ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Cada tarde la veía sentarse frente a mí en una mesa de la cafetería donde acorto mis tardes y alargo los pensamientos.

Cuando entraba, un abrigador silencio se extendía por la estancia, que ella recorría con la mirada, saludando con los ojos a la clientela, en su mayoría formada por solitarios bebedores, más o menos ansiosos, más o menos conscientes, más o menos perdidos.

Yo respondía a su tácito saludo con un asentimiento de cabeza, y no podía evitar, cada tarde, recorrer con la vista su evocador rostro, surcado por multitud de arrugas anárquicas, que lo mismo parecían salir desde sus ojos hasta su barbilla, siguiendo el camino abierto por pesadas lágrimas, como parecían recorrer sus mejillas desde la comisura de sus labios, siguiendo el camino de las risas; unas y otras eran el testimonio de una vida vivida hasta el final, donde hay cabida para la felicidad y para la tristeza.

Después de pararse en su rostro mis ojos bajaban hasta sus manos, blancas, venosas, ligeramente temblorosas, que el paso del tiempo había pintado de lunares y el uso de bastones había encallecido.

Tomaba su café con parsimonia, disfrutando cada sorbo, empapándose de todo lo que sucedía a su alrededor: de rostros, de palabras, de miradas y sonidos.

Luego, cuando su taza se acababa, dedicaba unos minutos lentos y espesos a levantarse y aferrarse a las barras de su andador, que siempre encontraba a su paso manos amables que abrían puertas y ayudaban a subir escalones.

Cuando sus pies de pasos cortos atravesaban el umbral de la puerta y su sonrisa piadosa y benevolente, nacida de la indulgencia que los años dan a la memoria, se alejaba para alumbrar otras conciencias, los solitarios parroquianos tratábamos de volver a nuestros mundos propios, a nuestra soledad, a nuestros tragos y a nuestra inacción. Pero no resulta fácil abstraerse del mundo después de haber visto a la vejez tomarse un café frente a uno. Esa es una visión que, como una musa eterna y arrugada, despierta conciencias y deja el aire cargado de una inspiración que hoy me ha obligado a sacar mi libreta y escribir esta breve historia sobre la tarde de hoy, que es la historia de todas las tardes.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

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