LOLA BARNON

Llegamos a los postres.
—¿Qué quieres hacer? —me dijo.
—¿Yo? Nada. ¿Y tú?
—Ya lo sabes…
—Jorge, no seas malo, por Dios… No me incites… —protesté ligeramente, con una sonrisa que desacreditaba mi anterior reparo, y mientras me quitaba el pelo de la cara llevándolo detrás de mi oreja derecha.
—¿No te apetece?
Otra vez esa sonrisa arrebatadora y esa mirada azul de cuento de hadas…
—Claro que sí… Me gustas, y mucho, la verdad. Me lo pasé de cine contigo, pero no está bien. —Bajé la voz.
Abrió las manos en señal de asentimiento o concesión.
—Tú decides. Siempre.
—¿Has hablado con mi novio? —le pregunté intrigada y pensando en ese momento si el silencio de Nico era por ese motivo.
—¿Eso importa?
—Claro que importa, ¿cómo no me va a importar? —Me reí un tanto nerviosa al asumir que Nico y el tío con el que había estado follando hacía una semana, se comunicaran entre sí con total tranquilidad.
—¿Te refieres a si he hablado hoy con él?
—Sí. Yo no he podido localizarle —miré mi móvil otra vez. Seguía con los dos ticks en gris—. Mira, no me ha leído el mensaje —le mostré la pantalla de mi teléfono.
—No, hoy no he hablado con Nico —me dijo una vez que miró el mensaje en el chat de mi chico.
—No sé por qué no me contesta…
—Tú sabes que se puede quitar lo de las verificaciones azules, ¿no?
—¿Las ha quitado? —pregunté sorprendida intuyendo que podía saber algo más que yo acerca de ese detalle.
—No lo sé… Solo digo que se puede hacer. Bueno, ¿entonces? Tienes su permiso y yo quiero estar contigo. Solo falta que te decidas para que estemos todos contentos.
—Jorge… —escondí la cabeza entre mis manos—, no debo…
Se quedó callado mirándome mientras yo alternaba sus ojos con mis dudas. Volvía a tener esa sonrisa que me atrapaba y el sedal de sus azules ojos me iba enredando de nuevo.
—Vamos a hacer una cosa. Si te parece bien, vas a tu casa, y yo, en un par de horas o así, me acerco. Si quieres, me abres y si no, me voy tranquilamente. ¿De acuerdo?
—No va a pasar nada… —tuve un amago de sensatez y de decisión, pero que yo misma intuía que no sería muy duradero.
—Como quieras… Y se levantó haciendo que yo lo imitara—. Te veo en tu casa… O no. —Y me dio un ligero beso en la mejilla.
Aspiré su olor. Tabaco y cuero. Le vi irse hacia el maître y pagar la cuenta con una tarjeta de crédito. Luego se volvió hacia mí y sonrió de nuevo como solo él parecía saber hacerlo.

3

Seis y media. El timbre del telefonillo sonó una hora y cincuenta minutos más tarde de que nos despidiéramos en el restaurante. Yo estaba impaciente y a la vez enfadada conmigo misma. Por una parte esperaba que Jorge viniera y por otra deseaba que no lo hiciera.
Cerrando los ojos, y sabiendo que mis defensas se habían derrumbado, pulsé el botón de apertura y me maldije. Cuando lo vi allí plantado en la puerta de mi casa, ya sabía que me lo iba a follar sin detenerme a pensar en nada más que en disfrutar.
Nos fuimos directamente al salón y lo besé con pasión. Él se quitó la americana, la camisa y los pantalones, mientras yo hacía lo mismo, quedándome totalmente desnuda en apenas un minuto. Me senté en el sofá y le palpé la entrepierna por fuera, acariciando el bulto que ya era de considerables dimensiones. Él seguía de pie, y delante de mis ojos se esculpían unos abdominales bien plantados, pero no exagerados, unas caderas fuertes que yo ya sabía que empujaban firmes y unos muslos bien cincelados. Llevaba calzoncillos de marca, bastante ajustados, que apenas ya eran capaces de aguantar lo que escondían. Se los bajé muy despacio y su polla me dio en la cara.
—Buff… Madre mía —suspiré al verla tan cerca, tan grande y tan dura ya.
Ambos nos reímos. Comencé a lamer despacio su glande, rosado, poderoso. Pasé la lengua por su tronco, acaricié sus testículos y volví a lamer despacio aquel capullo enorme y retador. Cerré los ojos y muy despacio me la metí en la boca saboreando cada centímetro que me tragaba.
Unos segundos más tarde me alzó y me puso de pie mientras me miraba a los ojos. Me besó con cierta pasión mientras yo no dejaba de tocarle el pene ya totalmente empalmado.
Con la mano izquierda que tenía libre, le palpé los bíceps. Eran fuertes y bien formados. Le besé en sus tetillas y pasé la mano por su pecho depilado.
—Estás fuerte… —le susurré mientras buscaba de nuevo su boca.
Entonces sonrió, sentí sus manos en mi cintura y, sin apenas esfuerzo me volteó, provocándome un grito de sorpresa que se tornó en risa a los pocos segundos. Yo estaba boca abajo, con su pene casi al lado de mi boca y mi sexo en la suya. Sus fuertes brazos me rodearon la cintura manteniéndome en esa postura invertida sin que le molestara mi peso. Jorge era un hombre fuerte, de alrededor de uno ochenta y sin duda, mis cincuenta kilos escasos significaban poca cosa para él.
Sentí sus primeras lengüetadas en mi vagina y gemí de gusto. Inmediatamente, me volví a meter en la boca su polla, mientras que con la mano derecha la agarraba y con la izquierda me aferraba a su cintura. Mis piernas le abrazaron el cuello. Así, en esa postura, mientras él me lamía con suavidad mi clítoris y yo paseaba mi lengua por su glande sin sacármelo de la boca, subimos al dormitorio.
Una vez allí, me depositó con suavidad en el lecho, quedando mi cabeza colgada de los pies de la cama y muy cerca de nuevo de sus huevos y su polla. Sacó un condón mientras yo lamía su pene con unas ganas infernales y sus pelotas, que ya estaban hinchadas y listas.
—¿Me lo pones? —me dijo entregándome un condón recién abierto.
Lo miré y fui a colocárselo, pero por alguna razón que aún sigo sin entender, lo lance lejos, a un metro de mi cama.
—Tomo anticonceptivos, no nos hace falta esto… —Y volví a lamerle los huevos y su polla, mientras apretaba con mis manos su precioso culo, atrayéndolo hacia mí.

4

Sentí la puerta abriéndose. Nico llegaba del trabajo a casa. Miré el reloj de mi mesilla: las siete y cuarto de la tarde. Jorge seguía en nuestra cama, y justo en ese momento, nos estábamos preparando para el segundo polvo. El ruido de la puerta, de hecho, me sorprendió con más de media polla suya en mi boca y los dedos de su mano derecha, me acariciaban mi clítoris.
—Nico… —dije sorprendida y sin poder evitar un susto.
—Tranquila —me dijo Jorge—. Sabe que follamos. Y lo permite, ¿de qué te preocupas?
Era verdad. Aun así, y a pesar de que volví a meterme de nuevo su polla en la boca, no podía dejar de escuchar los ruidos de mi chico en la entrada. De nuevo mi ropa estaba tirada en el salón y en el recibidor, sin duda lo había visto otra vez y sabía que estaba con Jorge. Porque la suya también estaba con la mía.
—¿Preciosa? ¿Estás en casa? —sonó su voz llamándome.
Me saqué nuevamente la polla de Jorge de mi boca y lo miré. «¿Qué hago?» Le dije con mis ojos. Él se encogió de hombros y puso cara de resignación. De pronto, tuve una idea. Mi chico sabía que había estado, otra vez, follando con Jorge. De eso no me cabía duda. ¿Y si le sorprendía? Sonreí pícara y traviesa, le di un beso al pene de Jorge y me incorporé.
—No te relajes, bombón, que voy a ver si le damos un buen espectáculo —luego lo besé de nuevo en la boca.
Me fui a poner un albornoz y también, casi de inmediato, cambié de idea, abrí mi armario y saqué las sandalias negras de tacón alto del primer día que estuve con Jorge.
—¿Mamen? ¿Dónde estás? —volvió a preguntar mi chico desde la planta de abajo.
Mire a Jorge que entendió lo que quería hacer y sonrió.
—Eres perversa… —me dijo en voz baja.
Le tiré un beso y empecé a bajar las escaleras. El sonido de los tacones me pareció ensordecedor y tuve que apoyarme en las paredes de la escalera para no caer. A pesar de mi aparente seguridad, iba nerviosa y el corazón me palpitaba con inusitada fuerza. Y era lo normal: iba a saludar a mi chico, totalmente desnuda, salvo con unos tacones de doce centímetros, mientras me esperaba un tío guapísimo en la cama para seguir follando con él. Y lo mejor, que tenía el permiso de mi pareja.
Nico se volvió hacia la escalera al escuchar el sonido de los tacones. Su cara era todo un poema cuando me vio aparecer sonriente. Seguramente no esperaba ver a su novia desnuda, totalmente tranquila y relajada, acercándose a él con una gran sonrisa tras haber follado con otro.
—Hola preciosa… Estás… —bufó en silencio.
No le dejé continuar y le planté un beso con lengua sin mediar palabra.
—Veo que Jorge y tú habéis vuelto a pasarlo muy bien —me señaló la ropa de nuevo esparcida en el salón—. Me encanta, preciosa…
—¿Sí? —volví a besarlo—. ¿Y te gustaría que me lo volviera a follar?
—Claro…
—Pues si quieres subir… Estábamos a punto de ir a por el segundo polvo.
Mi chico dudó y puso cara de bobo. No sé si esperaba esto o si le costaba admitir que podía subir al dormitorio y ver en primera fila como follábamos Jorge y yo.
—Bueno, si no quieres verlo… —y me giré dándole la espalda.
—Sí, sí… espera.
Me volví hacia el con una sonrisa cargada de sensualidad. Le cogí de la mano y tiré de él hacia nuestro dormitorio. Subimos los seis peldaños que lo separaban de la planta baja sin decir una palabra. Iba mudo, expectante, excitado…
Cuando entramos en nuestro cuarto, que no tenía echada las persianas, tan solo las cortinas, por lo que se veía perfectamente, vio a Jorge tumbado a medias en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y totalmente desnudo. Mi chico abrió los ojos como platos, pero continuaba dejándose llevar. Llegamos al lado de la cama, le solté la mano y gateé hasta situarme al lado de Jorge. Le cogí la polla, acariciando sus enormes pelotas y miré a mi novio. Puse de nuevo la cara más pícara y sensual que pude y le dije elevando las cejas:
—¿Puedo empezar ya?
—Sí… —balbuceó Nico mientras se llevaba una mano al paquete.
Miré a Jorge, lo besé en los labios y bajé mi cabeza hasta engullir casi la mitad de su polla. Sus dedos volvieron a trabajarme mi vulva.
Estuve chupándosela algo así como un minuto, gimiendo ligeramente y lanzando lascivas miradas de vez en cuando a mi novio que se había desabrochado el pantalón, pero no sabía qué más debía hacer. Me saqué la polla de Jorge de mi boca, la lamí un par de veces con una sonrisa triunfal y me dirigí a Nico.
—Puedes desnudarte, cari. Con el empalme que tienes, te van a estallar los pantalones… —solté una risita—. ¿Le dejamos Jorge? —le miré burlona.
—Tú mandas… —Me contestó, y yo volví a tragarme su polla.
En un momento dado, me apiadé de mi chico. Estaba allí, como un pasmarote, aguantándose el orgasmo y mirando como un semental se follaba a su novia sin contemplaciones. Y lo que era mejor —o peor—, viendo como yo disfrutaba y no solo no me afectaba en absoluto su presencia, sino que me empujaba a ser más golfa y zorra.
En un momento dado, yo estaba a cuatro patas, recibiendo los embates de Jorge y con él justo enfrente. Hacía ya algunos minutos que ni lo miraba y solo me concentraba en chupar y follar al máximo, gozando todo lo que pudiera.
Le hice una seña a Nico con el dedo, indicándole que podía acercarse. Jorge intuyó mis intenciones y bombeó un poco menos duro, lo que me permitió meterme la polla de mi chico en la boca y chuparla. Nunca había estado con dos hombres a la vez, y ni siquiera ahora lo pensé. Pero la verdad fue que mientras Jorge me follaba a cuatro patas, yo tenía una segunda polla en mi boca, la de Nico. La sentí, por primera vez, y comparando con la de Jorge, más pequeña y manejable. Y quizás, menos atractiva, también. Noté su excitación y que me empezaba a dirigirme la cabeza para regular mi succión. No tardaría en correrse, y yo tampoco. De hecho, a la tercera o cuarta embestida de Jorge, caí desfallecida y dejando escapar varios gemidos de auténtico placer, pero que me hicieron soltar la polla de mi chico que se quedó a medias. Jorge también estaba excitado —yo lo notaba cuando me agarraba con más fuerza mis caderas—, por lo que tenía dos pollas cercanas a correrse. Me giré, me tumbé en la cama boca abajo y balanceé mis piernas con los tacones para que los pudieran ver perfectamente ambos. Me dirigí a la polla de mi muñeco, pero primero giré lentamente la cabeza hacia donde estaba mi chico y le hice la misma seña de antes, invitándole a que diera la vuelta a la cama y se situara donde esperaba con la picha tiesa y dura como una piedra, Jorge. Alterné las dos pollas chupándolas unos segundos cada una. Nico, al poco, comenzó a crispar la espalda y noté que su corrida era inminente. Me la saqué un par de segundos antes de que saliera su chorro de semen que aterrizó en mi brazo y parte de la espalda. Ni me inmuté. Yo ya tenía la de Jorge en la boca y succionaba todo lo mejor que podía para provocarle el orgasmo. Me avisó con un ligero toque en mi mejilla, pero no me quité, aposta dejé que se corriera parte en mi boca y parte en mi cara. Su semen sabía salado, agrio, pero no era desagradable, o a mí no me lo pareció. Lo miré sonriente, mientras notaba que la parte más fluida de su esperma me recorría desde cerca de un ojo hasta la comisura de los labios. Recogí esa gota con la lengua, y le lamí la que colgaba de la punta de su glande. Luego, me lo volví a meter en la boca, provocándole ligeros espasmos y recibiendo las últimas secreciones que salían de su polla.
Miré a Nico que me no me quitaba ojo, presa de una especie de alucinación. Nunca le había dejado correrse en la boca, y tan solo en alguna ocasión, que había sido por la rapidez de la eyaculación, su semen había alcanzado mi barbilla o una de mis mejillas. Pero nunca como hoy había hecho con Jorge, recibiendo una buena corrida en cuello, barbilla, mejillas y boca. Y menos, lamerle las últimas gotas de semen.
Le guiñé un ojo a mi chico que seguía embobado. Me alcé y me quité los tacones, que ya empezaban a molestar, acaricié a Jorge, volví a besar su polla que iniciaba su flacidez, pasé mis dedos por la de mi chico y me fui al baño tan tranquila. Estaba exultante, feliz y seguía excitada a pesar de mi reciente orgasmo.

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