GINÉS CARRASCOSO

Angustia

El portátil se estremecía sobre la mesa. El ventilador atronaba enloquecido. Justo en el momento en que Elisa abría los ojos somnolienta, el sistema se apagó. Se recompuso, y se sentó de nuevo en la silla con torpeza. Revisó sus notas en la mesa. Bebió un sorbo de café. Estaba frío.

Consultó el reloj, casi las 3 de la madrugada. Se sorprendió de lo avanzado de la noche. Habían sido varias horas entre hemerotecas y noticias acerca de asesinatos o muertes sin resolver en los últimos tiempos.  Buscaba un patrón, una pista, un rastro que confirmará su fantástica teoría.  Agotada se había quedado dormida sobre el escritorio. Ahora,  se mostró de acuerdo  consigo misma en que acostarse, sería lo más razonable. Se desvistió y abrió el grifo, para tomar una última ducha reparadora. Cerró la cortinilla y dejó que el chorro de agua caliente masajeara su cuerpo. Se quedó allí simplemente. Sin pensar en nada,  dejó pasar los minutos. El calor del agua sobre su cabeza, reparaba, relajaba su estresado cerebro.

Retiró la cortina y salió de la bañera. Pensó que ya le resultaba incómodo. Debería pensar en una reforma. Cogió su albornoz y se acercó al lavabo. Por un momento se estremeció. Su corazón se aceleró reconociendo recientes sensaciones.

El vapor del agua caliente durante la ducha había empañado los cristales y el aire del cuarto se notaba denso. Con los pies descalzos fue hasta la puerta del baño, y la abrió despacio. Durante unos minutos observó el salón en penumbra. Una vez más se había dejado llevar.  Dejó la puerta entreabierta y volvió para terminar de secarse.

De pronto,  cayó en la cuenta… en el cristal… Oscuros, negrura. El espejo del baño le devolvía un rostro oculto bajo una capa. Ojos oscuros, pero inexplicablemente luminosos,  sobrecogedores… mágicos. Todo transcurrió en un segundo. Instintivamente cogió las tijeras de manicura, y cerrando los ojos se giró lanzando  golpes a su espalda rasgando la neblina del cuarto. Un instante después, estaba de rodillas sobre la alfombrilla de la ducha. Un hilillo de sangre se abría paso entre sus dedos. No había nadie. Seguía apretando la tijera con una mano mientras, con la otra, se aferraba al lavabo con fuerza. Recorrió el baño con la mirada y salió para inspeccionar el resto del apartamento. Como la otra vez ¿Qué estaba pasando?. No sabía que pensar. No había rastro de nada. Se sentía en el límite de su capacidad para soportar la situación. Agotada se dejó caer en el sofá. Su cerebro ordenaba pero su cuerpo no obedecía. Con la mirada fija en la puerta del cuarto de baño e incapaz de moverse del sofá, pasaron las horas. Por fin, cogió el teléfono.

– Enrico ha vuelto a ocurrir…

– Hola Elisa… ¿Qué? ¿De qué estás hablando?…

– Me refiero a que algo o alguien ha vuelto a estar en mi casa.

– ¿Estás bien? ¿Ha sido igual que la otra vez?

– Bueno… estaba en el baño lista para darme una ducha. Estuve consultando algunas cosas por internet y bueno…

– Elisa, deberías dejar esas cosas a la policía… más concretamente, deberías dejar que yo me encargue de esas cosas…

– Si lo entiendo, pero todo este asunto me tiene preocupada. Además o me está afectando en exceso, o realmente… algo entra en mi propia casa, y se marcha sin dejar rastro…

– ¿En serio estás bien?

– Estoy bien.

– Mira en menos de media hora he de pasar por la oficina, pero si quieres puedo pasarme antes por tu casa…

– No, no… Estoy bien… bueno eso creo. Enrico, empiezo a pensar en cosas extrañas… cosas que no son de este mundo… No hay ni rastro de que alguien haya entrado en mi casa, pero yo sé lo que vi la otra vez y, también lo que he visto esta noche.

– Tranquila, tiene que haber una explicación… En fin… terrenal. Tal vez sea cansancio, tal vez las emociones tras los últimos acontecimientos…

– Enrico, ¡sé lo que he visto! Era esa mirada, aquí en mi cuarto de baño… ¡otra vez! Me observaba… creo que hasta escuché una voz repitiendo mi nombre… Esto es de locos, pero yo no lo estoy.

– Y yo quiero creerte… Bueno, si ahora no me necesitas, tal vez podríamos comer juntos más tarde…  ¿Qué te parece?

– Sí. Tal vez hablar con alguien me tranquilice. Además no me esperan en la oficina, he llamado diciendo que no me encontraba bien, y así es en realidad. Te veo luego

***

Se habían sentado en una mesa junto a las ventanas. Unas coquetas cortinas a juego con la mantelería, les mantenían a salvo de miradas indiscretas o incluso, de que alguien pudiera escuchar su conversación. Habían pedido vino blanco y compartían una ensalada. Enrico pensó, que Elisa estaba demasiado afectada. No quiso que al día siguiente lo leyera en los periódicos.

– Ha sido en Sant Ariano

– En ¿Sant Ariano?… ¡por Dios Enrico!, esto ya es inaudito. ¿Tantas coincidencias? No puede ser por mucho que no queramos aceptarlo

Enrico gesticulaba con la mano para que fuera más prudente, para que bajara el tono de voz. Elisa se había mostrado tajante y comenzaba a aparentar cierto nerviosismo a medida que avanzaban los acontecimientos.

– Tranquilízate, Elisa. Las coincidencias existen. La explicación es de este mundo, estoy seguro. Deja que hagamos nuestro trabajo.

– No estoy de acuerdo contigo. Tú no has visto lo que yo… Bueno lo que yo he sentido por dos veces ya, en mi propia casa. Enrico he corrido peligro.

– Bueno no sabemos exactamente

Elisa lo interrumpió… visiblemente fuera de sí.

– Cadáveres desangrados, marcas de mordeduras, inexplicable falta de pruebas y ahora… ¡Sant Ariano!, Enrico,… ¡La isla de los muertos!

– Si, te entiendo. Estoy de acuerdo que hay algunas coincidencias que nos pueden llevar a pensar, en fin, en otras cosas, en ciertas leyendas. Pero no nos precipitemos, insisto. Estamos investigando todavía. Al parecer, esta vez, la víctima es un vigilante. Tenía… bueno. … sí,  el cuerpo presentaba las mismas marcas, la misma ausencia de sangre y los mismos rasgos de envejecimiento…

– Enrico, a mí también me asusta, pero eso no es óbice para no considerar…- dudó

– Para no considerar ¿Qué? ¿Qué tenemos un vampiro en una ciudad del siglo XXI?

– Si pero una ciudad muy antigua y que todavía conserva su historia. No podemos descartar nada Enrico. Al menos hasta que no tengamos pruebas de que… de que… me estoy volviendo loca.

Se rio nerviosa, mientras sin apenas darse cuenta Enrico la tranquilizaba tomándole la mano.

– He de volver a aquél lugar. Continuaré inspeccionando los alrededores. Y buscaré… no sé alguna evidencia que nos ayude a descartar semejantes afirmaciones.

– Enrico, quiero acompañarte,

– Ni hablar.

– Enrico, necesito saber… necesito acabar con esto… Me está afectando demasiado, me está superando, sobre todo después de las experiencias que he vivido en casa.

Enrico la miraba preocupado, y se daba perfecta cuenta de que todo aquél asunto iba a terminar por afectarla seriamente.

Un comentario sobre “Elisa (14)

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