XAVI ALTA

El viaje a Valencia supuso el punto más álgido en nuestra relación. Tenía otro plan para ella, convertirla en el juguete inaccesible de Marcos, pues quería lograr una victoria, ni que fuera simbólica, sobre mi amigo y compañero, pero hechos externos la abortaron.

Desde que Marcos me había dicho que la nueva María, la que vestía como yo ordenaba, aunque él no lo supiera, sería la siguiente muesca en su revólver, decidí jugar con él. Las instrucciones que mi chica tenía eran muy sencillas. Debía permitir cualquier avance del playboy de la empresa, tontear con él, hacerle ver que la enorgullecía sentirse deseada, pero darle largas, no pasar de tonteos más o menos intensos.

Estábamos en pleno juego cuando fuimos a Valencia, por ello le resultó fácil alternar con desconocidos, además de excitante. Cada vez que mi amigo me comentaba algún avance, ridículos la mayoría para un tío experimentado como él, me partía de risa interiormente. Sobre todo, cuando avanzado mayo, Marcos comenzaba a estar realmente harto de perseguirla además de herido en su orgullo de macho alfa de la manada.

Pero llegó el último lunes de mayo y todo se fue al traste.

Apareció en casa por la mañana, sin que se lo hubiera ordenado, y en el rellano de mi apartamento me soltó aquella frase tan manida pero tan aterradora: tenemos que hablar.

-Hace casi un año que me separé de Carlos pero este fin de semana he decidido volver con él. –La miré sorprendido por encima del café con leche que yo había hecho para ambos. No tuve que pedir que se explicara mejor pues continuó: -Aunque yo he vuelto a mi juventud contigo, a sentir cosas que hacía casi una década que no sentía, mi hijo lo ha pasado muy mal. Me he sentido egoísta y mala madre muchas noches, sobre todo de fin de semana cuando no podía estar con él. Tal vez no lo comprendas, pero cada vez que me ha preguntado cuando volveremos a estar juntos papá y mamá se me ha partido el corazón. Así que este fin de semana he decidió darle otra oportunidad a Carlos.

-¿Estás segura de que esto es lo que te conviene? –Asintió. -¿Le quieres? –Volvió a asentir, hasta que aclaró:

-No estoy segura de que es lo que más me conviene a mí, pero estoy convencida que es lo mejor para nuestro hijo. Quiero a Carlos. Le quiero porque es un buen hombre, un buen padre, alguien ideal para formar una familia, que debe estar al lado de su hijo.

-Tal vez deberías pensar en ti también.

-Estos últimos meses sólo he pensado en mí. En mi placer. Y te agradezco lo mucho que me has dado, –me miró sonriente, forzando los labios como disculpándose –pero tú y yo no tenemos ningún futuro como pareja, más allá de disfrutar del sexo como nunca lo había hecho. –Hizo una pausa antes de sentenciar. –Y mi hijo necesita un padre.

***

Han pasado once años desde aquella conversación en la cocina de mi casa. Seguí trabajando en la empresa dos años más, viéndola cada día con sus faldas hasta las rodillas y blusas más amplias, pero sin cruzarnos palabra si no era imprescindible. Cambié de compañía. También de sector y busqué otras metas, hasta que me casé.

Mi matrimonio duró poco pues inconscientemente buscaba otra sumisa. Ni lo fue con la intensidad que yo buscaba en la cama, ni lo fue en casa, pues mi machismo cavernícola, palabras literales, la llevaron a abandonarme.

Aunque la he buscado, no he vuelto a encontrar a otra María. He jugado con sumisas, incluso he pagado por ellas, pero no he vuelto a sentir lo que sentí aquellos meses.

Hasta esta tarde.

Estaba sentada en una cafetería del centro con un adolescente que se le parecía bastante, sobre todo en la forma de los ojos. No ha cambiado demasiado. Parece conservar la misma talla de ropa y no he visto ninguna cana. Sí he apreciado, cuando me he acercado para saludarla, pequeñas arrugas al lado de ojos y labios. Maduras, bellas.

El chico se ha levantado, tomando una chaqueta y un skate, y se ha despedido de su madre con un beso en la mejilla. Ahora es la mía, me he dicho. Me he acercado y la he saludado con el tópico, ¡qué casualidad, cuánto tiempo!

Sus ojos se han iluminado al verme, alegres. Después de ponernos al día someramente, se ha hecho el silencio. Iba a levantarme, pues parecía que no quedaba más tela que cortar, cuando me ha agarrado de la muñeca y me ha dicho anhelante:

-Aún conservo la ropa que me compraste.

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