QUISPIAM

Capítulo 3

Al final el trabajo me retuvo hasta pasadas las siete de la tarde. Entre que me cambiaba, cogía el metro y llegaba a casa me daban las ocho y, teniendo en cuenta que Sara debía haber llegado un par de horas antes, no contaba con encontrarla dispuesta para saciar la calentura que me acompañaba desde nuestro encuentro de esa tarde. Seguramente debía haberse masturbado harta de esperarme.

Cuando ya salía, cambiado y con el ánimo por los suelos, mi encargado me pidió que subiera un momento a la empresa donde trabajaba Sara y le dejara a uno de sus compañeros un pen drive con algo que necesitaba para mañana a primera hora. Resignado, lo cogí y me fui al ascensor. Total, qué más daba llegar un poco más tarde.

Cuando llegué al piso y salí del ascensor no me extrañó no encontrarme a nadie, a esas horas la mayoría del edificio estaba casi vacío. Me fui directo a la mesa que me había dicho mi encargado y dejé el pen drive con una nota para que supiera lo que era. Hecho el encargo, regresé de nuevo al ascensor pero algo llamó mi atención, se oían unas voces al fondo del pasillo cerca del despacho de mi mujer.

Se suponía que a esas horas no debía haber nadie, por eso me acerqué a saber el origen de aquellas voces. A medida que me acercaba, sus voces se hacían más nítidas y pude distinguir que eran dos hombres hablando de forma distendida aunque aún era incapaz de reconocer quienes eran.

Procedían del despacho anexo al de Sara cuya puerta estaba entreabierta y por eso se podían oír sus voces por todo el pasillo en el silencio que llenaba toda la oficina. Aquel despacho era el de Roberto, al que identifiqué como uno de los que hablaban y el otro, aunque no estaba seguro, me pareció que era un tal Oscar que muchas veces acompañaba a Roberto en sus juergas.

Aunque no sabía que hacían allí a aquellas horas, una vez que sabía quiénes eran, nada justificaba que continuara allí y me di la vuelta para volver al ascensor pero, entonces, escuché algo que me hizo quedarme parado en medio del pasillo.

-¿Ya les has dicho a aquellas dos que son las candidatas para quedarse con tu silla? -le preguntó el que yo creía que era Oscar.

-Sí -dijo la voz inconfundible de Roberto- a media mañana se lo comuniqué a las dos, dejándoles claro que la decisión la iba a tomar yo. Que, por cierto, no veas que buen rato he pasado jajaja.

-¿Y eso?

-No veas el escotazo que se marcaba hoy la Daniela. No he podido dejar de mirarle las tetazas todo el rato que ha estado en la oficina pero ella ni se ha inmutado. No como la otra, que me ha echado un par de miradas asesinas…jejeje.

-Ya, es que la Daniela es mucha Daniela. Encima que está buena disfruta mostrándonos todo lo que tiene, va dejando rabos tiesos allá por donde pasa jajaja.

-Ya te digo, para empezar el mío. Cuando ha salido por la puerta me la he tenido que cascar para bajar la hinchazón que me han provocado ese par de melones que gasta la tía.

-¿Aún no te la has follado?

-Qué va y mira que lo he intentado. A veces se deja sobar y una vez incluso conseguí que me tocara la polla por encima del pantalón pero de ahí no pasa. Me está volviendo loco y ya me queda poco para irme… antes de hacerlo me la tengo que tirar sí o sí.

-¿Por eso la has metido en la criba?

-Qué va, por eso he metido en la criba a Sara jajaja -dijo Roberto socarronamente.

-Pues no lo entiendo.

-Por eso no estás tú en ella jajaja. Es bien sencillo. Si de buenas a primeras le digo que el puesto es suyo ¿qué sacó yo de eso? ¿Un polvo de agradecimiento? Creo que no. Así que meto a Sara en la pugna, una rival que le puede quitar el sitio y yo hago como que dudo entre las dos, así se lo tendrá que currar para conseguir lo que quiere…

-Joder tío, eres un crack.

Dentro se oía a los dos reír y el chocar de dos vasos, no dando yo crédito a lo que estaba escuchando. ¿Se podía ser más gilipollas? Ya lo creo y no iba a tardar en comprobarlo.

-Oye pero ¿entonces Sara no tiene ninguna opción? Porque hoy estaba súper contenta la tía al enterarse que tenía posibilidades…

-Ni de coña. Profesionalmente es un monstruo la tía pero estoy harto de sus miradas condescendientes hacía mí, como si se creyera superior a mí. Aparte del hecho que la tía es una mojigata, siempre tan tapada, como si ocultara algo valioso debajo jajaja. Así es como voy a vengarme de ella, poniéndole el caramelo en la boca cuando lo que voy a hacer con ella es utilizarla para follarme a la Daniela.

-Qué cabrón eres jajaja.

Nuevas risas, más bebida llenando los vasos, nuevo brindis y continuar la conversación comentando ahora el culo de tal, las tetas de cual,… Vaya dos perlas que estaban hechos aquellos dos.

Me alejé de allí antes de cometer una estupidez, la bilis me corroía por dentro y, de continuar escuchando, no estaba seguro de cómo iba a responder. Menudo energúmeno estaba hecho el tal Roberto, todo lo que había oído de él se quedaba corto al lado de lo que acababa de escuchar.

Mira que utilizar de esa manera a mi mujer, con la ilusión que tenía ella con conseguir aquel puesto que tanto anhelaba, cuando desde el principio el juego estaba amañado y no tenía ninguna opción de ganar. Decidí que, cuando llegara a casa, le contaría a Sara todo lo que había escuchado y que ella decidiera lo que quería hacer. Yo la apoyaría como el buen marido que era.

Con lo que no conté fue con el recibimiento que iba a tener al llegar a casa. Lo hice pasadas las ocho de la tarde, cansado, deprimido y enfadado todo a la vez. Aún era incapaz de asimilar todo lo que había oído y la repercusión que eso iba a tener en el futuro inmediato de Sara. Conociéndola, era incluso capaz de dimitir y abandonar la empresa donde lo había dado todo para llegar donde estaba. Y todo por culpa de un sinvergüenza que iba a tomarse su peculiar vendetta porque no le caía bien mi mujer.

Al entrar en el salón, la sala estaba en penumbra, casi como mi ánimo. La mesa estaba puesta, lista para cenar y unas velas encendidas daban un toque especial con su luz temblorosa en aquel rincón de la habitación. Aquello acabó de hundirme más. Sara me había preparado una cena romántica y yo iba a hundir todos sus sueños.

-¿Ya has llegado? -la voz de Sara, proveniente del pasillo, me cogió por sorpresa. Y su visión, aún más.

Estaba de pie, en el umbral del salón, con la misma ropa que había llevado ese día en el trabajo pero, qué diferencia el aspecto que presentaba en comparación con el de esa mañana.

La falda continuaba siendo la misma, llegándole hasta casi la rodilla pero esa noche había prescindido de sus medias y se había calzado unos tacones que solo le había visto puestos una vez que fuimos a la boda de una amiga suya. Solo eso le daba un toque sensual que me puso a mil. Pero no solo era eso.

La blusa, ahora lucía abierta, muy abierta, tanto que no me costaba ver la parte superior del sujetador de encaje que llevaba debajo, la única prenda que hasta ahora podía asegurar que había cambiado ya que ella no usaba esa clase de ropa interior para el trabajo.

Su cola de caballo mantenía su cabello recogido y resaltaba aún más el sugerente escote que lucía Sara esa velada. Y para rematarlo, se había puesto sus gafas de leer, las típicas gafas de pasta que tanto morbo me daban ya que le daban un aire intelectual que me ponía malo. Como toque final, sus labios pintados de rojo intenso, que estaba deseando probar.

-¿Te gusta lo que ves? -me preguntó sugerentemente.

Cómo decir que no, estaba sexualmente arrebatadora y mi cara y el bulto en mi entrepierna hablaron por mí.

-Anda, siéntate y cenemos -me dijo acercándose a su silla. Cuando se sentó lo hizo sin preocuparse que se le subiera su falda, es más, favoreciéndolo. Eso me permitió ver parte de su muslo, lo único que me faltaba para hacerme subir aún más la temperatura de mi cuerpo.

Me senté frente a ella, sin poder apartar la mirada de Sara. La luz parpadeante de la vela provocaba incitantes sombras sobre el escote de mi mujer que era incapaz de dejar de mirar.

-Se te va a enfriar la comida -me dijo Sara pícaramente.

-Sí, tienes razón. Perdona, pero es que estás súper sexy…

-Gracias -dijo ella inclinándose para alcanzar algo de la mesa ofreciéndome una visión sublime del nacimiento de sus pechos.

-¿Y se puede saber a qué viene este recibimiento? No es que no me guste pero me sorprende.

-Ya te lo dije en la oficina, llevo todo el día excitada como no recuerdo estar. No puedo explicar por qué pero, aunque no enseñaba nada con ese botón de menos, me sentía observada y eso me hacía calentarme como una adolescente.

-El morbo de sentirse deseada…

-Sí, algo así. ¿Has acabado de comer? -preguntó con ansia. Estaba que se subía por las paredes.

-Me queda el postre -dije levantándome de la silla.

Me acerqué a Sara y corrí la silla con ella encima, encarándola a mi posición ante la atenta mirada de ella. Me arrodillé y Sara comprendió cual iba a ser el postre abriendo sus piernas con avidez. Mis labios besaron sus muslos ascendiendo en busca de aquel manjar que no tardé en alcanzar, recorriendo con mi lengua sus braguitas húmedas donde ya se notaban sus abultados labios.

Un largo gemido por su parte y sus manos apretando mi cabeza contra su sexo me envalentonaron aún más. No tardé en apartar la tela de la braguita y saborear sus labios completamente abiertos a mí, buscando su clítoris que ataqué sin piedad y colando un par de dedos en su encharcada vagina, haciéndola estremecer de gusto.

La visión desde allí abajo era sublime. Su rostro desfigurado por el placer, aquellas dos montañas que parecían aún más grandes desde mi posición, donde resaltaban aquellas dos protuberancias que parecían querer atravesar la blusa y el sujetador que apenas las contenían. Y el olor, aquel maravilloso olor que desprendía su sexo, olor a hembra en celo y dispuesta y que embriagaba mis sentidos.

No podía más. Me levanté sin dilación, la cogí en brazos para su sorpresa, de la que se recuperó enseguida uniendo aquellos labios pintados de rojo con los míos, y de esa guisa la llevé a nuestro dormitorio donde la lancé sobre la cama.

Las intenciones estaban claras. Me lancé tras ella, quedando entre sus piernas abiertas que ya me esperaban, siguiendo besándonos con auténtica lujuria mientras mis manos pugnaban por deshacerme del pantalón y bóxer que conseguí bajar, liberando mi polla deseosa de penetrarla.

Subí su falda hasta la cintura, dejando al descubierto su ropa interior aún ladeada. Dudé si penetrarla así o quitarle las braguitas. Al final, ninguna de las dos. Era tal el morbo y la excitación que, de un tirón, se las arranqué para sorpresa de Sara que no protestó.

Un caderazo mío y mi polla se hundió en su vagina arrancándole otro gemido. Sara no era muy de exteriorizar su placer cuando follábamos pero esa noche estaba desatada. Los gemidos se fueron sucediendo a medida que mis caderas entraban y salían con furia de su encharcado coño mientras mi rostro se hundía entre sus ubres, que bailaban al son de mis embestidas.

Sara gemía sin parar mientras sus manos apretaban mi rostro contra sus pechos y sus piernas se cerraban tras de mí, pidiéndome que le diera más de aquello que tanto le estaba gustando. Debajo de nosotros, el crujir de la cama delataba la intensa follada que estábamos disfrutando.

No tardamos ambos en corrernos a la vez, inundando de nuevo su coño con mi simiente, mientras Sara quedaba medio desfallecida sobre la cama disfrutando de su orgasmo a la vez que acariciaba mi cabello.

Seguimos unidos en aquella posición, recuperándonos los dos del intenso esfuerzo y gozando de aquella extraña comunión que nos embargaba en aquel instante. Fue durante aquel breve instante de intensa compenetración que decidí no contarle nada de lo escuchado en la oficina aquella tarde, al menos no de momento.

No iba a ser yo el que destruyera sus ilusiones. Es más, iba a hacer todo lo posible para conseguir que Roberto cambiara de parecer, para conseguir que mi mujer consiguiera aquello que tanto anhelaba.

Cuando una vez algo recuperados nos separamos, nos tumbamos el uno junto al otro y Sara se abrazó como solía hacer cuando estábamos en la cama, con su cabeza en mi pecho y su mano en mi vientre.

-Jajaja deberías ver la pinta que tienes -me dijo incapaz de parar de reír.

Me alcé para mirarme en el espejo de la cómoda y no pude contagiarme con su risa. La verdad era que tenía una pinta curiosa. Con mis pantalones en los tobillos, mi polla flácida caída a un lado, mi camisa encharcada y con algún botón de menos y mi cara surcada por restos del pintalabios de mi mujer.

-Pues anda que tú -le dije observando su falda enrollada en su cintura, sin bragas y con nuestros fluidos escapándose de su coño, su camisa también encharcada y casi totalmente abierta, su sujetador que apenas contenía uno de sus pechos y el otro sobresalía mostrando marcas de su carmín que había dejado con mis labios y su rostro… pues era un poema, con restos de su pintalabios esparcidos por toda su cara.

-Jajaja -volvió a reír cuando también se vio en el espejo- vaya dos estamos hechos, parecíamos adolescentes en celo.

-Pues yo no me arrepiento de nada, me lo he pasado genial -le dije sinceramente.

-Y yo también. Si lo llego a saber me desabrocho antes ese botón -me dijo de forma sugerente.

-Me da miedo pensar el día que te desabroches dos -le dije en broma.

-Ummm… quién sabe, a lo mejor tenemos que probarlo algún día -dijo juguetona.

Yo me alcé de la cama y me la quedé mirando, atónito a lo que acababa de oír. Ella me miraba divertida.

-¿Lo dices en serio?

-Claro, porque no… mira cómo nos hemos puesto hoy, no me digas que no quieres volver a repetir esto de nuevo…

-Sí, claro. Negarlo sería ser un hipócrita.

-Eso sí, poco a poco cariño. Quiero ver hasta donde soy capaz de llegar pero sin forzar -me dijo buscando mi aprobación.

-Se hará como tú quieras, cielo- le dije sinceramente.

-Gracias por ser tan comprensivo, te quiero un montón -dijo besándome de nuevo- creo que me va a encantar jugar contigo a esto que hemos empezado…

Se levantó de la cama y se fue hacia el baño a quitarse la ropa y darse una ducha. Yo me la quedé mirando mientras se alejaba de mí. Si ella estaba deseando jugar, yo no era menos. Estaba anhelando ver cuál iba a ser el siguiente movimiento en aquel juego que acabábamos de empezar.

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