ISA HDEZ

No perdió la esperanza de verlo aparecer allá en la línea donde se confunde el cielo con el mar. Y, dicen los que la conocen, que en su mente lo divisaba cada día al ocaso, porque los vecinos la observaban un buen rato, y la veían oteando con la mirada ausente pero firme en la misma posición, como si de una autómata se tratara; se olvidaba de todo lo que había a su alrededor, y realizaba el acto sin importarle quien la estuviera mirando, o lloviera, hiciera frío o calor, le daba todo lo mismo, y su ritual era exacto cada tarde. Había vecinos que ya venían asíduamente para contemplarla, ella no se inmutaba lo más mínimo y, repetía su tiempo de silencio como un acto ceremonial.

Hortensia se había quedado sola hacía poco tiempo y vivía en el campo con sus dos hijos varones de once y siete años, Argeo el mayor y Lucas el menor. Su marido, Leoncio, salió a comprar y nunca más regresó, dejando a Hortensia desolada en el lugar, sumida en una profunda tristeza, que ni la algarabía de sus hijos le hacía sonreír. Ella no creyó jamás que Leoncio la hubiera abandonado, siempre lo disculpaba. En su interior sabía que no podría hacerle eso, la quería demasiado. Algo extraño le tuvo que suceder que no comprendemos, decía cuando le preguntaban, ella no perdía la esperanza de que un día aparecería y volverían a ser la familia modelo del barrio, admirada por todos los lugareños. Habían pasado ya diez meses y todo seguía igual.

Hortensia se levantaba con el alba para ordeñar las cabras y preparar el desayuno a sus hijos antes de enviarlos al colegio del pueblo. Pasaba una guagua por la carretera cercana a la casa y todas las mañanas Hortensia estaba en la parada con Argeo y Lucas. La guagua es un autobús, al que en Canarias se le llama guagua. El origen del nombre al parecer es del léxico de las Antillas, Puerto Rico, Cuba, según las enciclopedias. El pueblo estaba a cinco km del barrio donde vivían. Junto a ella estaban otras madres con sus hijos, vecinas del barrio, y trataban de animarla y hablar con ella, pero apenas contestaba más allá de lo preciso con vocablos concretos. La gente del barrio la perdonaban porque sabían que estaba herida de muerte en su interior, y que solo sus hijos hacían que siguiera adelante sin hacer ninguna acción que la llevara a cometer una desgracia. Al principio los vecinos la vigilaban pensando que se había vuelto loca y pudiera acabar con su vida dejando a los niños solos en el mundo, pero cuando pasaba el tiempo y vieron que solo hacía el ritual al ocaso, ya se tranquilizaron y solo la observaban cada tarde, algunos compartiendo su pena y otros por mera curiosidad.

Cuando dejaba los niños en la guagua, arreglaba la casa y lavaba a mano la ropa, en una pila de piedra que estaba detrás de la casa, junto al aljibe de donde extraía el agua, con una soga y un cubo de Zinc. Primero lavaba la blanca, la dejaba como la nieve; luego la de color, y la tendía en una cuerda atada a dos palos enterrados en la huerta, la misma donde plantaba las papas, los boniatos, las lechugas, coles, zanahorias, habas, etc. Tenía animales que la ocupaban y ella disfrutaba con ellos, siempre comentaba una frase que le encantaba, de Gloria Fuertes “En el mundo animal pasan las cosas más bellas de la vida”, disfrutaba con sus gallinas de varios colores y un gallo quíquere, que las paseaba por la huerta. Todas las gallinas seguían al gallo en fila india, a ella le gustaba contemplarlas. También tenía tres cabras de diferente color, Canela, Negra y Blanca, así las llamaba y ese era el color de cada una en honor a su nombre. Las tres le daban leche y ella elaboraba el queso que los sábados venían a comprárselo un tendero del pueblo para revender en el mercadillo. También le vendía huevos, papas, cebollas y lechugas. Con ese dinero iban saliendo adelante los tres y haciéndole frente a los gastos que se le presentaban, como ropa y calzado para los niños y compras para la casa: pan, aceite, jabón, arroz, azúcar, etc.

Hortensia era una mujer esbelta, joven de unos treinta años, en la flor de su vida, comentaban los vecinos, de melena negra azabache que se ataba en una cola caballo con un lazo color púrpura, y ojos marrones oscuro de mirada profunda, que traspasaba cuando miraba al infinito y se quedaba traspuesta en el ocaso atisbando el horizonte; su piel blanca y mejillas sonrosadas conjuntaban con sus labios gruesos rosa pálido y sus dientes perla que se veían solo cuando hablaba algún monosílabo, y que recordaban las risas de cuando era feliz con su Leoncio y resaltaban blancos como la nieve y brillantes como  diamantes. Se ataviaba con unos vestidos rectos por media pierna que la hacía más estilizada y que realzaba su belleza, se los cosía ella misma con retales que compraba en el mercadillo del pueblo cuando alguna vez acudía a vender algunas de sus hortalizas. Llamaba la atención sin ella proponérselo, y algún vecino ya le había hecho alguna propuesta de relación, que ella medio asustada desdeñó al instante, y lo echó del lugar. No cabía en su mente que nadie ocupara el puesto de su amado Leoncio al que ella esperaba cada tarde sin perder ni un ápice de esperanza de verlo llegar y sentir sus besos y abrazos. En su mente no estaba la idea de no verlo nunca más.

Leoncio era un apuesto joven alto y delgado, moreno de ojos color miel de mirada dulce, que enamoraron a Hortensia, desde el momento en que se cruzaron sus miradas en la verbena de las fiestas del pueblo hacía ya más de trece años. Desde entonces no se habían separado ni un solo día, y no lo habrían hecho salvo que, alguna desgracia le hubiera acontecido a Leoncio, según pensaba Hortensia. Los vecinos creían que se había ido a tierras lejanas a buscar fortuna para mejorar la vida de su mujer e hijos, y que solo de incógnita podría hacerlo, ya que Hortensia no lo hubiera permitido jamás. Ella no se quejó nunca de la vida que llevaba en el campo y era feliz con lo que los dos agenciaban con las cosechas y los beneficios que aportaban los animales. No les faltaba la comida, y, criaban a sus hijos hermosos y rebosantes de buena salud. Le enseñaban buenos modales y mucho respeto, todo el barrio lo comentaba. Pero él no estaba conforme con esa vida de campesinos y siempre decía que quería prosperar y que algún día lo haría. Estaba muy enamorado de Hortensia y le había prometido una vida de princesa y ahora la veía de cenicienta. Ello lo tenía algo trastornado y más de una vez le comentó a Mauro, el vecino que le hizo la propuesta a Hortensia, que un día se marcharía lejos y regresaría rico para cumplir su promesa. Cuando Leoncio conoció a Hortensia esta trabajaba en un taller de costura para la clase alta del pueblo, tenía un alto reconocimiento en su trabajo y al casarse dejó de trabajar para ocuparse del campo y de su familia; por eso se le notaba ese porte elegante al vestir además de la elegancia natural de sus modales. Estaba tan enamorada de Leoncio que no le importó dejar todo atrás por él. Eso no se lo podía perdonar y Mauro sabía que un día Leoncio huiría tras la suerte.

Pasaban los años, ya iban diez, los niños habían crecido y se habían convertido en dos jóvenes apuestos y muy educados. Le habían concedido una beca de estudios a cada uno y estaban estudiando los dos. Hortensia se esforzaba para que sus hijos tuvieran mejor futuro que ella, y sabía que solo con esfuerzo se alcanzaba, por ello la modista de antaño, doña Marta, la dueña del taller, le había ofrecido volver a trabajar y ella no lo dudó. Acudía solo por las tardes para obtener una ayuda económica, con el trabajo que tanto le gustaba y así ayudar a los estudios de sus hijos; también se relacionaba y se mantenía actualizada con las chicas del taller. Al regresar del trabajo por la noche seguía con su ritual. Tuvo que cambiar la hora debido al trabajo, pero no la forma, era exactamente igual todos los días, como algo que le salía del cuerpo y que nada ni nadie podía impedir. A veces en la oscuridad de la noche emitía voces, sonidos desconocidos, y hay quien dice que se transformaba y que ella no era consciente de ello. Cuando terminaba su conjuro volvía a la normalidad como si nada hubiera pasado. Algún vecino murmuraba que Leoncio estaba en otro plano y ella lo poseía.

Mauro vivía dos casas más arriba que Hortensia, y siempre se preocupaba por ella. Desde que lo espantó no había vuelto a molestarla, pero seguía pendiente de ella y le gustaba, él sabía esperar… De buen agrado se hubiera ido a vivir con ella. Se había quedado viudo y no tenía hijos ni familia y siempre le decía que si se moría antes que ella todas sus tierras y su casa eran para sus hijos: Argeo y Lucas. Ella siempre le respondía que no podía aceptarlo, pero ahora ya decidirían sus hijos y no ella. Él seguía disponible para pasar el resto de su vida a su lado cuando ella lo aceptara, Mauro, en su interior sabía que Leoncio no regresaría jamás. Ningún hombre enamorado de una mujer la abandona y está más de diez años sin dar señales de vida, pero Hortensia no se lo creía, no cabía en su mente que el amor de su vida la hubiera olvidado, y mucho menos que no fuera a regresar a su lado. Ella seguía pensando que algo terrible le sucedió para ese comportamiento. Pero Mauro tenía la paciencia de Job y no perdía la esperanza, esperaría todo el tiempo que ella necesitara, como si era toda la vida.

Una tarde de invierno, llovía intensamente y Hortensia no había acudido al trabajo, no se encontraba bien y el tiempo presagiaba tormenta para largo con lo que tras avisar por medio del cartero con una nota le mandó recado a doña Marta, para decirle que ya recuperaría las horas pero que se quedaba en casa porque tenía enfriamiento y el cuerpo con escalofríos. Se encontraba sola porque sus hijos estaban en la ciudad estudiando, habían encontrado plaza en una residencia de estudiantes y solo iban a casa en vacaciones. Oyó unos golpes insistentes en la puerta y a través de los cristales vio a una mujer y un hombre de mediana edad, bajo el paraguas, llovía a cántaros, y pedían cobijo hasta que amainara la tormenta. Hortensia les abrió la puerta y entraron a buen recaudo, secándose con las toallas que les dejó, y calentando su cuerpo con una taza de consomé del caldo que Hortensia había preparado, con una buena rama de hortelana. No cabían en su gozo y todo eran alabanzas de agradecimiento para con Hortensia. Ya recuperados y tranquilos, Mario y Lola se dispusieron a relatarle a Hortensia su visita casual a medio camino de regreso a su casa del barrio. La casa situada en la montaña era la suya, la que siempre estaba cerrada porque sus amos estaban en Cuba y se pensaba en el lugar, que no regresarían jamás al barrio. Incluso había quien comentaba que estaban muertos. Pero ellos decidieron regresar desde que tuvieron ahorrado el dinero del viaje. Llevaban muchos años allá, pero Cuba se había puesto mal y había guerrillas y ellos temían que peligrara su vida. Ajenos a la vida de Hortensia comenzaron a relatarle historias de Santiago de Cuba que era el lugar donde ellos vivían y donde conocieron a bastantes emigrantes, que hicieron lo mismo que ellos, trabajar en las plantaciones de caña de azúcar y de tabaco. Sin querer comenzaron a narrar la historia de Adelina y Leoncio que eran sus vecinos en Cuba, y estaban ahorrando para volver al pueblo. Adelina era cubana, pero Leoncio la quería traer a su pueblo. Hortensia estaba absorta en los relatos, pero no se le pasó por la mente que ese Leoncio fuera su amado, ni tampoco Mario y Lola sabían la historia de Hortensia. Siguieron relatando que Adelina y Leoncio tenían una niña de ocho años, que se llamaba Hortensia. Cuando dijeron el nombre de la niña, a Hortensia se le salían los ojos de las órbitas, fue entonces cuando reparó en el relato, le llamó la atención que la niña tuviera su nombre, pero no quiso pensar en relacionar nada, sabía que Leoncio no sería capaz de eso, no tenía por qué ser el mismo. Siguieron con el relato y Mario inocente comentó de Leoncio una descripción exacta a la de su Leoncio y la fecha de llegada a Santiago coincidía con el tiempo de la huida del barrio, aquella tarde tan triste para Hortensia, por la que aún penaba cada noche con su ritual y la culpable de su mirada ausente, así la llamaban en el barrio “la de la mirada ausente”. No podían suponer Mario y Lola que se tratara del marido de Hortensia y por eso siguieron relatando que cuando ya tenían todo previsto para el regreso al pueblo con su niña aconteció la desgracia que le iban a relatar cuando oyeron otro golpe en la puerta de la casa de Hortensia y volvió a abrir la puerta entrando Mauro empapado de la lluvia torrencial, se acercó a la casa para ver cómo se encontraba Hortensia sabiendo que estaba sola por si necesitaba ayuda. Hortensia le dio trapos limpios para que se secara y le sirvió una taza de consomé caliente con la rama de hierba buena que Mauro agradeció con un gesto alzando la mano hacia el corazón dando las gracias. No se esperaba la visita de Mario y Lola a los que saludó con cortesía efusiva, Mario era primo lejano de Mauro por parte de padre, y se alegró de verlos y de que decidieran volver. A los vecinos del barrio le agradaría que una casa cerrada por tanto tiempo abriera de nuevo sus puertas, Mario y lola serían bien recibidos.

Después de los saludos en la casa de Hortensia, Mario y Lola siguieron contando el relato que aparcaron a la llegada de Mauro. Leoncio tenía todo preparado para el viaje con Adelina y su niña. Faltaba ya poco para embarcar, cuando unos días antes de regreso a la casa en Santiago les aconteció el terrible accidente con su carro viejo. Al parecer Leoncio no se percató en la curva del camión que venía de frente hacia ellos, siendo arrollado de forma brutal, quedando Adelina y la niña malheridas y Leoncio fallecido en el acto. A nosotros nos impactó la desgracia y les ayudamos en todo lo que estuvo en nuestra mano, comentaron. Después del accidente Adelina y la niña se iban recuperando de las heridas y al tiempo recibieron el alta médica. Por entonces ya no deseaba viajar tan lejos de su tierra y decidió quedarse en Cuba, al menos allí tenía familia que le ayudaría a salir del bache a ella y a su hija.

Con todo este relato Mauro y Hortensia se quedaron mudos pues suponían que Leoncio era el que trastocaba la mente de Hortensia desde hacía más de diez años. Mauro como tratando de ayudar a Hortensia que se había traspuesto explicó que ese Leoncio del que hablaban Mario y Lola era el marido de Hortensia. Se produjo entonces un silencio sepulcral que nadie se atrevía a romper. Todos allí se dieron cuenta que Hortensia se acaba de enterar que se había quedado viuda.

Se vistió de luto riguroso, y al día siguiente llegaron los hijos avisados por Mauro que les había puesto al corriente de los hechos, y todo el barrio fue en comitiva hacia el pueblo para celebrar la misa del difunto. Impresionaba ver a la madre en el centro y un hijo por cada lado, los tres de negro de pies a cabeza, y todo el barrio atrás de ellos en silencio entrar a la iglesia del pueblo. La iglesia estaba en la plaza y toda ella rodeada de gente que observaba la comitiva. Dicen que todo el pueblo rodeó la plaza para ver a la viuda. No saben cuándo preparó la ropa que llevaba puesta, murmuraban algunas, como si se oliera que algo malo estaba por suceder y que algún día tendría que llegar. Un vestido negro recto a media pierna de manga larga aterciopelado y sobrepuesto  un abrigo de paño tres cuartos que la estilizaba y parecía una dama elegante admirada por todos los presentes por la belleza que destilaba pese al dolor que transmitía en su cara, no saben si por el fallecimiento o por el engaño que le hizo su adorado Leoncio dejándola sola con dos niños pequeños y para juntarse con otra mujer en tierras lejanas mientras ella esperaba y cada tarde noche le ofrecía su ritual.

Después de la ceremonia y de que pasaran los días de dolor por el acontecimiento, los hijos regresaron a sus estudios y ella siguió en el taller del pueblo con su trabajo de modista. Seguía vestida de negro riguroso y con la mirada ausente como si nada le interesara a su alrededor. Continuaba con su ritual nocturno y siguen contando los vecinos que seguían oyendo voces algunas noches, que todo hacía presagiar que era Hortensia poseída por Leoncio.

Mauro la observaba de cerca sin que ella lo advirtiera, seguía esperando en que algún día le dejara entrar en su vida para acompañarla y cuidarla. Él la quería y estaba dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario. Su amor por Hortensia era desinteresado, y, ya había hecho testamento en favor de sus dos hijos Argeo y Lucas por si a él le pasaba algo. El día de la misa Mauro habló con los dos y les dio una copia del testamento.

Una noche Mauro observó que Hortensia no hizo el ritual al llegar del trabajo como todos los días. Siempre la oteaba a distancia sin que ella lo viera, y le extrañó, al igual que a otros vecinos que también la vigilaban. Pensaron si estaría enferma y no querría enfriarse con la humedad de la noche. Al día siguiente tampoco lo hizo, y así durante varios días. Todos los vecinos estaban preocupados, no sabían a qué era debido ese olvido. Una noche como ella sabía que la espiaban, los convocó en su casa y ellos en silencio casi sin respirar escucharon lo que Hortensia tenía que decirles. Sin más explicaciones ella comenzó con un: —¡se acabó!, “ya Leoncio descansa en el más allá y ya me dará las explicaciones que él quiera cuando me vuelva a encontrar en el infinito”. —Ahora seguiré en este mundo, en el real, y lo haré de la mano de Mauro, junto a él, porque siempre ha estado pendiente de mí y ha sabido esperar a que yo sanara mi alma. Ahora ya estoy en disposición de acompañar a Mauro. Con esto cierro una parte de mi vida y se abre la siguiente, quedan todos informados.

Todos los que allí estaban rompieron el silencio con un fuerte aplauso y, se alegraron tanto que hasta cantaban y saltaban de la alegría. Hortensia preparó la bandeja dorada, bajó un queso de la alacena, hecho por ella, lo troceó y los dispuso en la bandeja, añadiendo unas pasas en el centro. Después abrió la mistela de limón y canela, también elaborada por ella para la ocasión, y todos brindaron con júbilo.

Mauro, buscó a Hortensia entre los presentes, la miró a los ojos y la besó en la boca sellando su amor ante todos los vecinos. Poco a poco se fueron marchando de la casa, quedando solos Hortensia y Mauro. Él la elevó por los aires con sus fuertes brazos y la llevó al lugar donde vivieron su amor, su pasión sin límites.

Todo estaba resuelto para ellos, había que preparar la boda y decírselo a Lucas y a Argeo. Hortensia cosería su vestido de novia con el mayor esmero, en el taller donde trabajaba, y estaría bellísima y esbelta como una diosa, como era ella. Dicen que no se vieron más rituales, ni se oyeron más voces en la noche. El lugar recuperó la vida rutinaria de un barrio cualquiera. Hortensia dejó de ser la chica de la mirada ausente.

 

© Isa Hdez.

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