XAVI ALTA

El miércoles tenía un viaje a Madrid, así que no la vería. Por un momento se me ocurrió que me recogiera en el aeropuerto, pero preferí ordenarle que estuviera en mi casa el jueves a las 7.30 de la mañana.

Llegó puntual, uniformada de María, un tema que debía cambiar, pensé. La hice pasar para que me acompañara al baño. Me acababa de levantar, así que la recibí en bóxer y con la polla erguida debido a la necesidad de mear.

-Sácamela, tengo que mear.

Se arrodilló a mi lado, bajó el bóxer y la tomó, apuntándola hacia el inodoro después de unos segundos de indecisión. Al momento comprendí, por lo que le pregunté si alguna vez le habían meado en la boca. Asintió. Me pareció asqueroso, pero también me lo había parecido que me limpiara la polla con la lengua después de darle por el culo, así que me lo anoté para una próxima vez.

-¿Puedo mearte en la boca?

-Puedes hacerme lo que quieras. –Pero ya estaba acabando, así que solamente le ordené limpiármela, acto que acabó convirtiéndose en una mamada. Tragó, cuando se lo ordené, pero no le permití levantarse del suelo hasta que necesité que me frotara la espalda mientras me duchaba. Me tendió la toalla y me secó, acabando arrodillada de nuevo al acabar.

Mientras me vestía la mandé a la cocina a hacerme un café. Tómate también uno si quieres. Me esperaba arrodillada con dos tazas sobre el mármol.

Salimos juntos hacia el trabajo pero la descargué dos manzanas antes de llegar para que no nos vieran hacerlo juntos. Antes de bajar le anuncié que la esperaría a las 2.30 en el coche para llevarla a comer. Se le iluminó la cara.

Salí media hora antes y me compré un sándwich. A la hora acordada, apareció en el parking para dirigirse hacia mi coche donde yo la esperaba. Montó, pero no arranqué. Hoy comerás polla. Se lanzó a por ella hambrienta, aunque antes de comenzar la mamada le ordené desabrocharse la camisa y sacarse las tetas para poder sobarlas hasta hartarme mientras ella comía. Cuando se hubo llenado el estómago le tendí una llave de mi casa.

-Esta tarde tengo lío, así que espérame en mi apartamento. –Señalé la puerta para que bajara, pero antes le di una última instrucción. –Ah, hazme algo de cena.

Los jueves juego a fútbol sala, así que no llegué a casa hasta pasadas las 9. Después del partido solemos tomarnos una cerveza, costumbre que no pensaba cambiar a pesar de que alguien me esperara y de que me gustara mucho el espectáculo preparado.

En la mesa del comedor, sobre un mantel individual, estaba dispuesto un plato con ensalada de pasta, cubiertos y servilleta perfectamente alineados, coronado con una copa de vino tinto. Al lado, solamente ataviada con medias hasta el muslo y zapatos, María esperaba arrodillada con las manos detrás.

Desconocía cuanto tiempo llevaba en aquella posición, pero si había sido diligente preparando la cena, podían ser más de dos horas. No se lo pregunté. Solamente la felicité por haber sido una buena chica, acariciándole la cara y el cabello, como si de un perro fiel se tratara.

Fui a mi habitación, me desvestí para volver al comedor en bóxers. Iba a sentarme a la mesa cuando quise tomarle la temperatura. Desde detrás, colé la mano entre sus piernas para acariciarle vagina y ano. Nunca había conocido a una mujer con tal cantidad de flujo.

Comí tranquilo, explicándole cuatro anécdotas del trabajo y del partido, cual pareja madura. Cuando hube acabado, la felicité por sus dotes caseras, culinarias hubiera sido una mofa pues se trataba de una simple ensalada, avisándola que antes de irse debía recoger la mesa.

-Pero antes debo premiarte pues has sido una chica obediente. Acompáñame al sofá –ordené levantándome. Ella me siguió gateando. –Prepáramela que quiero follarte.

Arrodillándose delante de mí me quitó el bóxer para ponérmela dura, pero le ordené hacerlo arrodillada sobre el sofá, a mi derecha. Así, mi mano se colaba entre sus piernas para masturbarla o llegaba perfectamente para pegarle alguna nalgada, algo que descubrí que le encantaba, pues emitía un pequeño grito acompañado de uno de sus roncos jadeos.

Era tal su nivel de excitación que tuvo que detener la mamada varias veces pues los gemidos le impedían chupar bien. Por lo que me harté. Arrodíllate en el suelo como una perra. Obedeció al instante, ansiosa pues iba a correrse en un par de estocadas. Se la metí en el coño, pero no te corras aún. Al tercer envite gritó, ¡ya!, por lo que la saqué, ordenándole darse la vuelta para chupármela. Engullía desesperada, jadeando poseída. Volví a penetrarla, esta vez por el culo. No me costó pero aumentó en mucho el placer que yo sentía. Ella, en cambio, aguantó varios golpes de cadera hasta que me avisó de nuevo. Me detuve, girándola. Comió desbocada, sin importarle lo más mínimo el sabor. Hasta que reanudamos la penetración, vaginal esta vez. Pero no duraba ni cinco segundos.

Entonces decidí acabar, pero usaría su recto y sus nalgas. Entré profundamente y me paré para propinarle una nalgada. Jadeó con la penetración, gritó casi orgásmica con el manotazo. Me retiré y repetí la operación, de nuevo, otra vez, otra. A la séptima u octava bramó enloquecida que se corría. No la detuve, pues dudo que hubiera podido hacerlo. Al contrario, percutí con ganas pues yo también estaba cerca.

En cuanto me vacié, su cuerpo se venció hacia adelante, cayendo yo sobre ella. Nos habíamos desacoplado, pero movió el culo para acercarlo a mi polla mientras se la encajaba de nuevo con la mano. Empujé para volver al hogar, mientras le decía al oído lo contento y orgulloso que estaba de ella. Un suave gracias, gemido, fue su plácida respuesta.

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