DAVID SARABIA

Mariola abrió los ojos y fue recibida por el baño de luz de la luna menguante. Tirada, de espalda sobre la fría arena del desierto, movió sus brazos deslizándolos suavemente como si estuviera en ese momento en la comodidad de su cama, y protegida por la intimidad de su habitación. Al darse cuenta de su situación, entró en pánico.

Era como estar despierta dentro de un sueño, el cual estaba sumergido dentro de otro sueño. Su corazón latió con violencia. Su mente buscaba una respuesta lógica en base a un recuerdo inmediato. Trataba de evocar con desesperación en su memoria, con la esperanza de que su cerebro arrojase sobre ella una pantalla mental; que brindara claridad al asunto.

¿Por qué estaba allí?

Levantó su torso apoyándose con sus antebrazos hasta quedar sentada. Llevaba puesta una bata blanca, y sentía que su larga cabellera estaba hecha un desastre, igual que su cabeza, la cual internamente daba vueltas  como si hubiera recibido un golpe contundente con un mazo, dejándola desconectada de la realidad, para después aparecer allí en ese lugar inverosímil. Ahora, totalmente despierta, observó su entorno. Sus ojos apenas apreciaban los contornos de los chamizos que la rodeaban y que eran iluminados por la débil luz lunar. Eran arbustos medianos con ramas quebradizas y amenazantes,  parecían seres que en cualquier momento despertarían para avanzar  en pos de ella.

Asustada, se ladeó para apoyar su rodilla, después colocó amabas manos sobre la fría arena. Se incorporó con dificultad. Estaba descalza. El frio sacudió a su cuerpo como electricidad.  Al estar de pie, miró al cielo y encaró a la luna, cual parecía sostenerle la mirada burlándose de ella desde el negro cielo.

Una ráfaga de aire llegó desde algún rincón del inmenso desierto, trayendo consigo  miles de diminutos granos  que arañaron el rostro de Mariola, quien inútilmente se protegió de tal embestida de la naturaleza.  Y así como vino, la ráfaga se fue, perdiéndose en la oscuridad infinita.

Aterrada, y con el corazón casi estallando, se giró a su derecha, y pudo ver en la lejanía  los trazos que dibujaban unas montañas negras: era la sierra del pinacate. Después a su izquierda,  adelante a varios kilómetros, se apreciaban unos puntos de luz que se deslizaban en línea recta; eran los autos que transitaban por la carretera federal.  Por último, dio otro giró a su izquierda, y para su sorpresa, una constelación  de lucecitas formaban una gruesa franja parecida a una vía láctea artificial.

Era la ciudad.

Con un miedo indescriptible, concluyó su situación: Había despertado en el desierto y lo primero que vio fue a la  luna que le sonreía con su larga y delgada franja plateada terminada en punta en ambos lados. Detrás de esa enigmática sonrisa, se ocultaba un rostro sin ojos mediante un disco negro. Aunque desprovisto de ellos, la observaba.

LUNATICA

    Esa palabra apareció como chispa repentina dentro de su cabeza; junto con la imagen de un hombre de cráneo calvo, mechones a los lados, con ojos saltones llenos de lascivia y locura. El recuerdo de ese hombre fue mucho más aterrador que estar de pie en medio de la oscuridad y enlazada por el frio del desierto.

     ¡ERES UNA MALITA LUNATICA, PERRA DESGRACIADA!

    Los gritos de macho desquiciado retumbaron dentro de sus oídos como ondas lejanas que habían caído tal certero cañonazo activando miedos y terrores de un pasado reciente.

El frio aumentaba o eso parecía. Se abrazó a sí misma para protegerse del elemento natural y de la visión de aquel hombre que la amenazaba desde algún punto lejano. Alzó  su rostro por segunda vez, miró de frente de nuevo a la luna, la cual le seguía sonriendo. En el acto, una especie complicidad cósmica fue trasmitida de una a la otra.

Mariola le regresó una sonrisa de niña.

Algo, la relajó, e hizo que su pánico se disipara lento, evaporándose por sus poros, ascendiendo hacia la atmosfera para ser filtrado y limpiado por la luna. Después, una enorme tranquilidad la envolvía metiéndola en una burbuja protectora. Tuvo la certeza, de que nada malo le iba a suceder en medio de esa penumbra,  y que la débil luz proveniente de la sonrisa lunar la guiaría sin contratiempo por un desierto poblado  por serpientes  que reptaban en medio de la noche. La luna era su amiga, y ella la protegería de todo mal.

Bajó sus brazos y miró en dirección a la gruesa franja de luces que marcaban el límite de un desierto conquistado.  Comenzó a caminar en tal dirección en línea recta dando pasos lentos, firmes, en ocasiones temblorosos por la irregularidad de la arena, que en algunas partes era blanda y en otras compacta.  A cada paso, los millares de granos crujían bajo sus pies como si estuviera caminando sobre la superficie de otro mundo.

En la lejanía, escuchó el lúgubre  aullido de un coyote. También el insólito aleteo de algún ave nocturna.  Después, un soplo de aire a sus espaldas.  Le daba la impresión de que su amiga  la empujaba para que acelerara el paso y  llegara a su destino. A su casa.

Mariola tuvo una sensación extraña, casi extracorpórea. Tocó su pecho con la palma de su mano y se asombró al no sentir el pulso con su tacto. Esa ambigüedad,  donde minutos antes estuvo aterrada, con el corazón casi reventando. Y ahora, caminaba sin prisa con sus pies que parecían flotar sobre la alfombra del alivio. No encontraba alguna explicación. Sentía en su mente a su corazón latir, pero con el tacto no. Quizá era una locura. Su cabeza ya estaba desvariando desde el momento de recibir el mensaje sin voz de su amiga, quien la guiaba desde las alturas con su enigmática sonrisa.

Luna bella, luna misteriosa canturreo mientras caminaba ando bajo el hechizo de tu sonrisa, cuídame y guíame por este valle de sombras, y se carcajeo al recordar que estaba utilizando un sagrado Salmo, y prosiguió eufórica: Luna bella, tú quien me has despertado para meterme en este extraño sueño. Siento tu energía correr por mis frías venas,  provocando el latir de un corazón que no siento. Voy para mi casa, con este andar raro, siento que me mueves, soy tu marioneta que se deja llevar.

     Y la voz violenta se dejó oír por todos los rincones del desierto.

¡MALDITA LUNATICA, PERRA DESGRACIADA!

Una espeluznante visión apareció cargada de imágenes que la regresaban a un recuerdo aterrador: el calvo con un rictus de rabia sostenía un cinturón en alto, este caía sobre ella, quien desnuda  en un rincón, se mantenía en posición fetal mientras el cuero tronaba abriendo su piel con cada azote.

¡LUNATICA Y PUTA!

Un puño cerrado se estrelló en su boca. Dolor intenso, encía partida y dientes flojos: sabor a sangre, humillación inmensa, odio sublime. Impotencia recluida dentro de los barrotes de su propia alma.

Y A PARTE DE PUTA, ESTUPIDA.

    De nuevo, desnuda y en posición fetal en el rincón. El hombre violento le asestaba dos potentes puntapiés; el primero le rompió una costilla y el segundo le sacó el aire del estómago. Revolcada en dolor, tuvo un  resentimiento malevolente: Deseaba su muerte.

     ¡DI MI NOMBRE!

     Wilder

     NO TE ESCUCHOOOO…

     Wiiiiildeeeer…

     ¡CON MAS OVARIOS ESTUPIDA!

Aunque hubiera intentado reunir las mermas de fuerza que le quedaban, no pudo gritar el nombre de su verdugo, quien lo exigía a voz alta. Una tercera patada en las piernas y una cuarta en la cara,  la desconectaron de su nefasta existencia real.

Apresuró el paso hacia las luces que cada vez aumentaban de tamaño. Mientras avanzaba, sintió en ocasiones el rasguño de algún chamizo, y también,  las patitas de un alacrán que reptó por su pie. El insecto  caminó hasta el tobillo para después dar un salto de regreso a la arena. Ni los arañazos de la flora y las patitas de la fauna la distraían. Ella movía sus brazos hacia los costados y hacia enfrente  como si fuera una momia de una película vieja. No tenía sentido su actuar pero se lo atribuía a su dulce amiga quien la movía a distancia con su mágico poder.

El grosor de la constelación de luciérnagas aumentaba. Ya podía divisar los postes del alumbrado público; los cables, los transformadores, también las viviendas de los trabajadores: pequeñas, de una sola planta, una tras otra, sin barda que las dividiera, sin privacidad, expuestas a los vecinos de los lados y también al desierto.

Se tambaleo y movió sus brazos como muñeco con articulaciones rígidas cuando dejó atrás al desierto y sus misterios. Comenzó a caminar por un terreno compacto, sobre una arena que parecía piso. Enfocó su atención a una casa, la única que tenía la ventana de la cocina con la luz encendida. El resto de las casas mostraban total oscuridad. Sus habitantes dormían plácidamente para despertar al día siguiente en la monótona rutina de sus vidas, aunada a una jornada laboral en alguna fábrica mal pagada.

El hombre violento emergió como holograma dentro de su mente con sus mirada enloquecida y empuñando un cuchillo en alto.

    ¡AHORA SI MALDITA, TE VOY A MATAR!…. ¡MUERE!

Y el cuchillo descendió con violencia asesina.

Mariola cruzó sus brazos por enfrente de su rostro intentando evitar el ataque mortal. Y en ese instante, la luna le bisbiseo desde el cielo desapareciendo  a su agresor quien sólo intentaba dañarla por medio de un recuerdo.

Unos ojos amarillos la miraban desde el techo de la casa de al lado. Mariola se encontró con esos ojos,  en el acto, el gato mostró sus colmillos y la punta de su lengua en medio de un chillido, a la vez que  se erizaban los pelos de su lomo. El animal se dio la vuelta y huyó brincando al otro techo, donde corrió y se perdió en la oscuridad de algún patio.

Mariola miró  la casa. Un paso, después otro; cinco metros, tres metros, uno. Agarró el picaporte. Con la luz de la cocina que salía por la ventana pudo ver la piel de su mano y antebrazo. Tenía un color extraño, se notaba áspera e hinchada; quizá algún alacrán la había picado cuando estuvo inconsciente y el veneno estaba surtiendo efecto.

Giró el picaporte, la puerta se abrió sin emitir chirrido alguno.

Al quedar la puerta pegada en la pared, entró. Dio un par de pasos arrastrados pero sigilosos. No quería delatarse y prevenir a Wilder de su presencia. La cocina estaba hecha un chiquero e iluminada por un foco de sesenta watts. El área donde se encontraba la sala-comedor estaba oscura. A su derecha comenzaba un pasillo corto que conectaba a la única habitación de aquella pocilga de casa.

Iba a dar un paso hacia el pasillo pero por su rabillo del ojo miró un destello plateado. Se giró hacia la cocina y allí, a un costado de la encimera,  estaba un hacha con la hoja sobre el piso con el mango recargado en el panel de madera. ¿Qué hacía allí? En realidad le daba igual si llegara a saber o no la respuesta.

Dio un par de pasos. Se detuvo  y tomó el hacha con ambas manos sujetándola por el mango. Giró la hoja hacia arriba. El hacha le habló en un idioma mudo comunicándole que era su amiga; que estaba allí para cobrar los golpes y humillaciones. Después, la alzó a la altura de su rostro para contemplar con fascinación el curvo filo. También vio como la luz del foco se reflejaba en el acero donde un destello brillaba por la orilla de la hoja, marcando una sonrisa de punta a punta: era la luna sonrisona.

Dentro de ella, una mujer feliz  comenzaba a bailar. Alzó los brazos moviendo las caderas frenéticamente. Estaba poseída por un éxtasis de euforia y placer. La luna, el hacha y ella eran un grupo de amigas, que unidas entre sí, derrotarían al monstruo que vivía en esa casa de mala muerte: ¡vivan las mujeres, que mueran los hombres!… Mariola sintió una especie de cosquilleo similar al que sentía en el momento de tener sexo con alguien que le gustaba.  Tal como si en ese momento estuviera en los brazos de un hombre atractivo, y no con el cerdo de Wilder.

Avanzó por el pasillo como espectro.

La puerta de la recámara estaba entre abierta y dejaba escapar por su abertura una luz de interior de cine.

Sin hacer ruido, empujó la puerta con la cabeza del hacha y esta se abrió desplazándose con parsimonia. Allí se encontraba el hombre violento, sentado en un sillón dando la espalda a la puerta. Ajeno al asecho miraba embelesado a la pantalla de 42×42,  la cual le mostraba el enorme y redondo trasero blanco de una mujer, donde su ano y vagina  eran penetrados salvajemente por dos sementales negros. El volumen era discreto y  los gemidos de la actriz porno apenas se escuchaban. A un costado estaba la cama desordenada y la ventana cerrada.

Wilder salió de su trance cuando una franja de luz que provenía de la cocina se anchó mostrando una sombra humana que se proyectaba por encima del monitor, con los brazos en alto sosteniendo…

Giró su rostro hacia atrás. Lo que vio lo dejó paralizado;  Ante sus ojos un espectro de rostro oscuro  con una luna menguante que brillaba como sonrisa, tenía el cabello y el cuerpo de Mariola enfundado en la bata blanca. Miró también como un arco descendente caía sobre su entre pierna partiendo su pene y testículos en dos. Cuando el dolor indescriptible e inhumano se apodero de su entrepierna, se dio cuenta que había llegado la hora de su inminente e inexorable fin.

Wilder gritó y chilló. Se levantó por instinto de supervivencia impulsándose hacia la pantalla, la cual se derrumbaba junto con él. En el suelo, con sus manos apretando el tajo, intentando inútilmente apaciguar el dolor y detener la fuga de sangre con semen. Quiso pensar que era una pesadilla. Que cuando estuvo a punto de masturbarse, se había quedado dormido: Es imposible  pensó, está muerta, yo la maté, la tire en el desierto. Le decía su mente enloquecida por su cercanía a la muerte.

     El filo de la hoja atacó de nuevo rebanando su hombro, dejando escapar un chorro de sangre a presión que salpicó el rostro de una Mariola enloquecida que se relamía los labios. El brazo cayó inerte a su lado como un pedazo de él ya sin vida. Wilder dejó de tratar de entender una lógica surrealista,  y chilló con más fuerza.

Miró impotente y con horror como la mujer con cara de luna alzaba el hacha y la dejaba caer por tercera vez sobre su cuerpo, partiendo en dos su tórax.

— ¡Soy Lunática! ¡Soy Lunática! — gritaba desquiciada, alzando y descargando la hoja por cada Lunática que pronunciaba. Cuando los miembros cercenados de Wilder dejaron de temblar, Mariola arrojó el hacha sobre la cama. Danzó alrededor del cuerpo mutilado festejando su venganza. Después, embarró sus manos con  los girones de carne y vísceras que estaban desparramados por toda la habitación. Comió un poco y se carcajeo.

 

Los vecinos  despertaron sobresaltados al escuchar los gritos, golpes y carcajadas. Las luces de las ventanas se encendieron y algunos se asomaron para ver qué sucedía. En el acto, la risotada de bruja enloquecida se detuvo. Era normal que Wilder y Mariola pelearan. Pero ahora, era diferente. Los alaridos desgarradores eran de él.

De súbito el silencio fue total, volvieron a dormir.

Al salir el sol, ya para irse a trabajar, un raro olor a rancio comenzó a emanar por la puerta de la cocina la cual estaba abierta invitándolos a entrar. Una amiga de Mariola se envalentó y entró a buscarla, debido a que  hacía tres días que no tenía razón de ella. Y lo que encontró la dejó marcada de por vida.

Después, llegaron los ministeriales  con los peritos y los del servicio forense. Acordonaron la casa.  Tomaron fotos en su interior  y  metieron los restos en bolsas negras. Algún imprudente subió algunas fotos a la red y estas circularon viralizandose en el acto.

Un hacha con sangre seca. Un cuerpo descuartizado al parecer de un hombre,  y lo más perturbador e irreal; el cadáver de una mujer hinchada por los gases de la putrefacción quien mostraba en su rostro mortuorio una sonrisa feliz.

 

Un mes después. A la misma hora de la madrugada. En el oscuro cielo, la sonrisa de la luna menguante brillaba con intensidad maligna.

Paula Cristina abrió sus ojos y se levantó torpemente entre los escombros de una casa en ruinas. Laura Patricia emergió de un montículo de basura en el vertedero municipal. La mano descarnada de Antonia Manuela se asomaba por la superficie de las aguas del canal en cementado, intentando asirse de cualquier cosa para salir. Liliana, de diecisiete años, totalmente desnuda, se levantaba de la plancha de la morgue.

Todas despertaron bajo el hechizo de la luna sonrisona.  Y comenzaron a andar en pos de sus verdugos,  y también, del descanso eterno.

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