron las semanas en la empresa y Ana ni me dirigió la palabra, parecía que lo ocurrido en París no había pasado, es más, Ana volvía a mostrarse distante y quisquillosa como siempre. Parecía que dentro de las paredes de mi empresa se transformaba de nuevo en una arpía insoportable.

Decidí no seguirle el juego, no estaba dispuesto a ser el perrito faldero de nadie, y menos de Ana. Me tomé aquellos días como un regalo, algo de lo que disf**té y de lo que me tocaba pasar página.

Hay más peces en el mar, me dije intentando convencerme, pero no podía engañarme.

Estaba enfadado, había jugado conmigo?? Seguramente. A que venía tanta indiferencia de repente?? Por lo menos podría hablarme, saludarme, o alguna cosa así, pero nada. La veía por los pasillos, en el curro, y era como si me evitara a toda costa.

Reconozco que al principio estaba un poco obsesionado con ella, y quien no después de lo que pasó??

Era verla y me ponía nervioso, no me la quitaba de la cabeza. Me ponía a trabajar, programando, y me quedaba en blanco imaginándomela agachada, chupándomela mientras escribía. O cuando iba al lavabo de la empresa, fantaseaba con que estuviera por allí, y la cogiera para hacerle mil perrerías.

Ana se había convertido en mi fantasía, pero al contrario de toda la gente, lo mío era una fantasía después de haberla hecho realidad.

Era obsesión, pura obsesión. Llegaba a casa encendido, con mi polla caliente, y necesitaba pajearme viendo alguna peli porno, o algo para calmarme. Pero no veía la pantalla, solo veía a Ana, como la até en aquel baño del hotel, como jugamos en los restaurantes, como me la chupaba, o como me follé su culo.

“Soy tu juguete” me decía en mis fantasías, “Hazme lo que quieras”, y descargaba grandes cantidades de semen, pensando en ella, sorprendiéndome a mi mismo de la cantidad.

Incluso estuve a punto de tirar la toalla y escribirle algo alguna vez, pero mi orgullo me lo impedía, pensaba, “que le den” en el momento justo para borrar lo que le había escrito, luego me arrepentía y volvía a escribirle, para volver a borrarlo justo antes de enviar. Tenía mi bandeja de borradores llena de mails hacía Ana, algunos de disculpa, otros de enfado, otros pidiendo explicaciones, otros suplicando…

Pero nunca daba el paso, mi orgullo, estoico, me impedía ser yo quien se acercara a ella. Yo no había hecho nada!

Donde había quedado lo que hablamos los últimos días, y ese feeling?? Creí que Ana y yo nos habíamos entendido, que habíamos conectado de alguna manera, y al parecer todo fue cosa mía.

Si, estaba realmente muy cabreado con ella.

Incluso los compañeros de curro preguntaban qué tal me había ido en París con “el Pibón”, y no se creían que les dijera, incluso a mala gana, que no había pasado nada con ella, y con razón, por la fama de zorra que tenía Ana en la empresa. Pero me solían dejar en paz, visto lo cabreado que estaba. Más de uno me llamó gilipollas, por no aprovechar la situación, y que ellos hubieran hecho mil cosas con la “Zorrita del curro”.

Pobres idiotas…

Yo lo desmentía todo alegando que era una creída, que mucho **ido y luego nada, y que me lo había pasado fatal aguantándola. Y gracias al tremendo cabreo que llevaba yo por su pasotismo, pareció convencerles al final de que yo no había llegado a aprovechar la oportunidad.

En fin, un sin fin de mentiras para tapar lo que realmente ocurrió, total, todo para que no corrieran **mores por la empresa, que en realidad no me interesaban ni a mí, ni a Ana.

Por otro lado, hablando del curro, mi jefe había despedido a un par de chavales en esas semanas, uno de ellos fue el responsable de la cagada del transporte, y mi jefe no se anda con tonterías, el otro ya llevaba tiempo ganándoselo a pulso, llegaba tarde y hacia lo que quería, y Marc aprovechó la gestión para “hacer limpieza”.

Marc no andaba nada contento conmigo, le noté más exigente de lo normal, como si me mirara todo lo que hago con lupa. Creo que algo se olió de aquel fin de semana. O quizás fueran solo celos, sabiendo ahora lo caprichoso que era.

Un par de días después del viaje, me reunió en su despacho, y me tiró de malas maneras en cara, que habíamos cenado en sitios de lujo, “que la empresa no costeaba lujos” creo que esas fueron sus palabras.

Intenté hacerle entender que en Francia todo era carísimo, pero enseguida me di cuenta de que el cabreo iba por otros lados. Parecía un niño cabreado al que le habían roto un juguete, me tiraba cosas en cara gritando, que no tenían mucho sentido: “Que te creías que eran unas vacaciones??”, fue una de las perlas que me soltó.

Yo traté de ponerle la excusa de que aquellos sitios fueron los únicos que encontramos abiertos a las horas en las que salíamos del recinto firal, lo cual no era del todo mentira. Aunque lo cierto es que pudimos elegir comida para llevar, o alguna pizza como el primer día, pero sinceramente, no me arrepentía de nada.

Cada vez me hartaba más las tonterías de Marc, precisamente se agarraba a lo que comimos el primer día, la factura del súper y las pizzas, como p**eba de que si nos hubiera dado tiempo de “comer más barato”.

Al final se me hincharon de mala manera y le contesté gritando, que era la última vez que iba a nada parecido, que si las cosas habían salido mal desde el principio, no era cosa mía. Que yo solo hice lo que estuvo en mi mano. Y que tomara las medidas que creyera necesarias.

Me piré de su despacho cabreado como un mono, dejándole con la palabra en la boca, mientras el me gritaba desde su silla que “esto no iba a quedar así”.

El resto del día no quise saber nada de nadie, y eso que la mitad de la plantilla del taller se pasó a chafardear por mi puesto, y a preguntar por la bronca con el jefe, o criticarlo.

Pandilla de ma**jas, pensé.

Al día siguiente, la mujer de Marc, Júlia, me llamó a su despacho.

Pensé que la cosa iba en serio, Júlia era la Jefa de personal, y la encargada de entregar los despidos. Así que ya subí con el “**n, **n” en la cabeza. Aunque mi orgullo no permitió mostrarme herido, caminaba orgulloso y decidido al matadero.

Que fuera lo que dios quisiera, yo estaba harto ya de todo.

Cuando entré en su despacho me saludó cordialmente, como suele ser ella, sin alzar la voz ni nada.

Júlia es una mujer de unos cuarenta y pico años, entrada en carnes, pero no demasiado, lo justo para indicar que en algún tiempo se cuidó la figura, y ahora se había descuidado un poco. De pelo castaño y corto, y con unas gafas que le daban un toque sofisticado. No era muy alta, un poco menos que yo, y solía vestir con trajes y camisas de oficina de una talla menor a la que necesitaba, que le apretaban las carnes y le hacían esos bultitos en las caderas que estropeaban un poco su figura, símbolo de que su peso la acomplejaba.

No era fea, era una mujer normal, de ojos castaños, y labios firmes, quizás atractiva si la mirabas bien y te olvidabas de la cantidad de maquillaje que usaba. De pechos enormes, que debido a lo ajustado que vestía se marcaban bien en su camisa. Quizás fuera eso lo que la hacía parecer regordeta, la talla de sus tetas, y lo anchas que eran sus caderas.

Me miraba desde su silla cuando piqué y entré en su despacho.

-Hola.- Dije solemne, intentando disimular mi enfado, y lo hastiado que estaba de todo.
-Ah! hola Oscar, te han dicho que subieras?- Dijo con ese tono neutro que usaba para todo.

Su voz era firme, acostumbrada a mandar, pero no imperativa, era serena y decidida.

-Si.- Dije manteniéndome a la defensiva.
-Necesito que me eches una mano.- Dijo ahora mirándome.

Eso me descolocó un poco, tuvo que notar mi sorpresa, pero lo disimuló muy bien.

-Mira…-Continuó-…Desde hace unos días no arranca mi ordenador, necesito que lo mires a ver qué le pasa.

Fue entonces cuando vi que tenía un portátil en la mesa, justo al lado de su ordenador de sobremesa.

-Ah… Bueno…- Balbuceé, todo aquello me había pillado por sorpresa.

Intenté controlarme y espabilarme. Me había preparado para oír cómo me reñía, o me soltaba cualquier cosa de la bronca que tuve con su marido, pero no.

Estaba un poco descolocado.

-Puedo?- Le dije acercándome a su mesa.
-Si por favor.- Contestó levantándose y cerrando su portátil.

Júlia se quedó mirándome en pie a mi lado, mientras yo trasteaba en su ordenador. Tras un rato, intentando encenderlo varias veces, sospeché que tenía algún problema en el arranque, probablemente el sector de arranque, o algo así.

Júlia me ponía nervioso a mi lado, era como estar en un examen.

-Creo que me lo voy a tener que llevar abajo, si no reparo el arranque, tendré que instalar el sistema de nuevo.- Le dije.

Me levanté para empezar a desconectar cables, pero ella levantó una mano hacía mi, y yo me quedé mirándola.

-No, da igual, hazlo aquí, a mí no me importa, yo me pondré en aquella mesa con el portátil, será menos engorroso, y acabaras antes.- Soltó con el mismo tono sereno.

Júlia tenía una manera de hablar que hacía que pareciera tener la razón absoluta, nunca alzaba la voz.

-Está bien.- Sonreí.

El resto del día me lo pasé peleándome con su ordenador, mientras ella estaba sentada en una mesa auxiliar de su despacho, que me quedaba a la derecha y un pelín retrasada, me hablaba de vez en cuando.

Nunca había tenido ninguna conversación con Júlia demasiado larga, de hecho, casi no habíamos hablado desde que estaba en la empresa, lo justo para entregar algún justificante, o cosas así.

Me pareció una mujer bastante amable. Al principio me comentó un par de cosas, como para romper el silencio donde solo se nos oía teclear. Cosas banales en plan, “hoy hace un buen día” y cosas así.

Pero luego me dejó flipando con un comentario:

-Quisiera decirte que estamos muy contestos con como llevaste todo el tema de París, pese a los inconvenientes.- Dijo de forma calmada.

Me quedé flipado, me estaba tomando el pelo? Recuerdo que incluso dejé de teclear.

-Pues Marc no debe opinar lo mismo…- Dejé caer.

No pude quedarme callado.

-Porque lo dices?- Preguntó.

Como que porque lo decía?? Acaso ella no sabía de la bronca de ayer?? O era un t**co para estirarme de la lengua??

-Ayer me llamó para hablar en su despacho.- Dije con cuidado.

Júlia suspiró.

-Y que te dijo mi marido?- Parecía mostrar curiosidad dentro de esa impasividad que parecía tener.

-Bueno, él no está muy contento con lo que hicimos en París…- Seguía dejando caer las cosas con cuidado, tenía cierta sensación de peligro en el cuerpo.
-Bueno, sé que hubo contratiempos, pero no fueron cosa tuya, de hecho, creo que te las apañaste muy bien pese a todo.- Dijo con tranquilidad.

Eeh… Uuh… No entendía nada.

-Ya, ya me enteré de que echaron a un par de compañeros que la cagaron.- Dije casi sin querer.
-No, eso no fue solo por lo ocurrido con lo de París. Digamos que fue un cumulo de cosas, y lo que ocurrió fue lo último. Hacía ya tiempo que tus compañeros estaban buscando un despido.

Lo dijo, tranquila, como si hablara de algo que acababa de ver por la ventana.

-Ya…- Susurré casi sin darme cuenta.
-Dices que mi marido te echó bronca?- Soltó de repente.

Aquella pregunta me puso en guardia. Esa era la trampa?

-Si. Ayer discutimos…- Reconocí.

Era inútil mentir, era algo sabido.

-Y por qué motivo?- Volvió a preguntar.

Cada vez que abría la boca Júlia me ponía más nervioso, me daba la impresión de estar en un examen, o en una trampa.

-Creo que no le gustaron los tiquets de las dietas, pero es que allí en París todo es carísimo…-Empecé a excusarme sin saber porqué- …Y no pudimos ir a ningún otro sitio a las horas que cerraba el evento, íbamos de culo.

Me escuchaba a mi mismo y sonaba a desesperado.

Júlia sonrió, con esa tranquilidad que le caracterizaba.

-Si es por lo único que se le ocurrió quejarse, no te preocupes por mi marido, ya hablaré con él. Tú te portaste muy bien pese a las circunstancias, quizás piense en alguna manera de recompensarte.- Dijo con amabilidad y sonriendo.

Me dejó pasmado, ahora si que no entendía nada. Me había quedado sin palabras.

-Júlia, no… No quiero tener problemas con Marc, si le dices…- Dije al rato tras reflexionar.

Júlia alzó una mano como si me pidiera que me callara, pero con amabilidad.

-No te preocupes por nada.- Sentenció sonriente.

Y el resto del día lo dediqué a acabar de arreglarle el ordenador, con la cabeza en un millón de sitios, menos en aquel PC.

Continuará…

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