XAVI ALTA

Aquel jueves de primeros de abril, María fue la comidilla de la empresa. La modosita administrativa de contabilidad había aparecido ataviada con una blusa ceñida que le marcaba un buen par de tetas y una falda estampada que mostraba más de la mitad de sus muslos. No era un vestuario extraño en la mayoría de mujeres de la oficina, pero sí era novedoso en ella, por lo que los compañeros masculinos le dedicaron miradas obscenas mientras las compañeras cuchicheaban sorprendidas.

Incluso Marcos posó sus ojos sobre ella, confiándome que sería su próxima presa. Lo animé a ello, como había hecho otras veces cuando me avisaba que se iba a pasar por la piedra a alguna compañera, pero no solté prenda del juego que me traía entre manos.

Aquella noche la invité a cenar en un restaurante que me habían recomendado. La recogí delante de su casa, alabándola por lo guapa y excitante que estaba, y solamente le ordené quitarse la ropa interior. Sus senos se dibujaban perfectamente a través de la ceñida tela, perforada por pezones permanentemente erguidos. No pasaron desapercibidos por los camareros del local ni por otros clientes. Incluso leí claramente en los labios de una mujer como la calificaba de zorra, ante la insistente mirada de su pareja.

-La mujer de la mesa de la derecha, la del vestido azul, le acaba de decir a su marido que pareces una zorra. –Se ruborizó pero no dijo nada. -¿Qué te parece? ¿Eres una zorra?

-Soy lo que tú quieras.

La miré directamente a las tetas y continué:

-Te queda tan ceñida esta camiseta que se te marcan las tetas perfectamente. Parece que no lleves nada. La verdad es que para ir así por el mundo, casi podrías quitártela y enseñarías lo mismo.

Levantó la vista, mirándome sorprendida, sin duda preguntándose si iba a pedirle que se la quitara en medio de aquel comedor. Su respiración se intensificó, aumentando el vaivén de aquel par de globos.

-¿Qué te parecería si te ordenara quitártela? –Bajó la mirada, excitada, para asentir a continuación antes de responder que obedecería cualquier orden que le diera. La tuve un rato en ascuas, mientras su respiración se aceleraba por momentos. -¿Estás excitada? –Mucho. -¿Quieres quitarte la camiseta? –Quiero obedecerte. Sonreí satisfecho. –Buena chica. Así me gustas, obediente.

Pero no iba a provocar una situación embarazosa para mí, pues nos echarían del restaurante al momento, así que opté por algo un poco menos atrevido.

-Quiero que vayas al baño y te masturbes, pero no quiero que te corras. Cuando estés a punto paras y vuelves. Mientras te tocas, usarás tus flujos para acariciarte los pezones por encima de la tela, dejándola húmeda. –Los ardientes colores en las mejillas de mi compañera y el acelerado movimiento de sus pulmones, me demostraron que no necesitaría estar en el aseo demasiado tiempo para llegar al no-orgasmo, pero quise más. –Tanto al ir como al volver, quiero que pases por el lado de la mujer de azul y mires lascivamente a su marido.

María se levantó temblando. Titubeó en los primeros pasos pero obedeció diligentemente. La mirada que le dedicó la mujer en el trayecto de ida fue asesina, pero cuando la vio reaparecer con los pezones atravesando la tela casi transparente insinuándose a su pareja, pensé que se levantaba y se le echaba encima. Pero no ocurrió. Prefirió soltarle un exabrupto a mi chica, que se sentó tiritando.

-¿Cómo ha ido? –No respondió. Tenía la mirada baja y respiraba con cierta dificultad. -¿Qué te ha dicho?

-¿Qué miras, puta? –verbalizó en un susurro.

-Tiene razón, te has comportado como una puta. ¿Eres una puta? –No respondía, así que insistí. -¿Lo eres?

-Soy lo que tú quieras.

Aún la torturé un rato más. Pedí un café solo que me tomé degustándolo mientras María se mantenía con la cabeza gacha esperando indicaciones. Al salir del local, la tomé de la nalga sin ningún pudor, notando las miradas de los comensales acribillándonos.

Al llegar al coche, la empujé contra la carrocería, obligándola a apoyar las manos sobre el capó para darme la espalda. Le abrí la blusa para que sus tetas se mecieran libres. Le levanté la falda para mostrarme sus rotundas nalgas. Le acaricié el sexo desde detrás, arrancándole intensos jadeos, hasta que le solté la primera nalgada, preguntándole qué eres. Gimió pero no respondió. Repetí golpe y pregunta. Una puta. Otro golpe, misma pregunta. Una puta. Al noveno cachete no pudo responder, pues un intenso orgasmo la sacudió de arriba abajo.

El juego me había parecido la hostia, pero mi perfil de amo dominante que cada vez estaba desempeñando mejor apareció implacable. No le había dado permiso para correrse, así que me había desobedecido. Por lo que si quería mantener intacta mi autoridad sobre ella, debía castigarla.

-No recuerdo haberte dado permiso para correrte.

-Lo siento, no he podido evitarlo –suplicó.

-Aquí te quedas. Vas a tener que volver caminando a tu casa. Dedica el paseo a pensar en qué debes mejorar.

Suplicó, sollozó incluso, disculpándose para que no la abandonara allí, pero hice caso omiso. Monté en el coche y allí la dejé, a más de una hora de su barrio a pie.

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