ROCÍO PRIETO VALDIVIA

Aún recuerdo los días en que mi abuela se sentaba junto  al jardín  y hablaba despacito  con mi abuelo. Él con chamarra de livais y sus pantalones de terlenka  sus botines  a media pantorrilla, en su muñeca izquierda su reloj bulova, en su mano sostenía la taza de café que despedía ese aroma  tan embriagador, recuerdo con nostalgia aquellos días y puedo ver lo que había en ese mágico lugar.  El cerrito de a un lado, siempre se mantenía verde,  a abuela de vez en cuando tomaba la manguera y lo regaba decía que ahí vivían unas hadas y que las flores eran su mayor alegría, insistía en que por las noches pusiéramos un vasito con agua porque según sus creencias el alma  de los seres mágicos nos visitaban a los más pequeños.

Mi abuela era una mujer muy avispada, y en cuánto terminaba de hacer su quehacer quería ir a dejar lonche al campo dónde el abuelo laboraba, siempre nos decía que íbamos en busca de un tesoro. Mis tíos, se cargaban sus resorteras, un puñado de arroz, migas  de pan y una navaja por si encontraban alguna lagartija, peleaban por conseguir su piel. Yo no sé que uso le daban o si era sólo para asustarme por las noches.  Esa era la única actividad en la cual  a mi no me gustaba participar. Muchas veces los ayudé a bajar del nido pequeñas avecitas, sus alitas aún  sin plumas  eran cubiertas por mi abuela con pedacitos de tela.

Lograban crecer, emplumar hasta poder volar alto y perderse en el cerrito. Otras veces vimos nacer a los becerros, o los chivitos, don Carlos el ganadero nos dejaban darles biberón y era un gustó estar ahí entre los hombres, siempre me miraban con cariño y uno que otra vez me daban un trozo de melaza.  Creó  que nunca supieron mi género.

De haber sabido que no era cómo  ellos tal vez su rechazó me hubiera hecho sentir diferente  a lo que ahora soy. Ahí entre los montones de alfalfa seca, el mujir  de las vacas, el sonido de sus cencerros, encontré mi primer tesoro  una canica de esas que les llamaban cebollitas. Era de Gilberto, el sobrino de uno de los amigos de Don  Carlos, Gilberto había ido ese Verano a casa de su tía Panchita,  y su tío Don  Manuel orgulloso  de que Gilberto  quisiera ser Veterinario lo llevo a que alimentará  a los becerros que ese verano habían nacido.

-Toma Gilberto, el biberón del canelo, detén bien al becerro.

El canelo era arisco, no le gustaba que nadie más  que yo le diera  su biberón. Ni Román el caporal del rancho podía con el.

– Román tú  detenlo, ya sabes  que este canelo es rebelde.

– si don Carlos, yo se lo amansó.

El becerro se jaloneo,  y por allá fue a dar Gilberto, todo y el orgullo hecho pedazos, además de que de sus bolsillos las canicas  que traía se salieron  y fueron  a dar entre la paja seca y los montones de alfalfa verde, que esa mañana habíamos traído del campo aledaño al pequeño establo,  a mi me quiso dar risa.

-Ven tú Coralillo , a ti si te quiere el canelo. Me dijo Román y yo enseguida corrí a abrazar al becerro.

– toma canelito,  aún  está tibia tu lechita.

Gilberto se levantó aún con lagrimas en los ojos y dolor del costalazo que se puso, al sacudirse el canelo renuente a tomar su leche.

-¡Tío, ya no quiero ser Veterinario!

– ven Gilberto, canelito, no es tan rebelde, toma yo te lo detengo.

Gilberto se acercó  junto  a mi,  y juntos le dimos el biberón al becerro, que poco  a poco  se fue quedando dormido,  apenas si tenía dos semanas de nacido.  De repente lo sentí muy junto a mi, y me dijo despacito;

  • No sé es lo que tienes en la mirada, pero no lo quiero investigar. Me dijo con un tono de miedo.

Se retiró, hacia una esquina donde estaban las otros biberones, las patas de la fórmula para los becerros recién nacidos,  los ungüentos de mamisan para las ubres de las vacas que sufrían de mastitis por tantos becerros que habrían tenido supongo. Ahí se quedó viendo hacia donde  yo estaba, fue mucho rato según contando sus canicas,  y de vez en vez volteaba  hacia yo seguía con el becerro en entre los brazos.  Creo  que buscando una pista de porque sentía algo raro por mí.

Los días pasaron, y una mañana en uno de tantos paseos matinales, Gilberto se nos unió al viaje. Era un niño de ciudad, su elegante ropa marcaba una diferencia entre nosotros, mis tíos con sus botas negras, sus camisas de cuello abiertas enfrente,  sus pantalones de mezclilla, y el cabello alborotado, yo con mi overol de livais, mis tenis converse y mi camisa de cuadros, mi sombrero, que nunca me quitaba.

Gilberto con sus zapatos de charol, su traje de tergal y esa boina negra. Su acento citadino muy diferente  al nuestro.

-¿doña Lucy puedo ir con Ustedes  al campo?

– pide permiso a tu tía,  y si te dice  que sí  vamos.

Gilberto entró corriendo a casa de sus tíos y enseguida salió  Doña Panchita con fruta  y unos dulces para mi abuela.   He Intercambiaron un par de oraciones.

– Lucy,  te lo encargo mucho,  ya sabes  que Sonia me lo ha dejado sólo por  éste fin de semana.

– si Panchita yo te lo devuelvo a la tarde.

En el camino rumbo al rancho de Doña Gina, mis tíos vieron una ardilla corriendo y con sus resorteras le apuntaron, pero la ardilla fue más veloz que sus balines, mi abuela movía la cabeza en señal de reprimenda hacia sus traviesos hijos de 10 y 11 años respectivamente, yo me mantenía a su lado, además  que  no quería  que Gilberto me sacará plática. Porque tendría que decirle de mi hallazgo.  Y además ese tesoro era mi pasaporte de cada domingo. Ya que a mi no me gustaba  irme en la parte trasera de la wallina azul de mi abuelo.

El camino se fue haciendo tan largo, entre las paradas a juntar Quelites, las travesuras de mis tíos y las miradas  de Gilberto,  además hacia mucha calor,  el sol se empeñaba en quemar mi piel, y me corrían goterones de sudor por todo el rostro, mi abuela insistía en que me quitará el dichoso sombrero. Yo fingía  que no tenía calor, y tomaba agua cada vez que podía.  Por nada del mundo quería revelar mi secreto y menos a Gilberto. Quién no dejaba de mirarme.

  • ¿Oigan y Coralillo porque no se quita su sombrero?
  • Coralillo es muy raro, dijo mi tío Jacinto.
  • Nos tiene prohíbo que se pidamos prestado,  desde el día en éste lo uso para darle agua al canelo. Dijo mi tío Miguel.
  • ¿Coralillo es niño?
  • Averígualo tú mismo, te retamos, ¡te doy todas mis canicas, si le quitas el sobrero!  Dijo Jacinto en tono de burla.
  • Pinché Jacinto, mira lo que eres capaz con tal de ver cómo Coralillo se pone en paz a Gilberto.
  • ¿Que dicen? ¡Cuenten el chiste no sean maloras!

La abuela que ya conocía los gestos que hacían mis tíos cuándo tramaban una de sus travesuras impidió por ese día que Gilberto averiguara mi secreto. En cuanto llegamos al rancho,  el abuelo ya nos estaba esperando hambriento y Doña Gina aprovechó  para pedirle a ni abuela  prestados a mis tíos y a Gilberto para que se treparan a la higuera que tenía en el traspatio  junto a la parcela que ese día mi abuelo estába arando en el tractor que Don Manuel el tío de Gilberto le habría rentado durante una semana. Doña Gina pretendía sembrar algunas flores para su difunto marido.

Los muchachos y Gilberto terminaron tan cansados, que no tuvieron tiempo de ver cuando me quite el dichoso sombrero, ni cómo mis cabellos volaban con el aire, mientras mis abuelos muy juntos platicaban, sobre mi regreso a la ciudad.  Los años pasaron tan rápido. Mis abuelos se mudaron al pueblo de vez en cuándo visitaban a Doña Gina,  a la tía de Gilberto y a don Carlos el ganadero, que  siempre tuvieron la duda de mi género.

Incluso Gilberto quién en una ocasión me encontró en la Universidad y se me quedó viendo  a los ojos, sé  que tuvo la  curiosidad de preguntarme por mi abuela. Pero mejor se retiró en compañía de sus amigos, una de tantas tardes mientras esperaba mi transporte me abordó.

-Se que te he visto en alguna parte.

-En tus sueños le contesté con un tono de risa. Mientras daba un paso hacia dentro del trasporte el cuál era abordado por otros chicos también, entre el barullo perdí de vista a Gilberto, y cuando estuve sentada  y el transporte  avanzaba hacia casa, saqué de mi cajita de lápices la canica que había conservado durante años como un tesoro. No contaba  con que Gilberto se había subido al transporte y estaba sentado  en el asiento detrás de mí.

Dice que en cuánto la vio la reconoció. Y la seguridad le volvió al alma.

Durante años se cuestionó si le gustaban las chicos,  que cada vez que cerraba los ojos sólo  atinaba  a recordar mi mirada.  También  me contó que volvió varias veces al rancho de sus tíos y verano  o tras verano  esperaba ver a mi abuela  pasar por  casa de su tía, en busca de algún indicio sobre mí,  nadie le supo decir nada.

 

Y no sé cómo urdió su plan malvado, para que yo cayera en sus redes, y más tarde casarnos yo le tuve que regresar su canica, al fin de cuentas  había encontrado el tesoro que cada mañana mi abuela tras hacer sus quehaceres iba a buscar…

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