SARA LEVESQUE

Lorenzo le dijo a Catalina que el hogar está donde más fuerte late el Corazón, donde atesora más poder que la razón.

Él sabía que no era correspondido por Catalina, pues eran tan diferentes como el día y la noche. Lorenzo, llorando Perseidas cada día, vivía enamorado de ella, cuyo amor por él no era creciente. Le entregó todo su calor y ella lo metió en su cuarto, cada vez más menguante.

Lo que él ignoraba era que Catalina se sentía más sola que la Luna, que deseaba Amar con sinceridad desde su particular soledad, y que una de las Perseidas la buscaba entre el firmamento y su profunda oquedad, reescribiendo su destino hasta toparse con su Amor de verdad.

Lorenzo llegó al cénit de su vida sin dejar de brillar con su dorada mirada, porque sabía que incluso la cara oculta de Catalina era especial. Poseía esa magia que solo aprecian los prendidos de un amor platónico, de un amor del color de la Luna.

Y Lorenzo con su esplendor, y Catalina con su fulgor, se prometieron que nunca jamás dejarían de iluminar los caminos de los demás. ©

Un comentario sobre “Lorenzo y Catalina

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