XAVI ALTA

Pronto aprendí que este tipo de juegos son ascendentes, deben avanzar. En una relación de pareja tradicional también existe una evolución, tanto en la vertiente afectiva como en la sexual, pero en una relación basada en la dominación de otra persona, el dominante se cansa de repetir las mismas órdenes y el sumiso necesita nuevos retos. Lo confirmé entrando en el tercer mes de relación.

Había exhibido a María infinidad de veces, la había castigado física y verbalmente, había cumplido todas las órdenes que le había dado, fueran pequeñas o grandes, fáciles o difíciles, pero noté la llegada del aburrimiento, pues las acciones acaban siendo reiterativas.

Cada vez me sentía más cómodo en mi nueva situación, ordenando y siendo obedecido, además de permitirme tener sexo cada vez que me apetecía, como me apetecía, donde me apetecía, sin necesidad de salir a buscarlo. Por lo que tuve claro que no podía dejarlo caer en el hastío, pues María era el 50% y participaba del juego voluntariamente.

Entré en chats de dominación, leí relatos, me informé, pero cada persona es un mundo y hasta ese momento guiarme por mi intuición me había funcionado, así que mantuve la relación conduciendo por la misma carretera.

María parecía una sumisa de manual. Lo que más la excitaba era obedecer, necesitada de encontrase en situaciones levemente embarazosas y recibía los castigos complacida. Siguiendo esta fórmula, llegaba a orgasmos intensísimos. O así había sido, pues últimamente la notaba menos intensa.

Tenía que darle otra vuelta de tuerca.

Era miércoles, yo no había ido a la oficina, ya que había tenido visitas fuera de la ciudad, pero en casa, por la mañana pues había venido a despertarme, le había dado las instrucciones precisas. Ya eran casi las 8 cuando llegué al punto de encuentro, una esquina de un parque muy concurrido en un barrio de muy bajo nivel. Como esperaba, vestida con una blusa ceñida y una falda de piel negra más corta de lo que últimamente era habitual, parecía una puta en pleno escaparate. Que no llevara ropa interior, sobre todo por lo que al torso se refiere, aún la hacía más apetecible, a la par que descarada.

Subió en el coche rapidísimamente, nerviosa y muy sofocada, mirándome ansiosa esperando instrucciones. Pero no arranqué.

-¿Cuántos te han preguntado cuánto cobrabas?

–Siete.

-¿Y qué les has dicho?

-Lo que me has ordenado. No puedo hacerlo hasta que llegue mi chulo.

-¿Y qué contestaban?

-Intentaban convencerme. Uno me ha ofrecido 100€.

-¿Nada más? ¿Ninguno te ha metido mano?

-Tres. Dos el culo y uno las tetas.

-¿Se han dado cuenta que no llevas bragas?

Negó, respirando cada vez más profundamente. Como cada vez que subía al coche, se había desabrochado un par de botones de la blusa para que yo pudiera verle las tetas, ni que fuera lateralmente, y se había abierto de piernas mostrándome su rasurado pubis.

Alargué la mano y se lo acaricié. Suspiró profundamente, mientras mis dedos chapoteaban en aquel marasmo. Con la otra mano tomé uno de sus pechos preguntándole si estaba muy excitada. Asintió con un leve movimiento de cabeza, pero su respiración y el charco que tenía por vagina lo confirmaban. La masturbé un rato, mal aparcados en aquella esquina, mientras la avisaba que los siete clientes potenciales que había desestimado la estaban mirando, mirando atentamente como tu chulo te calma las ansias.

Jadeaba con fuerza, con los ojos cerrados, su cuerpo se movía buscando una mayor fricción en labios y pezones, hasta que me pidió permiso para correrse. Me detuve automáticamente, soltando ella el acostumbrado lamento, gemido entre dientes.

-Las putas no se corren. Menos delante de sus futuros clientes. -Llevé los pringados dedos a su boca para que me limpiara y arranqué.

Estábamos muy lejos de nuestros barrios respectivos. Si había salido puntual de la oficina, tenía más de media hora de trayecto en metro, supuse que había estado expuesta cerca de una hora. Ahora teníamos otro cuarto de hora hasta la próxima estación del viaje, así que la invité a ensalivarme el miembro, orden que obedeció rauda.

Aparqué con más facilidad de la prevista en una calle transversal, mientras la invitaba a bajar del coche abrochándose uno de los botones, justo para que sus tetas no asomaran completas. Al girar la esquina, entramos en un sex-shop de cartel verde.

El local era tópico, además de decrépito. Anticuado en cuanto a decoración, tenue en el pasillo de acceso y en el del fondo que daba acceso a las cabinas. La sala central estaba presidida por vitrinas laterales llenas de películas, juguetes y disfraces, con una góndola acristalada en el centro de la sala exhibiendo consoladores de variados colores y formas, la mayoría de tallas desorbitadas.

Pero lo realmente decrépito eran los clientes de la tienda. Una docena de hombres de edades comprendidas entre los cuarenta y los sesenta, que miraron a mi compañera como si de un trozo de carne se tratara, hambrientos pues no parecían haber probado bocado en años. Un par se acercaron a ella más de la cuenta pero ninguno se atrevió a tocarla, sin duda por mi presencia.

Comenté con María varios juguetes que podríamos utilizar, aunque yo tenía claro cuál había ido a buscar. No me pareció que la excitaran especialmente los vibradores o consoladores, sí en cambio los disfraces pero a mí no, por lo que los descarté, así que pedí al dependiente directamente lo que tenía en mente.

En cuanto me lo mostró, expuesto en la vitrina posterior al mostrador, María me agarró la mano complacida. Pero si la gag ball le gustaba, cuando el chico me tendió la fusta negra, noté claramente el escalofrío que recorrió el cuerpo de mi víctima.

Salimos de la tienda ansiosos por estrenar las nuevas herramientas, sobre todo María, pero el destino me puso delante una maldad. Un hombre mayor, sucio y vestido con harapos, se nos acercó cuando estábamos llegando al coche pidiéndonos limosna.

-No tengo suelto, -respondí –pero puedo ofrecerte algo mejor.

Levanté la falda de mi chica para mostrarle las nalgas al desgraciado. ¿Quieres tocarlas? Asintió babeando, con los ojos abiertos como platos. Alargó la mano derecha, tapada con un cochambroso guante sin dedos, y apretó, mirándome incrédulo. Toca, toca, le animé, le gusta. El tío se envalentonó, agarrándola con ambas manos. No vi qué había hecho con la jarrita de plástico que nos había tendido hacía escasos segundos.

María me miraba paralizada, excitada, así que opté por aumentar la apuesta. Le desabroché el botón que ella se había abotonado al salir del coche, aparté la tela, mostrando al mundo aquel par de mamas llenas. Ahora sí que los ojos del hombre se salieron de sus órbitas, preguntándome incrédulo si también podía tocarlas.  Claro que sí, están para eso. Con rudeza, alargó ambas manos para asir su premio, que sobó baboso. Ahora sí caía saliva por su mentón.

-¿Quieres hacerte una paja? -Pregunté, a la vez que tenía que agarrar a la asustada chica de las nalgas para que no se fuera hacia atrás.

El hambriento indigente asintió presuroso, se sacó un miembro oscuro como la noche para sacudirlo frenético mientras sobaba y babeaba. En menos de un minuto se derramó, manchando el muslo de María. Aprovechando su estado casi místico, lo empujé, tirándolo al suelo de espaldas, mientras ambos entrábamos en el coche a toda prisa para escapar de aquel callejón.

La costumbre llevó a mi compañera a abrir las piernas al sentarse en el vehículo, esperando que mis dedos la acariciaran. Cumplí con el hábito, confirmándome que el juego había aumentado su excitación, llevándolos de nuevo a su boca para que me los limpiara de su ingente flujo. Entonces vi la mancha de semen en el muslo izquierdo, muy cerca de la rodilla, pero me dio asco tomarlo con mi dedo así que al parar en el semáforo ordené.

-Chúpalo.

Me miró interrogativa, después de haber reparado en la semilla del indigente, dudó, pero acabó levantando la pierna para acercarla a su lengua y engullirla ante mi amenaza de dejarla en su casa y no estrenar los nuevos juguetes.

-Buena chica. Te has ganado tu premio, así que puedes comerme la polla hasta que lleguemos a mi apartamento.

No le ordené desnudarse al salir del coche en el parking de mi edificio, pero sí arrodillarse al llegar al ascensor y entrar en mi casa gateando. Las medias evitaban que se pelara las rodillas pero me parecía divertido verlas siempre manchadas por el roce.

Le quité la blusa para que sus tetas colgaran, pero no la falda pues me ponía bastante el conjunto con la media hasta medio muslo. Le ordené esperarme en el comedor mientras me desvestía, arrodillada, con la fusta y la bola delante de ella, sobre la mesita, para que también salivara. Cuando volví, solamente vestido con el bóxer, respiraba ligeramente agitada y su mirada brillaba, anhelante.

-Sigue chupando mientras preparo los juguetes. –Me bajó la prenda y engulló hambrienta, jadeando a cada lamida, mientras de pie desenvolvía la ball gag. Se la tendí para que la viera pero su respuesta fue chuparla como si de una perrita se tratara. Me encantó el gesto, sobre todo porque la veía más excitada que últimamente. Le encajé el artilugio en la boca, abrochándolo por la parte posterior de la cabeza. Estás preciosa, la alagué, acariciándole la cara que me acercaba buscando mayor contacto. Bajé por su cuello, amasé los pechos, sucios por las manos del viejo asqueroso que te ha sobado, me arrodillé a su lado para llegar a su entrepierna y la palpé.

Afirmar que su sexo estaba encharcado es quedarme corto. Sus labios, además, estaban hinchadísimos. Bastó con tocar suavemente su clítoris para que rugiera como una perra en celo en un extraño concierto de gruñidos y mugidos sofocados por la bola intrusa.

Ni se te ocurra correrte, amenacé. Su respuesta fue repentina. Movió la cabeza negando, en rápidos gestos compulsivos que más que negar, me avisaban, hasta que se levantó de un salto para liberar su vagina de mi mano.

Dobló el cuerpo hacia adelante, como si le doliera la barriga, juntando ambas piernas, cruzándolas, mientras densos flujos rodaban por ellas y gruesos goterones de saliva caían al suelo.

La tomé del cabello, arrodillándola de nuevo. ¿Si te acaricio de nuevo podrás aguantar? Negó con la cabeza. ¿Si te follo podrás aguantar? Negó con mayor vehemencia. ¿Y si te follo el culo? Negó por tercera vez. Pues solamente me dejas una alternativa.

La agarré del cabello obligándola a seguirme gateando, abrí la puerta del balcón y la dejé fuera, encerrada. No estábamos en un abril especialmente frío, pero a las 9 de la noche debía haber menos de 15 grados, así que estar casi desnuda a la intemperie tenía que bajarle la temperatura corporal por narices.

Cuando una hora después abrí la puerta para que entrara, tenía la piel de gallina y salivaba intensamente, pero lo alucinante del juego fue reparar en la mancha de flujo que había dejado en la baldosa. Metí la mano entre sus piernas para medir la temperatura, pero aquello no había bajado lo más mínimo. Solamente su epidermis había perdido temperatura. Además, respiraba con cierta dificultad debido a la acumulación de saliva y a los incontrolables jadeos que la asolaban.

Le acerqué la polla a la cara, para que chupara, pero la bola se lo impedía así que optó por frotarse contra ella con mejillas y labios, desesperada. Por un momento estuve tentado de quitársela y darle el gusto, darme el gusto, pero decidí acabar la función con el kit completo.

La apoyé en el sofá, con las manos en la espalda, entrelazadas, y las rodillas en el suelo, tomé la fusta, se la mostré pasándosela por la cara, nuca, espalda y entre las nalgas, hasta que la levanté blandiéndola, para que zumbara en el espacio.

¿La oyes?, pregunté. Rugió asintiendo. Azoté el aire un par de veces más, sin tocarla, pero no por ello dejaba de gemir, hasta que sin avisarla impacté en su nalga derecha. Mugió, moviendo las caderas lateralmente. El segundo cayó en la izquierda. Rugió con más fuerza, comenzando a acelerar la respiración. Blandí un par de veces la fusta en el aire, impacientándola, hasta que la agredí de nuevo.

Al séptimo azote perdió el control de sus caderas, que se movían espasmódicamente, mientras desconocidos sonidos guturales atravesaban la bola de plástico. Supe que no aguantaría muchos golpes más antes de correrse, así que posé la fusta entre sus labios vaginales, como si la montaran, a la vez que me agarraba la polla y apuntaba a su ano.

A penas atravesé el anillo, las convulsiones del músculo me avisaron que el orgasmo de mi perra era inminente. Córrete puta, ladré mientras mi pene la profanaba completamente.

Inmediatamente, asistí al orgasmo más bestia, brutal, vehemente, descontroladamente intenso que había visto en mi vida. Lo recuerdo ruidoso, incluso, a pesar de la mordaza que la sometía. También me pareció extremadamente largo, pues no dejó de convulsionarse, de rugir, hasta que me corrí en su estómago y la descabalgué.

Volví a su lado tendiéndole un vaso de agua, que deglutió ávida cuando le quité la bola. No tuvo fuerzas para levantarse pues las piernas aún le temblaron un rato, así que la dejé descansar mientras preparaba un poco de cena.

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