XAVI ALTA

No era gran cosa, la verdad. Todo en ella era corriente incluyendo el nombre, María, pero me permitió explorar un mundo desconocido para mí que fue más placentero de lo esperado. Era compañera de trabajo, un hábitat donde no suelo buscar sexo y menos pareja. Marcos, un colega de departamento sí se había tirado a tres chicas de la compañía, pero ni tengo su físico, ni sé imitar su labia. Solamente soy tan cínico como él, pero eso no suele abrir piernas.

María era una administrativa del departamento contable, tímida, poco dada a relacionarse con compañeros de otros departamentos, como era mi caso. Sabía que había cumplido los treinta porque entrando una tarde en Contabilidad me encontré con el pastel que le habían comprado, así que la felicité con un par de besos, poniéndose colorada como un tomate. También sabía que estaba casada y tenía un hijo y que era eficiente en su trabajo, sobre todo disciplinada y cumplidora. Algo que también aproveché en mi beneficio.

A finales de febrero conmemorábamos el aniversario de la empresa con una fiesta de obligada asistencia. Los socios solían alquilar algún local de cocina aceptable y precio moderado en el que cenábamos de pie, charlando unos con otros, para pasar a la fiesta propiamente dicha donde el baile, la bebida, las proposiciones y algunos escarceos eran los protagonistas.

Tampoco había demasiada actividad pero la poca que se producía solía tener a Marcos de instigador. Aquel año, mi amigo dio en la diana, marcando la cuarta muesca en su revólver, así como hice yo, pero lo mío no fue premeditado.

-Llevo días preparando el terreno y pienso tirarme a Merche.

-Ni de coña, –respondí –no sólo está casada, además es devota de no sé qué virgen de no sé dónde y miembro de una congregación religiosa. Por más buena que esté, es inaccesible.

-Tú déjamelo a mí.

Eso hice, dejárselo a él mientras contemplaba el espectáculo. Durante casi dos horas estuvo tonteando con ella más o menos amistosamente, hasta que decidió lanzar el ataque para lo que me solicitó ayuda. Necesito que me entretengas a Montse.

En una empresa cercana a los cien trabajadores, hay de todo, como en la Viña del Señor. Si realizáramos un ranking con las sesenta y tantas chicas de la compañía, Merche estaría sin duda en el top cinco, no así Montse que era más simpática que guapa. Pero, solidarizado con mi amigo, no le iba a hacer ascos a un buen ágape si éste era factible, por más que no me encontrara en mi hábitat natural de caza.

Tuve claro que no lograría nada con mi pareja de baile al poco de haberla apartado de su amiga y mi amigo. Supongo que por ello, no forcé la máquina en ningún momento por lo que la velada fue relativamente tranquila, hasta que inexplicablemente la mujer se encendió. Podría ser por el alcohol aunque no bebió tanto, o simplemente era una calientapollas, pues es lo que hizo la última hora, hasta que decidió dejarme tirado como a una colilla. Siendo justo, no habíamos pasado de cuatro abrazos en bailes más o menos cálidos, pero su cercanía había sido muy obscena así que me dejó palote y sin premio.

Yo también decidí largarme de la fiesta, pero antes de tomar el coche tuve que pasar por el baño. Curiosamente, el local también tenía lavabos públicos en el exterior, en una puerta colindante a la entrada principal, a los que me dirigí pues los interiores estaban llenos, donde me encontré con la sorpresa del año.

-De verdad, no puedo hacerlo. –Abrí los ojos como platos. En el cubículo del fondo, de los cuatro que tenía aquel aseo, había alguien, una mujer de la que había reconocido la voz.- Por favor, Marcos, hemos llegado demasiado lejos.

-¿No pensarás dejarme así?

-No puedo hacerlo –insistía. –Sabes que estoy casada, conoces a mi marido.

Pero se hacía el silencio y se oían suspiros y roces, así que decidí moverme sigilosamente, pues ver como mi amigo se tiraba a la beata en un baño público me puso a mil. No pude ver nada, ya que las puertas llegaban al suelo, pero escuché claramente toda la sinfonía.

-Tú también lo estás deseando, estás tan caliente como yo. –Marcos por favor, no debo. Más suspiros, sonidos de ropa, de brazos, pero ella mantenía su negativa, hasta que mi compañero planteó una alternativa. -Al menos hazme una mamada.

-Vale, te lo hago con la boca, –aceptó al cabo de unos minutos mientras mi polla cobraba un tamaño sideral –pero con una condición. Ni una palabra a nadie.

Oí una cremallera, ropa moviéndose, hasta que Marcos profirió el primer suspiro. Pero lo más excitante para mí, además de imaginar sin poder ver, fue escuchar los sonidos de succión de la felatriz, acompañados de algún que otro gemido.

El lunes siguiente, Marcos, no solamente me relataría con pelos y señales la mamada de la mujer, expulsada sobre un buen par de tetas, pues no me dejó correrme en su boca, sino que lo aderezaría con una foto tomada con el móvil en la que sus labios eran profanados por una barra de carne. Tenía los ojos cerrados, concentrados, por lo que no se dio cuenta de la toma de la instantánea.

Pero volvamos al viernes. Salía antes que ellos del cubículo, para que no se dieran cuenta de que habían tenido un espectador, ¿cómo se le llama a un mirón auditivo?, con un empalme de tres pares de cojones. Y allí me la encontré, al lado de mi coche, haciéndole señas a un taxi que no se detuvo.

-¿Quieres que te lleve a casa?

-No hace falta, gracias, eres muy amable.

-No me cuesta nada. Venga, sube al coche –ordené más expeditivo de lo que hubiera aconsejado la buena educación. Noté la sorpresa en María, pero obedeció dócilmente.

Me sorprendió la dirección que me dio, pues pensaba que vivía en mi barrio, así que me explicó que desde hacía unos meses vivía con su madre. No incidí en el tema, pero era obvio que se había separado de su marido. Preferí preguntarle por la fiesta y qué tal se lo había pasado. Bien, fue su escueta respuesta, confirmándome su conocida timidez, pues costaba arrancarle algo más que monosílabos. Su actitud sentada a mi lado, además, era vergonzosa. Temerosa, incluso, sensación que se agudizó cuando la miré, repasándola sin compasión, pues mi excitación se mantenía despierta.

Llevaba un vestido de una pieza cubierto con una chaquetita corta, por la cintura, sin abrochar. No tenía demasiado escote, pero sus pechos, medianos, potenciados por el cinturón que los cruzaba, me parecieron apetitosos. También sus piernas, enfundadas en unas medias color carne de las que veía menos de medio muslo.

El instinto me llevó a atacar cuando nos detuvimos en un semáforo, poco antes de llegar a su casa. Has venido muy atractiva esta noche. Bajó la cabeza, profiriendo un escueto gracias. No arranqué cuando las luces cambiaron a verde. Estábamos en el carril derecho de una calle que tenía tres, así que no molestábamos a otros vehículos en caso de que aparecieran. ¿Sabes qué me apetece? No respondió, agarrándose las manos entre sí, como una niña pequeña pillada en falta. Me apetece besarte. Mantuvo la cabeza baja, sin mirarme, pero tampoco negaba. Nunca me había encontrado con nadie así, por lo que continué acosando. Giré mi cuerpo, alargué la mano para tornar su cara hacia mí, siguió mirando bajo cuando esperaba que me mirara a los ojos, me acerqué y la besé.

Tardó en reaccionar pero no me pidió que me detuviera ni que la dejara marchar. Simplemente se dejó hacer pasiva. Quiero acabar la noche bien y quiero hacerlo contigo. Suspiró profundamente, nerviosa, pero no se apartó ni me rehuyó cuando la tomé de la nuca y la besé de nuevo. Abrió la boca pero no me devolvía el morreo, así que empujé mi cara hacia adelante para aprisionar su cabeza contra el respaldo del asiento. Mi lengua entró en su boca pero no encontró a su gemela. Sus brazos se mantenían inertes. Los míos, en cambio, comenzaron la expedición. Mi mano izquierda coronó su pecho, llenándola, acompañada por la derecha que en una posición incómoda tomó el otro.

Saca la lengua, ordené, a lo que obedeció instantáneamente, entrelazándola con la mía. Ahora sí era un morreo. El poco escote del vestido me impedía avanzar en mi excursión, por lo que deslicé mi mano por su vientre hasta sus muslos, que acaricié unos minutos antes de colar la mano por debajo de su falda. Mantenía las piernas cerradas, cual adolescente adoctrinada para no permitir al chico llegar al tesoro, así que ordené de nuevo. Abre las piernas. Otra vez obedeció, moviéndolas tímidamente. Colé la mano ascendiendo despacio hasta llegar a su ingle, que acaricié suavemente para pasar el dedo también por la paralela.

Mi mano derecha, invertida, había logrado colarse en su pecho pero la posición era muy incómoda. Fue entonces cuando la izquierda se encontró con una muralla. De tela y algodón. Al llevar medias tipo panty no pude colar la mano, pero no noté los labios de su sexo pues llevaba salvaslip. Habitual en muchas mujeres, me di cuenta que era más grueso de lo acostumbrado. ¿Tienes la regla? Asintió, lo que me detuvo de golpe. Mierda, pensé, pero la mamada escuchada me tenía desbocado así que decidí obviarlo. O cambiar de juego.

Puse el coche en marcha hasta aparcarlo en una zona con cierta penumbra. Volví al ataque, pero al comportarse con tanta pasividad decidí ser egoísta, además de activo. Me desabroché el pantalón, sacando mi durísimo miembro de su encierro, tomé su mano derecha posándola sobre él y nos abandonamos a juegos adolescentes. Yo sobándole las tetas por encima del vestido. Ella masturbándome rítmicamente, hasta que quise más.

Repetí una frase que había oído hacía media hora. Al menos, hazme una mamada. No tuve que insistir. Agachó la cabeza y se la metió en la boca. Chupaba mecánicamente con la mano derecha aguantando el tallo. Tuve que pedirle que lo hiciera despacio, pues es como me gusta que me la coman, degustándola, pero estaba tan caliente que no iba a durar mucho.

Quise repetir también el modus operandi de mi amigo, corriéndome en sus tetas, pero para ello debía desabrocharle el vestido por la cremallera posterior y no me apetecía detener el juego. Así que opté por una alternativa que no siempre resulta del agrado de la felatriz. Pero no se apartó. Recibió mi descarga con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.

Cuando consideró que ya había acabado, levantó la cabeza, aún con mi simiente en la boca. Esperaba que abriera la puerta para escupirla o sacara un pañuelo de papel para soltarla, pero se quedó quieta como si de enjuague bucal se tratara. Entonces comprendí. Trágatelo. Inmediatamente, la nuez de su cuello se movió, dejando pasar el líquido hasta su estómago.

Tumbado en el sofá de casa, al día siguiente, rememoré el episodio, sorprendiéndome aún por su comportamiento. Nos habíamos despedido ante su portal con un casto beso, como si nada hubiera ocurrido. Solamente sonrió suavemente cuando le dije, a modo de despedida, que me había gustado mucho acabar la noche con ella.

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