XAVI ALTA

Durante dos semanas el juego siguió sin especiales variaciones. Algunos días la exhibía, otros íbamos directamente a mi casa, pero más allá de confirmar que se corría con la misma intensidad anal o vaginalmente, sobre todo si iba acompañado de nalgadas, no avancé demasiado.

Además, acostumbrado a vivir solo, yo tenía una agenda propia con amigos y familia, así que no nos veíamos a diario. Los dos fines de semana tampoco, pues el que tuvo a su hijo lo dedicó a estar con él, mientras el otro, yo tenía programado un viaje a Andorra para ver a mis padres.

Los lunes aparecía ansiosa, sobre todo el segundo, así que el tercero decidí ningunearla, a ver por dónde iban los tiros. Noté su mirada clavada en mí todo el día, incluso provocó que nos cruzáramos un par de veces, pero no le hice ni caso. El martes sí hablé con ella, pero no fue intencionado. Me la encontré en el ascensor al llegar. Fue casual pues yo subía del parking mientras ella entró en la planta baja. Me miró nerviosa, pero al no decirle nada reaccionó de un modo inesperado para mí, desesperado. Se arrodilló en el suelo y se llevó las manos a la espalda.

Tiré de ella en la octava planta, pues no quería que se abriera la puerta y los compañeros la vieran así. Solamente ordené: Espérame en el rellano de mi casa. Sus ojos sonrieron, aunque no sus labios.

Aunque tenía copia de las llaves de mi apartamento, obedeció sumisa. Llegué sobre las 7 y media y allí estaba, arrodillada sobre el felpudo. Vivo en un bloque con únicamente un piso por planta, así que no debería ser descubierta por nadie, pero nunca se sabe pues alguna vez mis vecinos del piso superior bajan caminando los cinco pisos del bloque. Estaba vestida.

La hice entrar, gateando a mi lado, después de desnudarse y entregarme su ropa. Seguí ninguneándola por espacio de una hora, viendo la tele mientras ella se mantenía arrodillada a mi lado. Hasta que me digné dirigirle la palabra.

-Quedamos en que yo ordenaba y tú obedecías, ¿no es así? –Asintió. –En cambio, esta mañana en el ascensor de la empresa, has tomado una iniciativa que yo no he ordenado. –Tenía la cabeza baja y se frotaba las manos en su gesto habitual, aunque ahora lo hacía en su espalda. –Es obvio que no has esperado a recibir órdenes, por lo que podemos considerarlo como una desobediencia. Y sabes tan bien como yo que la desobediencia debe ser castigada. –Hice una pausa teatral, pensando en el castigo más adecuado, aunque hacía horas que lo tenía decidido. –Hoy no te follaré. Hoy no te correrás. No he decidido aún cuando volverás a hacerlo. Dependerá de tu comportamiento y entrega, evidentemente. De momento ve a la nevera y tráeme una cerveza. A cuatro patas, como la perra que eres.

Aquel culo ancho pero bien formado desapareció en la cocina, para asomarse de nuevo a los pocos segundos con mi cerveza en la boca. La tomé, babeada, por lo que sequé la boquilla con su cabello. Mientras me la tomaba, le ordené chupármela. Tarea a la que le dedicó toda su energía hasta que decidí cambiarla de posición, súbete al sofá, para tener acceso a su vagina y nalgas.

La masturbé para acercarla al orgasmo, pero pronto cambié a nalgadas. Gemía con ganas mientras me trabajaba la polla, pero no iba a dejarla llegar. Cuando me corrí, la obligué a mantener mi simiente en la boca, sin tragársela. Al rato, me levanté, ordenándole apoyar las manos sobre la mesa del comedor para dejar sus nalgas expuestas. Como siempre, había dejado las piernas un poco abiertas, así que mis dedos se colaron en su intimidad, acariciándola. Gemía, pero no podía abrir la boca para no derramar mi semilla. Le solté la primera nalgada, con fuerza. Ahogó el grito. La segunda, más fuerte. Otro gemido ahogado. Acaricié de nuevo su sexo. Otra nalgada.

Perdí la cuenta. Pero cuando sus caderas se movían compulsivamente adelante y atrás, sus nalgas estaban completamente moradas y su sexo empezó a gotear, nunca lo había visto en una mujer, me detuve. La agarré del cabello, mírame. Tenía los ojos completamente húmedos. Ya puedes tragártelo. Obedeció con otro gemido. Vístete y vete.

Tenía pensado permitirle correrse el viernes, pero me surgió un imprevisto y cancelé mi sesión de tortura con ella. Tuve la sensación que se ponía a llorar cuando se lo comuniqué el mismo mediodía. En cambio, la cité el lunes en mi casa antes de ir a trabajar. Tú serás mi despertador a las 7.30.

Alargué la mano para tomar el despertador digital y ver la hora. 7.31. La cabeza de María se movía rítmicamente sobre mi miembro, hinchado por su labor pero también por las imperiosas ganas de mear matinales. Por un momento se me ocurrió hacerlo en su boca, pero me contuve. La llevé al baño donde la tomó para apuntar en el inodoro, pero cambié de opinión, así que detuve el chorro y le ordené. Quiero acabar en tu boca. Acercó la cara a escasos centímetros de mi glande, abrió la cavidad y esperó.

Nunca se me había ocurrido que alguien pudiera mearse sobre otra persona, menos que ésta estuviera dispuesta a beberse sus orines. Ya no me quedaba mucho líquido, pero acogió y tragó dócilmente. Cuando la fuente se agotó, reanudó la mamada con apetito renovado. Ahora fue mi semen el que la atravesó.

-Prepárame el café mientras me ducho. Cuando acabes ven para frotarme la espalda y secarme.

Antes de abandonar el piso palpé su sexo para confirmar que seguía licuado. Hoy tendrás tu premio, le anuncié.

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