QUISPIAM

Capítulo 5 (Parte 1)

A la mañana siguiente me desperté tarde, la noche con Sara había sido intensa y me había dejado exhausto. Cuando me giré buscándola, no la encontré en la cama y me levanté para verla un rato antes que saliera a su cita con Judith. En la mesa me encontré con una nota suya avisándome que se iba y que volvería por la tarde.

Suspiré resignado, se me había escapado. Me di una ducha larga y reconfortante, desayuné de forma copiosa y tranquila y me dispuse a poner en marcha la idea que había tenido la noche anterior, buscar un plan para pasar el puente de mayo los dos solos en algún lugar lejos del bullicio de la ciudad.

Me senté delante del portátil y empecé a trastear buscando algún destino apetecible para los dos. Sara no era mucho de playa así que descarté los destinos de costa, aunque a mí me hubiera gustado probar un sitio así para ver si convencía a mi mujer de dar un paso más en su desinhibición y que se mostrase en bikini, cosa que nunca hacía.

Pero le había prometido no forzarla y dejarla ir a su aire e iba a respetar su decisión. Seguí buscando hasta que encontré una buena oferta para hacer una escapada a Sevilla. Buen hotel, bastante céntrico y una ciudad que ambos no conocíamos. Y otro punto a su favor, que podíamos prescindir del coche y hacer el viaje con el tren.

No me lo pensé más e hice la reserva para esos días. Ya me imaginaba la cara que iba a poner Sara cuando se enterara del viaje que había planeado, estaba seguro que le iba a encantar.

Maté el resto de la mañana buscando lugares de interés y haciendo planes para esos días aunque mi intención era disfrutar lo máximo con la compañía de mi mujer, a la que me sentía más unido que nunca después de los hechos de los últimos días.

Sin darme cuenta, la mañana había volado y me preparé algo de comer. No había tenido noticias de Sara en toda la mañana, cosa extraña, pero no quise molestarla intuyendo que, si no había dicho nada, era porque estaba pasando un buen rato con su amiga con la que hacía días que no quedaba.

Después de comer, me puse una película en la tele y me estiré en el sofá dispuesto a pasar una tarde relajante, a la espera que mi mujer volviera de su salida. No tardó mucho en ocurrir, cosa que me extrañó un poco ya que la esperaba algo más tarde.

-¿Ya estás aquí? -le pregunté.

-Yo también me alegro de verte -me dijo irónicamente- ya veo que no me has echado de menos…

Algo le había pasado, lo notaba en su tono de voz, en la expresión de su rostro. A parte del hecho que, para haber ido de compras, volvía con las manos vacías.

-¿Te ha pasado algo, cariño? -le pregunté preocupado.

-No me ha pasado nada -dijo dejándose caer en el sofá- solo que estoy cansada.

No me convencía su excusa pero tampoco tenía ningún indicio que me dijera que me estaba mintiendo.

-¿Qué tal con Judith? ¿Cómo le va todo?

-Bien, como siempre. Liada con el trabajo, el gimnasio…- me contestó de forma apática.

-¿Y novio? ¿O aún no ha encontrado a alguien que esté a su altura?

-Qué bien la conoces jajaja -por primera vez un amago de sonrisa apareció en su cara.

-Oye y ¿cómo es que no has comprado nada? -le pregunté interesado por la ausencia total de bolsas a su vuelta.

-No sé, no encontraba nada que acabara de gustarme… y comprar por comprar…
-otra vez ese gesto en su cara que delataba que algo no iba bien.

Cogí su mano, acariciándola y le di un beso en la mejilla, confortándola.

-Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad cielo?

Pareció dudar pero al final suspiró y decidió sincerarse conmigo.

-Tienes razón, sé que puedo confiar en ti y te voy a contar lo que me ha pasado. Y no te asustes que no ha pasado nada malo -dijo volviendo a sonreír.

-A ver, confiesa -le dije animándola a seguir.

-Si te parecerá una tontería, ya verás. Ha ido todo genial hasta que hemos empezado a trastear en las tiendas, buscando cosas para comprarnos. Yo iba con la idea de pillarme un par de blusas y alguna falda pero nada de lo que veía me convencía y no sé… me he ido frustrando a medida que íbamos visitando tiendas y no encontraba nada a mi gusto… ya te he dicho que era una estupidez…

-Bueno, no lo será tanto cuando te ha dejado tan mal cuerpo ¿no? -le contesté- ahora sé sincera, Sara. ¿No has visto absolutamente nada que te haya gustado?

-Quizá alguna cosa pero no sé…. -parecía avergonzada y creí adivinar el porqué.

-Sara, si te gustaba ¿por qué no lo has comprado? -pregunté intuyendo ya el motivo.

-No me he atrevido -dijo soltando por fin el verdadero motivo de todo aquello.

-A ver, explícame eso.

-Pues eso. La ropa que normalmente uso, ahora no sé porque, me parece insulsa y no me apetecía nada comprar algo así. No sé, buscaba algo más…

-Sexy quizás… -la ayudé.

-Puede. Pero claro, con Judith allí me daba no sé qué… no sabía cómo iba a reaccionar si pillaba según qué, acostumbrada a verme con ropa sobria y poco sugerente… al final no me he atrevido y no he comprado nada… -dijo de forma triste.

-Sinceramente, no creo que Judith te hubiera dicho nada o, bueno sí, seguramente te hubiera animado a hacerlo y regañarte por haber tardado tanto en hacerlo. Pero entendiendo lo que habrá pasado por tu cabeza en esos instantes y comprendo tu frustración…

-Gracias Carlos, eres un sol -dijo dejando caer su cabeza sobre mi pecho.

-Venga levanta, que tenemos cosas que hacer -le dije empujándola suavemente para apartarla de mí.

-¿Qué cosas? -preguntó curiosa.

-Pues ir de compras, claro. Conmigo no lo tendrás tan fácil para irte de vacío -le dije guiñándole un ojo- además, vas a necesitar ropa nueva para el puente…

-¿El puente? No entiendo nada, cariño.

-Que este puente nos vamos a pasar unos días a Sevilla, ya he hecho la reserva esta mañana mientras estabas fuera…

No me dio tiempo a más. Se abalanzó sobre mí, abrazándome y besándome, no creyéndose que todo aquello fuera verdad. Al final tuve que mostrarle la reserva online para que acabara de creérselo. Su cara de alegría era total, ya no quedaba ni rastro de la frustración y desánimo con el que había llegado a casa.

-Bueno qué, ¿nos vamos o no?

-Por supuesto -dijo cogiendo de nuevo su bolso dispuesta a salir de nuevo- gracias por portarte tan bien conmigo- dijo besándome de nuevo.

-Qué poco pareces conocerme, cariño. Si esto lo hago para exhibirte ligera de ropa, pillar un calentón del copón y luego follar como desesperados -le dije en broma.

-Ya lo sé pero aun así… -otro morreo de escándalo que hizo que mi miembro empezara a crecer bajo el pantalón.

-Para, para… que como sigas así, te empotro contra la pared y no vamos a ningún lado… -le dije medio en broma. Bueno, quizás no tan en broma.

Ella pareció meditarlo un momento y al final se separó de mí, aunque a regañadientes.

-Tienes razón, todo a su tiempo. Primero vamos de compras, luego ya tendremos tiempo para que me empotres contra la pared.

Y lo dijo completamente en serio. Yo tragué saliva, cachondo perdido. Vaya tarde que me esperaba.

Llegamos al centro comercial casi una hora más tarde y me dejé guiar por una cada vez más nerviosa Sara. La abracé por la cintura, haciéndole sentir que no estaba sola en aquello y eso pareció darle algo de calma y sosiego.

-Aquí es -me dijo señalándome una tienda en la que alguna vez había entrado.

-¿Pues a qué esperamos? -le dije tomándola de la mano y conduciéndola al interior.

Ella se dejó llevar pero, una vez dentro, pareció tomar la iniciativa y empezó a moverse por las estanterías buscando las piezas que, seguramente esa mañana, ya había visto pero no se había atrevido a comprar. De vez en cuando, me preguntaba sobre qué me parecía tal o cual prenda o cual color creía que le quedaría mejor pero ella, por lo visto, ya tenía bien claro lo que quería.

Sus nervios fueron desapareciendo y se convirtieron en una especie de excitación infantil ante algo nuevo y apasionante. No tardó mucho en tener sobre mis brazos varias blusas y faldas listas para llevarlas al probador, que fue nuestro siguiente destino.

A medida que me iba enseñando las prendas que había elegido, pude comprobar el importante paso que estaba dando mi mujer en cuanto a su forma de vestir. Sin llegar a los extremos de su contrincante Daniela, Sara había elegido faldas de tela más liviana, que se amoldaban mejor a sus formas exquisitas, y algo más cortas que las que solía usar. Y con las blusas, tres cuartos de lo mismo. Telas más ligeras, incluso alguna que dejaba insinuar el sujetador que llevaba debajo y, solo de pensar como le quedarían con algún botón de más abierta, me ponía malo.

Y ella se daba cuenta, claro. Parecía disfrutar viendo mi cara cada vez que salía a mostrarme lo que se estaba probando, yendo su mirada de mi rostro al bulto que se notaba en mi entrepierna y sonreía traviesa, sabiendo que ella era la causa de que aquello estuviera así. Al final, cuando acabó de probarse toda la ropa, nos dirigimos a la caja donde compró buena parte de la ropa que acababa de probarse.

Pensé que mi tortura había acabado pero nada más lejos de la realidad. Cargado de bolsas, con su brazo cogiéndome el mío, nos encaminamos a otra tienda.

-Vamos a mirar aquí dentro. Me apetece comprarme un par de vestidos para nuestro viaje a Sevilla. Seguro que allí ya hace calor y voy a necesitar algo ligero.

Algo ligero supuse que debía querer decir poca ropa, porque los vestidos que me hizo llevar al probador eran livianos, con escote pronunciado y algo cortos, al menos para lo que estaba acostumbrado a ver a mi querida esposa. Vérselos puestos fue un auténtico calvario, suerte que al llevar las bolsas podía ocultar el enorme bulto que lucía en mi entrepierna y que ya era imposible disimular.

Hasta a mí me parecieron demasiado atrevidos, según los cánones a los que estaba habituada Sara.

-Sara, ¿no crees que quizás sean un poco demasiado atrevidos para ti? ¿No decías que querías ir paso a paso, tomártelo con calma? -le pregunté algo nervioso.

-Ya lo sé, Carlos pero estos no son para aquí. Los quiero para ponérmelos en Sevilla, allí no nos conoce nadie y quiero ver hasta donde soy capaz de llegar. Todavía no estoy preparada para lucirlos con gente conocida, paso a paso cielo.

Su respuesta me convenció y me excitó a la vez. Si el viaje a Sevilla iba a ser una escapada para probar sus límites se avecinaba un viaje de lo más apasionante.

Al final salimos de aquella tienda con varios vestidos, faldas, shorts y camisetas que nada tenían que ver con lo que mi mujer guardaba en su armario. Y aún quedaba la prueba final, una última tienda a la que visitar y que, cuando la vi, casi hace que me corra encima solo de imaginarme lo que iba a pasar allí dentro. Una tienda de lencería.

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